Claroscuro

Enrique Butti

En verano, en mis días libres, me voy con el auto a mirar el atardecer en algún suburbio. Esa magia, he terminado por deducir, es lo que me ata a esta ciudad hostil y lo que me vuelve a atraer cuando intento escaparme.

Una tarde llegué a un pasaje estrangulado por baldíos, vías de tren y por los muros de una fábrica abandonada. Si miraba esos muros altos, pensaba en sombríos campos de concentración, donde se alojaba poca gente que llegaba a formar una especie de familia, un antro en el que reinaba el odio y la eterna humillación. Si miraba adelante, a los fierros que cruzaban la calle, y a los yuyos y a las basuras que ocultaban las vías, pensaba en los caminos que había abandonado en mi vida y en cómo algunas estaciones felices se estaban sepultando en el olvido. Arriba había mucho cielo con nubes rojas que me recordaban un poema de Baudelaire, donde un extranjero niega amar amores y personas, y termina diciendo que sólo quiere adorar a esas nubes, a las maravillosas nubes que pasan y se van.

Tenía la radio encendida, y la música me ayudaba a elegir los lugares. Me gustó mirar el cielo con las oberturas de Rossini, y me sonreí a mí mismo mirando las vías escondidas en una pausa con melodías orquestadas.

Cuando quise marcharme, el auto no arrancó. Las luces se encendían débiles, y adiviné que la radio había terminado por descargar la batería. Entonces me bajé y vi lo que no había mirado a mis espaldas. El camino, que se perdía en otro horizonte sin nubes, me dio ganas de quedarme a imaginar cosas, pero pensé que era mejor conseguir ayuda antes de que llegase la oscuridad.

A unas tres cuadras estaba parado un camioncito. Era de un repartidor de soda que bajaba cajones en una pieza de material que era un almacén.

Entré en el local empujando una puerta que volvió a cerrarse detrás de mí con un chasquido. Adentro no había ventanas, y la oscuridad era fría y húmeda. Una chispa de luz saltaba por el techo, donde creí ver cuerpos colgados, como en un matadero o en un frigorífico.

Oía ruidos de botellas y de gente moviéndose, pero no lograba ver a nadie. Saludé, y me respondieron varias voces. Dije que se me había parado el auto y que necesitaba ayuda para empujarlo. Una voz, que después reconocería como la del sodero, dijo que cuando terminase de ordenar unos cajones me acompañaría.

Un agujerito en las chapas de cinc dejaba entrar un rayo de último sol, y esa luz iba a golpear las botellas que estaban moviendo en un extremo del cuarto. Los reflejos llegaron a mi cara y me enceguecieron en la oscuridad. Pensé que esa gente me estaría mirando, y salí.

La pared del frente estaba llena de chapas con propagandas de refrescos y vermuts. El sodero salió del almacén y me dijo que subiera al camioncito. Las tres cuadras hasta mi auto las recorrimos lentamente, por los baches. El ruido infernal del entrechocar de los cajones de alambre y de los vidrios no nos dejaban hablar, así que me puse a pensar, mientras veía que nos acercábamos al callejón de las vías, que estaba volviendo a una estación que yo creía haber abandonado, y me acordé de una carta inesperada que recibí un día, y de cómo una persona sepultada había vuelto a saltar a mi lado.

Teníamos que dar vuelta el auto para que el camioncito pudiera empujarlo y hacerlo arrancar. No resultaba fácil, porque la calle de tierra era estrecha y desnivelada. En los descansos nos pusimos a charlar. Saqué cigarrillos, y la magia del atardecer nos distrajo.

Creo que es mejor no tratar de explicar algunas cosas. Yo tengo cuarenta años; el sodero tendría unos treinta. Pertenecíamos a dos mundos distintos, pero el atardecer borraba los contrastes demasiado precisos de mi auto lustrado y de su chatita descuajeringada. Supongo que todo habrá comenzado con una especie de confesión mía que rompió el hielo. Entonces el sodero señaló con un gesto el lugar que nos rodeaba y dijo que ahí, justamente, más de diez años antes, había iniciado su nueva vida y lo que él llamaba su "fortuna".

Empezó su historia dejando de contar, él también, algo importante que lo había obligado, adolescente y sin familia, a vagabundear huyendo. Un día descubrió la cervecería abandonada y se instaló ahí.

No debía hacer mucho tiempo, dijo, que la fábrica había dejado de funcionar; no quedaban máquinas ni muebles, y ya muchos vidrios de las ventanas estaban rotos, pero si uno abría las canillas salía agua y todavía persistía fuerte el olor a fermentación.

Se consiguió una changa de peón en la ciudad. El albañil le decía que ya era bastante con que aprendiera el oficio y le pagaba con monedas, así que tuvo que seguir durmiendo en la cervecería.

Al mes de hospedarse ahí, en medio de la noche, sintió ruidos. Enseguida entendió que no se trataba de ratas ni de murciélagos. Se escondió atrás de un tonel, y vio llegar a una mujer vieja y gorda, que tenía las manos ocupadas en arrastrar una gran valija, y que sostenía una linternita entre los dientes.

El sodero contó un recuerdo de infancia: había en su barrio una mujer que asustaba a todos los chicos. Los guachos iban y le pedían: "Doña Dolinda, venimos para que nos haga tener miedo". Le tenían que rogar hasta que al final ella los hacía entrar en el rancho oscuro y cerraba con trabas la puerta. Se ponía en la boca un palito de yerba mate, con la punta encendida para adentro, entre los dientes, y se les echaba encima. Los chicos corrían volteando todo, hasta que la bruja los acorralaba. "¡Había que ver lo que iluminaba esa brusquita! Después uno contaba que había visto la cueva 'el diablo, otro decía que se le habían caído encima los mostros, y de verdá tenía los brazos todo raguñados. Así de fuerte me asusté cuando la Gorda entró con la lucecita en la boca".

La Gorda descubrió los trapos que servían de jergón al muchacho y se desplomó sobre ellos. La valija cayó y explotó, desparramando ropas y frascos por el piso. La Gorda revolvió hasta encontrar un camisón que se calzó sin levantarse. Después, sosteniendo la linternita entre las rodillas levantadas, se iluminó la cara y se puso cremas y se pintó los labios mirándose en un espejito. Y antes de echarse a dormir, volvió a buscar entre las cosas que se habían escapado de la valija.

—Usté va a pensar mal de mi persona —siguió el sodero—, pero usté se sinceró conmigo y ahora voy a devolverle la gratitud". La Gorda revolvió entre sus cosas hasta que al rato me di cuenta que lo que estaba haciendo era contar un toco de guita alto así. Lo escondió otra vez entre la ropa de la valija y apagó la linternita. Yo me quedé escondido hasta que se puso a roncar. Me le fui acercando en cuatro patas. Estaba todo muy oscuro, y en vez de tocar la valija toqué la cara llena de grasa. Y entonces ella me agarró fuerte la mano y yo se la quise sacar y ella me dijo que no me asuste.

"No te asustés", dijo la Gorda, "ya sabía que había alguien ahí". El muchacho arrancó sus manos de las garras de la mujer. "Me muero", dijo ella, y el muchacho volvió a tocarla. Y teniéndolo suave con las dos manos, "como palomas o empanadas", la Gorda empezó a hablar y le contó su vida.

Se había ido, no dijo si echada o escapándose, de la casa donde había trabajado de treinta años, recibiendo de tres a diez hombres cada noche.

El muchacho le preguntó si estaba enferma y si quería que la llevara a un hospital. Ella dijo que no. El muchacho le preguntó otras dos cosas: si siempre había sido gorda, y por qué —si, como ella había confesado, tenía juntada bastante plata— no se había ido a dormir a una pensión. La Gorda contestó que la gordura estaba siempre de moda en su profesión, y que las pensiones y los hoteles le daban mucho miedo, que era como dormir en hospitales o cementerios, donde uno se encuentra rodeado de mucha gente desconocida. Hacía dos días que daba vueltas arrastrando esa valija pesada que encerraba todas sus pertenencias.

Habían hablado en la oscuridad, aunque una estrella entraba ahora por la ventana. El muchacho quiso retirar su mano para encender una vela. La Gorda le pidió que antes de hacerlo le contara su vida. Y el sodero me dijo que le había contado su vida, así, sin darme detalles. Al final, la mujer hizo también ella dos preguntas: si era verdad, como estaba adivinando, que él era virgen; y si iba a ser tan gentil de hacerle un favor.

—Me preguntó si yo era virgen, que se había dado cuenta por mi mano y por mi hablar, y que si yo iba a ser tan discreto para hacerle un gran favor, y yo le dije que sí.

Más tarde le iba a anotar la dirección de la casa donde había trabajado como cuarenta años, para que él fuera a llevarle plata a una chica joven que trabajaba ahí y que se llamaba Marta. Que tocase el timbre y pidiese por ella (por Marta) al dueño del prostíbulo, como si algún amigo se la hubiera recomendado. Que cuando quedara solo con la muchacha le diera la plata, diciéndole que se la mandaba la Gorda, que había casado y lo mandaba a él porque había cambiado vida. Que la perdonaran todas las chicas, pero ya no quería volver a ninguna. Que se había casado y que estaba muy feliz con su nuevo hogar y con su marido trabajador. Que vivía en una casa sencilla ("pero si te pregunta tenés que decirle como cosa tuya que es una casita muy bien puesta"). Que no se preocupara (la Marta) por esa plata, que a ella (a la Gorda) le sobraba, y que ya le iba a mandar más para que ahorrara en la libreta de la Caja de Ahorros y ella también (la Marta) se hiciera una nueva vida.

"Yo seguí trabajando con el albañil. La Gorda se quedaba todo el día en la cervecería, y se puso a acomodar el lugar adonde vivíamos. Metió cartones y trapos en las ventanas y se hizo una mesa y dos bancos con las maderas que encontró por ahí, y me hizo comprar una escoba y limpió todo. Yo le había dicho que no tenía plata, así que ella me daba para la comida. Todavía no habían puesto ese almacén donde usté me encontró descargando; me tenía que traer las compras del centro. Galletitas y sardinas, me acuerdo, o poco más. Ya ni sé cuánto tiempo vivimos ahí juntos, pero unos dos meses. Todos los jueves la Gorda me daba plata para la Marta y, cuando yo volvía, lo único que me preguntaba era si Marta estaba bien, y yo le contestaba que sí, que había agarrado la plata y que le agradecía tanto.

Una mañana la Gorda no se pudo levantar. El muchacho se asustó y pensó en abandonarla. Le preguntó si quería que llamara a la ambulancia o a un médico. La Gorda le dijo que no se preocupara, que fuese nomás a trabajar, y aunque no era un jueves le pidió que le llevara a Marta toda la plata que quedaba. Esta vez tenía que decirle que ella (la Gorda) se despedía porque se mudaba con su marido a otra ciudad. Que se había cansado de vivir siempre con el miedo de encontrar algún viejo cliente.

Cuando el muchacho regresó, esa tarde, se dio cuenta que la Gorda se moría. "Me preguntó si podía darle la mano, y se la di y empecé a llorar". Para el muchacho fue como darse cuenta que la Gorda era el amor de su vida. La abrazó y le empezó a gritar que no se muriera, que no lo dejara solo. Quiso confesarle toda la verdad.

—Porque yo me había guardado toda la plata; no había ido ni a ver la casa adonde vivía esa Marta. Había amareteado hasta de lo que me daba para las compras. No quise arruinarle la muerte, pero me juramenté que al otro día iba a sacar toda la plata de la libreta y se la iba a llevar a esa mujer.

Sentado en el suelo, la sostuvo como a "una muñeca grandota", hasta que la Gorda se murió con una sonrisa. Pasó toda la noche así. Al amanecer juntó sus cosas.

—Yo no podía meterme en lío, pero no era miedo sino que tenía que cumplir con mi juramentación.

La tapó bien y se fue para no volver. Llegó a la ciudad y sacó la plata de la Caja de Ahorros. Eran muchos billetes y tuvo que envolverlos en un pulóver viejo.

—De paso entré en los galpones donde estaba en venta el camioncito, nada más que para mirarlo por última vez con desengaño, sin ninguna esperanza. Y cuando vi la máquina perdí la cabeza; pensé que la Gorda me perdonaría si yo esperaba un poco para devolver lo que le había sacado. La plata me alcanzó con un poco de sobra para empezar a vivir.

"Bueno", dijo, aplastando el cigarrillo, "¿qué le parece si empujamos otro poco?".

Las ruedas delanteras se hundieron en una zanja con barro. Tuvimos que buscar unos palos y hacer palanca. Después el sodero se alejó hasta su chatita y volvió con una botella de soda. En cada almacén que descargaba hacía el cambio por una botella fresca. Me ofreció para que yo tomara primero.

Terminamos de dar vuelta el auto y lo empujamos delante de la chatita. Creí que mi percance y la historia del sodero habían terminado. No quedaba sino despedirnos y evitar cada uno en su vehículo. Pero el sodero volvió a hablar.

"Cuando empecé a rejuntar algo de plata (pasaron muchos meses, pero yo vivía en un conventillo para ahorrar), hice prender el camioncito y junté lo que le había sacado a la Gorda, con más los intereses justos que esa plata tendría que haber dado en el depósito de la Caja de Ahorros, según me ayudó a sacar la cuenta un empleado de ahí muy buena persona."

En todo ese tiempo, pensando y llorando a la Gorda —nunca había sabido si la habían encontrado y enterrado, o si todavía estaba ahí, dijo, señalando la cervecería abandonada, "encerrada en su casita"—, al muchacho se le había dado por pensar que Marta era la hija de la Gorda, que cuando la conociera se iban a enamorar y se iban a casar. "Y tenía la imaginación de que con esa plata que le correspondía a ella, íbamos a comprar un terrenito y podíamos empezar a construir". Le gustaba pensarla joven pero igual a la Gorda, dijo.

—Bueno, junté la plata y me puse un poco de ropa limpia. Le saqué todos los cajones de soda al camioncito y lo lavé como nuevo. Y entonces me fui a buscar la dirección. Y cuando llegué, la dirección era de un edificio, y ese edificio tenía escrito arriba: 'Casa de los Maestros'."

El muchacho no necesitó mucho tiempo para entender que ahí no podía funcionar un prostíbulo, que la Gorda le había mentido y desde el primer día había sabido que él la robaba.

Junto a la puerta de entrada de la "Casa de los Maestros" estaban apoyados unos carteles, y el muchacho se acercó a mirarlos. Uno llamaba a los docentes a una asamblea; el otro anunciaba una función de teatro para esa noche.

La puerta del edificio estaba abierta y el muchacho entró. Adelante, al fondo de unos pasillos, vio un salón con mucha gente. En el escenario había dos mujeres vestidas de guardapolvo blanco, que decían que los maestros tenían que ir a la huelga. Una de las maestras golpeaba el puño contra la mesa.

El muchacho estaba ahí, mirando, cuando un hombre al que le faltaba un brazo lo tocó en el hombro y le preguntó si estaba buscando billetes para el teatro. Al muchacho le dio vergüenza que lo descubrieran espiando y compró una entrada.

Esa noche el sodero fue a la representación. El salón de actos de la "Casa de los Maestros" estaba casi vacío. Debía tratarse de la obra de un grupo de vanguardia; una actriz bajó del escenario y besó uno a uno a los espectadores, en la frente.

Después, un actor mezclado con el público se puso de pie, la muchacha que había besado a todos trajo un manto y una corona y lo vistió de rey. El Rey ordenó que todos lo siguieran. Los espectadores estaban confundidos; la muchacha los obligó a incorporarse y a marchar en fila detrás del coronado.

La comitiva recorrió los pasillos y entró en un cuarto oscuro. Cuando el último de los espectadores entró hasta allí, la muchacha cerró la puerta. Poco a poco fue alzándose una música. El muchacho sintió que alguien le tocaba las manos y que largos cabellos resbalaban como agua entre sus dedos.

Entonces "se incendió el anillo del Rey", y la muchacha fue iluminando una a una las lamparitas de la gran araña que colgaba del techo. El Rey dijo que tenían que celebrar el encuentro y sirvió vino en vasos que ya estaban preparados sobre una mesa. La muchacha, entre tanto, incitaba a todos a bailar. Para disimular su vergüenza, el muchacho se volvió hacia una pared, y entonces se le apareció la Gorda.

—En cualquier momento se me venía la mina para cobrarse el beso que me había dado adelante de la gente. Yo me metía la mano en el bolsillo para separar uno o dos billetes del toco que había preparado para esa Marta que no existía. Pero tenía todo atado con gomitas, y me di vuelta para sacar la guita sin que me juraran. Las paredes ésas estaban llenas de fotos con vidrios, y cuando me puse contra la pared el ojo me cayó en la Gorda, que se notaba enseguida porque era la única que no tenía guardapolvo.

Alguien lo llamaba y le tocaba el hombro. El muchacho, que se había perdido en la fotografía, se dio vuelta y vio el cuarto vacío. La muchacha que le había dado un beso entró apurada, agarró la bandeja con los vasos de vino y volvió a salir, echándole una mirada desconfiada. Alguien volvió a tocarle el hombro y el muchacho pensó que era la Gorda.

El hombre sin brazo se echó atrás, con recelo. Ladeando la cabeza le dijo que se tenía que ir, que la representación había terminado. En la penumbra detrás de una puerta, el Rey, sin manto ni corona, tomaba mate, controlando aparentemente a la muchacha que limpiaba la mesa, pero en realidad controlando lo que sucedía entre él y el Manco.

El muchacho señaló la foto. Su timidez debió tranquilizar al Manco, que se acercó a mirar el cuadro y dijo: "Esa debe ser la comisión directiva de, a ver, acá está, del año 1970". El muchacho señaló a la Gorda. El Manco lo miró asombrado, tratando de adivinar la razón de su interés. Dijo: "Esa es Marta la Gorda, la ordenanza. Se jubiló hace poco y por eso ahora vivo yo de cuidador. Estuvo acá un montón de tiempo. Salía a la calle nomás que para barrer la vereda. Quién sabe adonde habrá ido a parar, la pobre. Decía que se iba a casar pero nadie le cree porque estaba medio loca, con el perdón de usted que a lo mejor es pariente".

La luz del atardecer dio un salto y se apagó.

"Y bueno, acá se termina la historia —dijo el sodero—. No había sabido adónde meterse, no había querido ir a una pensión. Y al final era como si se hubiera casado conmigo, y ayudándome a mí con su ahorro es como si se hubiera ayudado a ella misma de joven, para cambiar vida."

Entendí que esta conclusión era fruto de una larga meditación, con la que el sodero había tratado de aceptar una locura o de tranquilizar su conciencia. Yo quería quedarme solo para tratar de ver claro. Tiré mi cigarrillo, y cuando aplastó las chispas con el pie las cosas quedaron sin luz.

Cada uno subió a su vehículo. Las luces de la chatita se encendieron y empezó a empujarme.

Las luces de la chatita iluminaban los costados del camino, porque delante se extendía la sombra de mi auto. Hasta que el auto arrancó y se encendieron también sus luces. Saqué el brazo por la ventanilla, saludé, agradecí, aceleré, llegué al asfalto y perdí de vista los faros de la chatita.

Unos días más tarde fui a la "Casa de los Maestros". Con la excusa de que era un historiador, pedí ver las fotos de las comisiones directivas de la institución. Me atendió una maestra de mediana edad, menuda y ligera, con un guardapolvo que le caía como una túnica. Me llevó al cuarto de las fotos enmarcadas y se disculpó diciendo que tenía que hacer. Desapareció por otra puerta, que debía ser aquella en la que el Rey se había quedado espiando.

Recorrí las paredes. Existían fotos de 1949 a 1975. Eran de grupos, más o menos compactos, de maestras delante del edificio. Debajo, con letra gótica, tenían escritos la fecha y los nombres de quienes ocupaban los cargos principales. Busqué la de 1970. No la individualicé. Traté de descubrir a la Gorda en las otras fotos, pero todas las fotografiadas estaban vestidas de blanco. Volví a buscar atentamente la de 1970 y descubrí un lugar vacío, donde se dibujaba nítidamente un rectángulo más claro en la vieja pared empapelada.

Al salir por el pasillo crucé la puerta abierta de un cuarto lateral. El cuarto estaba casi oscuro, con las persianas cerradas. Pegado a una rendija de luz, creí ver al Manco que espiaba la calle.