Espíritu Navideño

Andyvargom

El abogado siempre solía pasar las Navidades en Nueva York. No celebraba una mierda, pero aprovechaba todas las ofertas del Black Friday y también iba a Wall Street a aprovechar los negocios financieros. Para él la Navidad era una festividad para la gente de clase alta, que se permitía a sí misma explotar todos los recursos y lujos que tenían, disfrutando del mundo capitalista en el que vivían.

¿Amor? No, el amor no existía. Lo único que existía eran los regalos y las finanzas, y los alcohólicos que tocaban en su oficina para el 25 de diciembre, pidiendo ayuda legal.

Sin embargo, ese año se encontraba en México, aquel frío 24 de diciembre, en el lugar dónde había nacido. Odiaba todo de él, porque le recordaba a tiempos pasados, en los que su madre estaba viva. Pero debía estar allí para el viaje a Estados Unidos. Era un viaje interconectado.

En eso la llamó su hermana:
—Ey, Rodrigo, mira que me enteré de que estás en Ciudad de México. ¿Gustas pasar un rato? Aquí está el resto de la familia.

—Hermanita, agradezco la oferta. Lastimosamente, ya tengo otros planes.

La voz de su hermana se vio afligida.

—Oh, ya veo… ¿Y qué planes son esos?

—A lo mejor me contigo una puta —le dijo—. En Nueva York hay de todo tipo, es una verdadera belleza.

—¡Pero qué pasa contigo! Este es un tiempo para pasarlo en familia, no para… lo que sea.

—Gracias por los consejos, pero tendré que mandarte a la verga, hermanita. Tengo un viaje que hacer.

—¡Imagina lo que diría mamá! —exclamó su hermana.

El abogado detuvo su sonrisa y se volvió otra vez mustio y serio.

—Para bien o para mal, hermanita, mamá no está viva.

Y colgó.

Sin embargo, algo lo detuvo cuando estaba en su carro, al lado de un bar mexicano a las 7 pm. El recuerdo fantasmagórico (y la mención) de su madre lo consternó como no había hecho en mucho tiempo y como si de repente ella, la peor escoria del mundo, volviese a estar viva, algo en su corazón y en sus sentimientos se incineró. Le gustaba ir por el mundo sin confiar en nadie, yendo por sí mismo y preocupándose solo por sí mismo.

En el mundo había solamente lobos y ovejas, y a él no le gustaba ser una oveja.

Pero algo, algo había en esos recuerdos, en esos locos 24 de diciembre en que se levantaba de la cama con una sonrisa infantil e iba corriendo cuesta abajo de la escalera hacia el comedor, dónde estaba un árbol verde de Navidad esperándolo y todos los regalos envueltos en papeles de colores. Cuando aún se quedaba hasta tarde jugando con sus primos, mucho tiempo antes de que los narcos los mataran a todos, cuando eran todos felices e inocentes y su mayor preocupación era leer las novenas y cantar villancicos en la sala de la abuela Tere, con el olor de los buñuelos pegado a la cara.

De eso hace tanto, cuando todo era más sencillo. Y, sin embargo, el plan de las putas y el olor de la cerveza en el bar mexicano, a dos metros del aeropuerto, lo hizo detenerse un segundo. El abogado no era una persona sentimental ni nada por el estilo, pero se volvió de esa carretera y de ese cártel de neón de la cervecería. Acababa de convencerse de algo espectacular: que la Navidad no era ninguna de las mentiras capitalistas que se acababa de creer. El mejor regalo, como lo decía una de las canciones de los bares gringos cuando llegaba la “christmas”, el mejor regalo era el contacto, el calorcito suave de un ser humano junto a otro y esas risas olvidadas de otro tiempo, llenas de una alegría implacable.

“All I want for christmas is you”

No iba a estar otra navidad solo. No esta vez, al menos. Si iba a ser un hijo de puta corrupto que defendía a los criminales en los tribunales y se quedaba todo el dinero para sí mismo, lo iba a ser, pero al menos no esa vez del año. Algo le había hecho que recordar que la familia era lo más importante.

Algo le hizo coger el iPhone 14 Pro Max y llamar a su hermanita Laura, su hermana preferida.

—Hermanita —le dijo—. Olvídalo. Voy a ir a visitarte. Voy a cancelar mi plan de Nueva York y voy a ir a visitarte.

Mientras lo dijo se dio cuenta de que algo extraño en su cara estaba floreciendo, era algo que no sentía desde hace tiempo. Era una risa. Pero no era una risa de esas que solía sacar después de contar el peor chiste del mundo para aliviar las tensiones con un cliente, tampoco era una risa sarcástica de esas que usaba para no comprometerse emocionalmente. Era una sonrisa más genuina.

Desde la otra línea, escuchó también una pequeña risa.

—Wey —le dijo su hermana—, qué pinche bipolar eres.

Ahora ambos reían, y no lo podían controlar. Era la primera Navidad en años que Rodrigo pasaba con su familia, la que quedaba.

—Guárdame buñuelos, Laura. No dejes que el idiota de tu marido se los coma. Y no dejes que abran los regalos sin mí —Se quedó un momento pensativo, pensando en qué más iba a decir—. Ah, y…

—¿Sí?

—Nada, hermanita.

Ella sonrió en el otro lado de la línea, sabiendo qué era lo que planeaba a decir.

—Yo también te quiero, payaso.

Y colgó.

Aquella genuina sonrisa no se le había ido de la cara. Todo parecía muy real para ser cierto, y seguía sin creerse que su hermana lo hubiese aceptado tan fácil. Se le ocurrió que las cosas entre familia, sin importar por cuanto tiempo se dejen, siempre siguen teniendo una esencia de aquello que fueron.

Por eso es que fue en busca de la casa de madera blanca, en que seguía viviendo su hermana y que recordaba porque, hace mucho tiempo atrás, había ayudado a elegir con los trámites técnicos, mientras estudiaba su carrera de derecho. Su rostro blanco y bien ordenado, listo para decir cualquier frase parlamentaria y moción al jurado, tenía de repente una sonrisa blanca y brillante.

Fue hasta la puerta y tocó dos veces. Su corazón latía con fuerza y tenía la preocupación de ver en su hermana algo que no recordara, algo que le pareciera de desconocida.

Sin embargo, ese temor se evaporó tan pronto la puerta se hubo abierto, y el rostro de su hermanita apareciese, asemejando al de un ángel recién levantado.

—¿Rodrigo?

La luz amarilla saliendo de la puerta y la canción gringa de Sinatra sonando de fondo, junto con las risas infantiles, le recordó todo aquello que añoraba del pasado, aquel sutil deseo de diversión e inocencia, de amor.

El amor, el amor sí existía, y lo estaba presenciando en su palpitar.

La Navidad le supo dulce, como a jarabe de miel. Aquellos 24 de diciembre volvieron, juntos en un tonado ansioso, hacia su corazón.

—Hermanita, ¿qué tal están los hijos? —le dijo, adentrándose a la casa—. ¿Dónde está Sebastián? ¡Ya te veo! ¡Estás muy grande, campeón!

El abogado sintió algo adentro suyo. No supo después cómo llamarlo, cuando los oficiales que defendían al criminal colombiano “Andrés Rodríguez” le preguntaron que hacía riendo como un idiota. Sin embargo, cualquiera con dos dedos en la cabeza sabía qué era lo que sentía.

Sentía espíritu navideño.