Abuelo, perdóname
Elk A.Tu abuelo se muere, me mensajeó Rubén ayer, a las 23:12. Se complicó su neumonía. Que tiene fiebre, que los doctores le miran no sé cómo y le dijeron no sé qué. Que vaya cuanto antes porque puede que mañana me quede sin abuelo. Hoy es viernes. Pedí el día en el trabajo y me desperté temprano para ir a verle, pero todo me está yendo horrible, voy a colapsar, y a ver si no es mi tío quien se queda antes sin sobrino. Si es que cómo voy a llevar droga en mi bolso con lo idiota que soy. Es para reírse. Pero no, mejor lo explico desde el comienzo: me desperté a las 07:35, me lavé el rostro, oriné lo necesario (y permanecí un tiempo parado frente a la taza para asegurarme de no ir otra vez al baño), tomé la maleta que había preparado la noche anterior, y con el otro brazo, en mi bolso de mano, transporté los sandwiches de espinaca que me prescribió la nutrióloga; ya abajo, veintidós pisos de escalera abajo, cuando mis pobres pies habían descendido los veintidós malditos pisos de escalera (porque ¿cómo voy a vivir en los pisos de abajo si ahí no hay buenas vistas?), me vino la imagen mental de mi onceavo cumpleaños, que curiosamente lo pasé en el rancho de mi abuelo, donde abunda toda clase de mosquitos y mayates y tantos otros bichos cuyos nombres desconozco y no me interesan, y curiosamente me di cuenta de que me había dejado el repelente arriba. Claro que no podía volver a subir, repito: veintidós pisos de escalera. Veintidós. Y todo por mi abuelo que se dormía sin camisa aunque estuviera lloviendo y aunque se lo pidiéramos y rogáramos. Aunque el doctor le hubiera regañado con que debía cuidarse de ahora en adelante. Pero no, esa plaga infernal de insectos violentos no es lo peor, lo es el calor. Cuarenta y tres grados el verano pasado. Repito: cuarenta y tres santos grados. Miedo tengo de adivinar lo que hará cuando llegue a esa tierra del demonio. Y es que todavía no cuento el incidente del taxista, a ver si no colapso ya, por favor. La cosa es que, a pesar de haber llegado casi cuarenta minutos tarde por el tráfico (provocado, según me enteré después, por el derrame de treinta mil litros de combustible de un pipa volcada en Periférico), perdí otros doce minutos (los conté en mi reloj de pulsera bien contados: doce minutos) comprando un pastel de fresa a las malas que ni siquiera estaba tan bueno, solo por el cambio, porque el taxista no quería aceptarme el billete de mil, que porque apenas había comenzado el día y no tenía cambio, y que no me pusiera al tiro porque iba a llamar a la policía aunque se estuviera muriendo mi abuelo. Que a él qué le importaba. Y yo acumulando minutos de retraso y rezando por no perderme el autobús, porque claro, el billete ya está comprado, ¿cómo le iba a pedir a la recepcionista que me lo cambiara si se me hacía tarde?, ¿qué le iba yo a explicar?, ¿que fue la pipa?, ¿que por favor, porque mi abuelo estaba casi muerto y los doctores le dijeron no sé qué cosas a mi tío?, ¿que porque suficiente tengo ya con los bichos y el calor que me espera? Y por Dios, qué horror entender que estás a un berrinche de ir a la cárcel aunque se te esté muriendo el abuelo. Y mi abuelo, repito, estaba muriendo. Pero a fuerzas tenía que tragarme el pastel y la chocomalteada para poder abordar el autobús, que porque no se permiten esos alimentos. Y luego, en el camión, los policías que dizque vienen para realizar inspecciones de rutina y quieren que abra mi bolso, como si fuera yo un narcotraficante llevando cocaína al rancho de mi abuelo donde no vive nadie. Qué horror. Qué horror. Y la gente de afuera, de otros estados, esa de pueblo, se piensa que uno tiene miedo de dejar la comodidad, el agua caliente de regadera, el supermercado a cinco minutos en pie, las pizzas de Forlies que puedes pedir a domicilio cuando te cansas de las de Ruliss y las de Konny's; pero se equivocan, la gente de pueblo es tonta, uno es feliz dejando atrás este desperdicio de ciudad aunque sea una semana, ese índice de calidad de aire que nunca baja de 120 y que algún día me va a matar con esta alergia que tengo y me va a dejar como está mi abuelo tirado en una cama sin permisos de visita y con un sobrino que no podrá verle en sus últimos preciados momentos por el asqueroso e ineficiente sistema capitalino de taxis y las políticas de comida en los andenes de autobuses y las malditas pipas que se vuelcan por conductores despistados y… Maldito tráfico del demonio, el autobús se detuvo. Esto es lo que uno verdaderamente teme: morirse de rabia por estas cosas. Y escribo esto como disculpa. Abuelo, me disculpo. Perdón. Es que no puedo, de verdad que no. No creo que vaya a llegar, lo siento mucho. Abuelo, perdóname.