La casa
André MauroisHace cinco años, estando yo muy enferma —dijo— tenía el mismo sueño todas las noches. Soñaba que caminaba por el campo y desde lejos podía ver una casa blanca, baja y larga, rodeada por una arboleda de tilos. A la izquierda de la casa, un prado bordeado de álamos rompía agradablemente la simetría del paisaje y las copas de estos árboles que podían verse tan solo a distancia, se agitaban por encima de los tilos.
En mi sueño me sentía atraída hacia esta casa y caminaba en su dirección. A la entrada había una puerta pintada de blanco. Luego, seguía una senda que describía graciosas curvas, bordeadas de árboles, bajo los cuales encontraba flores de primavera, prímulas, margaritas y anémonas que se marchitaban apenas las cogía. Luego, la senda terminaba y me encontraba a pocos pasos de la casa.
Enfrente de la casa había un amplio césped, cortado como el césped inglés y casi desnudo, con un solo macizo de flores violáceas, rojas y blancas, que causaban un efecto delicioso en medio de aquella extensión verde. La casa de piedra blanca, tenía un tejado muy inclinado de pizarra azul. La puerta, de roble claro, con sus paneles tallados, se encontraba en lo alto de una pequeña escalinata. Deseaba entrar en la casa, pero nadie me respondía. Quedaba muy desilusionada; llamaba, gritaba, hasta que por fin me despertaba.
Ese era mi sueño, que se repetía un mes tras otro con tal precisión y fidelidad que terminé por imaginar que indudablemente había visto este parque y este castillo en mi niñez. Sin embargo, cuando estaba despierta no podía recordar cómo era y mi deseo de ver esa casa se convirtió en una obsesión tan grande que un verano, después de haber aprendido a conducir un pequeño coche, decidí pasar mis vacaciones en las carreteras de Francia, buscando la casa de mis sueños.
No voy a contarles mis viajes con detalle. Exploré la Normandía, Turena, Poitou; pero no descubrí nada. En octubre volví a París y todo aquel largo invierno lo pasé soñando con la casa blanca. La última primavera reanudé mis viajes por el campo, en los alrededores de París. Un día en que me encontraba en una colina cerca de Orleáns, de pronto experimenté una agradable sorpresa, la emoción curiosa que uno siente cuando reconoce, después de una larga ausencia, a las personas o los lugares que ha amado. Aunque no había estado nunca en aquella región reconocí perfectamente el paisaje que tenía a mi derecha. Las copas de los álamos coronaban una arboleda de tilos. Por entre el follaje, todavía poco denso, se advertía que existía una casa.
Comprendí inmediatamente que había encontrado el castillo de mis sueños. Con toda naturalidad sabía que un centenar de metros más allá saldría de la carretera principal una pequeña senda. La tomé. Me llevó a una puerta blanca y desde allí seguí la senda por la que tantas veces había caminado en sueño. Bajo los árboles admiré la alfombra de suaves colores, formada por las margaritas, las prímulas y las anémonas. Cuando llegué bajo el arco de los tilos, pude ver el césped verde y la pequeña inclinación, al extremo de la cual se encontraba la puerta de roble claro. Bajé del coche, subí rápidamente la escalinata y llamé al timbre. Temía que nadie me respondería, pero casi inmediatamente apareció un criado. Era un hombre con un rostro melancólico, muy viejo, vestido con una chaqueta negra. Al verme pareció sorprendido y me examinó atentamente sin hablarme.
—Le pido perdón —le dije—. Voy a hacerle una petición extraña. No conozco a los propietarios de esta casa, pero le agradecería mucho que me permitiera verla.
—El castillo está en alquiler, madame —me dijo—. Yo estoy aquí para enseñarlo.
—¿En alquiler? —le pregunté—. ¡Qué suerte más inesperada! ¿Cómo es que los propietarios no viven en esta casa tan encantadora?
—Los propietarios vivían en ella, madame. Partieron tan solo cuando la casa quedó encantada.
—¿Encantada? —dije, extrañada—. Eso no me detendrá. No sabía que en la campiña francesa creyeran todavía en fantasmas.
—Tampoco yo lo creería, señora —respondióme con toda seriedad— si no me hubiera encontrado tantas veces por la noche en el parque al fantasma que ha alejado a mis amos.
—¡Qué historia! —exclamé, intentando sonreír, pero no sin sentir una tranquilidad extraña.
—Una historia —reprochóme el anciano— de la que usted menos que nadie, señora, debe reírse… puesto que el fantasma era usted.