Crisanto Barcos

Felipe Justo Cervera

No vamos a narrar todos los momentos de la vida de Crisanto Barcos. Sólo aquéllo que ocurrió esa tarde. Y de esa tarde sólo el instante en que tomó su decisión. Porque un hombre importa no por lo que hizo a lo largo de años de vegetar, sino por aquel acto, aquel trance único en su vida, en que se define y juega a una postura de un azar inapelable, a un aceptar lo que sabe es, o presiente que es, o sabe que puede ser, su destino definitivo y mortal. Y Crisanto Barcos tuvo la trágica fortuna de ese momento entre sus manos. Y en él eligió. Como hombre eligió. Y así pudo salvarse.

Aquella tarde, antes de echar a andar —y recuerdo bien el hecho; recuerdo bien el cielo, el claro cielo azul y limpio—, contempló el potro amarrado al palenque, y un aciago temblor —angustia, suplicio, también memoria de antigua plenitud— culebreó desolado en sus entrañas. ¡Un rosillo! Desmesurada osamenta, cuello robusto, patas sólidas, cabeza orgullosa, mirada asesina. Graves los hombres se detenían a observarlo, sopesando la masa de músculos rabiosos.

Recordó Crisanto. Miró hacia atrás y recordó. Había pasado tiempo; demasiado tiempo. Había pasado vida; demasiada vida. Y al fin había llegado ese rosillo. Podría haber sido un bayo, su pelo favorito. Pero era un rosillo, como aquel primero. Porque desde que comenzó de boyero lo había tentado subir a escondidas a los redomones que su padre, único domador del pueblo, dejaba preparado. Hasta que un día se le animó a un potro. Y fue un rosillo aquel primero. Ese primero que después jamás se olvida. Y de ahí en más fue cosa fácil, y su presencia, en fiestas patrias, festejos patronales y yerras, obligada. Obligada por ser el mejor. Obligada porque le gustaba. Y el tiempo fue pasando, y en ese pasar se acostumbró a ganarse la vida domando, trabajando fuerte sólo los días que le llevaba amansar los animales. Y luego estarse semanas, meses a veces, en los boliches, tomando y conversando con quienes querían trenzar una palabra, hasta que aparecía otra tropilla. La gente lo admiraba por su bravura de domador, por su varonil estampa de antaño: bombacha ancha, acordeonadas botas negras, cinto grueso claveteado de monedas, saco negro cruzado, oscuro sombrero de fieltro de ala ancha, golilla blanca, bigote recortado. Pero antes de los treinta el vino y el amanecer de tantas madrugadas frente a una copa siempre distinta e igual, hicieron estragos en su ánimo y en sus energías. En mesas de boliche fue dejando el valor frío, el pulso firme, el sentido del equilibrio, la intuición para el corcovo y la quebrada, virtudes todas que exigía, imperiosa, la exigente profesión. Porque domador no es el más fuerte, sino el más hábil, el más diestro, el más seguro. Y con el paso del tiempo no se le animó más a un animal bravo. Y dejó de domar. Dejó porque perdió el coraje. Y fue uno más apelando al alivio del alcohol cada vez que un peso sobraba, o parecía sobrar, en el bolsillo. O cada vez que alguien arrimaba un vaso, ese siempre distinto e igual, para escuchar recuerdos repetidos de glorias pasadas.

Y un día, años después, después cuando supo más, después cuando aprendió que a la vida no solamente hay que vivirla sino también sustentarla; cuando quizás ya era tarde; cuando los caballos fueron reemplazados por camionetas y tractores; cuando de los domadores y centauros sólo quedaban elegíacos recuerdos; en ese después extrañamente volvieron a renacer las domas como elemento básico de las fiestas populares, y como intento de rescate de valores tradicionales. Y Crisanto Barcos se acercaba a ellas —botas cuarteadas, bombacha remendada, canas a medias tempranas, rica estampa varonil que el tiempo respetaba— como si el tiempo mismo preservara su figura para un ignorado destino. Y fue entonces que llevaron aquel rosillo al pago. Aquél al que sólo volteándolo, amarrado a un palenque, era posible ensillar. Aquél al que, al final, nadie se atrevió a montar, porque nadie poseía talla suficiente. Y esa tarde, chuceado por el desafío de la presencia animal, fue cuando Crisanto Barcos miró hacia atrás y nuevamente vio, viboreando por el suelo del alma, los años desperdiciados, las esperanzas frustradas, la antigua memoria perdida.

Pero esta vez fue distinto. Lo fue por el crudo reto lanzado por aquel extraño.

—¡Dónde están los criollos, que nadie se anima!

Sobrevino el silencio en la extendida rueda. Y Crisanto Barcos sintió, penetrado hasta las vísceras por esos ojos que se volvieron hacia él, agitarde la sangre bajo la piel. Y recordó.

Aún evoco que el cielo estaba azul y limpio aquella tarde en la llanura de Santa Fe. Día soñado para vivir; quizás también para morir.

—¡Dónde están los criollos!— había dicho aquel que, seguramente, jamás había sentido la turbación de vientos azotando el rostro que aguanta los brutales corcovos; jamás sentido la abrasante llama hermanadora que se transmite del animal al hombre que lo somete; jamás la pasión casi amorosa que despierta la trémula bestia derrotada.

Crisanto Barcos —raída bombacha, rotas botas— apretó leve el hombro del hijo adolescente, murmurando apenas:

—"Pase lo que pase, quédese tranquilo m'hijo"—. Después, acomodando lenta la tardía estampa de domador, sintiendo por dentro una puntada fuerte —casi como si fuera miedo—, en el amordazado silencio de la rueda de hombres echó a andar hacia el rosillo enorme.