Había una vez

Felipe Justo Cervera

Cuando el aire se aquietó y el espíritu sosegó; cuando ya sólo brasas chispeaban en la noche de diciembre, me acerqué a la pompa. Comprendiendo. Por fin comprendiendo. Entonces, fiel al soplo del duende de mi infancia, inicié el ritual mágico: "Había una vez..."

Pero ésto recién fue después. Mucho después. Antes debió transcurrir tiempo. Tiempo y vida. Tiempo de ese yermo meridiano de incomprensión-comprensión en que mi mundo y el de Lucía giraron hasta aquella mañana de Navidad.

¡Mañana de Navidad! Masa de juguetes desbordando otra vez, como cada año, apilándose, desparramándose. Porque todos sostenían (y yo, su padre, pasivamente aceptaba) que en el más costoso juguete, en el más mecanizado, y en el mayor número recibido, fincaba la felicidad de Lucía. Y en cada Navidad los miembros de la gran familia competían crudamente por cantidad, tamaño, y sofisticación de regalos (de objetos) para Lucía: única nieta, única sobrina.

¡Navidad! Esa esperada mañana de la vida. Sin embargo, en cada una de todas las Navidades pasadas presentí, aunque sólo asumí el hecho después (ahora), que esa no era la forma de forjar la felicidad de Lucía. Pese a ello, nunca reaccioné. Demasiado ocupado; demasiado olvidado de los sueños, de la magia. No lo sé. Pero hoy terminó. Hoy, que todo parece tan lejano; y sin embargo empezó hace apenas unas horas, unos días. Sí; fue cuando vi al hombre sudoroso y gordo vendiendo burbujeros (ese minúsculo e insignificante cacharro de la felicidad), y evoqué, de pronto, en un ramalazo de memoria de mi niñez, la olvidada emoción de la Navidad. Y me abalancé sobre aquel vendedor ambulante como náufrago que, de pronto, descubre un faro, esa reveladora luz que siempre estuvo allí -sutil, titilante- guiando entre la bruma, pero que no percibió nunca antes. Y en ese instante, mirando atrás, hacia mi propia niñez, pude recordar. Y renacer; de alguna forma renacer. Lucía y yo.

Recién ahora asumo que comprarle el burbujero fue retornar a mi infancia; a aquélla de burbujeros de alambre hechos por mi padre; a aquélla de carros construídos con latas de patefuá; de fuertes y empalizadas armados con bolitas de paraíso; de camiones simulados con huesos de caracú; de temidas, pero felices noches de aparecidos, príncipes y dragones. Y cuando en la mañana de Navidad se lo entregué percibí que, también para Lucía, devenía, de pronto, en especial en su vida. ¡En nuestras vidas! Porque sopló, y rió, y sutiles burbujas (imaginarias mariposas) comenzaron a flotar como banderas. Y sólo el burbujero importó. Y así, sin presentirlo, fue como todo comenzó (aunque no; no es así; sé que no es así; sé que lo presentí y busqué deliberadamente al ver a ese hombre sudoroso, ese hombre sudoroso que siempre estuvo allí, que ha estado allí, allí en esa esquina, en cualquier esquina de la vida).

Y en la mañana de Navidad, sin importarle la masa de juguetes traídos por el Niño, y ante el azoramiento de la gran familia, Lucía pasó junto a esos objetos lustrosos, e ignorándolos corrió hacia la calle, burbujero en mano.

Suave aireaba la brisa, anudando claridades sobre la ciudad.

Lucía sopló; con fuerza. Y brotó una burbuja que se encabritó, elevó, y perdió en lo alto. Inmediatamente después, sin nadie presentirlo, comenzó el milagro.

Nuevamente Lucía sopló. Descomponiendo rayos de sol, del pequeño arco surgió una pompa como nunca nadie jamás había visto otra igual sobre la tierra. Como nadie nunca jamás verá otra igual sobre la tierra. La pompa ascendió, luego se detuvo, giró, y oscilando su vientre de gigante se acercó, desenvolviendo antigua magia de cielo, de estrellas refulgentes, de lunas peregrinas. Luego, sin nadie poder imaginar lo que iba a ocurrir, rodeó a Lucía y la englobó. Vi a mi hija gritar desde aquel translúcido interior, mas su sonido no llegó a nosotros. Mi esposa gritó, mi suegra se desmayó, mi suegro alzó los brazos en gesto de incredulidad, mis cuñadas y cuñados retrocedieron espantados. Y más allá de mi comprensión la pompa se aquietó, pero sin romperse pese a mis esfuerzos. Llamé al hospital.

Con la ambulancia arribó un médico. Tocó, controló, preguntó. Meneó la cabeza y aseguró la imposibilidad. —»¿Imposibilidad de qué?»—, demandé. —»De vivir»—, fue su brutal respuesta. Miró su cronómetro, extrajo el manual, controló la hora de iniciación del extraño fenómeno, y con arrogancia me informó que Lucía llevaba veinte minutos fallecida por asfixia. Contemplé el desolado rostro de mi hija; su inenarrable gesto de súplica.

El médico tomó una aguja y la clavó en la pompa. Se estiró ésta, sin dejarse penetrar. Con furia la incrustó de nuevo; vanamente. Terminó abandonando; el brazo fatigado, la moral fatigada. En el interior, pasada ya una hora larga, Lucía seguía con vida.

Por la noche improvisamos camas para los numerosos parientes que, cual enjambre, enterados por radio y televisión de tan inverosímil hecho, se precipitaron a nuestra casa, tomándola por asalto, sin rubor.

Lucía llevaba doce horas, sin comer ni beber; sin mostrar hambre o sed. Para entonces mi suegra transitaba su quinto desmayo; los parientes conversaban, discutían, pinchaban el globo, volvían a la televisión, a las barajas, al mate, al café.

A medianoche apagué las luces. Apenas un foco encendido en la cocina. En la penumbra vi acomodarse a Lucía, sus cabellos extendidos. "Como un ángel", pensé. Al día siguiente, 26 de diciembre, trasladé la pompa al patio, a la sombra del árbol.

Expandida la noticia, un curioso peregrinar de profesionales llegó hasta nosotros: médicos, sicólogos, ingenieros, sacerdotes, curanderos, publicistas, maniceros. Hasta un topógrafo, teodolito en mano, por suponer que el hecho podría obedecer a una brusca inclinación del eje de la tierra con centro en nuestro hogar. Nadie pudo, sin embargo, dar explicación.

A las nueve de la mañana del 27 de diciembre arribaron científicos de la Capital Federal. Superada la primitiva aguja de tejer probaron con sierra manual, soplete de acetileno, baño de ácido, sierra mecánica de aserrar troncos, taladro neumático, taladro robótico japonés de última generación, minibomba térmica comprada al ejército de Gran Bretaña, vía Internet, por gestión directa de la embajada argentina en Londres. Inútil. Nuestra pompa de jabón mostró más solidez que cualquier material, pese a ser provinciana. ¡Lucía! ¡Lucía, mi hija! Setenta y dos horas sin comida, sin agua, sin oxígeno, sin necesidades!. A la tarde, tras maraña de manipuleos, dudas y cálculos, el jefe del equipo decidió que se hallaba ante una farsa. Y dado que la ciencia no debe prestarse a manoseos (máxime recordando que en pocas horas mas comenzaba el día de "que la inocencia te valga") se retiró precavido.

Al atardecer volvimos la pompa a la sala. Suegros, cuñados, sobrinos, primos, parientes de segundo grado, tomaron los regalos de Navidad de los últimos años y armaron a su alrededor una muralla de juguetes. De un lado superaba los dos metros de altura; no bajaba del metro y medio en el resto. Lucía sólo podía mirar juguetes (¿juguetes para mirar?). Se amontonaron así: veinticinco muñecas, diecinueve de ellas mecánicas, que cantaban en francés, gaélico y catalán separatista, movían el torso, giraban, bailaban: cinco coches para muñecas (cuatro a pila); ocho trenes eléctricos, con túneles, accidentes, desvíos, montañas nevadas, puentes sobre profundos precipicios; quince cajas musicales; siete alhajeros con grabados de castillos góticos de Europa Central, más un gran castillo de Transilvania construído con piedra, torres y tejas encastrables; dos armarios con vestidos para muñecas, con trajes típicos de los treinta países europeos, más cinco países asiáticos donde un pasado colonial bien organizado había permitido mantener el folclore en estado de pureza, más siete países centroamericanos donde el desarrollo hacía un mayor subdesarrollo amenazaba destruir el folclore en estado de pureza; nueve conejos de felpa, dos jirafas, cuatro perros y un elefante; un minúsculo televisor a color en forma de casa de Blancanieves, con los enanitos girando a compás en el frente; dos pianos computarizados, donde bastaba poner una tarjeta y apretar luego botones para graduar tipo de música, volumen, velocidad, graves y agudos; una balancita; una consola electrónica para dibujar y proyectar a distancia en colores variables a voluntad; un par de skies acuáticos; un juego de cocina, a control remoto, con horno visor, agua fría y caliente, secaplatos con música de Strauss, y batidora. Un enorme avión de pasajeros, movibles los muñequitos con sólo oprimir un botón blanco, bailoteando en un supuesto accidente con sólo oprimir un botón rojo, y durmiendo plácidamente apretando el azul. Y muchas cosas más que se amontonaron en la gran pila, alucinante muralla china. Al terminar destaparon un champán y brindaron, las copas dirigidas a Lucía. Esta ensombreció su rostro y borró la sonrisa de sus labios. Mi suegra tuvo entonces su noveno desmayo, los restantes gimieron. El enfermero pinchó acá, cacheteó allá, vociferó y obtuvo calma. Con su ayuda expulsé a los parientes. Estreché su mano, agradecido. Me palmeó en silencio, sin palabras. Comencé a desarmar la trabada muralla. Trabajosamente fui sacando juguetes, amontonándolos en el patio. Cuando terminé nuevamente vi sonreír la sonrisa de mi hija.

El 28 al amanecer, en vuelo directo desde Texas, arribó un Jumbo con una delegación de científicos. Tres premios Nobel, ocho Subnobel, quince investigadores adjuntos, y cientoveintidós periodistas. Tomaron muestras y medidas de todo lo que se movía y respiraba en la casa (incluídas las ondas eléctricas del raboneo de Cristóbal, el perro bretón de mi hija), las colocaron en biocomputadoras, cruzaron los resultados con matrices algebraicas transmitidas vía satélite desde la NASA, consultaron por teléfono rojo al Kremlin y Washington, aplicaron el torturante láser sobre un punto fijo de la pompa, y filmaron cada hora, cada minuto, cada segundo (¿cada angustia?), de nuestra vida. Tras doce horas de agotadores cálculos, de billones de operaciones, demacrado el rostro, cabizbajo el espíritu, el jefe de aquel notable equipo, balbuceó, con veraz vergüenza.

—Lo lamento, pero ésta es, efectivamente, sólo una pompa de jabón-. Miró hacia la nada, avergonzado.- "¡Sólo una pompa de jabón!" -. Cansada la voz, agregó- Es inútil. Nada podemos hacer.

Salí al patio. Desdibujando lilas de jacarandáes, melancólico descendía el sol en Santa Fe, hacia el horizonte remoto. En el anónimo secreto del atardecer creí sentir el imposible canto de un Crispín en la ciudad (¡Sentí el imposible canto de un Crispín!). ¿Nunca más mi hija? ¿Nunca más?. Las lágrimas me arrasaron, y lloré sin consuelo ni pudor.

Eché a andar, acompañando estelas del atardecer. ¿Dónde buscar? ¿Dónde la incógnita verdad? Terminé en el viejo parque, y devastado caí en el tronco del centenario ombú de la infancia, sobre la barranca del lago. No sé cuánto estuve ahí: tampoco si ocurrió, o sólo lo imaginé; o si me dormí y soñé; o si realmente fue, o sólo lo conjeturé. Pero lo vi. Sé que lo vi. Pequeño, con vejez de siglos, juventud de vientos, vigor de anhelos. Su voz resonando entre las hojas, bajo la tierra fresca, dentro de mi corazón. Y escuché. Lo escuché. O quizás sólo creo haberlo escuchado.

Volví corriendo, con desesperación. La enorme pila de juguetes aún sobre el césped. Tomé la botella de kerosene y rocié la pila, con esperanza y rabia, y le arrojé un fósforo. Una súbita llamarada conmovió la mole, infernal volcán consumiéndola, achicharrando los metales, explotando cual seco cañón oxidado. Pulverizando la montaña de juguetes mecánicos.

Cuando el aire se aquietó y el espíritu sosegó; cuando ya sólo brasas amigas chispeaban en la noche de diciembre, la quimérica esperanza flotando en mi corazón, me acerqué a la pompa. Comprendiendo. Por fin comprendiendo. O por fin asumiendo. Entonces, fiel al soplo del duende de mi ombú de infancia, inicié el ritual mágico: "Había una vez..."

La pompa, peregrina cara sin boca ni orejas ni nariz, sonrió: luego, lentamente comenzó a abrirse...