El reloj

Mateo Booz

I.

Cuando a Jerónimo ortega le ofrecieron un conchabo en las islas de San Javier, pensó en su entenado Anselmo Cruz. Consigo no podía llevarlo ni deseaba que siguiese en el oficio de peón de monte. Tenía ciertamente habilidad y voluntad el muchacho para voltear un árbol con el hacha y cargar los troncos en los cachapés; pero le espumaba la sangre en la boca y al venir la oración le ardía la piel como si hubiera tragado brasas. Un curandero de Colmena, descubriéndole el mal, le dio un alambre embarullado. Si el enfermo conseguía, sin ayuda de nadie, enderezarlo, sanaría. Anselmo lo consiguió porque tenía paciencia y unos dedos muy hurgadores. Pareció al principio que mejoraba, pero después continuó igual, si no peor.

—¿Por qué no se lo ofrece a don otto Koeppen? —le aconsejó un bolichero de Colmena.

Don otto Koeppen, un alemán acriollado, habitaba en las cercanías de la población. Era dueño de un obraje a cuatro leguas al naciente. iba muy de tarde en tarde para el lado de los montes. Pasábase la vida cuidando sus frutales y sus abejas y leyendo los paquetes de impresos que le llegaban de su país.

Pensaba bien el comerciante. En ninguna parte estaría mejor Anselmo Cruz que a las órdenes de ese extranjero, un hombre de instrucción y de quien nada malo se decía.

Koeppen aceptó al muchacho. Así aliviaría a la cocinera, una vieja paraguaya, hasta entonces única compañera de su soledad y sobre quien recaía todo el peso de la casa.

ortega se marchó a San Javier, no sin antes recomendar a su entenado que fuera honrado, obediente y hacendoso. Por lo demás, estaba seguro de que esas virtudes anidaban en el alma de Anselmo. Ya había cumplido los dieciocho años y jamás le ocasionó, por su conducta, un dolor de cabeza. Hasta cuando ortega, pasándose alguna vez en la bebida, se ponía a brutear, el muchacho lo sosegaba, sin faltarle el respeto debido a los mayores.

Anselmo se sintió pronto feliz bajo aquel techo. La tarea era liviana para él, acostumbrado a los recios quehaceres de los montes. Y su nuevo patrón se le antojaba un señor bondadoso.

Koeppen, que economizaba las palabras y las efusiones, no pudo evitar unas frases laudatorias al observar cómo el muchacho le alistaba las lámparas incandescentes. Acusaba en verdad singular destreza para manipular las frágiles camisas de los mecheros.

—Me parece —le dijo, confidencial, la cocinera —que don otto está muy contento con vos.

II.

Anselmo acomodaba y plumereaba todas las mañanas la habitación de Koeppen. Frotaba esmeradamente las pieles de víbora y los sables que, en una panoplia, adornaban los muros. Y hasta conocía ya el lugar que, en el armario, correspondía a cada libro.

Esa existencia le sentaba bien. Ya no advertía el sabor dulce de la sangre ni el fuego de la fiebre. Y comía hasta el último grano de la mazamorra que le servía la cocinera.

Un día, en la mesa de luz de Koeppen, sus ojos se detuvieron en un gordo reloj de níquel.

Lo miró y remiró, abismado por el misterio de esas agujas que caminaban a diferente ritmo sobre la esfera, del tamaño de un plato de café.

Abrió una tapa y una segunda tapa, y se le reveló el secreto interior. Su atención se concentraba en el movimiento del volante.

Lo dejó luego en su sitio. Pero la imagen del reloj no se apartó de su mente.

Esa noche no le pareció la luna más bella que la esfera del reloj ni tan maravilloso el mecanismo estelar como el mecanismo que guiaba las manecillas.

Por primera vez había tenido un reloj en la mano. Recordaba haber visto otro, en el despacho de un obrajero, adonde alguna vez lo mandó su padrastro.

Era un reloj de pared con un péndulo cuyo fulgor y cuyo vaivén lo fascinaban.

Ahora, cuantas veces entraba a la pieza de su amo, sus ojos, obstinados, se recreaban en la contemplación del reloj.

III.

—¿Qué milagro, don Koeppen, por aquí? —exclamó, cordial, el comisario de

Colmena, indicando una silla al visitante.

—Traigo una denuncia.

—Hable no más, que la autoridad está a sus órdenes. No tendrá quejas de la policía, me figuro.

—No… La semana pasada fui al obraje y cuando volví no encontré ya en casa a un sirvientito, Anselmo Cruz.

—¿Anselmo Cruz?… ¿No será un entenado de Jerónimo ortega?

—El mismo.

—¡Ah!

—Según la paraguaya que me cocina, dos días antes el muchacho tomó campo afuera. Yo pensé que se habría cansado de la ocupación, y lo lamenté de verdad, porque era diligente y ya me conocía los gustos. En fin, me conformé.

Pero esta mañana he notado la falta de un reloj de níquel.

—Ratero el mocoso. Lo creía incapaz…

—Es curioso… Se ha llevado el reloj, que vale poca cosa, y no ha tocado uno solo de los billetes de cien que estaban en el mismo cajón… Yo no habría hecho la denuncia si no fuera porque aprecio mucho ese tacho. Vino conmigo de Hamburgo, el año seis.

—Usted se juntará con su reloj —aseveró, sentenciosamente, el funcionario policial.

Ya el jefe político había pedido a Solano Bermúdez, comisario de Colmena, que tratara bien a don otto Koeppen. Pronto habría elección y en el obraje del alemán trabajaban no menos de doscientos peones.

Bermúdez recomendó a todos los distritos del departamento Vera la captura de Anselmo Cruz, acusado de hurto. Y él mismo se echó a investigar por su jurisdicción.

IV.

Transcurrió una semana sin noticias del prófugo. Y una tarde que Bermúdez regresaba de vigilar el paso del tren de las cinco, el cabo de guardia le anunció:

—Ahí han traído, de Golondrina, a Anselmo Cruz.

Bermúdez corrió al calabozo. En un rincón estaba el preso, acuclillado.

—¡Ya caíste, matrerito! A ver, a ver, entregá el reloj.

Anselmo sonrió, en silencio. Bermúdez ordenó al cabo que lo registrara. Experto para esos trabajos, el gendarme desnudó rápidamente al preso sin dejar recoveco por investigar.

Pero el reloj no apareció.

—¿Dónde lo has metido?… ¿Lo has bolicheado?

Anselmo denegó.

—A ver, cantá, cantá…—requirió, enérgicamente, el comisario—. ¿Lo escondiste?

—Sí.

—¿Dónde?… Allá, por Golondrina, seguro.

—Sí.

—Hablá… ¿En qué lugar?… ¿En algún algarrobo?…

—Sí; en un algarrobo.

El comisario se sintió satisfecho de su propia perspicacia. Y al amanecer, con el preso y el cabo, salió en un Ford, rumbo a Golondrina.

Bermúdez gobernaba el volante. Anselmo los dirigía por lugares intrincados.

Las ramazones azotaban la capota y dos neumáticos estallaron, rotos por las astillas.

—¿Cuál es el algarrobo? —preguntaba impaciente el comisario.

Frente a cada árbol, Anselmo dudaba, rascándose una pierna.

Y al término de tres horas de errar por esos campos, el cabo sugirió:

—Malicio, comisario, que nos toman de zonzos.

Bermúdez adivinó en los ojos del mozalbete que su subordinado estaba en lo cierto.

—No te vas a reír de nosotros, muchacho de porquería —amenazó el comisario, marchando ahora de regreso a Colmena.

Anselmo entró al calabozo. Y el comisario, con el rebenque en la diestra, lo interpeló de nuevo:

—Vas a decirme que has hecho del reloj de don Koeppen, y si no decís voy a sacarte lonjas de los lomos… Sé que has andado merodeando por Tartagal… ¿Lo vendiste en alguna pulpería?

—No.

—¿Entonces?

—Vea. Voy a contarle. Hice un hoyo cerca de la picada de un monte, y lo tapé.

Tenía miedo que me lo quitaran.

—¿Por dónde?

—Yendo como quién va a la Forestal, al naciente de La Florida.

El Ford rodó otra vez. Ahora el cabo llevaba una pala de puntear. Al llegar a intiyaco torcieron a la derecha, apartándose unas cuadras del ramal al Rey.

Descendieron próximos a una picada del monte. Anselmo esparcía la vista por el suelo. La pala del cabo cavó hondo y volvió a cavar. Pero la memoria del muchacho no andaba bien. Vacilaba. No podía señalar con precisión el sitio buscado.

El vigilante, secándose la frente con la manga de la chaquetilla, dijo:

—Comisario; a mí nadie me quita que ahora también nos equivocan.

Bermúdez, hosco, repuso con una orden:

—¡Volvamos!

V.

Pasaron unos días.

El comisario fue al calabozo; y a los primeros rebencazos el preso habló: el reloj estaba en un nido de horneros en un chañar, a orillas de la Laguna del Pescado.

Bermúdez creyó; el preso revelaba la verdad. No hay como el rigor.

Nuevamente partió el Ford en procura del objeto robado; y a la caída de la tarde regresaba, después de haber estado a punto de volcar en un tacurú.

otra vez había sido burlada la autoridad.

Bermúdez no era hombre cruel ni aficionado a apalear a los detenidos. Pero ese muchachito no se iba a mofar impunemente del comisario de Colmena.

Ahora, sin decir nada y sin preguntar nada, azotó al preso a la luz de la luna que entraba por el ventanillo del calabozo. En la pared bailoteaban unos sombrajos extravagantes y patéticos.

—Con esa soba y una fajina —previo el comisario— el muchacho acabará por confesar. otros más curtidos y con delitos más negros en la conciencia, a la larga, han aflojado.

VI.

A la siguiente mañana, Bermúdez tomaba mate sentado a la puerta de su despacho.

—¡Comisario! ¡Comisario!

Esas voces lo hicieron incorporar. El cabo informó: el preso, al parecer, no resollaba.

Bermúdez acudió apresuradamente.

Anselmo yacía de espaldas, en el centro del calabozo, con las pupilas vidriadas y la boca sanguinolenta. Su cara juvenil, de plaquetas alternativamente pálidas y terrosas, mostraba una sonrisa que era al par de dicha y de burla.

El comisario lo miró, invadido de súbita lástima.

¿Habría sucumbido el muchacho a la paliza de la noche anterior? No. Nadie se muere por unos lonjazos.

—Fíjese, comisario —gritó el cabo, con sorpresa, señalando la mano del difunto.

Esa diestra crispada y recogida guardaba un reloj de níquel, el reloj de otto Koeppen, que latía sobre el corazón inmóvil de Anselmo Cruz.

Y un ladrillo del suelo, levantado, indicó el sitio donde el ladrón, cuando lo trajeron preso de Golondrina, ocultó su tesoro.