Gatahermosa en Barcelona
Carlos CataniaEl año anterior había sido crucial para la vida amorosa del felino negro de las Ramblas: conoció a un marinero del Líbano, abandonó su quiosco de literatura pornográfica y permaneció un mes encerrado con el árabe en un hostal del barrio gótico. En esos días yo asistía en Canarias a un congreso de escritores de habla hispana y obtuve el dato a través de Daniel Moyano, pero recién al año siguiente, cuando volví a España con el objeto de promover mi novela y ponerme al día con la editorial, decidí rastrear las huellas de Gatahermosa. Acuciado por las deformaciones del oficio, proyectaba tomar notas para mi próximo libro, cuyo protagonista, vaya a saber por qué oscuro designio (aún no había leído a Baldwin), debía ser negro y homosexual.
De niño me habían impresionado vivamente los prejuicios de mis compatriotas, percibidos y asimilados durante años en forma natural y emitidos por algunos miembros de mi familia. Un negro no es algo común en mi país, y el primer sentimiento claro al respecto, después de convivir con esa maravillosa gente en Limón, en la zona atlántica de Costa Rica, fue la de haber sido miserablemente engañado. En realidad lo había sabido desde siempre, pero un prejuicio desaparece sólo cuando el corazón lo rechaza. Es probable que el motivo real de mi proyecto (ése que nunca se ve, de tan metido) haya sido una repugnancia instintiva hacia mi tía Eustaquia, que cuando iba perdiendo a la canasta se ponía a hablar mal de los judíos. En aquella ciudad de la América Central concebí la idea de un libro que esgrimiera indirectamente la espada redentora de una raza noble y fuerte, de poderosas tradiciones. Toda obra nace de una imagen a menudo miserable, escuálida, y aún hoy, al escribir los últimos capítulos de la historia de Gatahermosa, aparece la cara de tía Eustaquia, pues una novela constituye un acto de revancha y si no está sostenida por cierto odio se diluye, tarde o temprano, en distintos grados de complacencia.
Los habitantes de Puerto Limón llegaron de Jamaica. Su diáspora, sostenida por un sueño semejante al de los inmigrantes italianos, dió de narices contra una realidad aún no superada del todo. Yo me proponía ir más allá de Kingston. Conocía al dedillo el testimonio de Mannix y Cowley. La trata de esclavos se encuentra suficientemente manoseada en cientos de volúmenes. No me dejaba impresionar por nada. La división de aquéllos pobres seres en idóneos, viles, nacidos y hechos, persiste. La situación, en sus raíces, poco ha cambiado. En Guatemala, al igual que en la Edad Media, cuando el señor vende o dona sus propiedades, los indios siervos pasan con ellos al nuevo propietario. Vergüenzas semejantes coinciden en sus rasgos esenciales. Si comparamos la obra de Livingstone, Missionari travels and researches in South Africa, escrita hacia 1875, donde relata los horrores del comercio de esclavos, con nuestros modernos sistemas de esclavitud mental y física, la diferencia es irrisoria. Con irresponsable ligereza, los constructores del mundo moderno sostienen que aquellos abusos han sido superados, pero la verdad es que se ocultan tras sus viejos tácticos, la sofisticación del esclavismo y la idealización del prejuicio. De ahí que mi proyecto, por un innato rechazo a poner el acento sobre lo que ya se sabe, tendiera su vuelo hacia aspectos diferentes.
Gatahermosa fue mi clave secreta.
Terminado el romance con el libanés, ocupó su puesto en la venta de material pornográfico y desde entonces se entregó a fugaces amores al paso. La tarde en que gracias al rumor de Daniel atravesé la Plaza de Cataluña para ir a su encuentro, me oprimió la sensación de que comenzaba a escribir algo serio. Gatahermosa apoyaba una mano en la mesa, el pulgar de la otra enganchado en la X rosada que formaban los tirantes sobre su pecho. Vestía de blanco y era tan negro que su ropa parecía flotar. En esta raza los atrios se congregan en el rojo de la conjuntiva. Dos oscuras alas de mariposa le cubrían los ojos, de modo que me resultó imposible presumir su edad. Hice como que miraba las revistas. No se movió y pude observarlo a gusto. Cuando gesticuló para atender a un cliente, vi de perfil la gata que habitaba en él, su hermoso rostro viril, la nariz en constante actitud aflativa, el terso arco de la frente. Por lo demás, cierta desarticulación plástica de sus miembros, la curva de la espalda, el cabello moteado y unas largas cejas que sobrepasaban el armazón de los lentes, acentuaban su aspecto felino. De frente, aunque sutilmente degenerados, presentaba rasgos negroides típicos del África.
Me pescó observándolo y sonrió. Su dentadura apareció de la nada, como un artificio, los incisivos levemente levantados y en punta. Su lengua, que hacía juego con el color de los tirantes, recorrió el filo del labio superior y su mentón me indicó, acompañado de un gesto cómplice, una pila de fotografías. Tomé una al azar simulando interés.
—Ya no vienen como antes —dijo.
En mi galería de personajes no había imaginado siquiera a un negro hablando español al estilo engolado de los lunes. Soplaba la voz desde el fondo de la caja torácica, grave, encadenada y gutural, cargada de aburrimiento y cansancio, la cadencia de quien está de vuelta. Su tono me distrajo y pasé por alto el sentido de la indicación. Aquellas maneras no respondían al automatismo obsecuente de los vendedores tal como lo observamos en algunos pueblos de América, donde la pobreza convierte al meudeo en un acto de supervivencia. Gatahermosa, en cambio, vendía pornografía, industria que sólo necesita ser exhibida y hacia la cual los españoles, en la época inmediata posterior a Franco, demostraron ávida predilección. La foto mostraba a una mujer negra haciendo el amor sobre una estera con dos hombres blancos en presencia de un perro lobo. A su alrededor, se apretujaba una escenografía de palmeras y fetiches indígenas. De pronto sentí que los paseantes de las ramblas juzgaban mi actitud. Reprimí un movimiento brusco y me ardió la cara. Pero nadie reparaba en mí, ni siquiera el vendedor. ¿Hasta allí me perseguía la influencia de tía Eustaquia? Seguí mirando fotos con la mente en otra cosa, haciendo la farsa del mundano. Hasta que decidí encararlo.
—¿Por qué?
Gatahermosa se mostró sorprendido, pero enseguida presumí que me había estado espiando.
—¿Perdón?
—¿Por qué no son como antes?
Frunció los labios; detrás de los lentes adiviné dos fueguitos que me escrutaban sin piedad.
—Estas fotos son posadas y en frío. Observe: ninguno de los participantes experimenta amor, ni siquiera deseo bruto. El perro es viejo, sin gota de salvajismo. En estos tiempos la gente se excita con las formas, lo que resulta tan pobre como inspirarse en un cadáver.
¿Pensé en ese momento que era el hombre indicado? Sus consideraciones acerca de las fotos derivó en una conversación que prolongamos hasta avanzada la noche, sentados en una marisquería de Pelayo. Se interesó por mi origen sudamericano y me hizo hablar más de la cuenta. Por mi parte no pude sacarle mucho. Impasible detrás de los lentes oscuros, su rostro me intimidaba: no acusaba reacción, ni a favor ni en contra de mis observaciones. A la tercera botella de vino, sin embargo, algo había obtenido. Pude entender que su padre había participado en la guerra con Marruecos. En este punto, como de costumbre, mi mente comenzó a tejer una urdimbre vagamente prometedora. Gatahermosa alternó fugaces alusiones a su pasado con un real interés por mi oficio de escritor. El vino fue responsable de la incoherencia de la charla, y pese a que mi imaginación trabajaba con más optimismo que seguridad, me abstuve de lanzar un interrogatorio directo. El hecho de que la gente me viera compartiendo a esa hora la mesa con uno de los personajes más famosos de las Ramblas, reconocido sodomita, me convertía en un abyecto representante de la raza blanca en funciones seductoras de bajo nivel (prejuicio que infunde la "raza homosexual").
Acalorado, sugerí que caminar un poco nos haría bien. Enseguida comprendí mi error, la idealización algo infantil a que puede conducir el entusiasmo literario: abruptamente, Gatahermosa propuso continuar la conversación en su cuarto. ¿Qué me llevó a considerarlo un desafío? Nadie me obligaba. Pensé en el tiempo que me había dispensado y acepté, poniendo el acento en una camaradería limpia de ulteriores contingencias.
Mientras avanzábamos hacia el barrio del museo Picasso, me tomó del brazo manifestando que los sudamericanos componíamos una curiosa fauna, de la cual el general Perón había sido destacado representante. Confesó haber viajado especialmente a Madrid para ver la casa donde se alojaba el militar en su exilio, y que sus deseos de mantener una entrevista con él se habían visto frustrados por su regreso al poder después de tanto tiempo, y su posterior deceso. Inquieto por la presión de su mano, presté poca atención a sus reflexiones en torno a la responsabilidad de los gobernantes en el mundo.
El museo Picasso está metido en un barrio de intrincadas callejuelas por las que no transitan vehículos. Un contingente de obreros nocturnos trabajaba en las cañerías. La mayor parte del empedrado había sido levantado y esto dificultaba la caminata entre montículos y espacios gredosos. Observé que mi acompañante ponía especial cuidado en avanzar. Los diminutos negocios de grabado y artesanía mantenían bajas sus persianas de madera. La luna nos había seguido desde el puerto y ahora merodeaba vertical sobre los techos. Nos detuvimos frente a un viejo edificio. Sus escaleras de piedra, galerías y desiertos pasillos desembocaban en la habitación del primer piso. Gatahermosa rió entre dientes y balanceó el cuerpo mientras trataba de introducir la llave. Con voz pastosa, señaló:
—Nunca bebo y le prevengo que esta es la primera vez que una persona invade mi reino.
Me incliné ante el cumplido; él se hizo a un lado. Tal había sido la sordidez de los pasillos, que el reino de Gatahermosa se me vino encima como la garra multicolor de un tigre. Me vi envuelto en una decoración africana, rodeado de armas antiguas y fetiches, cántaros, pieles de animales, pájaros disecados y mascarones con flecos. El techo cónico caía desde arriba y su círculo se apoyaba en paneles tapizados de telas colorinches. Una máscara de fauces abiertas pendía desde el vértice del techo y giraba a impulsos del viento que entraba por la única ventanita de la habitación. A un costado vi una puerta disimulada por colgaduras y al fondo, sobre un pedestal, una especie de trono con los signos del león y el rayo. En un impulso caminé hasta la ventanita y miré. Barcelona estaba allí, con sus luces que resplandecían más allá de los grises muros del barrio.
—No se preocupe —dijo Gatahermosa—, todo es material de utilería, falso como aquéllas fotografías —sonrió—. Falso como yo, vamos.
Comenzó a quitarse la ropa y sentí un irreprimible deseo de huir. Lo detectó.
—No se vaya — dijo.
Sólo cubierto con los anteojos y un taparrabos, la gata se hizo tan real que aguardé el zarpazo. Subió al trono y me invitó a ocupar un sitio en el suelo. Convencido de haber caído en una trampa, obedecí.
—Perón también escapó — dijo.
—No entiendo.
Mis ojos iban descubriendo el mal gusto y la cursilería de las reproducciones, pero la figura del negro en su sitial tenía reminiscencias paganas y constituía una verdadera parodia de realeza. Estiró una pierna hasta apoyar el talón en el primer peldaño. Confesó que cada noche, después de trabajar en el quiosco de pornografía y ofrecer su cuerpo al primer solicitante, ocupaba un trono de cartón y hacía penitencia.
—Usted quería una historia —dijo—. Muchos escritores se han acercado a mí en procura de material. ¿Cómo diferenciarlos de la gente que busca ansiosamente las fotografías? Sin embargo, tengo la sospecha de que usted desea ir más allá.
Creo que respondí con un "sí" ambiguo, apenas emitido.
Gatahermosa se acodó en el trono. Los anteojos negros pronto formaron una sola mancha con su piel.—"Mi antepasado más prominente, el abuelo de mi padre, llegó a ser, para bochorno de la estirpe, rey de Nigeria. La pasión de todo hombre, de prolongar su vida el mayor tiempo posible, era drásticamente atemperada en nuestros reyes desde el principio, pues conocían la fecha de su muerte. Al hacerse cargo del gobierno, renunciaban terminantemente a vivir más allá de la duración de su mandato que, según la tradición, ellos mismos determinaban. Se enrollaba en el cuello del rey una gruesa cinta de algodón y los súbditos tiraban de los extremos en dirección opuesta mientras él sacaba de una calabaza, uno a uno, todos los guijarros posibles antes de perder el sentido. El número de guijarros indicaba la duración de su gobierno y al instante se declaraba dispuesto a ofrecer su vida en sacrificio. Cumplido el período, debía ser estrangulado".
El vino discurría por el cuerpo de Gatahermosa; en la penumbra otorgaba un tono violáceo a su piel.
—"Aquel ente sagrado que era mi bisabuelo, cuyo nombre, Yukuluhú, en lengua de los mambara significa gato, vivía dentro de límites estrictamente observados. Su misión consistía en conducir al pueblo como guerrero y administrar sabiamente al país, funciones que no difieren en mucho de los deberes que deberían regir a los actuales gobernantes, sólo que eran más concentradas. Desde la perspectiva humana y sagrada, aunque rara vez aparecía en público, las responsabilidades se hacían más visibles. Su pie descalzo no rozaba el suelo por haber marchitado los frutos del campo. En tiempos aún más lejanos, si el soberano caía del caballo, inmediatamente se le daba muerte. Se prohibía a los súbditos mencionar que estaba enfermo. Si la enfermedad era seria, se lo estrangulaba en silencio. Cuando cenaba, funcionarios cercanos emitían prolongados gritos y todo el pueblo callaba. Si montaba en cólera, señalaba a alguien con el codo o pateaba el suelo, podía acarrear consecuencias nefastas para el país. Su saliva era sagrada. Se le atribuía poder sobre lluvias y vientos. Su pelo y sus uñas, cortadas durante el reinado, eran enterrados con él. Sequías y malas cosechas testimoniaban una disminución de sus fuerzas y por ello, de noche, se le estrangulaba".
Hundido en el trono, Gatahermosa respiraba ahora con dificultad; su voz había enronquecido. Gotitas de sudor golpeaban a sus pies, sobre las pieles.
—"Muy querido y respetado, la palabra de Gato jamás se ponía en duda. Para conservar su fuerza de crecimiento y preservarlo de peligros, su persona era rodeada de infinitas prescripciones. Por ejemplo, se dejaba ver en contadas épocas y no le era permitido abandonar el recinto de su palacio, salvo de noche y en ocasiones muy especiales. Pero nada de lo que hacía carecía de sentido, y sus exteriorizaciones, por misteriosas que pudieran parecer, eran consideradas sugerentes. Sobrevolando estas virtudes, cuidados y excelencias, una sombra le recordaba constantemente la brevedad de su vida, pues en la primera prueba exigida por la tradición sólo había cogido cinco guijarros. Durante años, antes de ser rey, Gato había repudiado en secreto la muerte de otros reyes. Como su fin se acercaba a gran velocidad, se sentía menos hombre que símbolo, objeto de chismoso en la grandeza y en la miseria. Educado desde niño en el respeto a las innumerables tradiciones de su pueblo, decidió romper con todas de una vez. La razón es que tuvo miedo; traicionó los sagrados mandatos de la tierra y huyó poco antes de expirar el plazo. Nadie supo más de él. Fue maldito por sacerdotes y generaciones de pobladores, y con él su descendencia hasta el fin de los siglos".
Gatahermosa se puso de pie cubriéndose con un manto blanco que llegaba al suelo.
—"Vengo en línea directa de él. Soy el último de la estirpe, un desterrado, una triste réplica de aquel que tomó en sus manos el destino de mi pueblo y luego lo abandonó".
Nuevamente sentado en el trono, su cuerpo bajo el manto parecía reducirse. Dudé entre hacerle preguntas que me quemaban la lengua o seguir callado. ¿Hablaba en serio, jugaba conmigo, era su manera de seducir? Su voz volvió a atraparme.
—"La huida de Gato trajo consecuencias nefastas para todos. Él lo supo. En sus interminables viajes, desesperado por evadirse mediante jugarretas mundanas a la maldición que habían lanzado tras sus huellas, terminó atravesando la Costa de Oro en dirección a Guinea, donde se escondió. Hacia 1800, procedente de Liverpool, arribó un navío con capacidad para treinta mil esclavos. El fugitivo nada sabía de la vida fuera de su reino. Era una suerte de tonto a la deriva. Fue capturado, y mientras aguardaba ser vendido le hizo un hijo a una esclava. Aquí pierdo los pasos del traidor, pero descubrí que su hijo integró aquel trágico crucero del Brillante, barco negrero capitaneado por el asesino Homans. Usted lo dijo mientras cenábamos: en este siglo sólo las circunstancias han cambiado. Cuando los buques negreros hacían viajes largos, digamos desde Mozambique, alrededor del Cabo de Buena Esperanza, o cuando se encontraban con las calmas chichas del Trópico de Cáncer, los negros, apiñados en las bodegas, eran víctimas de disentería, viruela, sarampión y hasta oftalmía. En tiempos borrascosos cerraban las escotillas y muchos perecían sofocados. En una ocasión, las escotillas del San Pablo tuvieron que clausurarse por espacio de veinte días a consecuencia de una tormenta. La viruela hizo estragos y no pudo separarse a vivos de los muertos. Una enfermedad de la vista atacó a todos los sobrevivientes, que enceguecieron contagiando a la tripulación, salvo al timonel. Tocaron puerto en la isla de Guadalupe después de setenta y siete días".
"El hijo de Yukuluhú fue embarcado en el Brillante, que en diez viajes había transportado once mil negros a Cuba. Los ingleses tenían instrucciones de detener los buques que transportaban esclavos. El capitán Homans evitó el riesgo empleando una táctica que más adelante imitaron otros traficantes. Una tarde se vio rodeado por cuatro cruceros británicos. Dejó el ancla de leva dispuesta para echarla. Tiró luego de la cadena del ancla a través del escobén y la extendió en torno al barco, fuera de la borda, sujetándola con pequeñas levas. Ató a la cadena a cada uno de los esclavos, más de seiscientos, alineados a lo largo de la baranda. Al comprobar que los botes de los cruceros se aproximaban, dió una orden y el ancla cayó al mar arrastrando a los negros. Los británicos oyeron los alaridos, pero cuando abordaron el Brillante, de los esclavos sólo quedaba el olor y las calderas aún tibias en que se preparaban las comidas. Únicamente mi antepasado se salvó. Logró zafarse de la cadena y nadó bajo el agua hasta sobrepasar las naves británicas. Seguramente fue recogido por algún barco pesquero. Hacia 1853 aparece en Baltimore, mendigando copas en las tabernas del puerto. Se dice que anduvo con el mestizo Da Souza, el brasilero desertor del ejército, famoso negro intrigante que con su facilidad para los idiomas aprendió hasta el evve y el gomba y conquistó a los nativos de la costa africana, de tal manera que cuando murió, en 1849, un muchacho y una joven fueron decapitados y enterrados con él, para servirle de criado y de esposa en el otro mundo".
"El hijo del rey murió sifilítico, pero antes fecundó a una blanca francesa de la que nació mi padre, que a su vez embarcó, en 1925, a una inglesa de Basutoland, de la que nací al año siguiente. No tuve hermanos y es mi deseo morir sin descendencia y hacerme cargo de todas las culpas de aquel gato vil y mancebando. He sido penetrado por todas las razas que arriban al puerto de Barcelona. Después de gozarme, recorro el mundo contando que un negro prostituido tiene alma de mujer y ofrece casi por nada su cuerpo, mercadería barata de tercera mano. He sido humillado y herido, aunque no lo suficiente, y pronto llegará la hora de partir".
Los vapores del alcohol habían desaparecido. Comencé a sentir frío. Gustosamente me hubiera zampado un trago de algo fuerte. El relato de Gatahermosa, lleno de lagunas, puntos débiles y narrado a grandes trancos, no me convencía. Aquel modo de asumir culpas ajenas me pareció tan inverosímil como el hecho de haber escogido Barcelona para exponerse como una mancha. Los únicos negros que conocían los catalanes pertenecían a la guardia mora. La presencia de Gatahermosa, alevosa y suicida, carecía de sentido. A excepción de la fuga del rey, por demás interesante, el resto de la historia, en lo relativo a los esclavos, la conocía yo a través de libros y documentos que estaban al alcance de cualquiera. Con todo, la experiencia del hombre, concientemente depravada, constituía material utilizable. Por el momento, la abstracción de mi personaje, en contacto con el ser vivo, había dejado de acuciarme.
Bostecé como para dar por terminada mi visita, pero Gatahermosa se puso de pie, dejó caer la capa, luego el taparrabos, y se mostró desnudo en lo alto del trono. Extendió un brazo apuntándome con el dedo.
—Y ahora sudamericano, sólo faltas tú.
En un segundo comprendí que, con el objeto de "iniciarme" sin sobresaltos, me había estado mintiendo alevosamente. Pegué un brinco, sacudí la cabeza. Entonces Gatahermosa se quitó los anteojos. A la tenue luz del alba, su cara mostraba un mapa de arrugas y cicatrices; el cristalino de sus ojos se licuaba en sangrientas cataratas y su cuerpo sufrió la contracción de la ancianidad. Antes de que pudiera moverme, bajó los escalones y se tendió a mis pies, de boca en el piso.
—La maldición hizo que continúe siendo el rey. Te mentí. No hubo mujeres en mi camino. He venido engendrándome a mí mismo, como un inmortal. Los cinco guijarros queman aún mis entrañas. Ahora goza mi cuerpo.
El temblor me impedía mantenerme en equilibrio. Me dejé ir de rodillas y miré con repugnancia las gotas de sudor entre sus muslos.
—Son lágrimas —dijo—. Penétrame.
Su voz era como un susurro envuelto en la caliente penumbra, obscena, maliciosa, resquebrajada por los siglos.
Obedecí.