¡Good bye, Rocco Martini!
Carlos María GómezAsencio acomoda la pistola automática en la funda de cuero, bajo el sobaco izquierdo, luego se pone una campera liviana, de tela impermeable y sale del departamento. Una vez que cierra la puerta, con dos vueltas de llave, piensa que deberá recorrer el pasillo silencioso, pisar la alfombra gastada y sucia, detenerse frente a la reja del ascensor, oprimir con el dedo índice de la mano derecha (¿o la izquierda?) el botón de acrílico negro a los fines de aproximar la caja de metal, que habrá de transportarlo hacia las profundidades del edificio.
Con una perspectiva monótona, apenas entrevista, de calles, veredas, cables, fachadas, columnas, llega hasta la vieja Estación del Ferrocarril Belgrano, accediendo al sector de andenes por una entrada lateral. No se advierte el menor movimiento y la vida parece reducirse al hombre que yace sobre el banco de madera, junto a una de las columnas que sostiene en parte la pesada estructura de hierros y chapas, todo el conjunto ennegrecido, cubierto por una espesa capa de hollín y de polvo que se ha ido acumulando, día a día, segundo a segundo, a través del tiempo vertiginosamente transcurrido, no solamente en la objetividad de acontecimientos que puedan medirse, registrarse, comprobarse, sino componiéndose asimismo de aquellos elementos quizás sutiles y hasta esotéricos que integran la memoria, percibiendo esa marcha hacia el futuro como una infinita serie de túneles.
Las palomas han desaparecido, los kioscos están cerrados, el mundo desierto. Sale al bulevar por la puerta principal. El viento de la costa huele a pescado, a camalote. El agua golpea una y otra vez contra el derruido murallón de la Costanera, incrementando la socavación. Los restos del Puente Colgante, semihundido, moribundo, con los cables en completo desorden, como nervios, venas, tentáculos, terminarían por arrastrarlo todo hacia el tenebroso lecho del río.
El ómnibus lo lleva lentamente por la Costanera, en dirección a Guadalupe. Una finísima llovizna borronea y distorsiona el contorno de las cosas. A través de la ventanilla contempla la laguna, sin encontrar la referencia de la otra orilla.
Se baja en la Rotonda y camina hacia la costa por una calle arbolada con cipreses, silenciosa, flanqueada por edificios deshabitados, lugares de comida o de diversión que funcionan durante el verano. Desciende por la rampa y llega hasta la playa de arena gruesa, cuyo ancho en ese lugar no irá más allá de una decena de metros. El agua color café con leche, baja y sube a intervalos irregulares, dejando en la pendiente de la orilla una línea sinuosa y cambiante compuesta por una espuma lechosa, palos, pescados muertos y un heterogéneo resto de objetos.
Esa playa, muchísimo más ancha entonces, de una extensión casi infinita, le trae recuerdos de su niñez, de su adolescencia, no precisamente felices, o dolorosos, simplemente sensaciones, colores, formas que se desvanecen en la distancia.
La casa apenas se ve, al fondo de la arboleda. Asencio traspone el portón enrejado, que se encuentra entreabierto y cuyos goznes oxidados rechinan, luego se interna con marcada cautela por el sendero, entre los yuyos que cubren el suelo arenoso. Una suave brisa agita las ramas de los árboles, generando leves roces, fricciones, integrándose dichos sonidos con el canto de los pájaros, el murmullo de la laguna detrás suyo y sus propios pasos provocando previsibles crepitaciones, ahogados aplastamientos.
Golpea las manos al llegar a la galería, deteniéndose junto a los tres escalones de madera, cuyo aspecto es ruinoso, al igual que la balaustrada y todo el conjunto de la edificación. Cuando va a repetir el llamado, un rumor de pasos hace que se vuelva hacia su derecha. Descubre los ojos, grandes y oscuros en un rostro pálido, como de cera, en tanto realiza movimientos con los músculos, con las articulaciones, con las ideas, no sólo para acercarse o variar en alguna medida su posición, o su ubicación en el lugar, sino buscando un adecuamiento a la circunstancia.
—¿A quién buscás?
Asencio está a unos tres metros aproximadamente del lugar que ocupa la muchacha, en la esquina nordeste de la casa, junto al tronco grueso del árbol, un eucalipto sumamente alto, quizás centenario, cuyas ramas se balancean en el espacio, al impulso de la brisa, las hojas entrelazándose, alargadas, muy verdes en algunos casos, asimismo grises, plateadas, infinidad de ellas cuelgan o caen en el vacío, en ese momento y en todos los anteriores que recuerda, o imagina, escenas de un pasado borroso, luminoso, finalmente se depositan en el suelo o sobre el pasto.
Deberá decirle, entonces, lo más rápidamente posible, cuáles son sus intenciones, dándose a conocer, sus señas más destacadas, datos, nombres, a los fines de no crear una perturbación gratuita en ese lugar apacible, alejado de la ciudad, del movimiento de sus calles, sus avenidas, aparentemente al resguardo de la polución, la degradación y la muerte.
—Rocco Martini... ¿está?
—¿De parte de quién?
La muchacha ha avanzado unos centímetros hacia él. Sus formas son jóvenes. Es de estatura mediana, casi pequeña y lleva el cabello recogido por detrás, con una cinta azul. Su rostro es oval, de una palidez enfermiza, destacándose los ojos grandes que ahora le parecen marrones.
Peña era el nombre que había previsto darle, pero de pronto le parece innecesario presentarse de una manera casi literaria, aunque muy profundamente lo sienta como un desdoblamiento natural de su personalidad, al menos en ese contexto casi abstracto, en la mañana apagada, silenciosa, rodeado por recuerdos, el bosquecillo, las calles, las viviendas desiertas en apariencia, la playa, la laguna, figuras, objetos indefinidos, inmóviles.
—Asencio —dice—. —¿Él lo espera? —No, pero...
Se vuelve, encontrándose frente a la figura alta, desgarbada, vestida de gris. Descorre trabajosamente un velo, infinidad de líneas cruzándose, hilos, una telaraña, una lluvia, titilantes cristales, cuentas de colores colgando en el espacio, a merced del viento, hasta que al fin lo reconoce, asimilando los rasgos más característicos, sus largos brazos, las manos grandes, huesudas, nerviosas, los ojos claros, casi celestes, las pestañas, las cejas, el bigote, el escaso cabello rubio.
—¿Te acordás? Soy Asencio.
—Pero mirá vos, pibe, venir a verme después de tanto tiempo... ¡Es un gusto, realmente!
Asencio asiente con una sonrisa, en tanto se lanza hacia atrás, hacia abajo, por el tenebroso túnel del tiempo, alcanzando, en un primer contacto, la desdibujada escena donde se ve, junto a Martini, separados por el mostrador de madera en la Mesa de Entradas del Juzgado donde él había trabajado.
Dejándose conducir hasta el juego de sillones, frente al ventanal más allá del cual divisa parte de la galería, en el lateral de la casa y un sector del montecito que se extiende hacia los fondos del terreno, se imagina en un verdadero bosque, donde los troncos de los árboles están muy juntos y las grandes ramas forman una bóveda, en lo alto, a través de la cual tan solo logra pasar una iluminación difuminada, fantasmal.
Rocco Martini, al otro lado de la mesita ratona sobre la que se encuentra la bandeja con las bebidas y los platos con maní, salamín y queso cortados que ha traído la muchacha, parece observarlo atentamente, repatingado en el sillón de esterilla, con las piernas cruzadas, una de las manos, la derecha, sus largos y delicados dedos tocando el mentón, los labios, parte de la garganta, el índice y el pulgar de la otra mano sosteniendo el cigarrillo, en el extremo del brazo que cuelga como una prolongación desmayada del cuerpo.
—Bueno, pero contame qué ha sido de tu vida. No vas a decirme que seguís en el Poder Judicial...
Busca desesperadamente una respuesta que lo conforme, que le quite esa sensación de absurdo, de inutilidad que lo envuelve, que lo penetra y al mismo tiempo sin poder impedir que la personalidad del otro lo avasalle, lo arrastre, esa fuerza en la mirada, en los gestos, los ademanes, que siente, que reconoce, que lo aproxima a aquel abogado que apareció por Tribunales en el cincuenta y siete o cincuenta y ocho, defendiendo a los tipos de la pesada.
—No —dice Asencio—. Ahora vivo en Buenos Aires. Me dedico a los negocios... un poco de todo, ya sabés.
—Eso me parece bien, pibe. Hay que vivir... ¿Querés más whisky? Es importado, del bueno.
"No ha cambiado nada", piensa Asencio. El mismo tipo recio, aunque de maneras suaves, hermético pero confiable, al menos para los amigos. Y él lo había sido, estaba seguro, a pesar de la diferencia de edades, del medio en que actuaban, las aspiraciones de cada uno, inclusive, aunque ese era un tema que prefería esquivar.
Lo observa ahora, mientras fuma un cigarrillo detrás de otro, con esa calma tan particular, cada uno de los ademanes, gestos, movimientos, hasta la misma entonación de sus palabras, la hilación de las frases revelando una intencionalidad, una premeditación por no desperdiciar esfuerzos, por no dar más que ese adelanto pequeñísimo, casi imperceptible, de lo que pudiera pensar, o sentir. Trata de rememorar sus encuentros en el Bar Alemán, de Rioja y 25 de Mayo, o en el restaurante San Martín, frente a la Jefatura, cuando cenaban muy tarde, casi de madrugada y Rocco Martini lo fascinaba contándole historias del hampa. Y más que el recuerdo de aquellas reuniones, que nunca tuvieron un objetivo específico definido, lo que intenta es recuperar el espíritu, un contenido para esa relación que se cortó abruptamente cuando Martini desapareció de la ciudad, sin dejar rastros, pero que sabe estuvo marcada, básicamente, por la atracción que le había despertado ese hombre rodeado por una aureola de imaginación y de misterio, a la manera de los personajes de Burnett, o de David Goodis.
—¿Rocco, por qué te perdiste, así, tan de golpe, como si te hubiese tragado la tierra? Te juro que es una cosa que nunca entendí...
El otro lo mira fijamente. Su sonrisa, apenas esbozada, lo atrapa una vez más.
—Cosas que pasan, pibe. Tuve que salir rápido. Pero no es para hacer una historia, con lo mío... Cuando volví a la ciudad, vos ya no estabas.
Asencio ha sacado un cigarrillo. Lo mantiene entre los dedos, sin encenderlo. Los ojos de Rocco, muy claros, grises, casi celestes, parecen tranquilos. Toda su persona irradia paz y confianza, como un maestro, como el viejo médico de cabecera, es la imagen de la credibilidad, del hombre firme, maduro, decidido, al que los niños, los jóvenes y los que han perdido el camino deberán acudir.
—¿Y ahora?
Sus ojos, en el espacio turbio de la habitación, atentos pero sin sospechar nada.
—¿Qué pasa?
—Te pregunto qué hacés, a qué te dedicás... ¿siempre con los muchachos?
Escuchando un fuerte jadeo detrás suyo, muy cerca, atravesándolo el alarido aquel de siempre, despiadado, diabólico, lacerante, sacudiéndolo, apoderándose de todos sus sentidos, el roce indiferente de las ramas lo obnubila, un escalofrio lo recorre, siente asco, una insoportable sensación de ansiedad, se ahoga en la opresiva oscuridad poblada de delgadísimos hilos, deteniéndose y volviendo a marchar, gesticulando, moviendo desordenadamente los brazos, como aspas de molino, para defenderse, para salvarse de la maraña pegajosa, nauseabunda, Asencio se echa hacia atrás en la silla, procurando una distancia que sabe muy bien no necesita para mirar en la inmensa pantalla la misma pradera desierta, la raíz grotescamente deformada del árbol, como tentáculos, serpientes, reptantes babosas.
—Por supuesto, pibe. Sigo con lo mío, haciendo el trabajo lo mejor posible...
—Seguro —murmura Asencio—.
La mano izquierda, pálida y delicada, aunque no débil (sus dedos largos sosteniendo el cigarrillo encendido), se mueve en vagos trazos, con gastada elegancia.
—Sos un tipo extraño, che... Ahora me acuerdo cómo pensabas en aquella época, aunque eras muy joven entonces... Decías que la sociedad era una mierda, que mandaba la guita y retenía la hipocresía y que sé yo cuántas cosas más. Tenías razón, por supuesto. Esa era la realidad. La sigue siendo, pero ni vos ni yo vamos a cambiarla. ¿No te parece?
Vagamente molesto, Asencio realiza un movimiento, quizás imagina que lo hace, como necesitando una saliente para esa situación que no lo complace. Siente una dolorosa punzada dentro mismo de la cabeza, que lo ciega momentáneamente, lo paraliza, se lleva la mano derecha al rostro, frota con sus dedos índice y pulgar los párpados cerrados, con un sentido de masaje, de caricia, realizando esa tarea muy suavemente, con un ritmo que intuye necesario para mitigar el dolor, para lograr que se diluya poco a poco, hasta desvanecerse. Pero más allá de las nubes, quizás de humo, o de incienso, los ojos de acero, la mirada terrible del hipnotizador, del sacerdote, se mantiene fija en la suya, el escalofrío lo estremece, siente muy profundamente la húmeda viscosidad de la noche, rozándolo las alas, patas, membranas, gelatina.
¿Acaso ya lo sabe? —Tomate otra copa...
El tiempo avanza, inexorablemente. Debe apurarse. Alarga la mano, el brazo, un viento helado lo sacude, tirita, siente ganas de vomitar. En otra oportunidad también le había sucedido, aunque entonces fue distinto, menos personal, una simple transacción. Rocco Martini, en la mesa junto al ventanal empañado, en la ochava, justo frente a la Plaza, una noche cualquiera, la nube de humo lo envuelve, sus ojos claros fijos en los suyos. Había una mujer. Hermosa. El se la había presentado.
"Para que vayás aprendiendo, pendejo". —¿Qué fue de aquella chica, Mabel? —No sé... la perdí de vista.
Recorre morosamente los caminos del parque, hasta divisar entre la niebla azulada, que flota bajo el follaje de los grandes árboles, al otro lado del puente que cruza el canal, la figura esbelta, delicada, grácil, como fantasmal, inclinada en la orilla del agua.
Pero todo aquello está terminado, clausurado, cada uno de los momentos, las palabras, los gestos, como reflejados espectros, estrellas titilantes, luces fugaces en la inmensidad del espacio. Va hasta el baño, para lo cual atraviesa el oscuro corredor y pasa frente a la puerta de una cocina amplia y antigua, donde tiene una rápida visión de la muchacha, atareada junto a la mesada. Se acerca, entonces, sin apuro, para contemplarla sobre el verde césped, la pollera clara, de tela ligera, algo corrida hacia arriba, descubriendo buena parte de sus largas piernas, los muslos lisos, la piel blanca.
Prepara el arma, adosándole el tubo del silenciador. Cuando regresa a la habitación, Rocco Martini se encuentra de pie frente al ventanal, con las manos en los bolsillos. Lo llama con suavidad, en tanto extiende el brazo derecho, los dedos fuertemente aferrados a la empuñadura de la pistola que se ubica en el espacio a la altura de sus hombros.
El otro se vuelve. —¿Qué sucede?
Los ojos grises, fríos, para nada sorprendidos, lo escrutran. ¿Era así como lo había imaginado? El tiempo se ha detenido. Escucha el silencio que sobreviene. Tiene algunas palabras a su alcance, rozándole la lengua, pero demora en emplearlas.
—Te marcaron, viejo —dice al fin—.
Da unos pasos en dirección del abogado, calculando los metros, los centímetros, sin perder de vista sus ojos, las manos, los brazos, las piernas. El piso de maderas gastadas, sucias, polvorientas, cruje, las paredes se mueven, toda la habitación tiembla, oscila, el trueno retumba.
—¿Por qué vos, pibe?
(¿Retrotraerse, acaso, a otros tiempos, aquellos años, aquellos olores, colores, en una dimensión diferente, los instantes pasados, transcurridos, hálitos de vida, latidos, murmullos, gemidos, capullos trémulos en la brisa, consejos, advertencias, todo lo que fue, girones de pensamientos y de sensaciones, el atardecer demorándose hacia el fondo de la solitaria calle arbolada, en el oeste, donde el pedazo visible de cielo es una abigarrada superficie de tonos ocres, violetas, anaranjados, en tanto las sombras suavizan los objetos, ocultan poco a poco los mausoleos cotidianos con una reconfortante pátina de brumosa irrealidad?)
El dedo índice se cierra sobre el gatillo, oprime, apura, siente fuertemente el timbrón, se conmociona, eso vuelve a suceder, una vez más y otra vez, abre los ojos para contemplar el cuerpo caído, derrumbado, encogido, un montón de carne y ropas, junto al sillón que se ubica unos dos metros cuarenta centímetros en dirección nordeste, con relación al ventanal iluminado por el resplandor grisáceo mortecino, reteniendo aún en la retina, en la memoria, en el alma, en todas partes, el momento exacto en el cual el metal penetra, empujando violentamente, o aún antes, el dedo crispándose, el gatillo, el fogonazo, la figura solitaria, desprotegida de Rocco Martini cayendo en el espacio, en cámara lenta, ademanes, gestos de pronto petrificados en un determinado punto de la proyección, en esa escena del filme cuyo recuerdo ahora lo acompaña, al desandar el camino atropelladamente, pese a proponerse un desarrollo, una continuidad fría y analítica para esa aventura de pronto absurda, cruel, al borde de lo grotesco, alcanzando a empujar a la mujer que ha surgido de alguna parte, cuyos ojos enormes, casi fuera de las órbitas, resaltan en la nívea palidez del rostro, golpeándola repetidamente con la culata del arma, creyendo escuchar un gemido aunque sin detenerse en ese avance, ese escape que lo conduce hasta la galería, en el frente de la casa, desde donde divisa el bosquecillo disuelto en la niebla pegajosa, húmeda, repugnante, antes inclusive de descender los tres escalones de madera y de pisar la superficie muelle, arenosa, cubierta de hojas muertas, ramitas, insectos, sin advertir otra cosa delante suyo que la línea sinuosa de los troncos, el portón enrejado cuyos goznes rechinaron al abrirlo, pero que ahora le deja el suficiente resquicio como para alcanzar, sin dificultades, la calle silenciosa y vacía.