Espéreme Santos Vega

Felipe Justo Cervera

Pasaron ya las guerras de la independencia. Pasó también ese tiempo en que con Vega comenzamos a sentir aflicción por los sordos reclamos de una incógnita misión que cumplir. Misión cuyo sentido final no lográbamos descifrar. Quizás el soplo del inmolado Dorrego sacudiéndonos, demandando cuentas por el luctuoso horizonte de la tierra desangrada. Quizás los desencuentros más cercanos de este nuestro siglo XX que se termina, que tanta sangre costaron, y tantas cicatrices dejaron. Vega templando su guitarra y mirándome, preguntándome, preguntándonos por esa angustia desconocida que punzaba en nuestros corazones. Y sin embargo, pese a las dudas, usted siempre cantando Vega, sin desmayo, consolando las tristezas de la gente. Yo acompañándolo, velando sus pertenencias. Por eso, aún colgado del pasamanos del ómnibus, no olvido. Me enclaustro en la oficina, lámpara quemándome las pestañas, o vuelvo a casa y me zambullo en la tele (¡Nos zambullimos, Vega, usted y yo!) tratando de no recordar. Pero igual sigue hormigueando esa comezón antigua, y me pregunto si será sólo resabio de aquello que palpitábamos entonces, o algo nuevo producto del dióxido de los autos, y de los bocinazos y reglamentos y horarios, y apretujones y pisotones, y de las pregonadas hamburguesas que despacito te van agujereando el estómago con esa engañosa grasa que esconden. No como la de aquel churrasco que saboreamos ese último atardecer. ¡Porque fue el último! ¿Se acuerda Vega? ¡El último! Usted –chiripá roto, botas gastadas–, en esa estancia de Magdalena, caracoleando con el rosillo (porque el overo se había mancado en las vizcacheras), esperando que él llegara. La paisanada mirándolo con orgullo y esperanza, Vega, en gozo anticipado porque usted iba a sacudir al sotreta de la barba en punta; nadie lo dudaba. Por eso será, supongo, que a veces me dan ganas de tirar todo –horarios, papeles, reglamentos, organigramas– y salir respirando fuerte a matar rusos, o norteamericanos, o chinos; o romper de una patada esa mierda de la publicidad; o entrar a la cancha y de una única patada hacer ese gol de arco a arco (eternamente soñado); o tirarme (tirarnos Vega) al río acogedor, abandonándonos a la corriente, y nadar siglos, vidas, entre riachos, islas, sábalos y surubíes, gozando la belleza mansa de garzas, chajases y cardenales, echarnos después sobre el pasto del albardón, palmas rozando la tierra negra, la sangre calmándose, y entonces matear y charlar Vega. Charlar de tantas cosas que nos angustian, ¿no?, porque, ¿sabe?, hace unos días sentí (¡sentimos, Vega!) que ya no aguanto más este agobio de la nada en que vivimos, flotando sin dirección. Que tengo (tenemos) que hacer algo. ¡Como antes!; así sea a los ponchazos, así sea a medias, pero hacer algo, ¡algo!. Porque, ¿se acuerda cuando fundábamos la patria? ¡La puta! ¡Fundar la patria! Si hasta Lavalle con sus locuras hacía patria. Y ahora andamos como perdidos, sin rumbo, cuerpeándole a las esperanzas. Cuarenta años vividos y no he hecho nada, Vega. ¡Nada! Salvo aportes para la jubilación. ¿Se da cuenta? ¡Años calentando sillas como si no fuera capaz de más! Repitiéndome día a día. Repitiéndonos como si no hubiéramos nacido para algo más señalado. Como si ya no fuéramos capaces de fabricar sueños, mundos, respiraciones. Como si la vida se agotara ahí nomás, escuálido horizonte de un sillón; horizonte de papeles y planillas que no son la realidad. ¡Que sólo parecen la realidad! No como aquel día en que peleamos con el mismísimo mandinga, Vega, allá en la estancia de Magdalena. ¡Y perdimos!; es cierto; perdimos. ¡Pero lo hicimos, carajo!. ¡Lo hicimos! Ahora tengo ganas de mandar todo a la mierda. Pero es sólo eso, Vega. Ganas. Ganas que se pierden, se diluyen, se van (¿o sólo hacen como que se van?). No sé. Viene el ómnibus, compadre. Me voy, los pies apenas en la punta del estribo, sufriendo los traqueteos de este pavimento y de esta tierra donde vamos tirando; que de lejos semeja un billar, pero subís al micro y comprendés: el pozo más chico le da ventaja de un cuerpo al río de la Plata, y aún así le gana. Sí, lo sé Vega. Hay que seguir igual. Seguir. Como desde el comienzo. Como aquella vez en el Rincón de López, de los López Osornio, los de don Juan Manuel. ¿Se acuerda? Tal vez si le doy el asiento a esa viejita me sienta mejor. Pero no sé. Será el calor, la humedad, la baja presión, pero haría falta un millón de viejitas que atender, un millón de asientos que ceder, para sentirme realmente mejor. Para sentirme bien, bien como entonces, Vega; como aquella vez. Parece mentira recordarlo, pero todo terminó esa vez, ahí. ¡Tan bien que nos sentíamos! Y no fuimos capaces de presentirlo: todo estaba terminando. Usted, sabio acariciador de cuerdas, sentado en la raíz del ombú, modulando un triste que conmovió hasta a las piedras. Y sin embargo no alcanzó Vega. ¡No alcanzó! ¡El fue mejor! Pero, ¿quién le dice que otra vez, ¡ahora!, no podamos? ¿Con guitarra eléctrica Vega? No importa. No es el instrumento sino las ganas la cuestión. ¿Habrá sido la llorada sangre de Dorrego lo que nos tiró tan abajo aquella vez? Pero eso sólo fue un bache. Como éstos del pavimento, que mortifican pero no matan. Lo que importa es seguir andando; repechar como si nada pasara. Caminar igual, buscando; siempre buscando algo mejor. Quizás desde allá arriba usted pueda echarme un pial y así volver yo a velar; como antes, igual. Por las dudas compadre: apronte el parejero, el overo. Quien le dice que al final la comezón no termine llenándonos otra vez de anhelos, y de nuevo salgamos por la pampa de la vida, y otra vez fundemos pueblos, montes, pastos, ríos, ilusiones, respiraciones. Rompo la tele de una patada, Vega, y lo invito. Salgamos. ¡No importa qué mierda fundemos! ¡Pero salgamos! ¡Trote o galope, no importa! ¡Siento ganas Vega! ¡Ganas! Suelte las riendas compadre. ¡Lo sigo!