En el camino
Felipe Justo CerveraVeinte pasos libres de maraña a cada lado del camino. Luego el cerrado monte. Y empinado en la banquina, por milagro salvado de las terraplenadoras, el algarrobo. A su amparo, sobre la tierra cuarteada por la penuria del agua, esperaban. Confuso bulto al borde del camino que se perdía en lejanías.
En el avance de la marcha de su camión el hombre las divisó como un punto lejano. A la distancia supuso una solitaria señal, desfigurada por la reverberación. Sólo que, al mismo tiempo, desde el otro extremo, desde la sombra del árbol, la mujer vio, a su vez, el avance de la mancha de polvo cual tenue velo en un cielo sin nubes. Y por la velocidad con que crecía supo que no era jinete ni carro. Y tuvo esperanzas.
Chirriante desaceleró el destartaldo vehículo frente al algarrobo. Sin apearse, sucio de polvo de camino, el conductor contempló en silencio al grupo y su miseria. Pasó una toalla por el rostro, alzó la abollada cantimplora, y bebió un interminable trago. Se recostó luego sobre el asiento, entrecerrando los ojos.
Macilenta, la mujer no alteró su posición. Tampoco las niñas. Cubiertas con trapos las tres. Conformando un único paisaje con la tierra árida, el sol alucinante, los oscuros círculos de los caranchos, el árbol añoso.
Descendió el hombre, ajeno al lugar, apenas de paso, buscando un atajo hacia Vera. Apoyándose en las rugosidades del tronco, sin dejar de secarse ni apartar sus ojos de la mujer, desgranó apenas un —Buenas... —Buenas tardes señor—, respondió aquélla, pese al tortuoso descuido de su piel, tras la áspera flacura una escondida juventud emergiendo rotunda de la remendada tela.
—¿Qué hacen aquí? —Esperamos, señor.
No apartó sus ojos de la mujer el hombre, ni abandonó el ritual: lento repasar de toalla por rostro y cuello, buscando un alivio al agobio del clima. Tardío asumió la forma en que ella lo miraba.
—¿No quiere una de las muchachas, señor? —¿Cómo...? —Si no quiere una de las muchachas ... se la doy con papeles.
Dilatado creció el silencio.
—¿Tuyas...? —Sí señor— Respondió, desolada, sombra a punto de caer. Nada tenía consigo. Ni agua para beber siquiera. Sólo el amparo del algarrobo.
—¿Tu marido...? —Murió, señor.... Lo picó una víbora.
Una y otra vez refregó el hombre sus manos engrasadas. Olor de mujer escrutándolo. Receloso escudriñó una y otra vez hacia los costados. Nada había, sin embargo, en derredor. Nada ni nadie en la soledad de fuego.
—Te llevo a vos. —No puedo señor. Tengo uno de pecho...— Murmuró apenas —No tenemos para comer señor.
Miró a lo lejos el hombre, un fuego de verano ahogando la respiración. —¿Cuánto tiene?—, preguntó después, volviéndose a la mayor de las niñas.
—Trece, señor.
Palpó las caderas apenas marcadas, los pechos pequeños.
—Bueno...me llevo ésta.
Aguardó la mujer. Preguntó al fin —¿Cuánto me da, señor?
—No sé...cuarenta. —Es muy poco.
Examinó otra vez el hombre a la niña, sin dejar de secar el sudor de su cuello. Alargó unos billetes arrugados. —Está bien... sesenta—. La mujer le tendió una libreta que aquél guardó sin mirar. Apenas si preguntó.
—¿Cómo se llama? —Rosa, señor. Rosa Arias.... Justino Arias era mi marido. Lo enterramos hace una semana.
En el amarillo de la siesta la niña se aferró a la madre, que la apretó contra sí, clavando sus uñas en el frágil cuerpo. —¡Que Dios la ayude, m'hija!—, dijo al fin.
Bajo un manto de polvo reinició su marcha el desvencijado camión. Atrás, cada vez más atrás, fueron quedando la madre, la tierra, el árbol.