Acuerdo de palabra

Mario Herrero

Esta tarde, al despertarme de la siesta, pensé que si Daniel Soria seguía viviendo tan adentro mío no le alcanzaría la vida para asomarse al mundo.

Sentía pena por él, y poco a poco me había empezado a doler su soledad tanto como la mía. A la tardecita decidí encerrarme en mi pieza para escribirle. Mientras lo hacía, entró Andrea y vio que mi espalda se inclinaba sobre los papeles. Dijo que había estado escuchando la radio, que algo estaba pasando en el país y que al menos había que enterarse de que se trataba. Perón había regresado a la Argentina y se había muerto en su Patria. Explotaban bombas, la gente gritaba por las calles y escribían las paredes; estaban los Montoneros, las tres A, el ERP, esas canciones de protesta y tantas cosas que a uno le confundían la cabeza, y como yo no daba muestras de escucharla, Andrea se sintió molesta, porque dijo en un tono de reproche: "estás tan metido en las palabras que nunca se te puede encontrar".

A las seis de la mañana yo tomaba el colectivo para ir a trabajar. Por lo general viajaba poca gente, sobre todo en verano que los chicos no van al colegio. A mí me disgustaba encontrarme con alguien conocido; prefería estar solo, sentado cerca de la ventanilla para mirar hacia afuera y poder pensar. Además, nunca me interesó observar a las personas, o a las paredes pintadas como lo hacían ahora, lo consideraba demasiado realista o superficial —en esto coincido con mi vecino. En todo caso buscaba descubrir algo invisible que seguramente se ocultaba en cada objeto. Pero esa búsqueda no la hacía con los ojos, sino con los sueños.

A veces algo golpeaba mis ojos y era como si se despertaran. Ellos descendían dormidos y monótonos del colectivo, al llegar a la puerta del trabajo se detenían por dos segundos para mirar a una señora muy mal vestida, con los cabellos sucios y desalineados, con una bolsa de arpillera donde guardaba latas pedazos de pan y trapos de colores; parada, puntualmente, con una mano abierta hacia el calor de alguna moneda. Es cierto que en ese momento me daba vergüenza pensar en Daniel Soria, y hasta una vez se me ocurrió una frase: "esa mano, más que una paloma, se parece al látigo del insomnio"; y eso fue todo lo que pude hacer por ella.

Entré a la oficina pensando en mi vecino; él me había dicho —de esto hace como un mes— que en el diario donde trabajaba necesitaban colaboradores de mi estatura intelectual. "Hombres esclarecidos como vos, dijo mi vecino, siempre han dado los mejores frutos en esta tierra de ignorantes". Como todas las mañanas incliné la espalda sobre los papeles oficiales, y uno a uno los fui llenando de acuerdo a las fórmulas preestablecidas. Luego, llevé un memorándum hasta el escritorio de mi jefe, que no soportaba o quizás odiaba, pero nunca se lo pude demostrar.

Al mediodía fui a planta baja donde trabajaba el gordo Vázquez para almorzar. Éramos cinco: Javier, el negro Luna, Martínez, el gordo y yo. Martínez había sido novio de Andrea, pero eso fue hace mucho, antes de que Andrea me conociera a mí. Cada uno se traía su comida que por lo común consistía en un sandwich o las sobras de la cena de la noche anterior. Los lunes el más entusiasta era Javier, siempre tenía alguna aventura de fin de semana para contarnos; por otra parte, Javier era sumamente detallista cuando nos narraba los desenlaces siempre afortunados de sus aventuras. Yo desconfiaba bastante, y creo que los demás también, pero pese a saber que nos mentía, a todos nos gustaba esa imaginación portentosa, ese lenguaje cargado de imágenes y de doble sentido. Yo era incapaz de comunicar cosas así, concretas, que parecían tan reales como la vida que ven los ojos.

El gordo nos dijo que había que estar atentos, que el jueves había hablado con uno del cuerpo de delegados.

—Yo también —dijo el negro Luna— si no reincorporan a los compañeros empezamos con las medidas de fuerza.
—¿El sindicato nos avala? —preguntó el gordo—.
—Creo que sí —afirmó el negro—.
—Guarda con quedar pedaleando en el aire.

Cuando el negro Luna y el Gordo hablaban de estos temas nosotros escuchábamos sin opinar demasiado, a lo sumo Martínez hacía alguna pregunta, por ejemplo, qué querían decir con eso de la Patria Socialista, y el gordo sonreía y luego explicaba, pero no siempre quedaba claro. Por mi parte dudaba que se agotaran los temas, y cuando consideraba que el momento oportuno, empezaba a contar lo que me interesaba. Después, fijaba la mirada en el negro Luna o el Gordo, y trataba de interpretar el efecto que les había provocado mi relato sobre Daniel Soria (que sólo existía en mi imaginación, según me diría una semana después mi vecino). Pero ellos necesitaban ver para creer, mientras que Martínez se quedaba mirándome como si le dijera la cosa más extraña de la tierra. "Pero vos, Martínez —le dije un día—, no sabés ni en qué mundo estás viviendo", y creo que fue sincera su respuesta: "no".

El sábado a la tardecita yo estaba tomando mate en el patio de casa, como a mí me gusta, solo y pensando a cada sorbo lo que está pasando por ahí. Desde allí escuché que golpeaban la puerta de calle, y un rato después, vi a mi vecino que se acercaba con cara de no tener nada que hacer.

Me dijo que estaba aburrido de que no aparezca nada nuevo en el mundo. Me daba cuenta de que a Andrea no le resultaba muy simpático mi vecino, sobre todo cuando le hablaba bien de mí y le decía que era una lástima que alguien con tanta imaginación como la mía todavía no haya sido descubierto. En vez de sentir orgullo, ella escuchaba como si le hablaran de un desconocido. Le arrimé una silla y lo invité a sentarse; mi vecino se quedó en silencio esperando que yo había venido a buscar. Aparecieron las primeras sombras y alguna estrella tempranera; Andrea no se demoró mucho y mi vecino comenzó su disertación sobre los griegos cuando le sirvió el primer vaso de whisky. Antes de terminar el segundo ya andaba por el medioevo, a caballo en plenas Cruzadas sosteniendo con una mano la espada y con otra el crucifijo. Puntualmente con el tercer vaso de whisky arribó a nuestro país y se detuvo en un análisis minucioso sobre la generación del 80. Al dejar de hablar, dejó al mundo tan ordenado y tan explicado, que uno se terminaba preguntando porqué le daba tantas vueltas.

Si conocía a Daniel Soria era sólo a través de mis palabras. Esa noche, mientras cenábamos —Andrea se vio obligada a invitarlo a comer aunque de mala gana— mi vecino armó toda una teoría. Dijo —y era notorio que tanta bebida ya había hecho su efecto— que Daniel Soria pertenecía a la categoría de los escépticos o tal vez de los miedosos, que para el caso era lo mismo. Esos tipos no valen la pena, dijo, son de aquellos que se crean una realidad para sí; necesitan ordenar el mundo adentro suyo; mirá, me dijo mi vecino, esos tipos se alejan tanto del suelo donde pisan, que a veces los únicos que los pueden encontrar son los astronautas.

Nunca supe muy bien lo que le gustaba a mi vecino. A veces se quejaba de algo y a los pocos días cambiaba de opinión; resultaba muy difícil entender lo que quería. Pero tenía una característica que le daba credibilidad, y era su convicción al exponer las ideas, aunque en una semana dijera exactamente lo contrario, pero siempre con la misma firmeza y haciendo uso de datos, erudición y de un finísimo análisis que lo llevaba inexorablemente hacia la demostración del problema.

Me fui a acostar temprano, me sentía vacío y triste. Antes de apagar la luz, Andrea dijo que estuvo tentada de preguntarle a mi vecino qué era eso del Pacto Social, pero finalmente no se animó. Murmuró algo sobre unas largas vacaciones, lejos de todo este ruido infernal, en un lugar donde pudiéramos reencontrarnos y después ya no escuché más porque me ganó el cansancio.

Daniel Soria entró como siempre se entra en ese lugar, tomándolo a uno dormido. Andaba por mis sueños, silencioso. Lo vi llegar a la oficina una mañana, era delgado y tenía unos ojos que se reían más que los dientes. Pensé para mí: "parece un fantasma", y continué ordenando papeles. Veinte minutos más tarde, se acercó a mi escritorio junto con Martínez para las presentaciones; en el momento de tenderle la mano, Soria encontró mis ojos para decirles: "los fantasmas somos pura palabrería".

El lunes por la tarde mi vecino entró a mi casa sin siquiera golpear la puerta. Se presentó de golpe, sin pedir permiso, vengo a hablarte de ese tipo del que dialogamos el sábado, estuvo discutiendo con un colega mío el asunto, y él aportó otro punto de vista. Estamos enriqueciendo la idea. En el fondo, ese tipo no existe. Cómo te podría decir; está fuera de todo tiempo y espacio, metafísica pura; la única posibilidad de existir es en la conversación de otras personas que están, como ahora vos y yo, ¿entendés?

No volví a pensar en Daniel Soria hasta el viernes a la noche. Andrea comentó que en los diarios decían que el personal donde yo trabajaba estaba de huelga; no me preocupé demasiado porque había pedido veinte días de vacaciones, y de esta forma podía justificar mi ausencia. Sólo imaginé, por un segundo, al Gordo y al negro Luna parados frente a la puerta del trabajo, diciéndole a la gente que no entre. Andrea me preguntó si la huelga era por esas personas que habían echado. No le contesté. Insistió con otro tema, quiso saber si todavía trabajaba conmigo ese muchacho de apellido Martínez. Le hice un gesto afirmativo con la cabeza, y después me fui al fondo de casa; empezaba a anochecer.

Avanzada la noche, Soria empezó a llamarme desde alguna parte; yo tenía que comunicarme con él. Me encerré, entonces, en mi pieza. Me preguntaba qué era lo que me llevaba hacia Soria. En realidad, yo había sido siempre una persona sin respuestas; había sido una persona que nunca entendía bien lo que pasaba a su alrededor, una persona un poco extraña. Había momentos, como en esa noche, en que me sentía perdido, sujeto a nada; tal vez esa sensación de sentirse ajeno, lejos de todo, me impulsaba a buscar algo; algo desconocido, incorpóreo como Daniel Soria.

Coloqué una hoja en blanco en la máquina de escribir, y palabra a palabra fui creando otro ámbito donde pudiera encontrarlo; quiero decir, que escribí un relato.

Lo primero que descubre el lector del relato es que el personaje se oculta.

En el segundo párrafo ya está solapado entre los pasajeros de un colectivo; y en la próxima parada subirá Diego, su amigo. El personaje —cuyo apellido comienza con S. y que tiene unos ojos que siempre se ríen— se ha colocado de perfil, da la espalda, y con mucha precaución se dirige hacia adelante. Luego lo espiará a Diego: con su guardapolvo blanco, sus medias marrones tres cuarto, solo, rodeado de gente tan grande, que a veces, lo confiesa, le da un poco de pena.

Se mantendrá oculto de sus padres, de sus maestros, y en la adolescencia con su novia de quien pueda verlos. Ella recordará por el resto de sus días una tarde lluviosa, remota, cuando su novio nunca llegó y se le quedó oculto para siempre en la memoria.

En su juventud, S. realiza un primer descubrimiento; escuetamente afirma: "el mejor escondite era uno mismo". Trabajé en oficinas —confiesa S.— realicé tareas administrativas. No fueron pocas las veces que los jefes como Martínez se enojaron conmigo. Yo esbozaba una sonrisa sin mayor justificación, ellos pensaban que era un gesto nervioso, o algún índicio del pánico, pero yo estaba cómodamente escondido detrás de los dientes.

S. ha variado de método, ha sustituido lugares que lo encubran: pero su segundo descubrimiento va algo más allá. En un primer momento —reflexiona S— me pareció jocoso, después, pensándolo mejor, era un tanto triste, porque resulta que el que se había escondido de mí, era yo.

Muy confuso S. sale en busca de respuesta; llega a preguntarle a un vecino suyo que cruza la calle: "¿No vio pasar a un hombre de más o menos treinta y siete años, alto, con bigote cano, que soy yo; dígame, usted no me vio por aquí?". Y mientras se aleja, surge un nuevo interrogante que lo lleva a comprender cada vez menos la situación: ¿Quién es ése que hipócritamente lleva mi cara, y que no soy yo, y que dice andar buscándome?

Andrea estaba parada detrás mío, callada; yo no la había escuchado cuando entró a la pieza. En ese momento sonó el teléfono; me levanté y fui a atender.

Era mi vecino.

Me comunicaba que con un grupo de colegas competentes estaban por realizar una charla pública sobre ese tipo del que le había hablado. Ideas que nos lleven a preguntarnos por la verdadera condición humana, por el misterio de la vida y de la muerte, etcétera. Está bien, le respondí a mi vecino, ahora ustedes tienen el deber de decirle a la gente quién es Daniel Soria.

Antes de guardar los papeles, tuve la necesidad de mostrarle el relato. Mientras leía, Andrea hacía comentarios: yo le daba demasiada trascendencia a ese tipo, iba a terminar loco de la cabeza; además, no sabía mucho de literatura, pero eso que había escrito era demasiado fantasioso, y si el personaje se parecía a alguien, es más a vos, Diego, te lo aseguro, que a Daniel Soria.

Después, cuando releyó un cierto párrafo, se le humedecieron los ojos, y se quedó muy quietita como si hubiera encontrado algo y no quisiera que se le escapara. Con algo de tristeza murmuró: "fue la tarde más larga de mi vida; creí que no ibas a volver nunca".