El sapoáguila

Felipe Justo Cervera

Al principio, antes que comenzara, no había reparado en ella. O no la vi. O la vi, sólo que no importó. En tantas tardes de luz hubiera tenido tiempo y oportunidad. Pero no importaba uno más entre tantos niños que molestaban a la hora de la siesta, no dejaban mirar televisión tranquilo, ni sentarse en la vereda al atardecer sin peligro de recibir un pelotazo. Demasiado ya con caminar la vida. Bueno, un decir; caminar la vida; más bien tamanguearla, porque los míos, más que zapatos ya eran tamangos. Cuestión de sumar, o restar: entradas y gastos, gastos y entradas. Y zapatos, claro. Zapatos. ¡O tamangos! Ese era el asunto. Zapatear la vida; no tamanguearla. Por eso, seguramente, no me había fijado en ella, tan pequeña, pestañas pétalos de azucena. Pero en aquel primero de diciembre, tan cercano y tan lejano ya, por primera vez la vi. O la presentí, después de tanto mirar sin verla. No fue un día distinto (siquiera el día de la virgen), para producir ese milagro. Milagro pequeño; pequeñísimo. Milagro al fin. Milagro de descubrirla. De verla. No sé cómo sucedió. Como se dio. Ni siquiera cuándo. ¿La pelota pegando? El ruido del trompo? ¿Una sonrisa? ¡Qué importa ahora! Comenzó. Eso es lo que cuenta.

Ella, tan pequeña pero importante; tan indefensa pero fuerte; tan ingenua pero penetrante. Porque recién entonces (recién después de entonces), comencé a pensar que, aún con tamangos, quizás fuera posible zapatear la vida.

Rápidas pasaban las tardes en ese comienzo anticipado del verano. Rápidas después de la oficina y el almuerzo y la siesta, sentado con los vecinos en la vereda a la sombra del paraíso, respirando el suave aire, dejando transcurrir las cálidas horas cosquilleantes, aprovechando esas cálidas horas para desmenuzar, y aprobar, o desaprobar, lo que hacía, o no hacía, o hacía mal, el gobierno, el intendente, los inspectores, los barrenderos, los imprudentes automovilistas que tomaban las calles como pista de carrera, los imprudentes ciclistas que tomaban las calles de contramano, los imprudentes jóvenes irresponsables y desorganizados, los prudentes patronos que se llevaban la parte del león del sector productor, los prudentes dirigentes gremiales que se llevaban la parte del león del sector trabajador. Y así y allí, reconfortado por la plática y la frescura de la sombra del árbol, quedaba hasta el atardecer en que llegaban ellos, mis hijos. Porque hacía mucho que más que hijos eran él y ella. Porque gradualmente habían ido pasando a ser más ellos que hijos. Y ellos sostenían que la causa radicaba en que yo era un avinagrado. ¡Avinagrado! Fácil decirlo para el que no ha tenido que vivir, y pelear, ¡años!, sin poder avanzar. Repechando sin poder avanzar, para terminar comprendiendo que en la vida lo único que importa (lo único, también lo único realmente difícil de conseguir, difícil lo que se dice difícil) es la plata y triunfar y poder comprar todos los antojos que se te vienen al cuerpo (golpeándote ganas, conciencia, cerebro, estómago, tamangos, ¡tamangos!) para después refregarle a los vecinos el lavarropas automático, y la antena satelital, y el auto nuevo, y todo. ¡Todo! Pobre ellos, es decir mis hijos, que creían que con palabras, o filosofía, o poesía, se arreglaba el mundo y se vivía bien. ¡Vivir bien! ¡Casi nada! Vivir bien cuando hay que ponerse desde la madrugada y apechugar el público, y el ascenso sin llegar, y el sueldo que estirar, y la pintura de la casa que no puede esperar, y pagar el gas y la farmacia y los impuestos y la verdulería ... y los zapatos, claro, los zapatos. ¡Caramba!, también fui joven, y tuve sueños. ¡Sueños!: pero entonces no sabía cómo era el mundo.

Mi hija (es decir, ella) afirmaba que lo importante era realizarse. Realizarse como persona. ¡Así nomás! ¡Realizarse, che Platón! ¿Cómo se realiza uno cuando no tiene el cónque? Fácil hablar, pero, ¿qué es realizarse?: ¿trabajar? ¿simplemente trabajar?; parece que no. Debe ser, quizás, trabajar con ganas, con ansias, con alegría. ¡Ganas; ansias; alegría! ¡Qué palabras, Dios mío!

Pero lo importante -recién ahora lo comprendo- fue fijarme en ella. Tropezar con ella; mi vecinita. Nunca hubiera supuesto que esa purretita, esa ratita diminuta y cálida, pudiera llegar a metérseme tan rabiosamente adentro, y comenzar a hacerme vivir con tal apresuramiento. ¿Apresuramiento: ganas, ansias, alegría? Luciana, se presentó. Luciana, a secas. Cinco años.

A partir de ese día -en ese fin de primavera tan distinto a otros de mi vida, donde nunca ocurrió esa cosa inenarrable de un milagro-, extrañamente comencé a anhelar que llegara ese momento de salir a la puerta, para verla y gozar con su gracia infantil estirada y agrandada, cual si estuviera dando lecciones de urbanidad; en que sólo de a ratos sonreía como permitiéndose una dispensa, como ofreciendo un don. Y empecé a llevarle un caramelo cada día. Sólo uno. Pero ella sabía que el caramelo iba a estar. Y el caramelo estaba. Y fue recién entonces que comenzamos a conversar. Y descubrí que hacerlo con ese proyecto de persona, con ese ser tan lleno de humanidad virgen, de sueños intraducibles, podía ser más importante que hacerlo con amigos, compañeros, familiares. Y encontré que muchas veces no podía dar razones a sus sinrazones, respuestas a sus preguntas, satisfacción a sus anhelos. ¿Cómo explicarle que debía tamanguear la vida, y por eso era avinagrado? ¿Y que tamanguear no es lo mismo que zapatear? Difícil explicar. Difícil porque íntimamente pensaba que había fracasado porque nunca pude ganar lo suficiente, y por el asunto de ... Bueno, que importa. Quería decir ... aunque no lograba definirlo. Quería decir tener que vivir la vida como si cada día hubiera que pelear cuotas crecientes y exigentes de esa propia vida, de esa vida tan difícil de manejar, en la cual a veces los resultados no coincidían con los deseos, que a lo mejor era igual que la vida a la que aspiraban ellos, mis hijos, sólo que....Sabía que había un punto donde me perdía y no conseguía retomar el sentido, no conseguía asirlo, definirlo, manejarlo. Y ese era el problema; ... Sí; difícil de explicar a una niña. Por eso simplemente hablábamos de cosas. Cosas simples y difíciles. Cosas simples para ella: como los juegos, el Niño Dios, los duendes y las hadas. Cosas difíciles para mí: como los juegos, el Niño Dios, los duendes y las hadas. Todo eso que yo fingía creer, para contento de ella. Y una noche (limpia noche de diciembre que nunca ya podré olvidar; que nunca ya será una noche igual más de mi vida), todos en la vereda tomando fresco, una lechuza pasó sobre nosotros, iluminada fantasmagóricamente por la frágil claridad de las luces. Y yo, sin comprender después de dónde pudo surgirme una idea tan disparatada, se la mostré a Luciana diciéndole que era un sapoáguila. Y cuando me preguntó por él le expliqué que era una mezcla encantada de sapo y águila, capaz de andar sobre la tierra y el agua, pero también de soñar y volar por el cielo. Un extraño animal que tanto podía descender a las profundidades donde habitaban las hadas, penetrar los troncos donde se escondían los duendes, como subir las más altas nubes donde el Niño Dios se entretenía en jugar. Mas Luciana no se contentó con eso; quiso saber más.

Así fue como me sorprendí tratando de construir la naturaleza de un sapoáguila. Y en el trabajo supusieron que debía estar enfermo, o empachado. Medio empachado por lo menos. Y el tiempo se iba sin poder llegar a conclusión alguna. Había parecido sencillo inventar algo tan simple, pero ninguna idea podía hilar. Inclusive sentí la falta de un ingrediente que no conocía, que jamás había manejado (¿nunca?, ¿jamás?): lo mágico. Esa era la cuestión. ¡Lo mágico! Di entonces a preguntarme cómo sería. Y contra una costumbre de años desde la primer tarde postergué mi siesta y, ¿raro no?, raro, sin sentirme por ello cansado, sin sentirme por ello agobiado, me enclaustré en la biblioteca pública, buscando aprehender la esencia de los mágico. Y leí; hoja tras hoja leí. Leí mas no encontré lo que buscaba. Leí encantamiento y sortilegio; luego alquimia y astrología; por último adivinanzas y taumaturgia. Hurgué, llevé libros a mi casa. Insistí hasta agotar la exótica lista. Pero la febril búsqueda no produjo resultados. Y tan enfrascado estaba en la pesquisa que olvidé carnicería, almacén, auto, televisor, créditos, jefe que aguantar, sueldo que estirar. Mis compañeros supusieron entonces que más que empachado debía estar ojeado. Ojeado o encantado. A pesar de que ahora con tanto hierro en la construcción, con tanto auto y semáforo, con tanto asfalto y edificio de altura, con tanto sicólogo y organigrama, con tanto inglés a casete y modernidad e Internet, ya casi no hay ojeaduras ni encantamientos. Y nunca hice nada para aclararles las dudas. Nunca pude explicarles que era sólo por encontrar lo inencontrable. Y me frustraba la impotencia para aprehender el comportamiento del sapoáguila, ese animal hijo de mi propia imaginación al cual ahora no podía dotar de sentido. Pese a intuir que la solución debía ser muy simple. Pero era como la búsqueda de ese recodo de vida con mis hijos, donde siempre me perdía.

Y al séptimo día de mi inútil búsqueda, sólo uno antes de Navidad, cual frustrado creador, debí enfrentar a una Luciana que no había olvidado al fabuloso animal. Y esa noche, estrellas en lo alto, oscuridad pendiendo en lo alto, oprimido por el fracaso, le escuché decir, como hablando de las cosas de todos los días.

—Anoche estuve con el sapoáguila.

La miré, despertando desde adentro; desde muy adentro; desde ese mundo que yo sabía irreal.

—¿El sapoáguila? ¿Adónde?

—Aquí; le dije lo que quiero que me traiga el Niño.

Y entonces, en ese momento tan impensado, Luciana -Luciana ojos de azucena de verano, Luciana ratita diminuta y cálida, Luciana luz- me pidió que le cazara el sapoáguila. Y supe que lo haría. Y comprendí de pronto, con una claridad que hacía mucho no sentía ni percibía, con una lucidez que me pareció satánica, o angelical, que la respuesta no estaba en ningún anaquel de biblioteca. Comprendí, recién (¡recién, Dios mío!), que no era cuestión de libros, sino de sueños. ¡De sueños! Y sentí una extraña ternura invadirme y llenarme cálidamente. Y supe, supe con seguridad total, con un amor que me desnudaba primero para volver a vestirme virginal después, que fuere como fuere, aunque no supiere cómo, aunque no supiere dónde, en ese diciembre de milagro, más allá de posibilidades y debilidades, cazaría el sapoáguila para Luciana.