Festín en Gomorra

El Violinista

He vivido tiempos violentos. ¿Pero a quién puedo culpar? He sido cómplice de ellos. La violencia no es menos de lo que fue años atrás. No me arrepiento de nada. Y si así lo hiciera, ¿qué sentido tendría la violencia?

En mi ciudad no hacía falta leer los titulares de las crónicas. Bastaba con salir una mañana a la calle para protagonizarlos. Antes de que las esquelas fueran redactadas, si tenías suerte podías ver el cadáver fresco. No me creerán, pero es mucho mejor que verlo en primera plana cubierto por una sábana. Otra cosa fascinante era que, si tenías un poco de suerte, tu testimonio podía aparecer en las dichosas páginas del diario local. Pero más te valía no haber otorgado información relevante respecto a los “perpetradores”. De ser así, tu nombre aparecería en la esquela del fin de semana. Y lo mismo le pasaría a quien se atreviera a testificar con detalle tu muerte. Callado otorgabas más que hablando. Sencillamente, evitabas que el ciclo de asesinatos llegara a ti y a tus conocidos. Aunque de vez en cuando, alguien lo olvidaba. Por ende, la muerte debía recordarle sus reglas.

Respecto a las ejecuciones que se daban en esa diminuta ciudad, ¿qué puedo decir? ¡Eran de lo más creativas! No solo era cuestión de matar o a quién matar, iba mucho más allá. No todos morían igual, no. La muerte era un mensaje, una firma. Un recordatorio que nos daban esas dos familias que operaban en las calles. Era mucho más complejo que preguntarse el “¿Cómo matar?”. Era todo un lenguaje. Se ejecutaba con estilo, con una frialdad que aterrorizaba.

Los cuerpos encontrados a veces colgaban de los puentes, como en tiempos antiguos. Otras veces aparecían clavados en las puertas de sus casas con las manos cosidas a la boca. Estos dos ejemplos eran sellos clásicos de la familia Colombo, quienes de estas crueles maneras demostraban su odio y desprecio hacia la familia Bonano.

Era increíble la impunidad con la cual varios de estos hombres caminaban por la acera. Las autoridades en varias ocasiones intentaron arremeter contra una u otra familia, sin resultados. Muchos hombres entendieron muy tarde que no había nada que pudiera hacer ante los deseos de sus líderes.

Sin embargo, la ley seguía siendo esa molesta lacra que a veces perjudicaba tanto a los Bonano como a los Colombo. Hubo un día en que hasta los titulares tuvieron que callarse. El 15 de febrero de 1922, se decía que al menos quince oficiales habían sido ejecutados sobre el Puente Grant y arrojados al río Mississippi. Más tarde se descubrió que Cesario Bonano, líder de la familia, había ordenado las ejecuciones.

¿Cómo lo sé? El señor Jacob Baltimore, el último sargento de policía que tuvo ese lugar olvidado por Dios, estaba pescando junto a sus dos hijos cuando vio a uno de los cadáveres hinchados y desfigurados llegar a la costa. Eso pasó siete días después de la supuesta masacre. Exactamente lo que demora un cadáver en emerger a la superficie. Vale la pena mencionar que, luego de lo sucedido en el puente, los Bonano controlaban el principal camino fluvial del Mississippi, el cual salía de la ciudad. En cambio, los Colombo controlaban las demás rutas terrestres estatales. Ambas familias cobraban impuestos a todo lo que entraba y salía. Pero si se les antojaba no te dejaban salir, o volver.

Varios asesinatos se habían producido en las cercanías de la casa de los Baltimore. Particularmente conocidos para Jacob y su esposa, quienes temían que un día les tocaran la puerta. Los quince oficiales acribillados en el puente estuvieron envueltos en una operación clandestina con el objetivo de neutralizar al hijo de Cesario, Matteo Bonano. La hipótesis de por qué la operación terminó en desastre concluye en la supuesta intervención de un décimo sexto hombre. En ese entonces, Jacob le había prohibido rotundamente a sus pocos oficiales atentar directamente contra alguna de las dos familias. Insistió que solo se abocaran a la investigación de los homicidios y de sus operaciones, ya que él, cuando pudiera, se haría cargo de los cabecillas.

Pero ahora, su esposa Catherine sabía del fuerte odio que su esposo tenía en contra de los Bonano. Obviamente que ellos siempre fueron una amenaza, como los Colombo. Misma que el sargento Baltimore intentaba mantener a raya cuando podía. No obstante, ordenó que se investigara rigurosamente la masacre y que se redactara un informe al respecto. Quería ignorar las posibilidades, pero su hermano Harper hacía tiempo que estaba involucrándose en las operaciones encubiertas en contra de la mafia. Tras unos días, el informe escrito por el departamento forense otorgaba las identidades de los 15 cadáveres recuperados de los agentes. Entre ellos, identificaron al cabo Harper Baltimore. El que su hermano estuviera en la lista de los fallecidos avivó su odio.

Las matanzas seguían sucediendo sin ninguna represalía. La policía ni siquiera quería atreverse a continuar investigando los crímenes. Por si fuera poco, la alcaldía estaba casi tan corrupta como las calles. Por alcalde, solo teníamos a un títere de los Colombo, quien cada vez más le prohibía a las autoridades ejercer sus funciones. Por si se lo preguntaban, de ahí nació el término “operaciones clandestinas”. Los agentes que aún estaban dispuestos a oponer resistencia se coordinaron junto a Jacob. Así nacería el famoso Cuerpo N.o 15 de Gravenville. De una manera u otra, esto llegó a los oídos del mismo Alvise Colombo, quién no solo ordenó acribillar todas las oficinas de la vieja comisaría, sino también destripar a todo aquel que haya tenido la “suerte” de sobrevivir. Esta familia originariamente se crió en los mataderos de Turín. Varios de sus miembros tenían la escalofriante habilidad de saber faenar como expertos. Entre ellos, un viejo sicario llamado Antonio Greco. Este mismo había traicionado a los Colombo y, al saber cómo operaba el sicariato de la familia, lograría evitar la muerte en muchas ocasiones. Conocía tan bien a los Colombo como a los Bonano.

El cómo y por qué los traicionó, es más interesante de lo que parece. Antiguamente él había realizado unos “minuciosos” y “pequeños trabajos” para los hermanos Vittorio. Otros dos mafiosos que en menor medida hacían sus desagradables fechorías en la ciudad. Con negocios principalmente abocados a la prostitución y la extorsión. Los Colombo siempre buscaron asegurarse la lealtad de sus miembros. Antonio era un integrante muy valioso para ellos, y al ver su inclinación por otra familia, quisieron cortar el mal de raíz. Paolo y Alezzio Vittorio fueron literalmente crucificados y desmembrados en la bahía de la ciudad. Nadie, dentro o fuera de la familia Colombo, había tratado mejor a Antonio como ellos dos. Esto lo llevó a cultivar un profundo resentimiento y más tarde a cometer traición, desertando de la familia.

Él fue el principal asesor de Jacob y del Cuerpo N.o 15. Jacob odiaba a los Bonano y Antonio a los Colombo. Todo parecía perfecto, pero Antonio no resultó ser más que un infrahombre que se vendía al mejor postor. Jacob le dijo a Antonio que le ayudaría a matar a los Colombo si se encargaba primero de Cesario. Antonio se negó, diciendo que solo aportaría información de él para que ellos hicieran el trabajo. Algo raro viniendo de un sicario.

¿Recuerdan la implicación de un décimo sexto hombre en el caso del puente? Antonio había sido el responsable indirectamente del crimen de los quince agentes. Se teoriza que él llevó a Harper y a los demás oficiales a una trampa con los Bonano a cambio de una buena suma de dinero. Aparte de la otorgada desde un principio por Cesario, ¿por qué no podría hacerlo otra vez? Antonio se habría comunicado con Cesario para orquestar el asalto del Cuerpo N.o 15. Desde luego, la relación que este tenía con él era turbulenta pero estable. Habiendo sido el sicario que fue, había matado a varios amigos de Cesario. Pero este no era un idiota, sabía que Antonio le podía ser útil, o tal vez no.

Jacob y los agentes, por consejo de Antonio, asaltaron un almacén en la bahía en donde, según él, se encontraba Cesario y algunos de sus compañeros. Antes de que pudiesen reaccionar, las luces de una embarcación estacionada los encegueció. Seguido a eso, una lluvia de plomo roció los cuerpos de los agentes. En cuestión de segundos, todos se desplomaron al suelo, incluído Jacob. Una vez el fuego acabó, podía verse cómo los oficiales se retorcían mientras agonizaban. Matteo Bonano fue el primero en bajar del bote y empezar a rematar a cada uno de los uniformados. Cesario miraba con satisfacción la escena, mientras Antonio se reía a su lado. El jefe giró la cabeza y lo miró con una mezcla de repudio y asco. Sin embargo, esto no evitó que le extendiera la mano. Antonio rechazó el saludo de Cesario, una enorme falta de respeto y de códigos. Sin decir una palabra, Cesario le dio la espalda al sicario. Seguido a eso, varios de sus hombres comenzaron a apuñalarlo salvajemente, como si estuvieran degollando un jabalí. Antonio, incluso, seguro chilló como uno hasta desplomarse en un charco de su propia sangre. En cuanto a Jacob, fue el último en ser rematado por Matteo. Los cuerpos de él y de sus agentes fueron cuidadosamente incinerados para no dejar más pistas… ¿Pero pistas para quién? Sin Jacob, ya no habría nadie quien las siguiera. Esa noche, la ciudad oficialmente se quedó sin Dios. La auténtica combinación de Sodoma y Gomorra. Con los días, como represalia, Cesario mandó a matar a las familias de los fallecidos. ¿Qué le sucedió a la familia Baltimore? La esposa de Jacob se negaba a creer que su marido había muerto, lo mismo que sus dos hijos. El único argumento de eso era que el “supuesto” cuerpo de su esposo estaba casi irreconocible. Falsas esperanzas. El cadáver al no haberse incinerado por completo en el horno del vertedero de la ciudad, de entre los restos carbonizados ni las piezas dentales sirvieron para siquiera identificar a Jacob. Por ende, no tenía por qué ser él, ¿verdad? Una mañana Catherine fue brutalmente acribillada por los Bonano mientras colgaba la ropa en el tendero. Sus dos hijos, Liam y Oliver, tuvieron suerte y pudieron esconderse de esos demonios.

Todo lo sucedido luego de eso es historia. Ambos hermanos se vieron obligados a vivir en esa ciudad grotesca por años, solos. Se ganarían el pan de la manera más deshonrosa posible en algunos casos. Pero serían pervertidos a gusto de las calles, moldeados por las manos del diablo. Sin embargo, lo cierto es que no tengo ganas de seguir relatando esta parte de la historia.

¿Qué fue de los Colombo y Bonano? Específicamente sobre estos últimos, llegó el momento en que Cesario debía pasarle el mando a su hijo Matteo. Este ya se había comprometido durante este tiempo con una bella mujer, Ludovica Corlina. Esa fue la única mujer que, según él, amó verdaderamente. Qué mentiroso… Este matrimonio le otorgó a Cesario su primer y único nieto. Un bello niño al que llamarían Ángelo.

Por otro lado, los Colombo no pasaban por su mejor momento. La esposa de Alvise Colombo había sido abatida en la salida de un motel. Originalmente el blanco era el mismo Alvise. Resulta que su esposa tenía un amante. El desgraciado se llevó un total de veintidós disparos. Unos cuantos más que la desafortunada Olivia Miller. Alvise ordenó que la mujer de Matteo sufriera el mismo destino que la suya, y así fue. Una fatídica mañana, el cadillac negro que su esposo le dio como regalo de bodas estalló en cientos de pedazos en cuanto fue encendido.

Si antes había una guerra entre ambas familias, no sabría cómo describir lo que continuaría. Pero aunque le doliese a Cesario la pérdida de su nuera, este sabía que ahora el odio de su hijo por los Colombo se había avivado más que nunca.

Una noche en un restaurante propiedad de los Bonano, padre, hijo y nieto tendrían una importante fiesta de la mano de otros importantes miembros de la familia. Mandaron a llamar a los mejores cocineros y músicos para esa noche. Días antes se había llevado a cabo una purga en el distrito para evitar altercados con los Colombo. Sin duda, la noche más sangrienta que vio la ciudad. Cesario no estaba disfrutando mucho de la fiesta, su hijo y nieto todavía no llegaban. Sin embargo, la seguridad no le preocupaba tanto. La custodia que le proveyó a Matteo y a su nieto era más que impecable. La cena acompañada con teatro era una de las cosas que más le encantaba a Cesario. Pero habiendo pasado más de tres horas, finalmente estalló. Dejando caer una copa de coñac de su mesa, ordenó a sus hombres que se levantaran y fueran a buscar a su hijo y nieto. Gran parte del comedor quedó vacío. Cesario sacó de su saco un pequeño reloj. Era casi medianoche. Ya no había nadie a su alrededor y el silencio era ensordecedor. Las horas seguían pasando.

De pronto se podía ver cómo el chef del restaurante, empujando el gueridón, se acercaba a Cesario. Este comía mucho en situaciones de estrés, por no decir que triplicó su cena en esa oportunidad. Particularmente un delicioso osobuco a la milanesa, que incluso tuve la oportunidad de probar. Sin decir mucho, le sirvió otro plato a Cesario:

—¿No aparecieron? —preguntó el cocinero.

—Parece como si te estuvieras burlando de mí —dijo Cesario. —No, señor, por favor no me malinterprete.

—Desde esta mañana no los veo. Matteo había llevado a Ángelo a probarse unos trajes para esta noche.

—No se preocupe, les quedan muy bien.

—¿Cómo dice?

—Como dije, no me mal interprete, pero ya llegaron hace rato.

—¿Cómo que hace rato? ¿Qué me está diciendo?

—Están ahí —dijo mientras señalaba el plato—. ¿No los vas a saludar?

—¿Qué me estás diciendo? —dijo para luego levantarse de la silla y empujarlo.

—¡Nada! ¿No me cree? —dijo para luego meter su mano en el plato de Cesario sacando un pequeño diente— ¿No lo ve? ¡Hace tiempo llegaron! ¡Fueron los especiales de la noche!

El estómago de Cesario dio un vuelco. Sus ojos bajaron nuevamente hacia el plato, observando con más detenimiento el osobuco que había devorado con tanto gusto hace unos minutos. Cesario agarró la mesa, aferrándose a ella como si en cualquier momento fuera a desmayarse. Su mirada se clavó en el chef, quien permanecía inmutable, con los ojos oscuros y vacíos como un abismo. Este metió su mano en el saco de Cesario y sacó su pistola y la dirigió por debajo del mentón de él y sin decir más tiró del gatillo.

La muerte de Cesario causó un enorme revuelo para propios y ajenos. Ese mismo hombre también, no se sabe cómo, llegó a infiltrarse en la vivienda de Alvise Colombo. Este estaba dormido, mientras que él, sentado, afilaba un cuchillo. ¿Qué iba a hacer? Solo le quedaba preparar el postre…

Como dije al comienzo, no me arrepiento de nada… Quizá solo de también haber cocinado a mi hermano Oliver… De alguna forma, tenía que ganarme la vida.