Ese desconocido agobio

Felipe Justo Cervera

Sofrenaron los caballos en la linde del patio. Cruzó las riendas sobre las crines y golpeó palma contra palma. El batir sonó claro en la quietud abrasadora de la siesta, mas nadie respondió. Esperaron, rodeados de silencio. Esperaron, bajo la rala sombra del chañar; la deslumbrante luminosidad golpeando en las raquíticas paredes del rancho. Desmontó al fin el hombre y lanzó el balde hacia el fondo del pozo. Sin apearse, la mujer de vientre abultado cayendo sobre el cojinillo, bebió con ansiedad.

Bajo el tórrido sol reiniciaron la marcha. El polvoriento camino extendiéndose sin fin. Bocanadas de fuego chamuscando el paisaje desolado. Horas después, apenas una señal humana en el horizonte, al borde mismo de la imprecisa línea del monte, divisaron el pueblo. Chata hilera de ranchos; horcones, barro con liga, y mazos de paja brava dándoles furtiva forma.

Frente a la vivienda, de cuyo frente colgaba un herrumbrado escudo, bajó el hombre. Salió pronto.

—El Juez se ha ido p'al almacén.

Al extenuado tranco de los animales prosiguieron sobre el colchón de suelta tierra de la calle.

En el espacioso interior del almacén la penumbra hizo parpadear al viajero. Se acercó a la mesa, sacándose el sombrero frente a los jugadores concentrados en sus cartas.

—Buenas tardes señor— dijo dirigiéndose al mayor del grupo.

Aquél siguió rumiando sus cartas, en silencio, ajeno. Al fin, sin volverse, preguntó.

—¡Qué querés!

—Casarme señor Juez.

Removió su cigarro el funcionario, meneando la cabeza en mudo asentimiento. Mas luego, con rezagada tardanza, como comprendiendo, dio vuelta y lo miró. Por primera vez lo miró.

—¿Qué dijiste?

—Que quiero casarme, señor.

Levantó las cejas aquél, masticó la punta de su cigarro, hizo una bola en la boca y lanzó una oscura escupida al rincón.

—¿Tenés la novia?

—Sí señor.

—Bueno... pasá cualquier día —. Nuevamente se concentró en el juego.

Parado en medio de la habitación quedó el viajero. Olvidado. Una y otra vez dio vuelta las alas de su sombrero. Al fin, la fatigada voz musitó.

—Quiero casarme ahora, señor.

Hosco se volvió el Juez, contemplando el terroso rostro.

—¿Ahora?...

—Venimos de muy lejos, señor— Se eternizó el silencio. Inútilmente esperó una respuesta—. Mi mujer va a tener un hijo.

Quedó contemplándolo el Juez, como asiendo la súplica, el pálido sudor, el cansancio enorme. Miró a sus amigos. Dijo al fin.

—Bueno... ¡esperá!

Salió el viajero, para volver con la mujer. Se acurrucaron en un rincón. Y el tiempo comenzó a pasar. Pasó lento. Fue pasando lento. Transcurriendo en segundos repetidos; en infinitos segundos de un universo cerrado; de espiral agotada sobre sí misma, encerrada entre cadenas de ocio, de juego, de bebida. Pasó lento el tiempo de aquellos dos seres, olvidados en la cercana consumación de la tarde, hasta que al fin el Juez interrumpió el juego. Agachó la cabeza, cerró los ojos, y dormitó. Se movió al fin; levantó su cabeza y los miró. Hizo un gesto, invitándolo. Se acercaron los viajeros. La mujer encinta, de gastado vestido floreado; el hombre moreno, magro. Y el Juez dio comienzo a la antigua ceremonia. Y se unieron las manos de los novios con ingenuidad ante el rito desconocido y maravilloso. Y los casó allí. Allí en el espacioso almacén donde los hombres del pueblo llenaban, con truco, escoba, y vino, sus horas vacías. Frente a los paquetes de sémola, farina y fideo. Frente a las pilas de bolsas de harina, yerba y azúcar. Frente a las carcajadas. Y más allá de las burlas, del enclaustrado universo del almacén, de la consumación de un día más sobre el mundo, sintió que no podía apartar la mirada de la desnudez de esos billetes sucios. Pensó en Avelino Méndez y Rosa Valdéz. Pensó rostros. Pensó manos. Pensó ojos. Levantó la mirada. Por millonésima vez, por milésima vez, por centésima vez, por primera vez en los días de su larga vida, contempló las chapas de la pared, escuchó las repetidas voces del almacén. Y se sintió ahogar, cual si de pronto al universo se le hubiera terminado el aire. Respiró hondo. Un desconocido agobio sobre los hombros.

Se irguió con dificultad. La luminosidad lo cegó y vaharadas sofocantes lo abrasaron al salir. Sin cuidado se adelantó y gritó, haciendo bocina con las manos, llamando al hombre y la mujer. Y gritó. Gritó con fuerza. Mas, en el bochorno de la tarde que moría, su voz se perdió. Y tras un recodo del camino, al paso cansado de las bestias, vio desaparecer a los viajeros, dejando tras sí sólo un manto de polvo, tal suspendido en la caldeada atmósfera sin agua del distrito Cacique Ariacaiquín, departamento San Javier, provincia de Santa Fe, verano de 1943.