Amores
ColetteEl petirrojo ganó la partida. Luego se fue a cantar victoria con escueto piar, invisible en lo más frondoso del castaño. No se había amilanado ante la gata. Se había quedado suspendido en el aire, un poco por encima de ella, vibrando como una abeja, al tiempo que le lanzaba, en breves ráfagas, parrafadas inteligibles para quienes estén al tanto de la petulante conducta del petirrojo y de su coraje: «¡Insensata! ¡Tiembla! ¡Soy el petirrojo! ¡El petirrojo en carne y hueso! ¡Un paso más, un ademán hacia el nido donde está incubando mi compañera y, con este pico que ves, te saco los ojos!». Yo permanecía atenta, lista para intervenir, pero la gata sabe que los petirrojos son sagrados; sabe también —ella que tantas cosas sabe…— que un gato se arriesga a quedar en ridículo si tolera el ataque de un pájaro. Azotó el aire con el rabo, como un león, se le estremeció el espinazo, pero capituló ante la airada avecilla y seguimos ambas nuestro paseo vespertino. Paseo lento, grato, fructífero; la gata descubre y yo me instruyo. A decir verdad, hace como que descubre. Clava la mirada en un punto del vacío, se queda quieta y alerta ante lo invisible, la sobresalta un ruido que yo no percibo. Y entonces me toca a mí, e intento inventar lo que la mantiene tan atenta.
Sólo enriquecimiento puede derivarse del trato con los gatos. ¿Será por interés por lo que llevo medio siglo buscando su compañía? Nunca tuve que buscarla mucho: aparecen por donde piso. Gato extraviado; gato aldeano, acosador y acosado, enflaquecido de insomnio; gato de librería, impregnado del aroma de la tinta; gatos de las lecherías y las carnicerías, bien alimentados pero ateridos de pisar las baldosas; gatos asmáticos de los pequeños burgueses, atiborrados de bofe; felices gatos despóticos que mandan en Claude Farrère y en Paul Morand, y en mí también… Todos os topáis conmigo sin sorpresa y con no poca satisfacción. Espero que, de entre cien gatos, preste algún día testimonio a mi favor esa gata errabunda y hambrienta que tropezaba, entre maullidos lastimeros, con la muchedumbre que vomita al caer la tarde la boca de metro de Auteuil. Me distinguió de los demás, me reconoció: «¡Por fin estás aquí! Cuánto has tardado, no puedo más… ¿Dónde vives? Ve delante, que yo te sigo…». Me siguió, tan fiada en mí que me hacía latir el corazón. Mi casa la asustó al principio porque había alguien más en ella. Pero se acostumbró, y allí se quedó cuatro años, hasta que murió víctima de un accidente.
Nada más lejos de mi intención que olvidarme de vosotros, perros entrañables, a los que tan poco cuesta herir, a los que no cuesta nada curar. ¿Qué sería de mí sin vosotros? Os hago tanta falta… Hacéis que me dé cuenta de cuánto valgo. ¿Así que existe aún un ser para el que puedo representarlo todo? Resulta prodigioso, reconfortante: un tanto fácil.
Estoy más al tanto de la devoción que por mí siente el perro y de la exaltación que ésta le proporciona que de su vida amorosa. Y es porque, de entre diez razas que aprecio, prefiero la que tiene vedadas las probabilidades de maternidad. Acontece en ocasiones que la hembra del terrier brabanzón o la del bulldog francés —razas chatas de voluminosa cabeza, que con frecuencia perecen durante el parto— renuncian por instinto a los voluptuosos privilegios trimestrales. Dos de mis perras bulldog mordían a los machos y no los toleraban como compañeros de juego más que en épocas de inocencia. Una hembra de caniche, sutil en exceso, rechazaba a todos los pretendientes y consolaba su voluntaria esterilidad fingiendo amamantar a un cachorro de goma roja… Sí, ha habido muchos perros en mi vida, pero ha habido el Gato. A la especie gatuna le debo determinada actitud de disimulo de la que me honro, un gran dominio de mí misma, una marcada aversión por los ruidos destemplados y la necesidad de permanecer en silencio durante mucho rato.
A esa gata que acaba de posar en «primerísimo plano» para la novela que lleva su nombre, la gata del petirrojo, no la ensalzo sino reticente y turbada. Pues si ella es para mí inspiración, yo soy para ella obsesión. Sin pretenderlo, la he sacado del universo felino. A él regresa en la época de los amores, pero ¿qué uso le da mi gata al apuesto gato parisino, al semental que «va de visita» llevando consigo su almohadón, su bandeja de serrín, sus menús y… su factura? El mismo que al asilvestrado que, aplastando las orejas, se cuela en el campo por el agujero del seto. Un uso rápido, frenético y colmado de desprecio. El azar aparea a esta indiferente con desconocidos. Me llegan grandes voces, de guerra y de amor, voces desgarradoras como la del gran duque cuando anuncia el alba. Reconozco el acento de mi gata, sus insultos, sus bufidos, que ponen las cosas en su sitio y humillan al vencedor transeúnte…
En el campo, recupera en parte la coquetería. Vuelve a ser liviana, alegre, infiel a varios machos a los que se entrega y de los que se aparta luego sin escrúpulo alguno. Me satisface ver que aún puede ser, en algunas ocasiones, nada más que «una gata» y no ya «la gata», esa entrañable, vivaracha y poéticamente absorta en el fiel amor que me profesa…
Entre las tapias de un estrecho jardín de Île-de-France, se vuelve retozona y confiada. Y también esquiva. La inteligencia le aparta el cuerpo de los delirios al uso. Permanece de hielo mientras las hembras de su especie se consumen. Pero, hace tres semanas, llamaba, soñadora, al amor, bajo unos nidos ya vacíos, entre los gatitos nacidos dos meses atrás, y mezclaba sus lamentos con los gritos de las grises crías del herrerillo. El amor no esperó a que se lo dijeran dos veces. Allí se presentó el viejo conquistador atigrado, de desmedidos colmillos, enjuto, con calvas, pero dotado de experiencia, resuelto al instante, al que respetan incluso sus rivales. Le iba pisando los talones al joven gato rayado resplandeciente de confianza y necedad, de hocico ancho y frente estrecha, hermoso como un tigre. En las cobijas de la tapia, apareció por fin el gato aldeano, al que peinaban con raya en medio dos manchas grises sobre fondo blanco sucio y que parecía adormilado aún e incrédulo: «¿Estaré soñando? He creído oír que me reclamaban urgentemente…».
Entraron los tres en liza, y puedo asegurar que se las vieron y se las desearon. A la gata le brotaron, de entrada, cien manos para abofetearlos, cien manecitas azules y veloces que se le quedaban enganchadas en el pelo raso y la piel. Luego se enroscó como un ocho. Luego se sentó en medio de los tres gatos y pareció olvidarse de ellos durante mucho tiempo. Luego salió de su altanera ensoñación para subirse a un pilar de desgastado capitel, desde el que su virtud desafiaba a todos los asaltantes. Cuando se dignó bajar, miró atentamente a sus tres esclavos con infantil asombro y se avino a que el hocico de uno de ellos besara su propio hocico, arrebatador y azul. Al prolongarse el beso, lo interrumpió con un grito imperioso, que semejaba un ladrido gatuno y era imposible interpretar, pero ante el que los tres machos reaccionaron retrocediendo de un salto; en vista de lo cual, la gata emprendió un meticuloso aseo, y los tres aplazados se quejaron de la espera. Para pasar el rato, fingieron incluso pelearse en presencia de una gata fría y sorda.
Por fin, renunciando a las mentiras y a los juegos, se tornó cordial, se desperezó despacio y, con andares de diosa, se reunió con la plebe.
No me quedé para saber lo que iba a suceder a continuación. Aunque la gracilidad felina sale indemne de cualquier riesgo, ¿por qué someterla a la prueba suprema? Dejé a la gata sola con sus demonios y me fui a esperarla a ese lugar del que no se separa ni de noche ni de día cuando trabajo en él despacio y laboriosamente: la mesa donde, asidua y tan callada como pueda yo apetecer, pero zumbando con un sordo murmullo de dicha, yace, vela o descansa bajo mi lámpara la gata, mi modelo, la gata, mi amiga.