El cuponero
LibertadUna solitaria y extraña figura es lo que resulta un individuo en medio de una gran ciudad. El individuo en concreto iba tambaleándose por una gran avenida, haciendo eses, o algo por el estilo.
No podría decir que estuviera borracho, porque quizá lo hacía a propósito. Porque quizá observo que los borrachos hacen eses más pronunciadas, más profundas. No sé. Bueno, volviendo al punto central: iba haciendo eses en ésta gran avenida cuando unos metros más adelante escucho las voces de un cuponero. Éste cuponero era un hijo de puta maravilloso: sabía vender sus putos cupones como Dios manda. Toda una masa de gente estaba siempre alrededor de él comprobando sus cupones para darse cuenta de que no ganaron ni perdieron, o sea, que ganaron lo mismo que costaba el cupón, y por supuesto otros, para darse cuenta de que habían perdido dos o seis euros en ésa gilipollez. Era un auténtico espectáculo. Es increíble la manera de vender cupones que tiene ése hijo de puta cuponero; tiene tacto y habilidades sociales más desarrolladas que el promedio a pesar de su denostada profesión. Luego ves a ésos listillos con carreras en marketing, ingeniería, derecho, administración de no sé qué… y no saben cómo venderte un cupón. En cambio, ven al cuponero como un simple cuponero. Cuando del cuponero tendrían que aprender ellos.
En fin, me acerqué a él para probar suerte y comprar algún número. Ahí está la trampa de la lotería. La trampa mortal que hace caer a miles y miles de desgraciados. Jugando con esperanzas que caen en un pozo vacío.
Me fijé en un número: 54872 de serie 027.
—Hola
—Hola, jiji, ¿vienes a comprar?
—Claro. Dame ése número de allí, el 54872 de la serie 027.
—¡Tome! Son dos euros.
Cuando pronunció la mierda del precio pensé que no tenía dinero dentro de mis bolsillos. Metí la mano rápidamente. Hurgué. Saqué dos euros y dos céntimos. Pude pagar. Pude pagar.
—Gracias, mañana me visitará y me dará parte del premio ¿verdad? Jiji
—Sí, sí... claro.
—Claro. ¡Buenas tardes!
Arrugué el cupón con algo de tristeza. Me parecía que había cierto aire de anhelos no cumplidos en ése “mañana me visitará”. A veces no hay a quién visitar. O peor: no hay nadie quien nos visite o piense visitarnos. Quizás sólo quería el premio, pero prefiero darle el beneficio de la duda. El cupón quedó arrugado en mi bolsillo derecho. Seguí caminando no sabía bien a dónde pero era por la tarde y necesitaba algo. No sé el qué, pero necesitaba algo. En el ambiente había cierta animosidad o jolgorio o fiesta o animación o júbilo o como coño quieran llamarlo, porque creo que era viernes. En cambio, yo no sentía ningún júbilo ni ninguna de ésas cosas. De hecho salí de mi chabola buscando algo donde entretenerme, porque de la biblioteca pública ya me echaron por vagabundo, cuando era vagabundo, aunque lo sigo siendo en cierta manera, sólo que con un techo y un pequeño cuarto donde ni siquiera hay un lavabo, y por oler mal. A pesar de que usaba los baños discretamente para asearme. Pienso que no es por oler mal, si no por vestir mal. Pero qué importaba. Ya todo me daba igual. Siempre me miraron mal por vestir según ellos mal. Vagabundo andrajoso. En fin, seguí caminando, torcí a la derecha, vi a un tipo trabajando en la frutería. Entré en la frutería. Me acerqué al dependiente.
—Hola, busco trabajo, necesito un trabajo.
Me miró de arriba a abajo.
—Sí… Voy a llamar al dueño de la frutería y habla usted con él.
—Por mi cojonudo…
El dueño de la frutería parecía que ya sabía quién era, porque parece ser que el hijo de puta del dependiente me describió a la perfección. Ése cabrón no asomó su hocico en todo el pequeño rato que el dueño me soltó su murga.
—Me ha dicho mi empleado, un empleado excelente por si lo dudaba, un joven ambicioso y que piensa hacerse rico con la miseria que gana aquí —y ahora se empezó a reír con ésa risa floja con la que se suelen reír muchos cabrones—. Pero ése no es el tema. Me ha dicho que un, cito textualmente, “vagabundo andrajoso busca empleo en ésta frutería”. Yo, naturalmente, quiero que mis excelentísimos empleados vistan bien, pelo corto, se peinen, etc. etc. etc. Por lo que usted, como estoy viendo que es un vagabundo andrajoso, sin haber trabajo aquí, queda despedido.
Cuando terminó su mugrosa murga alzó el brazo y señaló la puerta con el dedo índice.
—Ahí es donde está tu lugar. ¡No puedes pedir un trabajo así!
No pasa nada. Simplemente no le contesté y salí. Cuando estaba en la puerta, el carretillero de antes, que llevaba cajas de frutas, tropezó con una mierda o algo pegajoso y viscoso del suelo y aquella carretilla fue toda a parar a un coche que estaba aparcado al lado. TOOONN!! Se pudo oír el golpe a kilómetros y alguno habrá pensado que ya cayó la última bomba. El coche quedó abollado, manchado de tomates y naranjas, y los cristales de la puerta derecha reventados. Yo fui a ayudar a ése empleado a levantarse cuando salió el dueño de la tienda y me echó las culpas a mí.
—TÚ, VAGABUNDO ANDRAJOSO. SAL DE AHÍ, TÚ TIENES LA CULPA.
—¿Yo? Bueno, ayuda tú a tu empleado
Simplemente me fui, no quise saber nada. Pensaba en trabajar, pero no sabía a dónde. Pensé en el billete, pero sabía que la suerte ya había terminado. Pensaba en el cuponero y en su habilidad para vender cupones. Llegué a mi chabola a éso de las 10 de la noche. Llegué por una vez sobrio. No suelo salir de mi chabola: me quedo leyendo los pocos libros que tenga, por supuesto de día, porque de noche no tengo luz, y de vez en cuando escribo mis pensamientos para psicoanalizarme. Ésto parece la consulta de un psicoanalista. Me acosté con la ropa de la calle. Me acosté algo mohíno. Le di un poco de cuerda a mi reloj, lo justo para que en unas siete u ocho horas sonase el despertador. En realidad, no sabía cuándo iba a sonar, el reloj estaba roto. Pero quería despertarme temprano para buscar trabajo. En ése momento, antes de dormirme, me vino el siguiente pensamiento: ¿y si me ha tocado? Espera, y ¡SI DE UNA PUTA VEZ ME HA TOCADO! Sí… podría tenerlo todo en cuestión de siete horas, cuando el cuponero se levantara a vender cupones y yo le diera mi cupón para saber si gané algo y me dijera que tengo que ir a un banco para reclamar semejante cantidad de DINERO. DINERO. Sí… ¡GANAR DE UNA PUTA VEZ! Lo pensé bien: ¡GANAR DE UNA PUTA VEZ!
No dormí un carajo porque quería estar desde que saliera el sol esperando a aquel cuponero a primera hora de la mañana. No dormí nada porque sabía que cuando tuviera mis millones dormiría durante días, semanas, incluso un mes entero, sin preocuparme por absolutamente nada. Cuando salió el sol, también salí yo de mi chabola. Me dirigí a la avenida, subiendo ésta gran cuesta que hay. Joder. Un poco más y no llego. Cuando sea millonario, tendré una puta limusina para moverme. En fin, el cuponero no estaba ahí cuando llegué a la gran avenida. Llegó unas dos horas más tarde. No había nadie esperando.
—Oye… ¿tengo que ir al banco o a dónde? —dije.
—¿Al banco, para qué? ¿No tienes cuenta? —me dijo algo perplejo.
—No exactamente… quiero decir.. No es éso. Es por ésto. —Le enseñé el cupón.
—Ah… ¿has comprobado el premio? ¡Anda! Si yo a ti te conozco. Te dije que si tocaba el premio que vinieras, ¡y has venido! —En su rostro afloró una sonrisa.
—Diantre, me tocaron millones —dije, fantaseando.
—Millones… millones…
El cuponero se quedó un rato mirando el billete de lotería, creo que se le caía un poco la baba mientras pronunciaba “millones…, millones” en un tono de voz muy bajo.
—Pero como te digo, tengo que ir al banco o a dónde tengo que ir para reclamar mi premio.
—Al banco… claro, al banco para los millones… —dijo, cada vez más embobado.
—Pues vamos al banco. ¿A cuál vamos? ¿Dónde nos robarán menos?
Me contestó que deberíamos ir a la Caixa por ejemplo, que no importaba mucho el banco, que los ladrones realmente eran otros, como Hacienda, los políticos, la policía, los comunistas, los capitalistas, los impuestos, etc. etc. etc. Fuimos al banco La Caixa, a pie, estaba a unos 20 kilómetros o así, a pesar de que pasamos por varios bancos más cercanos. Todavía era muy temprano y los cerdos no habían abierto. Estaba una limpiadora fregando el suelo.
—Buenos días caballeros —nos dijo alegremente. Aunque en cara visiblemente no había nada de alegría, pero lo intentó.
—Buenos días señorita. Traemos buenas noticias para usted: vamos a hacer que no tenga que trabajar más y no limpiar éstos suelos. Somos millonarios. —Y le enseñé el cupón.
La tipa se me quedó mirando, luego miró al cuponero, que iba vestido con un chaleco reflectante, su puesto de cupones lo dejó en la avenida, ni siquiera se acordó, o ni siquiera le importó, ya que de todas maneras iba a ser millonario. Yo sólo me di cuenta de éste pequeño detalle más tarde. La tipa después me miró a mí y empezó a llorar.
—Gracias, gracias, gracias… pasamos mucha hambre en casa —dijo.
—No se preocupe, a usted la salvaremos. El cuponero —lo miré, me miró— y yo. —Le di una palmadita en la espalda.
—Jeje sí… —Seguía hablando embobado.
Al momento se abrió la puerta del banco y ahí estaba, un joven AFEITADO y ARREGLADO, LIMPIO, que nos dijo: “Ya pueden pasar”. Pasamos. Se vino la limpiadora también. Entonces, el percal era el siguiente: estábamos delante de aquellos tipos bien afeitados, bien vestidos, con sus modales, sus delicateses, y ahí estábamos nosotros: un vagabundo andrajoso, un cuponero que se olvidó su puesto en la avenida y tenía un chaleco reflectante, y dicho sea de paso, también tenía una especie de tic que le hacía guiñar el ojo, y la limpiadora, vestida con una ropa blanca y con manchas marroncillas o algo así. La fregona se la dejó en la puerta. Al momento de dejarla, a los pocos segundos, cayó, pero no pareció importarle a nadie. Huelga decir que todos olíamos a mierda. Quiero decir, probablemente el cuponero no se ha duchado en toda la semana: olía a puta mierda. Yo, no me duché ni cambié la ropa en toda la semana. Pues no tengo baño, ni playa, ni ropa. A veces lo que hago es quitarme los calzoncillos e ir sin ellos, luego, a los dos días, me los pongo de nuevo, dados la vuelta, claro. Y así todo el rato. En cuanto a la limpiadora, tenía un pelo estropajo, nunca mejor dicho. Dudo que se haya lavado siquiera el coño en días. En fin, ahí estábamos los tres. Esperando nuestros millones. Creo que toda la puta sala nos miraba, estaban ahí todos los empleados detrás de sus monitores.
—Sentaos aquí —dijo el joven empleado señalando una silla. Sólamente me senté yo, los otros dos, de pie.
—Mire… tengo algo entre manos que vuelve loco al ser humano y me va a volver loco a mí y a éstos dos tipos. Son tipos con los que compartiré mi fortuna. —Los miré. El cuponero seguía embobado mirando el billete de lotería. La limpiadora empezó a rascarse el culo. Quizá porque sería millonaria y daba todo igual.
—Y bien, ¿qué tiene, pues? — Una sonrisa empezó a asomarle en la cara.
Abrí el puño donde estaba metido el billete desde que me fui a dormir. Diantre, llevaba con el puño cerrado toda la noche. Y le enseñé el billete.
—Ésto es lo que teengoOo —Empecé a bromear con el tono de voz y a menear el billete de arriba a abajo, para que lo viera todo el mundo. El cuponero y la limpiadora parece que se les cambió el humor de repente cuando vieron por fin el billete. A los otros empleados también. Aunque se oyó un bostezó largo y sonoro en otra habitación casi al mismo tiempo.
—¿Quiere decir que le tocó la lotería, señor? —A parte de la sonrisa, aparecía en su expresión algo de asombro. Un vagabundo que iba a ser millonario.
—Diantre, pues claro que sí. Quiero mis putos millones. Verá, joven empleado, yo soy un vagabundo, un indigente, y éste es un cuponero que ha olvidado su puesto de cupones en la gran avenida dirección a la plaza circular sólo para compartir mi fortuna, y ésta es una pobre limpiadora que le voy a solucionar de inmediato toda la vida. No tendrá que fregar un puto suelo más, y menos de un banco. ¿Lo entiende? Por otro lado, hemos venido aquí, a la… ¿cómo decías que se llama ésto..? —“Caixa…”, me dijo el cuponero cada vez más embobado, parecía que se había metido cuatro cajas de alprazolam o algo—. Sí, sí, como le decía, hemos venido aquí a la Caixa.. Al caixa Bank o como coño le llamen, porque, de todos modos, los ladrones son siempre otros: Hacienda, políticos, policía, comunistas, capitalistas, fundamentalistas, la Iglesia… en fin, no tenemos problema con el banco… con el… Con el puto banco Caixa. Sólo que ésta mujer no limpiará más vuestro puto banco mugriento. Pero como le decía, los ladrones son siempre otros. O sea, que me entiende, ya sabes, que no hay problema con el banco. Si hubiera problema quizá podría hasta comprárselo, ¡imagínate! El banco caixa A NOMBRE de un VAGABUNDO ANDRAJOSO Y MUGROSO. Qué bien estaría el mundo y éste país, ¿eh?, ¿qué me dice? En fin, quiero mis millones. Tome el cupón.
El muchacho se limitó a asentir todo el rato con cara de asombro.
—Sí… está bien… pero necesito comprobar ésto. Tengo que llamar a uno de los mayores responsables en cuestión de lotería de nuestro banco, ya sabe, todo lo burocrático. Espero que esté disponible.
—Sí, claro —dije.
El muchacho telefoneó a no sé qué número y habló con ésta persona súper responsable acerca del premio millonario de un cupón. Mientras hablaba nos miraba a todos, sobre todo a mí. Nos miraba mientras hablaba. La expresión se le fue cambiando un poco. Nos miraba con unos ojos súper vacíos, inexpresivos. Quizá con un poco de asombro.
—Sí… según éste… —me miró— vagabundo, le han tocado millones. Bueno, sí… el cupón lo compró del cupones que está a su lado, con un chaleco reflectante y… Sí, dice que la mesa de cupones suya se la ha dejado en la gran avenida que conduce a la plaza circular… con tal de compartir la fortuna del vagabundo con él. ¿Cómo? ¿No ha tocado?
Ahora calló y pudimos escuchar lo que decía ésa persona de suma importancia al teléfono:
—Tú, estiércol, me has hecho perder cinco minutos, tendría que haber estado en una maldita reunión. Pero no, he tenido que comprobar yo el maldito número de los cojones para saber que el imbécil que lo compró no ganó ni perdió nada, es decir, el cupón en cuestión cuesta dos euros y el imbécil que lo compró ganó dos euros. ¿Cómo que millones? ¿Por qué no lo ha comprobado con el cuponero? Dile a ése cuponero hijo de puta que vuelva a la avenida y no deje la mesa de cupones sola, que se la van a robar, si es que no se la han robado ya. —Se escuchó como un golpe en el otro lado de la línea–. Por otro lado, dile a ése vagabundo apestoso que quite el puto culo de la silla y salga de mi banco. ¿La limpiadora también está ahí, con ellos? ¿Sí? Pues dile que mañana no se presente. Y tú.. Tú, ya sabes que los números de lotería tienen que ir a comprobarse a su lugar específico, no al banco y mucho menos llamarme para ésta estupidez. Por último, toma nota mental: mañana no te presentes.
Salimos. Nadie dijo ni una sola palabra. La limpiadora ni me miró. El cuponero recordó que olvidó su mesa de cupones. Fuimos a la gran avenida. Su mesa estaba ahí, pero los números no. A veces jugar con la imaginación está bien. Al final del día, no tenemos ni mierda pegada al culo.