De oro y sangre

Josefina Decoud

Esta historia comenzó, según el calendario católico y occidental, en el siglo XVI en España. Se profundizó y expandió en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino de Gran Bretaña y en la segunda mitad del siglo XX conquistó todo el mundo. Terminó días atrás, donde fuera alguna vez territorio argentino. Parte de mi territorio.

Los años no me importan pero, si me dejo llevar por ese calendario, pasaron unos cuantos siglos. Puedo decir que cargaba con siglos de cansancio en mi cuerpo.

El principio es conocido: los trajo el oro. Se llevaron el oro amarillo y regaron la tierra con sangre india, la sangre de las bestias que no importaba a nadie.

Después los trajo la llanura y el agua y regaron la tierra con sangre gaucha, que, aunque menos bruta y más parecida a la de ellos, tampoco tenía valor.

Olieron el oro negro y fue como un instinto animal el que se les despertó. Volvieron ya aprendidos a limpiar la sangre, a no dejar huellas. Eran los mismos hombres, que al comienzo de esta historia usaban túnicas y luego trajes con corbata. No eran los que se ensuciaban las manos, claro que no. Para eso estaban los otros hombres, los que importaban un poco más que los indios y los gauchos, pero bastante menos que los de túnicas y trajes.

Después apareció un nuevo Dios y se convirtió en el rey del mundo. Nunca vi cosa parecida, la humanidad entera lo reverenciaba sin esfuerzo y sin mediar castigos. No había pecados ni pecadores. Los hombres se sentían libres, conocedores de todo, capaces de todo porque su Dios estaba al alcance de la mano por primera vez. No les importó enterarse que detrás de aquella máscara de Nuevo Dios, se escondían pequeños monarcas a lo ancho del mundo. Ninguna otra cosa les importó desde entonces más que alimentarlo. Y su alimento era el oro blanco.

Si el Dios con túnica los había dejado un poco miopes, y el de traje casi ciegos, este último les había arrancado los ojos. Veían a través de él. Comían mirándolo a él. Lo sostenían entre sus manos como si se tratara de un tesoro sagrado. Ya no los reconocía, inútiles, incapaces de proveerse alimento, de cuidarse, de quererse. Apenas si podían hacerse cargo de ellos mismos, ensimismados como estaban, repletos hasta el hartazgo de cosas y basura y pantallas brillantes. Hasta el arte, su último refugio, dieron en ofrenda a un ente invisible, similar a un fantasma o a un espíritu, que bautizaron "Inteligencia Artificial".

Como les dije al principio, la historia terminó días atrás, o una parte de esa historia. Ocurrió el primero de agosto de 2053 en Purmamarca, algunos kilómetros más al sur de las Salinas Grandes. Me presenté en aquella Reunión Importante, que antes presidían los hombres blancos con trajes y luego estos hombres que hasta el traje habían perdido, más parecidos a muñecos o máquinas. Objetos sin vida. Me presenté por mi nombre. Se quedaron mudos mirando mi aspecto de vieja viejísima, mi aspecto de india con trenzas largas, sombrero, poncho y chancletas. Habrán pensado que salí de un anticuario o de una máquina del tiempo.

Los miré y si digo la verdad, sentí pena. Los miré un poco más. Estaban en una habitación enorme y vacía, apenas ocupada por una mesa y sillones de un material que no supe reconocer. Las paredes y el piso relucían, no sé tampoco de qué estaban hechos ni de dónde provenía la luz que les permitía verse. Me preguntaron qué hacía, cómo había entrado y que por favor me retirara y no sé cuántas cosas más. Ellos también parecían hechos de otro material, como un plástico o un metal, tan mimetizados estaban con su entorno.

Los miré de nuevo. Se me ocurrió explicarles que hubo un tiempo en que yo fui Dios de aquellos que no habían importado a nadie, aquellos a los que se les arrebató el alimento y el refugio sin permiso ni perdón. Que hubo un tiempo en que los rezos se dirigían al sol y a la luna, a las cosechas y a la lluvia. Que ese tiempo no era perfecto y que el hombre siempre tuvo sus tentaciones, pero que me encargué de arroparlo como a un hijo, como a un animal enfermo. Que me encargué de que todo transcurriera en armonía y que ellos habían roto eso, que lo habían quebrado para siempre, alimentando las tentaciones, la ambición y el egoísmo.

Que habían logrado lo imposible: que una criatura olvide a su madre. Olvide que viene de la tierra y que vuelve a la tierra, que en el camino se alimenta y respira y bebe de ella.

Los miré y si digo la verdad, sentí pena. Pero recordé que cargaba con siglos de cansancio en el cuerpo y que tenía la piel curtida por la historia.

Así que agarré con fuerza mi látigo, lo extendí en el aire, y enrollé el cuello de cada hombre en esa sala. Mi víbora volaba y engullía esos cuerpos que no sé qué alimento habrán sido para ella, porque ya dije que parecían hechos de plástico o metal.

Sangre sí tenían porque la sala, reluciente momentos atrás, ahora estaba salpicada de manchas rojas, más grandes y más pequeñas, de arte bruto, pensé. Y desaparecí tierra adentro.