El finado Cequeira

Mateo Booz

I.

En la Jefatura de Garay se recibió un telegrama: «Rómulo Cequeira falleció repentinamente. Avisen deudos. Contesten».

Rómulo Cequeira había ido a Santa Fe, después de largos años de ausencia, para curiosear las fiestas de la transmisión del mando de la provincia. Lo fascinaban la animación callejera y el desfile de los batallones que en esa ocasión ofrecía la ciudad.

Y allá lo sorprendía la muerte, una muerte imprevista, pues Rómulo Cequeira, criollo cincuentón, tenía toda la apariencia de los predestinados a la longevidad.

El secretario de la Jefatura se fue en su tílbury a la vivienda de los Cequeira, una chacra sita a media hora de la población.

Y apenas se halló en presencia de la cónyuge del difunto, notificó:

—Tenga paciencia, misia Juana: don Rómulo es finado.

La flamante viuda ayeó, mesándose los cabellos. Su entenado, Piringo, muchacho de veintidós años, precipitose de boca en un catre, sollozando:

—¡Tata, tata!

Cuatro o cinco chiquilines, también vástagos de Cequeira, espiaban desde un rincón, con ojos de asombro, la dramática escena.

—Bueno —advirtió el secretario—. Ya les sobra tiempo para llorar. Lo primero es contestar el despacho de la Jefatura de Santa Fe. ¿Qué les decimos?

¿Quieren ustedes hacerse cargo del cadáver?

Entre lágrimas y gemidos se deliberó. Rómulo deseó siempre que sus huesos reposaran, con los de sus mayores y los de su primera mujer, en el cementerio de Helvecia. Era indispensable cumplir la voluntad del muerto, ya que en vida poco se cumplía su voluntad en aquella casa.

¿Cómo traerían el cuerpo? En el vapor de la carrera no lo recibirían y en breque se emplearía un día para la ida y otro tanto para la vuelta, y no era prudente, con los solazos de la estación, traquetear así a un difunto.

¿Quién haría la caridad de prestarles un automóvil? El único, Eloy Montoya, mozo que venía a pasar los estíos en una casita de su propiedad, a diez cuadras de allí, sobre el río San Javier, y de quien se aseguraba que había perdido un fortunón en los clubs sociales de la Capital.

Montoya conocía a medio Santa Fe. Se tuteaba con el nuevo gobernador; y del ministro de Hacienda fue condiscípulo en el Colegio de la inmaculada. Con esas cuñas, como lo hizo notar el secretario, resolvería cualquier inconveniente.

Todo dependía, por consiguiente, de que el mozo quisiera hacerles ese favor.

Y, siempre servicial y cordial, respondió al pedido con un rotundo:

—¡Cómo no!

Media hora más tarde el Ford de Eloy Montoya resonaba por los caminos arenosos que conducen a Santa Fe. Guiaba él, y a su lado iba Piringo, con el semblante demudado por un velo de tristeza.

Entretanto, esparcida la noticia, afluyeron a la morada de los Cequeira los vecinos que se juzgaban obligados a consolar a la viuda y deplorar la desgracia de la familia.

En esos trances luctuosos se pone a prueba la buena amistad. Unas vecinas trajeron retazos de merino para enlutar a los huérfanos y otras, velas y palmatorias de lata para alumbrar al extinto. Varias viejas trajinaban en la cocina; y en la sartén humeaban y chirriaban los fritos.

La gente acudiría al velorio desde algunas leguas a la redonda.

II.

Piringo se abrazó conmovido al cuerpo de su padre, que yacía en la Comisaría 2.a, de espaldas sobre una tarima y protegido de las moscas con una arpillera.

En breve tiempo realizó Montoya los trámites para llevarse el difunto, y a las dos de la tarde su Ford pasaba de regreso el puente de la laguna Guadalupe.

Ahora Rómulo Cequeira viajaba en la parte trasera del coche, entre cuatro tablas forradas de satiné negro.

A las seis podrían llegar a Helvecia, siempre que no estallaran los neumáticos en la arena caldeada. El sol de la siesta brillaba calcinador en un cielo sin nubes y el espacio despedía ráfagas de incendio.

En San José del Rincón bebieron unas chinchibiras, sin bajar del pescante.

De allí a hora y media cruzarían por Santa Rosa de Calchines.

Montoya, tanteándose el saco, preguntó luego a su compañero:

—¿No tenés tabaco?

—No, no fumo.

Aquel hizo un gesto de contrariedad, y unos kilómetros más adelante averiguó:

—Che ¿tu viejo no fumaba?

—Sí; tenía mucha afición a pitar.

Y entonces, apretando el freno, rogó:

—¿Por qué no te fijás si tiene algún paquete?

Piringo se echó sobre el respaldo y, levantando la tapa del ataúd, pesquisó con una mano temblorosa las ropas del finado. Del tirador, oculto bajo el chaleco, extrajo al fin una marquilla de sobado papel rojo, que entregó a Montoya.

—¡Ah, tabaco fuerte!… A falta de pan, buenas las tortas.

Y armando y mojando con la lengua un cigarrillo, lo encendió y aspiró el humo gozosamente.

—Parece que tata está muy hinchado —observó Piringo, delatando su acento una mezcla de congoja y de miedo.

—¡Evidente! —confirmó Montoya—. Con semejante día no hay muerto que aguante.

III.

El Ford embocaba las calles de Santa Rosa, vacías y guarnecidas de casuchas agazapadas en la fronda de las enredaderas; y fue a parar al almacén de Santoña. A la rala sombra de los naranjos se alineaban unos autos y cabalgaduras inmóviles y dormitantes, amodorradas por el sopor de la siesta.

Allí se echarían al buche algunos líquidos refrigerantes, se aprovisionarían de tabaco y, luego de verter un balde de agua en el radiador, reanudarían el viaje.

Descansarían no más de cinco minutos. Hasta Helvecia tenían un tirón de dos horas. Por suerte, ya el sol, ladeándose, se mostraría menos riguroso.

Santoña que, con los brazos arremangados, adelantaba el busto sobre el mostrador, se enderezó y dijo algunas confianzudas palabras de bienvenida.

—Che, gallego —gritó Montoya—. Venimos locos de sed. Destapate dos enteras de Pilsen.

—Sí, que hace calor —corroboró el comerciante, frotando las botellas con el repasador—. A menos que llueva pronto, las sementeras de maní se van a achicharrar.

Y mientras sus parroquianos bebían la cerveza, Santoña disertaba sobre las perspectivas de la agricultura e inmediatamente sobre los probables nombramientos que el flamante Gobierno haría para el departamento Garay.

—Con tu charla, gallego, nos has demorado un cuarto de hora —cortó Montoya, al tiempo que pagaba y aturdía al lavacopas con una opulenta propina.

—Los caminos están buenos y en un santiamén se ponen en Helvecia. ¿Para qué tanta prisa? —dijo el comerciante.

Y agregó, suavizando la voz y señalando al fondo con un movimiento de mandíbula:

—Ahí tenemos una partida de órdago, niño Eloy.

—¿Una partida?… —interrogó, consultando su reloj muñequero.

—Un monte pistonudo. Corre el dinero que es un contento… Están los Pereda, de Campo del Medio. Muy buenos puntos… Ahora tallaba el turco Amid. ¡Qué tío de leche! Dio diez judías arriba, en triquitraque, y ¡nada! la banca incólume.

—¡Diez judías arriba!… —repitió Montoya.

—Como me oye: diez judías arriba… ¿Por qué no entra? A lo mejor está usted en una buena racha.

—Caramba, no puedo demorarme —deploró.

—¡Que no se diga, hombre! Tanto monta llegar a Helvecia a las seis como a las seis y media. Me parece… Montoya asintió por fin:

—Voy a echar una miradita. Diez minutos, solamente diez minutos… Aceleraremos después la marcha… Vos. Piringo, esperame en el auto.

IV.

Alzando la cretona de una cortina, el mozo se encontró en una habitación donde, alrededor de una mesa, se aglomeraban afanosos los tertuliantes. Algunos lo saludaron campechanamente.

Uno de los Pereda, de Campo del Medio, susurró en la oreja de su vecino:

—Va a tomar vuelo la pandorga.

Con lo cual pronosticaba que la partida, ya en un comienzo de desmayo, cobraría animación merced al nuevo cliente.

El tallador, cetrino, de galera y bigotazos, invitó:

—Si quiere apuntar, don Eloy, lo mismo a la cargada que a la descargada…

—No; vengo de pato. Me voy en seguida.

Y al albur siguiente pidió:

—Che, Turquía; marcame veinte pesos a ese caballo.

Amid aceptó, mientras su mano peluda, ornamentada con un tatuaje fabuloso, descorría delicadamente el mazo.

Media hora después Piringo asomaba la cara entre los pliegues de la cortina.

—Niño Eloy; se nos hace tarde.

—Esperame afuera; en seguida corro a darle manija al coche.

Y a la hora volvió a aparecer, con gesto de aflicción:

—Niño Eloy, nos esperan para el velorio; nos va a agarrar la noche en el camino.

Eloy Montoya, que ya se había sentado al borde de la mesa, volvió el rostro:

—Un momento… A ver si salgo del metejón… Yo estoy muy amargo… Tal vez vos tengás acierto… Cuál te gusta, ¿ese as o esa sota?

Piringo avanzó un paso, estiró el pescuezo y, con la convicción de un novicio, declaró:

—La figura.

—Turquía; van cien pesos a la sota.

—Van —consintió el tallador, oscilando la galera en un movimiento afirmativo.

Y ganó la sota.

—Marchemos, niño Eloy —reiteró Piringo.

—Un momentito más. Tenés que desquitarme —repuso, optimista.

Y prometió:

—Si al fin gano, el diez por ciento de la ganancia para vos.

Y el tiempo transcurría y Montoya apuntaba a las cartas favoritas de Piringo.

Y Piringo, que por primera vez presenciaba una partida de monte, iba poco a poco experimentando la voluptuosidad del azar, y eran cada vez más débiles sus exhortaciones para proseguir el viaje.

Montoya logró desquitarse con un copo audaz que lo puso en posesión de la banca de Amid.

Y gritó entonces:

—Yo tallo.

Y talló, asistido por Piringo, que atendía las paradas.

Santoña encendió una lámpara y sirvió unas copas, unos huevos duros y unas rajas de salchichón.

V.

Con la maravillosa inconsciencia con que las horas caen para los jugadores en la eternidad, llegó la medianoche y luego la madrugada seguida del bullicio de los gallineros cercanos.

Y en la cabecera de la mesa, en la atmósfera azulada por la combustión de los tabacos, Eloy Montoya continuaba la mecánica tarea de tirar los naipes y Piringo la de recoger y pagar las posturas.

Al mediodía se deshizo la reunión. Solo quedaron Montoya y Amid, mientras Piringo, rendido por la fatiga, las emociones y la cerveza, dormía a la larga en los mimbres de un sofá.

Amid y Montoya, que habían sufrido un quebranto de algunos miles de pesos, se entregaron con deleite a las alternativas de un truco mano a mano, por un paquete de cigarrillos.

De pronto irrumpió el comerciante y, encarándose con Montoya, dijo:

—¡Hombre! ¿Qué fiambres se trae usted en el automóvil? Aquello hiede que es un horror… Y un mosquerío imposible… Piringo, que despertó a esas voces, se incorporó rápidamente y, renacido en su espíritu el cuadro de su infortunio, salió gritando con consternación:

—¡Tata, tata!

VI.

Y a la siesta de ese día de verano, el Ford de Eloy Montoya rodaba por las vías de Helvecia con el cajón, ahora reciamente claveteado, de Rómulo Cequeira.

Sobre el muerto cayó en seguida la tierra del camposanto.

Deudos y relaciones mucho lamentaron el fracaso del velorio, después de tantos inútiles preparativos.