¿Aún sueña Sandokán?
Felipe Justo CerveraSigo obsesionado por Macbeth. Y así será, supongo, por el resto de mi existir. De no haber llovido todo hubiera sido distinto. Mas, llovió. Recuerdo; amaneció soleado, luego una oscura masa se encabritó desde el sur, y a la hora en que el camión debía llegar Dios despeñó herejes goterones sobre la tierra, y mi destino cambió. Con hojas de viejos diarios construí entonces un velero de guerra, en cuya proa, rojas letras de óleo, grabé "Piratas de Mompracen". Y cuando la lluvia cesó, sobre la corriente formada contra la acera lo solté.
Diez años han pasado. Y el camión que debía llevarme de regreso a mi pueblo no llegó. Y de tan frívolo detalle deviene esta incertidumbre de mi vivir. Ese día, mientras lo esperé —el seco martillo de la lluvia apabullando incansable el zinc antiguo de mi techo—, mientras soñé a "Piratas de Mompracen" venciendo bravíos tifones, me esforcé en desentrañar el justo tono para la mujer contorneada en la tela.
Cesada la lluvia, apagado el atardecer sobre mi ventana, salí a la ciudad, salí a la noche. Caminé mojadas calles urbanas; busqué pistas de mi goleta pirata; anhelé inaccesibles mujeres hermosas; tomé solitarios vinos. Al fin, clareando ya, presentí (recién) el matiz adecuado para mi Venus de caballete.
Tardío iluminaba el sol cuando desperté. Por un instante me acordé del camión. Luego, forjando planes para mi futuro, lo olvidé. Además, el guiso con el que Julieta había prometido esperar mi regreso seguramente estaría frío ya. Por otro lado, aunque no puedo decir que viviera en una mansión, mi casa se defendía. Y como había encajonado mis pertenencias para el traslado (ropas, libros, enseres) sobraba espacio en ella y resultaba más grata para el estar. Tanto que parecía un palacio. Como los de antaño; del rey Arturo o Leonor de Aquitania. Como el castillo de Macbeth; no por los horrendos asesinatos (Dios me libre; no me preocupan las muertes ajenas; sólo me perturba la sangre, esa tenebrosa sanguinolencia que mancha) sino por haber matado el sueño yo también. Por eso olvidé reclamar el camión. Por no poder dormir de noche y hacerlo sólo de día, hora más apropiada ésta para acordarse de cosa tan pedestre como los camiones. Aunque al mes volví a considerarlo, pues teniendo mi ropa encajonada no podía cambiarme siquiera lo puesto. Para entonces mi camisa se sujetaba sola; toda tierra y sudor. Y el par de medias, sacralmente lavadas por las noches, comenzó a deshilacharse. Y de ahí, de esos agujeros —dolida carne rozando el cuero del zapato—, provienen estos callos, casi ancestrales ya, que quizás mis descendientes hereden. Así fue como al mes abrí el cajón de la ropa, y me acordé otra vez del camión. Y decidí insistir ante la empresa por tan incomprensible desidia. También recordé el guiso de mi querida Julieta; aunque seguro estaría demasiado frío ya.
Una fallida exposición me sirvió para repudiar el figurativo azul. Como alucinado comprendí en ese instante que la esencia del arte se acomoda más a la sustancia de lo inmaterial que a la utilitaria materia. Por eso nuevamente me olvidé del transporte. Mi recién parida estética absorbía la totalidad de mis días; y me olvidé. Además, después de tres meses, seguramente Julieta habría tirado el guiso.
Cuando desembalé y desparramé mis pertenencias sobre el piso, mi casa redujo sus dimensiones. Mi castillo se achicó. Y cuando el invierno arribó (y el camión sin llegar) el frío comenzó a carcomer mis carnes. Y lacrimosas cartas de Julieta se acumularon reclamando mi regreso, sin tener yo culpa del retraso.
Esperando el camión han pasado diez años. "Piratas de Mompracen" —vencidos brumosos océanos, borrascosos estrechos, bramadores tifones— navegará ya rumbo a la Malasia, donde, en un sombrío peñasco, aguardará su llegada Sandokán, sumido seguramente en la imborrable memoria de la dulce Mariana, mas, sobreponiéndose al dolor; dispuesto siempre a luchar por la verdad, la justicia y la amistad.
Diez años han pasado. Y el camión sin llegar. El primer año pintaba afanosamente. También asomaba diligente ante cada frenada. Dejé de hacerlo al segundo porque aprendí a diferenciar: cuándo camión, cuándo automóvil. Y como mi casa —bueno... departamento; o departamento galpón; o más bien galpón arreglado para departamento; o sea, para vivir, porque al fin y al cabo lo que importa no es la pinta, la pintura, la chapa chapa, sino lo que por adentro te destila del orujo del alma— estaba sobre una calle angosta, los ruidos llegaban nítidos. Así que raramente necesitaba asomarme para saber de qué vehículo se trataba. El tercer año estuve ocupado con una exposición. Al cuarto vino a acompañarme María Florencia. ¡Estupenda María Florencia!: alegre, vital, feliz materializando los simples actos del vivir. Sólo que demasiado absorbida por la sociedad de consumo. Extrañaba el televisor, el agua caliente en el baño instalado (y el baño instalado), la falta de sillones en la sala (y la sala), la falta de cocina a gas (aunque mi calentador trabajaba a gas de garrafa), y las estufas en invierno. Es que, pobre, nunca había gozado a Shakespeare. No pudo entonces desarrollar sensibilidad para el goce de las sombras, y de las tiritantes corrientes en los desiertos salones (mi galpón era, propiamente, un gran salón alumbrado por dos bombitas). Y justo cuando llegaron los primeros fríos, cuando más la necesitaba para paladear esos guisos sabrosos, ese café cargado, ese su suave modo de entibiar mi cama, se marchó. En realidad, nunca supe propiamente si se fue, si se escurrió por el agujero del baño, si la raptaron, o si la asesinaron y enterraron en el cuadro de tierra detrás de mi galpón. Ese día salí. Cuando volví ya no estaba. Nunca la volví a ver. Ocupado con mi crisis del abstracto no tuve tiempo ni pasión para buscarla. Sólo mucho después memoré que jamás le había dicho que la amaba, ni que sus comidas me deleitaban, así como las largas varas de sauce de sus piernas. El quinto año invité a Cecilia, exquisita poetisa, a convivir conmigo. Escuchó mi proposición y me miró —calculé— unos tres minutos, sin apartar sus insondables ojos de mí. Temblé de pasión. Pero algo se le atragantó y obligó a escupir. Continué en mi soledad creadora durante el sexto año, esperando siempre el camión, pero ya sin asomarme. Mis oídos, tornados sutilmente expertos, sólo por el chasquido de la palanca que llegaba desde la calle, eran capaces de determinar el tipo exacto de vehículo. Al séptimo año realicé otra exposición. Junto a mis amigos sentía que el tiempo no pasaba. O pasaba, pero gratamente. Los visitaba, contemplaba crecer sus hijos, saboreaba sus guisos, tomábamos mate, y, muy avanzada la noche, tornaba feliz a mi hogar. Aunque ellos acumulaban un manifiesto defecto: tener esposa. A ellas les molestaba mi forma de vivir. Les molestaba mi despreocupación, decían, por las realidades humanas inmediatas. Pero, ¿Y el arte?...¿Y el arte! Al octavo año contesté a Julieta, explicándole lo ocurrido a partir de aquel nostálgico día de lluvia en que, por culpa de la lluvia que Dios mandó, el camión no llegó. Hoy, arribado al noveno año, estimo que la situación constituye un abuso por parte de la empresa de mudanzas; voy a reclamar. Siento deseos de regresar. Además: supongo que Julieta seguirá haciendo esos guisos tan sabrosos: de riñón, de pescado; de arroz con orégano, romero y laurel. Y mi pueblo conservará la plácida tersura de sus calles, donde el cielo desfallece sin palabras al anochecer. Mi "Piratas de Mompracen" habrá alcanzado ya las brumosas costas de la Malasia, y Sandokán navegará en él, sin olvidar a Mariana pero acompañado, quizás, de una tostada doncella hindú. Sólo que debería prevenirlo: la mayoría de los hindúes pertenecen a la terrible secta de los sádicos thugs, que matan a la gente asfixiándola con un fino alambre que enrollan en las gargantas, desde atrás, por la espalda. ¡Y Sandokán es tan noble y confiado!
Todos estos años seguí obsesionado por Macbeth. Seguí tratando de dormir. Pero fue inútil. Siento que irrevocablemente he asesinado el sueño. En Macbeth fue por la vil inmolación del amado Duncan. ¿Y en mí?. Odio la sangre. ¿Cómo pude entonces matar el sueño?
He eliminado todo superfluo motivo de incertidumbre. Mi arte no ha alcanzado una definición estética precisa, pero pintar pinto. No me hinco ante rosadas promesas; no acumulo nostalgias o seudo angustias por ilusorios paraísos perdidos. Sólo atiendo a lo racional. Sin embargo, cuando debiera ser dueño del sueño reparador es cuando, precisamente, lo mato. Esa irracionalidad es la que mi razón no entiende.
Sandokán: ¿Seguirá soñando? ¿Seguirá creyendo en la verdad, la justicia, el amor? ¿Seguirá amando a Mariana con infinita nostalgia? ¿Dormirá protegido por las estrellas, o lo hará castigado por el sol, como yo? Sería trascendente tener respuesta a estos interrogantes, pues la suya ha sido una experiencia de vida volcánica y total. Quizás en lugar de retornar a mi pueblo debiera embarcarme a la Malasia, a desentrañar este abrumador interrogante. Aunque cada día tengo mayores dudas. Pues ya no sé, realmente, qué es lo que he matado: si el sueño, o los sueños.