Carta a Chichita

Ema Wolf

Chichita mía:

Aquí me tenés, orbitando, como siempre. Si he de serte sincero no hay mucho más por hacer en el transbordador. Yo orbito, los otros seis que están conmigo orbitan, todos juntos orbitamos. Las ostras también. Día y noche orbitamos.

Tendrías que ver la Tierra desde acá, lo chica que parece. Contesto a tu pregunta: no, no alcanzo a ver Olavarría y menos la puerta de tu casa, pero me imagino que quedó mucho mejor así, barnizada. Hicieron bien en sacarle la pintura vieja y darle barniz. Le hacía falta. La veré cuando vuelva.

No duermo bien porque cuando me acuesto la cabeza y los brazos me flotan. En la mitad de la noche la almohada se suelta y flota. Es una desgracia tener que levantarse a buscarla cuando uno tiene tanto sueño. Sobre todo porque apenas me desato yo también floto. Así andamos, yo que manoteo la almohada y la almohada que se escapa. ¡No peso, Chichi! ¿Podés creer que no peso? Acá nadie pesa, ¡ni las ostras! Y mirá que son animales livianos. (Ahí pasa un meteorito. Hay muchos. El asunto es esquivarlos). Bueno, esto del peso ya te lo conté en la carta anterior, creo. No quiero aburrirte. Ahora te cuento algo mucho más raro. Es lo que me tiene peor:

Aquí las noches son tan cortas que no alcanzan para dormir.

Porque una cosa que no nos dijeron antes de despegar fue que cuando uno orbita, así como estamos haciendo nosotros, ve dieciséis amaneceres y atardeceres por día: uno cada noventa minutos. Amanece, y a la hora y media atardece. Amanece y atardece. Todo el tiempo. Así que cuando te digo "por día", me refiero a los días de ustedes: nosotros aquí tenemos muchos más. Y muchas más noches. ¿Te acordás de mi pesadilla de los leones en el armario? La tengo muchas más veces también. Ayer fue hace un ratito nomás, mañana va a ser enseguida. No termino de despabilarme. A la noche nos saludamos "hasta mañana", pero es medio al cuete, ¿entendés?

Eso pasa porque estamos dando vueltas muy lejos y a mucha velocidad. Estamos yirando a casi mil kilómetros de la Tierra y a veintiocho mil kilómetros por hora. Nos dicen que por eso tenemos el reloj biológico confundido. Bingo. Yo creo que cualquier reloj se confunde con una cosa así.

Willy, el cocinero, tiene problemas con los porotos por este asunto. Willy dice que la receta dice que hay que ponerlos en remojo la noche anterior y hervirlos por la mañana, pero hay tan poco tiempo entre la noche y la mañana que siempre los comemos duros. El pobre está preocupado y desde la base todavía no le contestan qué hacer en la emergencia. Se ve que esto no lo tenían previsto. O están durmiendo allá abajo.

De paso contesto tu otra pregunta: las ostras que traemos no son para comer, nosotros no comemos tan fino, son para estudiarlas. Ellos quieren averiguar algo sobre las ostras que orbitan: cómo se sienten, qué piensan o algo así. La verdad, no me imagino qué tiene de interesante eso. No es asunto mío. Me parece que se van a llevar una sorpresa con ellas. Willy se ocupa de alimentarlas, pero las pobres ya hace días que no abren las valvas cuando les lleva comida. No sabemos si están muertas o hartas. La cuestión es que tanto amanecer y atardecer hace que uno les pierda el gusto. Los mirás desde la ventanilla y pensás: otra vez sopa. No digo que sean feos, digo que son demasiados. Y todos iguales. Ya los ves como si lloviera. Lo que quiero decirte es que ningún atardecer es como aquel, Chichi, te lo juro. Aquel atardecer en Olavarría, cuando vos y yo nos conocimos. Cuando nos cruzamos por casualidad en el puesto del finado Laurenzo el día que le llevaste el pollo a la viuda. (A propósito, ¿cómo está doña Rita?). No me acuerdo qué color tenía el cielo porque ni lo miré. Te miré a vos. Pero debió estar muy lindo. Había olor a fogata, habían estado quemando pasto. (¡Acá ni se te ocurra hacer fuego!). Y a Laurenzo le había nacido un ternero rubio, ¿te acordás?, su ternero póstumo habrá sido.

Ese atardecer no se repite, Chichi, ese fue único, no como los de acá. Los cambio todos, todos estos, por un ratito de aquel. ¿Vos te das cuenta? ¡Quién iba a imaginar entonces que un día iba a escribirte desde la órbita!

Bueno, si nos bajan el jueves como nos prometieron, calculo que el domingo a la noche estoy por allá. Avisale a la vieja que me tenga listo el catre. Espérenme con todos los brazos abiertos.

Un beso de tu

José