Desconocido en mañana de diciembre
Felipe Justo CerveraA duras penas esquivando los autos, lo vio cruzar la avenida.
—¡La gran puta! —dijo a la mujer, parada junto al poste indicador.
—¡Ese tipo está loco! —Se alteró el rostro de ella, mas él ni cuenta se dio, absorto con la visión de aquel ser que, parado ya en el borde de la acera, liviano traje claro de hilo, miraba sin ver, desde esa piel absurdamente blanca, cual si los bocinazos y chirridos, el humo, el calor y la ciudad, no existieran a su alrededor. Cuarenta y cinco años, le calculó. Encorvado como anciano, sin embargo.
—¿Qué le parece ese tipo? —Áspera la mujer dio vuelta, alejándose sin responder, bronceada la desnuda espalda. Tragó saliva él, turbado por las sinuosas líneas. Acomodó el bolso con pan sobre el hombro y respiró hondo, echando oxígeno a los pulmones enrarecidos por la atmósfera sofocante, buscando aliviar ese interminable sudor que le dejaba el horno de la panadería cada día. Miró el reloj. Calculó el atraso en llegar a su casa. Con la humedad adhiriendo a las carnes el cansancio se tornaba intolerable. Como si los músculos, o quizás más adentro los huesos, o los años, o las ganas, tuvieran cada día menos aguante. Aunque en cuanto durmiera un poco olvidaría el agotamiento, y cada pedacito del cuerpo le diría que, pese a todo, vivir valía la pena. Aun sabiendo (se dijo) la verdad última: que por más vehemencia con que respirara y anhelara eran demasiadas las cosas que jamás llegaría a gozar. Como una mujer tan apetitosa como aquélla, por ejemplo.
—¿Estará enfermo? —preguntó rozando el desnudo brazo de la mujer que, irritada, apartó su cuerpo mientras el extraño, ajeno al mundo, se movía inseguro, caminando hasta la parada del micro, mirando el poste indicador cual si lo viera por primera vez; contemplando deslumbrado el interminable asfalto, retrocediendo a ciegas hasta apoyar contra la pared.
Y allí se estaba él, mañana de fuego atenazando su cansancio, hincada la mirada en aquel pálido ser, que de nada parecía darse cuenta y sólo se movió cuando el micro asomó rugiente. Pero la mujer se adelantó, un abundante muslo bronceado al subir. Excitado por la visión perturbadora no descuidó, sin embargo, la vigilia sobre el hombre que, a último momento, ya un pie en el estribo, se echó atrás. Y extrañamente él hizo lo mismo, sin comprender la razón de su propia actitud, olvidándose de su imperiosa fatiga, de su agobiada espalda. Y allí quedaron; su cansancio y el desconocido. Y el frenético tráfico del mundo. Solos. Cual si un perdido espacio humano hubiera detenido, por error, su andar en el cemento de esa esquina; en aquel ser que semejaba dormido, o drogado, o lunático, o borracho. Excepto por la oculta angustia de su mirada.
—¿Le pasa algo? —Se animó finalmente a preguntarle. Sorprendido lo miró el desconocido; cerró los ojos en penoso pestañeo, crispó el desperezado rostro, y tensó la levedad de su cuerpo magro. Ante tal enclaustrado martirio, en un impulso inexplicable posó una mano sobre el hombro de aquél. Sintió la sacudida, la contracción, la resistencia, al fin el aflojar de los músculos. Repitió, amigable: —¿Necesita algo? —Y fue asistir a una agonía no presentida. Sentir a aquel ser luchar consigo mismo; amarrado quizás por alguna oculta aflicción. Y al fin, en un dolido susurro, confesar: —¡Me han echado! —Y quedar anhelante, seca hoja al viento. Y repetir después, tembloroso, en un tiempo de vacío: —¡Me han echado! ... ¡Veinte años y me han echado...! —Y él sólo atinar a tomarlo del brazo. Y quedarse; consolando a ese desconocido que, escondido el rostro, comenzó a llorar, con vergüenza. Y seguir allí, mucho después, junto a ese llanto, sobre esa desamparada vereda del universo; aun cuando pasó otro ómnibus, y después otro, y otro, y otro.