Cuando florece el jacarandá
Felipe Justo CerveraBajo la rala sombra del añoso árbol, jugueteando diciembre en el violeta de las flores, Pablo se apoyó en el tronco. Presionó el botón de mando y el robot echó a andar; lento y pesado. Fue, dio vuelta, volvió. Fue y vino. Rígido. Sin alterar jamás su ritmo.
A la par, Juan puso en marcha su auto de policía los tres metros que permitía el cable. Avanzó, tocó bocina, giró, retrocedió, volvió. Tres metros. Siempre tres metros. Sólo tres metros.
Repitiendo el juego estuvieron los hermanos, solos, el sol encumbrándose sobre la ciudad semidormida en el día de fiesta. Al fin detuvieron los juguetes; entretuvieron el aburrimiento deshaciendo flores de jacarandá con los tacos de sus zapatos.
Por la vereda avanzó un anciano, caminando sosegado; camisa abierta, rostro apacible. Su andar mostraba el goce de esa mañana incitante.
Regocijados se miraron los niños. Nuevamente Pablo puso en marcha su robot, Juan su auto oficial. Los relucientes aparatos reiniciaron la marcha sobre la vereda del coloso de cemento, empinado hacia un cielo remoto.
Abstraído avanzó el anciano, retozona mirada sobre el paisaje urbano. Deslizó una inclinación de cabeza al pasar y se alejó, despacioso. Pablo dijo:
—¡Viejo idiota! —y detuvo su robot, Juan su auto. Nuevamente quedaron solos los niños.
Pasado un tiempo se oyó descender el ascensor. Se abrió su puerta y asomó Miguel, hijo del nuevo portero, recién llegado de un pueblo ignorado. Arrastraba un pesado carro fabricado con listones de cajón de manzana pintarrajeado de verde y amarillo; croar de sapo en el tic-tac de las desparejas ruedas. Un cabo de escoba pintado de rojo hacía de lanza, dando movilidad a las ruedas delanteras. Pablo y Juan sonrieron. Miguel quedó paralizado frente a las relucientes maravillas. No asomó, pese a ello, ningún gesto a su rostro. Sólo el callado asombro.
Pablo cortó el impaciente silencio.
—¡De dónde sacaste eso!
Demoró la respuesta.
—Me lo trajo el Niño.
—¡Andá...!... el Niño trae juguetes como éstos... no esa porquería.
Pablo echó a andar el robot, Juan la mesa de adivinanzas. Continuó sin hablar el recién llegado; también sin apartar sus ojos de los juguetes. Juan sacó la tapa de una enorme caja.
—¿Sabés qué es ésto? ... ¡Eh! ... ¡Sabés?
Inútilmente esperaron la respuesta.
—Una pista ... eléctrica ... inglesa. Puedo hacer correr tres autos a la vez. ¿Te das cuenta...!
Fulgurante continuó ascendiendo el sol entre los retorcidos brazos de los melancólicos jacarandáes.
Juan se apoyó sobre la mesa de adivinanzas.
—¿Sabés cuál es el túnel más largo del mundo? —. Pulsó un botón, Un ángulo se iluminó.
—El Simplón ... entre Suiza e Italia —. Hurgó entre las tarjetas.
—¿Sabés qué general griego venció a los persas? ... ¿Eh ... sabés? —. Otro botón, otra luz.
—Alejandro Magno ... ¿Y cómo se dice buen día en inglés? —. Otro botón.
—Good morning ... ¿Qué te parece? ... ¿Sabés inglés vos ...eh, sabés?
Sin hablar Miguel rodeó la masa de relucientes objetos desparramados sobre el mármol del hall y echó a andar. Suave rumor de viento navideño colmando la tibia mañana a la que se asomó.
El robot cesó su inacabable marcha por los implacables siempre iguales diez metros de vereda y dejó de vomitar luces. Se cansó el auto de policía de ir y venir. Languidecíó la mesa de adivinanzas.
Silenciosos se sentaron Pablo y Juan en el umbral de la casa de departamentos, mirando hacia uno y otro lado. Mas nadie aparecía en el horizonte. El carruaje de Miguel se fue, deslizándose con vigor sobre las acanaladas baldosas, pesado carretón de ángeles bajado a la tierra para correr, cantar y jugar en el día sin par. Ronco tac-tac de las gruesas ruedas. Parsimonioso se fue yendo, el tiempo del mundo en sus entrañas, en cadenciosas curvas hacia el horizonte. Sólido, pisando lilas de jacarandáes.
Pablo contempló el robot electrónico, la caja de la pista inglesa, la mesa de adivinanzas, la gran lancha amarilla a pilas, el traje espacial con escafandra y visor, el piano computarizado, el enorme auto de policía, el proyector de películas. Miró a su hermano que garabateaba imaginarios trazos sobre el pulido mármol de la entrada; al fin gritó:
—¡Eh ...!, ¿Adónde vás...?
—Al parque —se escuchó apenas la voz de Miguel, desde la esquina.
—¿Nos esperás...?
—Si quieren... —. Y siguió caminando. Siguió zigzagueando con su cantarino maderámen. Siguió, recibiendo en su rostro el sol pleno de esa mañana de Navidad, transparente violeta dilatando vida en el aire de la ciudad.