Amor a lo lejos
Ignacio TerranovaParte I
¿Hay limites para amar?
¿Hay amor hasta la eternidad o después de la muerte?
¿Podemos amar a distancia? ¿Cuánto puede soportar una persona sin una pequeña muestra de afecto? ¿Realmente es posible soportar la soledad?
Estas preguntas siempre me las hago en medio de la oscuridad solitaria de la noche, cuando todas las almas descansan y los ojos permanecen cerrados, cuando el silencio de mi alrededor hace que mis pensamientos sean ruidosos.
Yo, Gabriel, amo a distancia a mi pareja, se llama Victoria.
Siempre ella me dijo que no puedo amarla teniéndola lejos. Yo, obviamente como todo testarudo enamorado, se lo niego y refuto un millón de veces. Hay muchas cosas que me gustan de ella, como por ejemplo sus ojos. Los ojos son una puerta al alma y a la sinceridad, los ojos imposibilitan la mentira.
También me gusta y me encanta su sonrisa, cuando sonríe siento el corazón a ritmos acelerados, su sonrisa es tan cálida, que me genera calma.
También me gusta su forma de ser, ella es una persona muy dulce, bondadosa y todos los adjetivos positivos imaginables e inimaginables. Tiene sus defectos, como toda persona. Cuando se pone triste siempre tiene pensamientos negativos y, a veces, amenaza con quitarse la vida, pero esto solo sucede cuando está triste y saturada a la vez.
Teniéndola lejos siempre me la encuentro en mis sueños. Siempre es el mismo sueño, nos encontramos siempre en su heladería favorita y a la misma hora.
La única diferencia que tienen estos sueños, son que las charlas que tenemos siempre son distintas y de distintos temas en general.
Hoy no pude dormir bien, quizás mañana pueda conciliar con el sueño para poder reencontrarme con Victoria.
Parte II
Empecé el día mal. Así que antes de ir a trabajar, me preparo un café potente para no dormirme en el trabajo.
¿Saben de qué trabajo? Soy cajero y/o a veces mesero en un restaurante. Allí tengo un amigo mío llamado Matías, siempre me pregunta si estoy bien. Soy una persona de pocas palabras, así que solo le afirmo con la cabeza.
Me veo en el espejo y mis ojeras son cada vez más grandes, odio no poder dormir bien porque quiero reencontrarme con Victoria
Algo que capaz pueden odiar de mí es que no me expreso o comunico en abundancia, soy una persona que piensa más de lo que habla.
El día de hoy me citó uno de los dueños del restaurante, fui a su oficina, lo saludé con un apretón de manos y me senté.
—¿Cómo has estado, Gabriel? —dijo mi jefe—. Sé que estás pasando por momentos difíciles. Antes con tu alegría iluminabas este lugar, lo hacías hasta cierto punto mágico.
—Estoy bien, solo necesito estar solo y tener mi espacio —le contesté ante su preocupación.
Me miró de arriba a abajo, suspiró y me dijo:
—No te ves para nada bien, estás desarreglado y tienes pintas de muerto viviente. Mira, he visto un psicólogo muy bueno en la capital, si quieres yo cubro los gastos. Gabriel enserio, quiero verte bien.
—Le agradezco la oferta, jefe, pero lamento que no voy a poder aceptarla.
Suspiró de vuelta y me dijo:
—Está bien, dentro de todo es tu decisión, pero si cambias de opinión ya sabes que tienes mi número.
—Está bien, muchísimas gracias.
Me levanté de mi asiento y estaba a punto de retirarme. Hasta que mi jefe exclamó.
—¡Espera Gabriel! Ven aquí.
Me acerqué frente suyo, no sabía qué quería.
—Te voy a dar algo que de vez en cuando, naturalmente, necesitamos.
Primero me miró de arriba a abajo, y me abrazó. No era algo que esperaba, pero algo que sí necesitaba.
—Te quiero, Gabriel, todos aquí te queremos. —Quería llorar, pero mis lágrimas estaban secas—. Si necesitas algo no dudes, por favor, no dudes en llamarme.
Me soltó y palmeó mis hombros.
—Aunque no lo creas, Gabriel, eres una persona muy fuerte y por eso te admiro.
No me salían las palabras, solo le afirmaba con la cabeza. Nos despedimos y me fui de vuelta a trabajar.
Parte III
Terminé mi turno y me fui a mi casa, exhausto y con ganas de reencontrarme con Vicky.
Hay una canción que siempre me relaja. Se llama El Tesoro, de la banda Él Mató A Un Policía Motorizado. Es un tema que le dedique a Vicky, por mas que le moleste mi presencia, a mí me gusta estar de nuevo acá.
Puse la canción en bucle en mi parlante, con volumen bajo. Me acosté, hice un ejercicio de respiración para relajarme, cerré los ojos y logré dormirme. Veía todo oscuro, estaba parado en medio de la oscuridad. Apareció en medio de ella mi amada Victoria.
Se acercó a mí y me dijo:
—¿Estás seguro que quieres repetir siempre el mismo sueño?
Totalmente emocionado le contesté.
—¡Si! Son los mejores sueños que tuve en mi vida.
Ella suspiró, sonrió y me dijo: “Está bien”.
Escuchaba una parte de la canción en mi sueño, que decía: "Paso todo el día pensando en vos. Vos pensas que pierdo el tiempo".
Mientras, el verdadero sueño empezó. Nos juntamos en su heladería favorita, ella estaba esperándome en su lugar de siempre.
Pero esta vez estaba con la cara enojada, qué raro, ella nunca fue así. Cuando la vi enojada, sonó otra parte de la canción que decía: "Perdón si estoy de nuevo acá. Pensé que habías preguntado por mí. Me gusta estar de nuevo acá. Aunque no hayas preguntado por mí".
Me senté enfrente suyo, me había olvidado de pedir los helados. Estaba a punto de levantarme para pedirlos, pero me dijo Vicky:
—Dejá, mi amor, ya los pido yo.
Este sueño era distinto, no sucedía lo de siempre.
Terminó de pedir los helados, los retiró y los trajo a la mesa. Se sentó, me miró y me dijo:
—Te noto mal, mi vida. ¿Qué pasó?
—Nada, solo tuve una mala racha, pronto pasará. No quiero ser el foco de atención así que mejor hablemos de vos. ¿Cómo has estado?
Suspiró y me contestó:
—Bien, pero hay un problema, Gabi.
Sorprendido y confundido le pregunté:
—¿Cuál es el problema, Vicky?
Ella empezó a llorar y me dijo:
—Ya me cuidaste lo suficiente en la derrota, pero el final, Gabi, ya llegó.
Yo también empecé a llorar y le pregunté:
—¿Por qué llegó el final, amor?
Hizo un grito de berrinche y mientras seguía llorando me contestó:
—Tienes que soltarme, te estás consumiendo a vos mismo. Tomas somníferos para verme aquí todo el día, todos los días. Solo tienes que aceptar mi muerte, solo eso. ¿Podés, Gabi?
Sollozando le conteste:
—No puedo, Vicky, no puedo superar tu muerte. Siento que tu suicidio fue culpa mía. Te mataste después de que tuviésemos un lindo día aquí mismo, estabas muy feliz, no pensé que podía pasar lo que terminó pasando.
Se acercó a mí, puso su mano en mi cara y me acarició diciéndome:
—No fue tu culpa, solo sucedió y lamento que haya sido así. Pero por favor, puedes recordarme, pero debes soltarme para superarme. Nunca volveré a estar de manera física contigo, pero esté donde esté te voy a cuidar y siempre te voy a amar.
Sabía que ella tenía razón, le afirmé con la cabeza y después ella añadió:
—Ya me cuidaste suficiente en la derrota, el final ya llegó. Ahora me toca a mí cuidar de vos, hazle caso a tu jefe y acepta aquella oferta de ir a un psicólogo. Conozco a uno muy bueno, se llama Miguel Sosa.
Le volví a afirmar con la cabeza y le dije:
—Te amo y te amaré por siempre.
Ella me abrazó y me dijo:
—Yo te amo y amaré aun mas.
Dejó de abrazarme, me miró a los ojos y me besó. Terminamos de besarnos y me dijo:
—Es hora de despertar, amor. Suerte en todo, mi vida.
Un fuerte destello me encegueció, el escenario desapareció. Y Vicky también. Solo me quedé en oscuridad, escuchando una voz familiar.
Parte finalAbrí los ojos. No sabía dónde estaba.
A lo lejos, había escuchado una voz que se me hacía conocida.
—¿Es aquí dónde está Gabriel?
Le contestaron que sí, y pasó a la habitación.
Esa voz conocida era la de mi jefe. Traía un ramo de flores y una sonrisa de oreja a oreja. Se acercó a la camilla, dejó las flores y me dió un abrazo.
—¿Cómo estás, campeón?
—Bien, creo —le respondí—. ¿Qué me pasó?
—Se te fue la mano con los somníferos. —Mientras me tomaba el hombro—. Casi mueres, menos mal que fui a tu casa y ahí fue cuando te encontré inconsciente.
Aún seguía confundido. No recordaba haber tomado las pastillas. O quizá se me había hecho costumbre de tanto tomarlas, que se me había olvidado.
—¿Aún sigues interesado en lo del psicólogo? Conozco uno muy bueno, se llama Migue.....
Lo interrumpí y completé.
—¡Miguel Sosa!
Mi jefe, sorprendido preguntó:
—¿Cómo lo sabes?
Yo le contesté:
—Me lo dijo Vicky, en su despedida.
Rápidamente asocié que no había sido un simple sueño. Había sido una conexión divina con mi ángel Victoria.
Mi jefe se emocionó y dijo:
—No fue casualidad, Gabriel. Tu corazón dejó de latir y estabas muerto. Te revivieron de milagro.
Me quedé congelado, realmente había estado con mi amada, aunque sea por una última vez.
Me quebré en llanto y me desplomé en los brazos de mi jefe. Ese día, fue un día decisivo en mi vida.
Pasado el tiempo, logré recuperarme. Aunque, de a poco, voy avanzando. Ahora todas las preguntas que me hacía a mitad de la noche, tienen ya su respuesta.
¿Que si hay límites para amar?
Claro que no, a no ser que se convierta en obsesión.
¿Hay amor hasta la eternidad o después de la muerte?
Claro que sí. Voy a amar a Vicky hasta la eternidad. Y si hay un más allá, o algún lugar donde finalmente pueda reencontrarme con ella, nos amaremos por siempre en ese lugar.
¿Podemos amar a distancia?
Por supuesto. Cuando una persona fallece no significa que no podamos seguir amándola. Solo no estaremos cerca físicamente.
¿Cuánto puede soportar una persona sin una muestra de afecto?
No mucho, o por lo menos yo no puedo soportar que no me den un abrazo en todo un mes.
Estas preguntas, ya han sido contestadas.
Ahora, viene mi última pregunta.
¿Se puede amar a lo lejos?
Mi respuesta es sí. Mi amada Victoria permanecerá inmortalizada en mis recuerdos.