Arraigar en Buenos Aires

Felipe Justo Cervera

Voy a cambiar de vida. Mejor dicho, voy a arraigarme en Buenos Aires; a plantarme en la yema del país; en el centro centro del vivir. Porque mejor que Buenos Aires no existe en la Argentina. Ni ensueño ni quimera que la iguale. Por ahí debí comenzar aquélla vez. Pero el tiempo malogrado ya no importa. ¡Allá voy, Capital! ¡Si te habré mirado en "Gente" y "Siete días"! ¡Si te conoceré, reina! ¡Adelante, ómnibus! ¡Ponélo en quinta chofer! ¡Más rápido! ¡Más rápido! ¡Dios mío, si habrá canillas que arreglar en Buenos Aires! Con el arte y el oficio que tengo amasijados en mis manos y mis entrañas puedo ajustar y desembollar el grifo más portentoso del mundo. Hasta hacerle moñitos en las curvas para que sonría cuando lo abran. Y justo eso voy a encontrar en Capital. Trece millones de habitantes, trece millones de canillas. ¡Qué pedazo de ciudad! ¡Ahí sí voy a tener sentido! Ahí sí voy a poder superar esa desesperanza que me pesa desde mi pueblo, San Javier, allá donde el tío Santiago me habilitaba con su almacén si aceptaba casarme con su hija Lucía. Por eso durante un tiempo aguanté: bolsas, paquetes, botellas, viejas cargosas. Hasta que me cansé. Porque en el fondo, el almacén no me llenaba. La vida no puede realizarse en un almacén. Y aunque Lucía me gustaba, me tiraba más hacer otra cosa; algo maravilloso. Radicarme, por ejemplo, en un lugar importante, donde vos sentís que respirás de verdad; y que sos alguien. Y en San Javier no pasaba nada. Por eso dejé de lado el orgullo de la secundaria, aprendí el oficio de plomero, y me las tomé para San Justo. "¡Mirá que el río es lindo! ¡Que las islas son hermosas! ¡Que la gente es buena!". Pero se vive con algo grande; no con un río, islas, o gente buena. ¡Se vive con algo grande! ¡Qué mierda podés hacer con tu vida en San Javier! ¿Sabés, en cambio, lo que debe ser arraigarse en Buenos Aires?

Estuve con ellos cuando volví: el viejo tío Santiago y Lucía. De fierro Santiago. Un Sosa raro. Un Sosa auténtico, supongo (de los del siglo pasado, como mi bisabuelo). En algunas cosas antiguo, como mi viejo; en otras moderno, como yo. Pero nos diferenciamos; no entiende que para vivir hay que irse, hay que cambiar. Si yo retorné unos meses fue porque Santa Fe terminó pudriéndome: canillas de media pulgada apenas; de vez en cuando algún bronce. Pavadas. Necesitaba ir a un lugar distinto, y no sabía dónde. Quizás Brasil, o Estados Unidos, ¿porqué no?. Por eso momentáneamente regresé a San Javier. Había recalado en Santa Fe después que abandoné San Justo; ¡flor de clavo San Justo! Dos años aguantando, esperando, soldando una soncerita aquí, otra allá. Sin horizonte por delante; salvo el de la salida del sol hacia los bajos del Saladillo Amargo. Si es que a algo así se le puede llamar horizonte. Antes, cuando muchacho, pensaba que para eso –un horizonte en la vida– San Javier era único. Levantarse en sus madrugadas de primavera, con el fresco haciéndote hormiguear la sangre; plantarse en la barranca en esa penumbra mágica que antecede al amanecer; con esa neblina sosegada que asciende difusa, cubriendo el alma del río y las islas, jugando a disfrazar la realidad, mostrándote, cual lanzas queriendo escapar hacia el cielo lejano, soterradas copas de árboles. La verdad, en eso no hay nada comparable a San Javier. La verdad, también, es que en esos momentos uno siente que está respirando el oxígeno del universo, respirando algo singular que viene desde mucho más allá del pecho, algo torturante que confusamente te impulsa, que hasta pareciera provenir del pasado, si es que lo pasado puede seguir actuando después que pasó, y empujar, aún, la propia vida (Santiago dice: "es el canto del zorzal, el perfume del aromo, los coletazos del dorado, el lamento del Crispín, el recuerdo de tantos hombres que vivieron, lucharon, y murieron aquí antes que nosotros"). Pero no se trata, solamente, de vivir respirando bien. Uno debe buscar un espacio que le ofrezca cosas, gente, relaciones. Porque uno no es nada sin los demás; y cuanto más son esos demás mejor es. No sé cómo mi viejo y los otros pudieron vivir la vida –todas las vidas– en San Javier, sin moverse, sin salir. Mi abuelo jamás pasó de Saladero Cabal, arreando tropas desde Alejandra, Colonia California, Romang. Y mi padre fue sólo una vez a Santa Fe, y la entrevió apenas de paso, apenas para asombrarse, supongo (con esos ojos tan vírgenes con que miraba las maravillas del universo, como si a su alrededor el mundo aconteciera por vez primera), del puente colgante, de la estación de ferrocarril, del bulevar a la francesa. Y al fin terminó en la banquina del camino a Cacique Ariacaiquín, aplastado por un bayo que costaló y le reventó los riñones. Cuando todos andaban en bicicleta o auto, él, tozudo como buen Sosa, insistía en bombacha y caballo. Pienso en lo que perdió de ver (lo que nunca llegó a saber, siquiera, que existía) por no moverse, por no ambicionar vivir en otros lugares. Mi bisabuelo también nació y murió en San Javier, y en su tumba una cruz de algarrobo, labrada a mano, con nombre y apellido cavado a punta de cuchillo, lo memora: Nazario Sosa. Soldado de línea cuando la frontera pasaba apenas del pueblo al norte, y todo era monte cerrado con indios a tiro de fusil. Capataz de estancia después. Comisario al fin, hace cien años. Mi padre conservaba algunas actas levantadas por él: letra grande, lenta, firme el trazo. Seguro también él fue de algarrobo. Pero: ¿quién se acuerda? ¿a quién le importa que yo sea sanjavieleño de cuarta generación, o de quinta, o sexta, o de sesentaba generación? Porque de alguna parte tiene que haber salido mi bisabuelo, y supongo que ha sido de San Javier nomás. Casi me estoy preguntando ahora si mi familia no habrá fundado eso; ese pueblo, ese paisaje agreste, ese respirar extraño. Me pregunto si San Javier y nosotros, los Sosa, no seremos una misma cosa a través del tiempo, desde que el mundo nació ahí, sobre el río, vomitando pescados, carpinchos, garzas y tuyangos. De todas maneras, ya no importa: ni la historia, ni la frontera, ni los algarrobos, ni el cementerio, ni las islas. Todo quedó atrás. El mundo, el mundo sustancial es otra cosa. Suerte que la Lucía no alcanzó a engancharme. Aunque no era la Lucía el problema. Era el pueblo; su falta de horizontes. Conocía (conozco) cada rincón de San Javier como la palma de mi mano (y aún me parece sentirme caminando sobre esa tierra arenosa, cosquilleando en la yema de los pies desnudos la cálida fuerza de noviembre, rumbo al eucaliptal del ferrocarril a buscar pichones de loro), y cuando niño me parecía el lugar más hermoso de la tierra. Pero crecí, y debo ser algo. Y no se puede serlo en un lugar que no es nada, ¿no? Por eso no me explico lo de ese cura Paucke que dicen se hizo famoso viviendo aquí, cuando ésto era sólo reducción de indios (y de Sosas, supongo, porque por ahí debe estar la punta del hilo). Si ahora no es nada, ¿cómo habrá sido de pobre la ranchada, entonces? ¿Y, cómo un tipo (extranjero para colmo, con lo duro que son de la lengua) pudo arraigarse aquí, cuando sólo existían indios, y Sosas, y hacerse famoso? Para mí que alguien lo inventó, se mandó los dibujitos, copió algún libro de Africa, y dijo que todo eso había ocurrido en San Javier. En los dibujos los indios y los Sosas parecen auténticos; pero igual me palpito que debe haber cuento. Ahora importa que el ómnibus no se detenga, que apure la marcha, porque veo nombres conocidos en los carteles y me parece estar tocando ya la tierra donde verdaderamente vale la pena vivir. ¡Qué fácil debe ser arraigarse en Buenos Aires! Si eso del cura Paucke es cierto más le hubiera valido venirse a la Capital. Aquí sí hubiera sido feliz. Y seguro que en vez de uno hubiera escrito diez, ¡o cien libros! Aquí podés vivir mil años y no te cansás; digo, porque presiento que esto es inapreciable y podés sentir cosas genuinamente importantes que te atan. No como los versitos de la escuela con el cuento de la tierra donde naciste y la patria chica y la región. Y seguro que en Nueva York o Miami podés ser más, más vos mismo. Ahí te plantás y tenés canillas como para inundar el Paraná durante un siglo. Y te cansás de vivir a pleno, y sentir que sos alguien. Con esos edificios altos que estoy viendo ahora, y estas fábricas y casas y monobloques interminables siento que estoy tocando, por fin, Buenos Aires. Humo, sí; gente corriendo; autos que pasan enloquecidos y no te dejan respirar; ómnibus repletos. Y bueno, es el precio a pagar por encontrar algo valioso en que arraigarse. Que los Sosa de San Javier sigan mateando recuerdos; saboreando esos pacuses asados, esos chupines de moncholo; esos guisos de cordero con romero y orégano; alegrándose con ese río loco; creyendo en los cuentos del cura Paucke. Yo bien sé que ahí nadie puede arraigarse, ni aunque sea un Sosa con bisabuelo de algarrobo (fundador de paisajes, de fronteras, de ríos y respiraciones) zapateando sin descanso la luz mala del cementerio desde hace cien años, o mil años; o desde que comenzó la historia del mundo con los Sosa. ¡Aquí estoy, Buenos Aires! ¡Prepará tus canillas, tus plomos, tus hierros, tus bronces! Desde hoy un Sosa va a ser alguien pisando tu cemento. ¡Aquí estoy, Buenos Aires!