Carta
Elk A.Pero te quiero, porque nunca te fuiste. Y te seguiré queriendo, porque nunca te irás.
No recuerdo cuándo te conocí por primera vez. Un día simplemente me desperté y estabas ahí, con tu mirada plácida. Casi pareciera que hubieras estado ahí incluso antes de mi nacimiento. Salías cuando todos se iban. Eras diferente. Nunca hablabas (sigues sin hacerlo) y nunca te alejabas (aunque a veces desapareces). Aun así, aprendí a vivir contigo como un hermano.
Como una agradable compañía donde las palabras sobran. Te acepté en mi corazón y tú en el tuyo, lo veía en tu mirada. Pero fuimos creciendo y también nos fuimos alejando. Entre mis padres y las nuevas amistades que hacía (y terminaba) acabé olvidándote. Lo siento. Nunca me hablaste, no pensé que podrías haber querido comunicarte conmigo. Me equivoqué. Lamento haberte obligado a ver lo que no querías.
Viví en varios lugares, cambiando a mis amigos y mi vida entera cada pocos años. Borrón y cuenta nueva. Fácil y sencillo. Podía estropearlo todo e irme sin limpiar. Me sentía libre (quizás demasiado), por eso me asusté cuando un día me enteré de que seguías ahí: viéndome con los mismos ojos de antes. Mirando profundo donde otros no podían, con la misma serenidad de siempre y el silencio helado.
Esta vez tus ojos eran un alfiler infinito, atravesando mis entrañas sin permiso ni piedad. No decías nada, pero podía entenderte al pensar en ti. Ahora creo comprender un poco lo que pensó Sartre al escribir «Hell is other people». Te volví mi infierno y me disculpo por ello.
No mentiré, te odié. Te guardé rencor y te mentí. De todo te ofrecí, pero nada aceptaste. Dinero, mujeres, diversión, poder. Nada aplacaba el dolor que me infligías. Solo yo te veo y solo a mí me llega tu mirada. Probé de todo, me cansé y luego volví a probar de todo. Al final lo entendí, tu único deseo era verme feliz.
Ahora pienso en ti y me da miedo que alguien más pueda hacerme temblar de la misma forma que tú. De hecho, me da miedo todo: el fracaso, la soledad, el rechazo, las responsabilidades... «Los cobardes temen hasta la felicidad» leí en una ocasión, pero en ti encontré más que todo lo anterior: un apoyo.
La balanza la inclinamos a nuestro favor (aunque sea solo un poco) y la gloria de nuestra victoria es más grande que cualquier regalo en el que pueda pensar. Gracias por no rendirte conmigo. Con cariño, para mi mejor amigo.