La casa de los eucaliptus
Luciano LambertiRenato Viña recibió La Visita por primera vez en agosto del 84. De alguna forma, sin que mediasen explicaciones, supo que iba a recibirla, y entonces se preparó. A la una de la tarde, horario de salida del colegio técnico Ipem donde daba clases de matemática y tecnología, en vez de volver como era costumbre a su casa, donde su mujer tendría la comida hecha, salió de la pequeña ciudad donde vivía y se internó en el campo.
No sabía adónde se estaba dirigiendo. Era un «presentimiento», como pensaría después, el que lo condujo primero por la zona del cementerio, luego hacia lo que, con algo de pompa, se denominaba «parque industrial», aunque no tuviera demasiado de industrial ni de parque, y, por último, por el camino que desembocaba directamente sobre la ruta 76. Allí esperó el paso de un camión de acoplado gigantesco, dobló hacia la derecha y aceleró, seguro de sí mismo como nunca lo había estado en toda su vida.
Era un día cálido, de pocas y redondeadas nubes que el viento empujaba hacia el sur. Luego de un rato, los últimos rastros de la ciudad quedaron atrás, la estación de servicio y el control de la policía caminera, y lo único que podía divisarse era la llanura y el horizonte y algunas casitas dispersas que no parecían reales. A los quince minutos, sin pensarlo, como si alguien estuviera tomando las decisiones por él, dobló por un camino de tierra que se abría al costado. Allí se internó entre campos solitarios sembrados de trigo amarillo, casi naranja, vibrante. El camino desembocaba en una mancha oscura que no tardó en revelarse como los altos árboles que rodeaban una casa de campo. Al verla supo que había acertado, que todo empezaba a cobrar forma. Incluso él. Incluso su propia vida. Incluso las vidas de los que lo rodeaban.
Al rato tuvo que detenerse para abrir una tranquera. Los árboles, lo entendió entonces, eran eucaliptus: altos, inclinados sobre la antigua casa que crecía en el centro. El viento cantaba en ellos. Detuvo el auto, salió y cerró la puerta y esperó la aparición de un grupo de perros o un paisano que iría hasta él acomodándose la boina con parsimonia telúrica, pero nada de eso sucedió. No había movimiento en ninguna parte y, fuera de los campos sembrados que había visto al internarse en el camino, tampoco señal alguna de vida. Pensó que en la copa de los árboles debía haber pájaros, incluso teros que se pararían en la tierra arada de más allá para picotear lombrices entre los surcos, era probable, pero también supo, como había sabido todo lo demás, que en esa zona no había pájaros, que incluso los insectos se habían alejado, que estaba solo con los árboles y la casa.
Daba la impresión de no haber sido habitada en mucho tiempo, esa casa. Tenía los techos altos y los ladrillos del frente rojos y desgastados. La puerta desencajada y las ventanas (una grande a cada lado, como era la costumbre en la época) enrejadas y rotas. El sol entraba por una parte del techo.
Al ingresar sintió olor a humedad, a lluvia, a madera carbonizada. Una planta crecía desde una rajadura en la pared. Alguien había hecho un fuego en una esquina, del que sobrevivían unas ramas ennegrecidas. En un rincón, un pantalón arrugado, restos de alambre y diarios viejos, una revista pornográfica que alzó del piso, hojeó y volvió a tirar.
Algo le dijo que debía reavivar ese fuego, y eso hizo. Buscó ramas, hojas secas y cortezas de eucaliptus en el patio, las llevó al interior, formó un montoncito y las encendió. Se quedó mirando el fuego en cuclillas, las manos sobre las rodillas, y sintió que era lo que debía hacer, que había nacido para eso.
El humo no tardó en rodearlo, picándole en los ojos y la nariz. Le pareció oír un zumbido que crecía, como si todo vibrara por el paso de un tren. Las pulsaciones como tambores tribales desquiciados. Mujeres que gritaban de placer o de dolor. Las manos empezaron a temblarle. Una erección monstruosa le abultaba el pantalón de tela beige con el que daba clases.
Al cabo de un rato oyó ruido de pasos, algo grande que se aproximaba. Algo pesado como un toro, con pezuñas, caminando en dos patas. Se puso de pie para esperarlo, y cuando lo vio, inclinándose para pasar por la puerta, no pudo más que sonreír.
Mientras conducía de vuelta a su casa, tuvo miedo de que Clara notara su transformación. Quizás, pensó, no ocurría solamente en el plano espiritual, quizás algo físico lo delatase. Había recibido su bautismo una hora antes, y en el espejo retrovisor podía ver las marcas, los finos cortes de ramas en las mejillas y en los brazos cuando La Visita se inclinó para besarlo. Pensó que solo él, en su calidad de iniciado, de hijo único, de elegido, era capaz de ver esas marcas. O a lo mejor, no. En esa duda se le pasó el viaje de regreso.
Mi amor, estaba preocupada, dijo Clara, cuando él abrió la puerta.
Renato se fijó en la cara de su mujer buscando alguna reacción (o alguna calculada falta de reacción), pero no hubo nada.
Reunión sorpresa de docentes, explicó. Están organizando un viaje a Carlos Paz con los chicos de sexto.
Su mujer, que pareció satisfecha con la excusa, le sirvió un plato de costeletas con ensalada de tomates. Su hija, una beba de cinco meses, lo saludó con una sonrisa sin dientes. Ellas habían comido pero Clara se sentó a su lado, prendió la televisión y puso el noticiero. Cuando la nena se durmió, los padres aprovecharon para echarse una siestita. Como siempre, en las siestas, hicieron el amor, con la nena durmiendo en la cuna, al lado de la cama, en un riguroso silencio que no dejaba de ser excitante, y se quedaron dormidos poco después, desnudos y olorosos a sexo. Él no tuvo sueños.
Se sentía bien, en forma, relajado, con la mente despejada, y estaba seguro de que era una consecuencia directa de sus tratos con La Visita. Tenía veinticinco años, veintidós su mujer, y un estado atlético envidiable producto de su afición por salir a correr todos los días. Usaba unos anteojos con montura metálica dorada, pero era el único rasgo «propio de ingeniero» como habría bromeado Clara: su cuerpo era sano, de grandes huesos saludables. Podía ganarle una pelea a cualquiera, si hubiera querido, lo que no era el caso. Medía un metro noventa y dos y, por el tamaño de su hija, todo parecía indicar que sería tan alta como él. No fumaba, no tomaba alcohol. Casi no probaba la carne.
El resto de ese día lo pasó sin pensar en nada. Y en los días siguientes, su experiencia en la casa de los eucaliptus le resultó similar a un recuerdo falso, implantado, como si no pudiera discernir con claridad si realmente había estado ahí. Percibía, en cierta medida, una zona (no negra, sino más bien blanca) en su memoria. Como si en vez de desmayarse o perder el conocimiento hubiera ganado un conocimiento extra, o hubiera sido deslumbrado, cegado por un conocimiento cuyos límites eran indiscernibles. Quería saber más, saberlo todo, pero también se sentía abrumado y asqueado por su comportamiento. Hasta ese momento nunca le había mentido a su mujer, ni le había ocultado nada, y esa pequeña y por lo menos en principio insignificante historia sobre el viaje a Córdoba de los chicos de sexto lo inquietó por un tiempo. ¿Y si se enteraba? ¿Si le preguntaba a algún compañero por ese viaje? En ese caso debería mentir más, sumar una mentira nueva, y sería como una bola de nieve gigantesca. Sus amigos, incluso algunos colegas del colegio, se jactaban de engañar a sus mujeres de diversas formas, pero él lo odiaba. Él era fiel.
Sus sospechas fueron por completo infundadas. El tema se disipó, su mujer lo olvidó, agosto pasó volando y también septiembre, eran meses rápidos y frágiles y pronto sintieron que estaban en verano ya, aunque todavía faltara, y empezaron a pensar en vacaciones en las sierras de Córdoba.
Entonces La Visita lo llamó de nuevo.
Hasta ese día Renato había hecho en cierta medida lo que se esperaba de él. Terminó la carrera de ingeniero en tiempo récord y con clasificaciones sobresalientes. Se casó poco después y casi enseguida su mujer quedó embarazada, como respondiendo a los pedidos de ambos suegros, que se lo solicitaban en cada visita dominical como si fuera un trámite. Las relaciones con sus vecinos eran amables y educadas. Tenía pocos pero buenos y confiables amigos, un excompañero de la universidad con el que hablaba por teléfono cada tanto, y aquellos de la secundaria a los que, dada su condición de padre de familia, veía en contadas ocasiones. Sus colegas lo consideraban un hombre noble, frontal, sin ningún rasgo de ironía o de malicia, aunque tampoco era tonto y no se dejaba pisotear por nadie. Iba a misa los domingos con su mujer y su hija, pero íntimamente no creía en Dios, o mejor dicho: creía en Dios como algo lejano e inaccesible, al que la vida de los hombres le importaba un soberano pepino, al término de la cual todos volvían a ser lo que habían sido antes de nacer: nada. Alguna vez, en la sección de citas célebres de la revista Selecciones, leyó la frase de Sartre que consideraba a la vida como «un chispazo entre dos nadas» y la hizo suya en secreto. Un chispazo entre dos nadas, eso era todo.
Pero en La Visita, lo pensó durante los siguientes meses, había algo del orden de lo sagrado que lo perturbaba. El hecho de haber escuchado la llamada, respondido, y mentido para ocultar su respuesta lo acercaba a un mundo en el que no había estado más que lo necesario, un mundo que repentinamente lo seducía, pero al que no debía volver si quería conservar las cosas tal como eran. Un mundo peligroso.
Por las noches dormía bien; después de meses, Estefi ya se despertaba una sola vez, a las cinco, y era su mujer la que le daba la teta y volvía a acostarla en la cuna o se quedaba dormida con ella en el pecho. Se levantaba todos los días a las seis y media, y a las siete y media estaba en el colegio Ipem número 84, recién bañado, recién afeitado, oliendo a colonia y de un inmejorable buen humor, a tiempo para acompañar al curso que le tocara en ese día para el izado de bandera y Aurora, que entonaba con su voz de bajo: Alta en el cielo, un águila guerrera, audaz se eleva, en vuelo triunfal. El Ipem era un colegio exclusivo para hombres, y lo siguió siendo por muchos años más. Un colegio técnico fundado bajo el signo peronista de la pericia en los oficios manuales. Sus estudiantes se entrenaban en labores que tenían una inmediata salida laboral, como la de tornero, dibujante técnico, carpintero metálico. Las clases, además, tenían un clima particular, masculino y viril, que no podía encontrarse en ningún otro de los colegios de la zona: uno de los colegas de Renato, un gigantón que daba dibujo técnico, no dudaba en arrojarles una tiza (e incluso el borrador) a los alumnos que fallaran estrepitosamente en las respuestas.
Renato nunca hubiera levantado la mano contra uno de ellos. No necesitaba siquiera levantar la voz. Sus alumnos, por extrañas razones, lo respetaban y el comportamiento de los mismos durante sus clases era ejemplar. Esos chicos que en otras materias se tiraban con aviones de papel o preparaban trampas secretas para los profesores, que a veces incluían bromas realmente pesadas, en la suya se sentaban con la espalda recta contra el respaldo de la silla, tranquilos y atentos, escuchándolo hablar sobre ecuaciones diferenciales como si les estuviera revelando el secreto de la vida. Parecían, incluso, más maduros. Nadie sabría decir muy bien por qué. Lo más probable era que en alguna zona del inconsciente esos adolescentes hubieran percibido su doble fondo: el hermoso hombre atlético, la buena persona, el profesor dedicado y, corriendo como un río subterráneo, esa zona pantanosa y hedionda que aunque no saliera a la luz lo habitaba como una enfermedad secreta. Si alguien lo percibía, no lo entendía, no quería verlo, no hablaba de eso.
Cuando todo se supo, muchos dijeron que «algo habían sospechado». Sus colegas, entrevistados por la prensa, declararon percibir rasgos de locura (o de excentricidad, por lo menos); lo mismo sus vecinos, e incluso alguno de sus alumnos. Era mentira. En retrospectiva, les pareció haber advertido algo, pero en ese momento no lo hicieron, no pudieron o no se animaron a ponerlo en palabras.
Al mediodía, el Coco (como lo llamaban desde chico por el tamaño desmesurado de su cabeza) volvía a su casa para almorzar, y cuando no debía regresar al colegio para seguir con sus clases se quedaba en casa, haciéndose cargo de la bebé, corrigiendo exámenes y preparando sus clases, mientras su mujer se dedicaba a pintar cuadros para niños, actividad en la que tenía bastante talento y que les reportaba un considerable ingreso extra. A las seis de la tarde Renato se ponía sus zapatillas deportivas y salía a correr. No importaba la lluvia, el calor asfixiante de enero, si estaba atrasado con alguna cuestión de sus clases o si (como sucedió una vez) la erupción de un volcán en la Cordillera llenó la ciudad de un hollín liviano y tóxico. Renato salía a correr todos los días, pasara lo que pasara, y era un síntoma de su voluntad impecable y helada como un iceberg. El camino era, también, siempre el mismo, tanto que los vecinos del lugar o la gente que trabaja por ahí ya lo conocían, y cuando todo salió a la luz lo identificaron a la perfección como El hombre que corría. Renato. El profesor de matemática en el colegio técnico.
Lo veían pasar enfundado en unos pantalones cortos (quizás demasiado cortos), a una velocidad no muy grande pero constante, por el camino que bordeaba las vías y la estación del ferrocarril, hasta el cementerio, después doblar a la derecha sobre las fábricas que constituían el «parque industrial» y llegar hasta el Club 9 de Julio. En ningún momento bajaba de velocidad, se detenía o flaqueaba. Corría con la cabeza en alto, sus largas piernas elásticas dando zancadas casi animales, y al llegar a su casa se metía en el baño y su mujer llevaba la ropa directamente al lavadero, porque olía terrible. Todos los días igual.
A veces hablaban de mudarse a una casa más amplia. Eran momentos de calma y de tranquila satisfacción, y en ellos Renato comprendía a qué se referían los que consideraban a la familia como una fuente de felicidad. También soñaban con tener otro hijo, un varón, al que pudiera enseñarle a manejar las herramientas y a jugar al fútbol, deporte que practicaba con los otros profesores una vez a la semana y en el que era particularmente avezado.
Los fines de semana la madre de Clara se hacía cargo de la bebé y ellos salían a cenar, en alguna de las parrilladas sobre la ruta. Bailaban hasta quedar exhaustos temas de cuarteto y de cumbia. A veces iban solos, a veces con una pareja de amigos. Cada tanto les tocaba el cine, la tómbola. No había mucho más qué hacer en la ciudad. Era una ciudad minúscula en mitad de un gigantesco campo vacío. En invierno se sentía la presión del cielo como la de una mano gigantesca, parecía que les iba a sacar sangre de las orejas. Era tiempo de alergias al polen, de peleas conyugales, de gritos y discusiones, de gente que tomaba decisiones apresuradas, no siempre correctas, que en los meses siguientes trataría de subsanar.
Fue entonces cuando La Visita lo llamó y él acudió nuevamente a la casa de los eucaliptus, encendió el fuego y recibió instrucciones. Había una persona que se llamaba de tal y tal forma, que vivía en tal y tal lugar, cuyo comportamiento era tan espantoso y vulgar que merecía la inmediata y efectiva eliminación. Renato recordó esas palabras en el aula del Ipem, mientras los chicos de quinto A resolvían una prueba escrita, inclinados en silencio sobre sus hojas, haciendo complicados cálculos y ecuaciones.
¿Eliminarla?, preguntó.
No hay otra forma, dijo La Visita.
Me parece una medida exagerada, dijo él.
Es la única medida posible.
Puedo hablar con ella, tratar de convencerla.
Convencerla.
Convencerla, sí, dijo él.
Convencerla de cambiar. Convencerla, volvió a repetir La Visita, y él sintió que decía pavadas, que pensaba mal, que lo arruinaría todo.
La Visita le mostró, entonces, imágenes de la mujer. Estaba vestida con tacos y un portaligas negro, un cigarrillo prendido en la mano, bamboleándose en una habitación de hotel hasta la cama, donde se agachaba y sin soltar el cigarrillo le practicaba sexo oral a un hombre gordo y peludo. El hombre gemía como un cerdo, le acariciaba las nalgas, se chupaba un dedo y se lo introducía en el ano, donde lo movía con asquerosa lentitud. Moniquita, Moniquita, decía.
Entonces las imágenes desaparecieron. La Visita desapareció. Un chico se levantó de su pupitre y fue a preguntarle la solución de uno de los problemas. Renato tardó un momento de más en responderle que eso lo tenía que saber él. El chico volvió cabizbajo hasta su banco.
A la tarde, después de salir del colegio, volver a casa y saludar a Clara y a su hija, que jugaban sentadas en el piso del comedor, fue hasta el dormitorio, se desvistió, se dio una ducha y bajo el agua tibia se largó a llorar. Me estoy volviendo loco y debería hacer algo, pensó. Pero ¿qué? Primero, antes que nada, hablar con Clara. Decirle lo que me pasa. Ponerla en aviso, para que sepa a qué atenerse. Cuidar a la niña. La niña está en peligro. Clara también. Incluso yo estoy en peligro.
Por qué a mí, por qué a mí, por qué a mí, se preguntó, llorando, los ojos cerrados bajo la ducha.
La locura era como quedarse ciego, como vagar en una habitación cerrada herméticamente, sin ninguna fuente de luz. Dejaría de ser dueño de su mente, que comenzaría a rebotar contra las paredes de su cerebro. Olvidaría acontecimientos importantes y recordaría otros que no habían tenido una existencia real en el mundo. Sería tratado con condescendencia por sus parientes y amigos, como a un discapacitado. Viviría dependiendo de las pastillas, de sus distintos efectos secundarios, de las dosis, que un doctor joven, incluso más joven que él, le suministraría semana a semana. Quizás tendría que alejarse un tiempo de su mujer y su hija. Tomarse unas semanas en el campo o algo así.
Debía hacerlo ahora, antes de que las cosas se pusieran peor. Todavía estaba a tiempo de salvarse.
Salió de la ducha con una toalla a la cintura y se miró al espejo. Detrás de él vio una sombra y supo que era La Visita, que en esos momentos lo acompañaba. Vio la mano de dedos esqueléticos posarse sobre su hombro y cerró los ojos.
La casa donde Renato vivió con su familia, una casa modesta con dos cuartos, lavadero, living y un patio con asador, se convirtió, cuando todo se supo, en un lugar de peregrinación para periodistas, cronistas y toda clase de enfermos.
Esto a raíz de un artículo, el primero de muchos, que salió en una revista de domingo de tirada nacional. Se llamaba «Viaje a lo inesperado» y comenzaba hablando del clima, y luego de la imaginería bizarra de la ciudad, y de la central de policía, y de los albañiles que descubrieron los cadáveres y de la casa donde Renato había sido un hombre «común» con una «familia común». De ahí en más la pequeña ciudad se vio invadida por fanáticos de esa clase de historias, que se sacaban fotos en la puerta de la entrada, mantenían conversaciones inauditas con los vecinos o se limitaban a apoyar una mano sobre los ladrillos, como si eso les proporcionara detalles secretos de la historia. Se dijo incluso que un grupo de adoradores del Diablo se metió en la casa por la noche y realizó en su interior uno de sus rituales, confundiendo a La Visita con Satanás.
El sábado por la mañana Renato anunció que iba a hacer unas compras, pero en vez de eso fue a espiar a la mujer que La Visita le había mostrado.
Encontró su dirección en la guía telefónica. Vivía en unos departamentos amarillos idénticos de plan social, a la salida de la ciudad, cerca del cementerio, contra las vías. Renato detuvo el auto en la vereda de enfrente y esperó.
Había averiguado algunos datos acerca de esa tal Mónica. Supo, por ejemplo, que un docente del colegio San Martín, casado y con hijos, se acostaba regularmente con ella. Ella sabía que estaba casado, que ponía en peligro a su familia, al futuro de esos niños, pero de todas formas lo hacía, sin ninguna otra justificación que el placer. Era un ser egoísta y repugnante que merecía una reprimenda. Una bien profunda. No se la daría él, por supuesto, porque no era nadie, sino la misma Visita. Él solo tenía que llevársela, como una ofrenda, y Ella se ocuparía del resto.
Esa primera vez se limitó a verla cruzar rápidamente la ventana. Percibió, incluso en esa visión centelleante, su lujuria. La acompañaba a todos lados como un aura. Días después volvió, en las horas libres del colegio, o desviándose unas cuadras de su trayecto para salir a correr. Una mañana la vio en la vereda: llevaba jeans, botitas Topper, una camisola, un peinado vaporoso en su pelo rojo. Su forma de moverse era alegre, como si estuviera muy feliz de poder caminar ese día bajo el sol. Puta, puta, ya vas a ver.
Renato bajó del auto y fue tras ella. La vio mirar el escaparate de algunos negocios del centro. La vio contemplar su imagen en el reflejo, peinarse, sentirse atractiva. Mirada por todos, por todos deseada. Se detuvo a hablar con un hombre y fue, como siempre, sensual. Se rió en voz demasiado alta, le apoyó una mano en el pecho. Como si no pudiera vivir de otra forma que calentándolos hasta reventar. Una mariposa. Alfileres y telgopor. Quería defenderla pero se lo estaba haciendo difícil, muy difícil…
Después, en su casa, encontró a Clara sentada en el sillón hamaca, dándole la teta a su hija. Era una imagen tan luminosa, tan distinta a la que tenía en la cabeza (el cuerpo de la mujer clavado con alfileres, abierto en canal, sus tripas afuera, su lengua morada, sus párpados cosidos, para que no contagiara a nadie con esa mirada libinidosa) que estuvo a punto de largarse a llorar. Las saludó de pasada, fue al baño y se miró al espejo durante tres minutos enteros. Entonces su reflejo le sonrió, una sonrisa enloquecida, y él saltó hacia atrás y terminó cayendo entre el inodoro y el bidet.
Amor, estás bien, le preguntó su mujer desde el living.
Perfecto, dijo él, tratando de ponerle una nota de humor a su voz. Perfecto.
En serio, estás raro, dijo ella, esa noche, sentada en el sofá, con una novela de misterio abierta sobre las piernas. La beba dormía en su cuna.
Renato tenía los lentes puestos y levantó la vista de los exámenes.
¿Raro?
No sé, dijo ella. Como lejos.
No. Estoy distraído, nada más.
Bueno, no me dejes acá, dijo ella. Llevame con vos a tu distracción. ¿Promesa?
Promesa, dijo él.
Volvieron a lo que estaban haciendo.
Gracias a una vigilancia discreta supo que la mujer iba a la peluquería todas las semanas, se juntaba con amigas los jueves a la noche en el único café de la ciudad, salía a caminar sola a las seis de la tarde, trabajaba como secretaria en el estudio jurídico de Álvarez, en el centro, por las mañanas y hasta las cuatro. Tenía una ristra de amantes a los que veía en diferentes días de la semana, y que no saciaban su increíble lujuria. Se subían a un auto y manejaban hasta el motel JUNTOS, sobre la ruta 29. Permanecía allí más o menos una hora. Después volvía a su casa. Él la miraba desde lejos, con unos binoculares de juguete, tratando de descubrir qué pensaba, qué le pasaba por la cabeza, quién era.
Pero ya sabía quién era. Había visto las imágenes espantosas, las cosas horribles que hacía. Su accionar quedaba fuera de toda justificación. Era perverso, atentaba contra el género humano. Era egoísta y estúpido. Su desaparición convertiría al mundo en un lugar mucho más ordenado. No se merecía estar entre las personas de bien.
Pero antes, pensaba, le voy a dar un poquito de esto, y sentía la erección dura contra el jean. Eso sí se lo merece.
La Visita se estaba impacientando. Renato lo percibía, aunque nada pudiera hacer para acelerar el curso de las cosas.
Tiempo después supo que estaba preparado y le dijo a su mujer que el fin de semana se iba a pescar con un amigo. (A su amigo le dijo que estaba teniendo una aventura con otra y necesitaba que lo cubriera: así lo declaró éste cuando todo había pasado, agregando que lo sorprendió el hecho de que Renato, siempre tan correcto, se echara una canita al aire).
El día anterior fue a la ferretería y compró alambre, un martillo, una tenaza, una pala honda, una soga de plástico grueso, una tijera de podar. Hacía todo como si estuviera viéndose a sí mismo en un sueño. Dejó las herramientas en el baúl del auto y mientras manejaba hacia su casa pensó que lo iba a hacer, que era real, y aquello le pareció, más que nunca, un sueño. Pero uno del que no habría vuelta atrás. Se sentía quebrado como la rama de un árbol viejo, las astillas expuestas al viento y la lluvia.
Esa noche, antes de dormir, mientras Clara le daba la teta a la nena, La Visita acudió a él por última vez. Renato estaba desnudo, otra vez con una erección tirante, observando su cuerpo de líneas claras y definidas en el gran espejo de su cuarto. Desde las sombras surgió La Visita.
Noto tus dudas, dijo.
Él pensó en decirle que no tenía dudas, pero sabía que La Visita leía en su corazón como en un gran cartel publicitario: sabía lo que le pasaba por la cabeza, conocía sus sentimientos como si fueran propios. Lo había conocido desde siempre, desde que era una célula, un niño, un adolescente. Es importante que ella no te vea, dijo La Visita. Que no sepa quién sos.
Así será, dijo Renato.
Es importante, también, que antes de rematarla te la cojas por todos los agujeros.
¿Cogerla?, preguntó Renato.
Por todos los agujeros, aseguró La Visita. Tu semen debe ser derramado en su boca, en su vagina, en su ano. Tu semen es el agua sagrada con el que vas a prepararla para un largo viaje.
Soy un hombre casado, dijo Renato.
Eso no importa, dijo La Visita, porque vos no serás vos en ese momento. Serás un instrumento. Serás un vehículo. Serás mi herramienta. Vos no te la vas a coger, me la voy a coger yo con tu cuerpo. Así que no hay problema. No hay infidelidad. Sos libre.
Así será, entonces, repitió Renato.
Al día siguiente, en el colegio, aprovechó el lapso entre la salida de los chicos de la mañana y la entrada de los de la tarde para escabullirse en el taller de metalurgia y robar una de las máscaras de soldador. Era negra, con un visor de plástico duro y transparente rayado en algunas partes. La metió en su mochila, la llevó al baúl y la guardó ahí, junto a sus herramientas.
Entonces va a suceder, pensaba, cada vez que tenía tiempo. Lo voy a hacer yo. Y cuando lo haga, dejaré de ser yo. Pasaré a ser otra cosa, que no soy yo, o que soy yo como no era antes yo. O sea: no seré quien soy pero tampoco soy quien era. Seré quien soy antes de no ser. No seré siendo yo. Seré yo para dejar de ser yo y ser, de un modo categórico, yo. O sea que… y así se perdía en sus divagaciones.
El cuerpo de Mónica Galo fue el más descompuesto que se iría a encontrar en la casa de los eucaliptus, cuando todo salió a la luz. A los forenses les resultó imposible determinar si había sido violada, aunque lo más probable fuera que sí (había opiniones disonantes al respecto: algunos afirmaban que la clase de asesino a la que pertenecía Renato era ascendente, renovaba su comportamiento con el tiempo, variaba en sus métodos, aunque lo más correcto sería decir que crecía, quitándole a esta palabra toda connotación positiva. Para otros, Renato había sido quien fue desde el principio, como si saliera de un cascarón completamente formado, siempre idéntico. Lo probaba lo que le había hecho a su familia, al final).
¿Te vas a cuidar?, preguntó Clara.
Estaban sentados en el sofá, con la televisión prendida. La bebé dormía en su cuarto.
Claro que me voy a cuidar, dijo Renato. Pero no hay nada de qué cuidarse, zoncita.
Tengo un mal presentimiento, no sé, dijo Clara, y a Renato se le heló el corazón.
¿Sabía, ella, lo que estaba preparando? El mundo cambiaría incluso para su mujer y su hija. La dirección del mundo, a lo mejor del universo entero, se modificaría para siempre, porque La Visita era muy antigua, una entidad anterior a los dioses griegos, la madre de todos los dioses de la Tierra. Y ella, Clara, con su intuición femenina, percibía los cambios que se avecinaban. No hubiera sido raro.
No va a pasar nada, chiquilina.
Clara lo miró con sus ojos enormes y un piquito gracioso en los labios.
¿Seguro, papi?, preguntó, con la voz de Adriana Brodsky en No toca botón. Un chiste íntimo que en aquella época repetían todo el tiempo.
Seguro, mi amor.
Ése era el momento para decirlo. Ella tenía que saberlo, también. Pero lo único que le salió fue decirle que la amaba, besarla y hundir la cara en su pelo.
Después, todo anduvo bien. Renato, que conocía el parque que Mónica frecuentaba en sus paseos diarios, la esperó esa misma tarde en un recodo solitario, poblado de árboles. Acababa de atardecer y hacía poco se había levantado, como un sonido indivisible, el canto de las cigarras. No había nadie en las inmediaciones. Eran casi las siete cuando Mónica rodeó la esquina y caminó hacia él, enfundada en un jogging blanco. Caminaba rápido, como si corriera, pero no lo vio cuando él se acercó por la espalda y la llevó rápidamente hacia los árboles, donde la durmió de una trompada. Atravesó los árboles con el cuerpo de Mónica al hombro, la subió al auto que había dejado estacionado al otro lado y encaró hacia la casa de los eucaliptus, adonde llegó cuarenta minutos después.
Mónica despertó y vio que estaba desnuda, que tenía los pies y las manos atados con alambre a una pared, que delante de ella un hombre con máscara de soldador iba y venía, nerviosamente.
No me haga daño, por favor, pidió ella.
Callate, dijo el hombre, detrás de la máscara. Si volvés a hablar te arranco el labio con una tenaza, ¿de acuerdo?
Mónica asintió, llorando.
El hombre se puso de rodillas y encendió una fogata, murmurando algo que ella no llegó a entender.
Recordaba algunas cosas. A muchas, a la mayoría, no las hubiera podido recordar.
Recordaba el fulgor de La Visita. Recordaba el olor a caca fresca, humana, en la casa rodeada de eucaliptus. Recordaba, también, el humo que inundó los cuartos. Recordaba los gritos de Mónica y la forma en la que lo había acompañado cuando él la violó. Recordaba haber sentido que ella necesitaba esa violación. La pedía, la solicitaba, y entonces la tenía. Recordaba los últimos gritos, casi infantiles, las distintas formas de pedir clemencia. Recordaba que uno de esos gritos quedó cortado a la mitad.
Se recordaba a sí mismo habitado por La Visita, vestido con la máscara de soldador. Al ponerse la máscara había dejado de ser él, entonces se vio desde afuera, caminando por el interior de la casa abandonada. Era de día, el viento de agosto cantaba en la copa de los eucaliptus, hablaba con miles de voces, y todas decían cosas extrañas. Él estaba caminando de un lado a otro, pensando en lo que iba a pasar. El advenimiento.
La mujer gritaba, pero nadie podía oírla. Podía gritar todo lo que quisiera. Los gritos se perdían en la inmensidad, y lo llenaban de fuerza. O llenaban de fuerza a ese que caminaba por la casa abandonada con la máscara puesta. Le había cortado la parte superior del jogging, y las tetas le colgaban libres en el medio. Esas tetas que tantas manos masculinas (y hasta femeninas) tocaron, sobaron, cebaron y chuparon. Esas deberían ser cortadas. Sí, sí, sí, había llevado el instrumental necesario. Le mostraría sus tetas fuera del cuerpo antes de matarla. Se lo merecía, por perra lujuriosa. Lo importante era empezar de una vez.
Lo importante y lo difícil.
Cerró los ojos y los abrió y él era La Visita y La Visita era él.
Por eso gritaba la mujer. Porque era testigo de la transfiguración.
Todo el mundo debía ser testigo de algo tan hermoso, pensó él, con la máscara de soldador puesta.
No voy a matarte, le dijo, cuando ella dejó de gritar. Voy a sacrificarte.
Los gritos de ella recrudecieron.
Él se inclinó para quitarse los pantalones.
Dos noches después, sentado frente al televisor con su mujer y su hija, después de haberse dado un baño y cenar con ellas, mientras afuera caían las primeras gotas de una tormenta, pensó en Mónica, con el cuerpo cubierto de tierra. Pensó en su cuerpo en la oscuridad, en la presión de la tierra, en las gotas que se filtraban por la tierra removida hasta mojarle la cara.
Lo había hecho. No lo podía creer, todavía. Él, que fue un niño y recibió amor de su madre, había hecho algo espantoso para lo que no había perdón. Se quedó despierto mientras Clara roncaba apaciblemente a su lado.
Ya estaba bien. Ya. La Visita se quedaría en paz. Estaba saciada.
Y así fue.
Renato volvió a ser quien era. El apacible y atlético profesor de matemática y tecnología. El padre de familia. El amigo fiel. El buen vecino que hablaba con todos y siempre tenía un comentario a mano. El jugador de fútbol. El católico que asistía a misa los domingos, rodeado de la gente de su comunidad. Se sabía parte de algo que los mantenía seguros a su familia y a él. Sabía que luchaba cada día por eso, y que perderlo hubiera sido como perder el piso donde caminaba.
Había estado a punto, era verdad, pero se arrepentía de corazón y se sentía seguro de haber cambiado. En su siguiente confesión se largó a llorar, y para evitar la sospecha del sacerdote le dijo que le estaba siendo infiel a su mujer, que no quería volver a hacerlo pero la tentación era muy fuerte.
El sacerdote era un hombre mayor, que lo escuchaba con los ojos cerrados.
¿Usted cree en el demonio?, le preguntó Renato.
Claro, Renato. Si creo en Dios, ¿por qué no voy a creer en el diablo?
¿Y usted cree que el diablo, un demonio cualquiera o una fuerza natural maligna, se le puede aparecer a una persona y obligarlo a hacer determinadas cosas?
Bueno, Renato, eso es un poco más difícil.
Pero puede pasar. Pasó en la antigüedad, ¿no? Dios y el diablo se le aparecían a la gente.
Esto es no es la antigüedad. Las cosas cambiaron mucho. Hoy Dios no se le aparece a nadie, la verdad. Aparece en las buenas cosas de la vida cotidiana.
Pero ¿podría pasar?
Podría, seguro.
¿Y si en vez de Dios es otra cosa la que se aparece, qué hay que hacer?
Renato, ¿estás bien?
Estoy bien, padre.
¿Estás teniendo alguna clase de problema?
Para nada. Soy muy feliz. Mi hija y mi mujer me hacen el hombre más feliz de la Tierra.
Entonces no pierdas el tiempo pensando en esas cosas. Disfrutá de la vida, que es corta. Y arrancá de raíz tu amorío con ésa. Tenés una familia. Hacete cargo.
Eso haré, padre.
Te doy mi bendición.
En 1989 nació su segundo hijo, Leonardo, de parto natural, con tres kilos seiscientos, en el hospital San Alberto de su pequeña ciudad. Renato estaba dando clases cuando uno de los secretarios se asomó para avisarle, y él dejó a los chicos con el preceptor y salió corriendo. Cuando llegó al hospital, su mujer ya estaba en pleno trabajo de parto, y fue en el mejor de los sentidos un trámite. A las doce y treinta y cinco del mediodía tenían en los brazos al pequeño, arrugado y conmocionado por el estrés de nacer. Renato estiró un dedo y el bebé lo tomó en su manita.
Para entonces Estefanía tenía cuatro, y Renato, siguiendo estrictas órdenes de La Visita, había llevado a otras dos mujeres a la casa de los eucaliptus, las había violado y asesinado, había enterrado sus cuerpos allí mismo, en el patio de tierra reseca y agrietada por el agua de la lluvia, bajo los altos eucaliptus donde el viento cantaba.
Una de las mujeres se llamaba Gloria y era alta, flaca, de pelo oscuro y ojos celestes. Tenía menos de treinta años. Trabajaba como peluquera en una pequeña ciudad, a cien kilómetros hacia el sur, y los fines de semana salía a los boliches de la zona y se acostaba invariablemente con algún hombre. Después les contaba a sus amigas quién era bueno, quién malo, quién la tenía larga y quién corta y salada como un chizito de fiesta infantil. Su pecado estaba en la boca, sobre todo, y Renato se ocupó de eso.
Su mirada sobre esos actos era la de un profesional que pretende mejorar día a día en su trabajo. En la mayoría, primaban la «limpieza», la «discreción» y el «sigilo»: categorías capaces de resguardar su seguridad, aunque en uno de ellos, el último, se había descuidado un poco, apenas un momento, y eso bastó para asustarlo y mantenerlo alerta.
Era casi la una de la madrugada de un día de verano, en una ciudad vecina. Su víctima, una mujer de cuarenta años que se llamaba Leonora, estacionó el auto en la calle solitaria en la que vivía y se dispuso a entrar en su casa, cuando Renato se acercó y le preguntó si sabía dónde quedaba Irigoyen al 600.
Tiene que doblar en ésta, son como cinco cuadras para arriba, le dijo la mujer, con una sonrisa. Si serás puta reventada.
Gracias, dijo Renato, amagando con volver al auto, y cuando ella se dio vuelta le bastó apoyarle el pañuelo empapado en cloroformo en la cara para que se desvaneciera. Después la levantó en sus brazos, la metió en el auto y, cuando iba a cerrar la puerta, vio al chico. Tendría unos siete años y estaba montado en su bicicleta. ¿Qué hacía despierto a esa hora y en bicicleta? ¿Era un niño u otra cosa? ¿Una prueba que La Visita le enviaba? Durante unos segundos, Renato dudó. Podía seguirlo y pegarle un buen susto. O podía llevárselo con él. Pero sería una forma de remediar su imprudencia. Entonces levantó una mano y le sonrió, y el chico se dio vuelta y escapó a gran velocidad.
Meses estuvo pendiente de las noticias. Pensó que el chico, al saber lo que pasaba, lo delataría, ayudaría a armar un identikit, pero nada de eso se produjo. Quizás el chico ni siquiera existía.
Sus víctimas, tal como se lo había indicado La Visita, vivían en ciudades y pueblos muy alejados entre sí, por lo que era difícil, sobre todo para las adormiladas policías locales y sus panzones investigadores sin esmero, establecer un patrón, aunque fueran todas mujeres, todas de vida licenciosa, todas desaparecidas sin dejar rastro, como si se las hubiera tragado la tierra.
Esa Leonora era tan asquerosa y putarraca que había sido la responsable de que un hombre abandonara a su mujer y a un hijo discapacitado. Se hacía comprar ropa, muebles, equipos de audio y hasta una videograbadora con sus poderes sexuales. El viejo era empleado en el Ministerio de Educación de Córdoba, y la mujer lo había engatusado con sus asquerosas artimañas, le había afeitado el vello púbico y le había lamido el agujero del ano, algo que el hombre nunca había experimentado y le provocó largos y animales gemidos de placer, la cercanía al éxtasis religioso.
Antes de matarla, Renato, con la máscara de soldador puesta, le metió una rama encendida en la vagina. Ya no le iban a quedar ganas de hacerse la puta.
Para el siguiente agosto volvió a soplar el viento y él comenzó a preocuparse. Era como si los cuerpos, enterrados allá, en la casa de los eucaliptus, lo llamaran con un canto delicado a través del espacio. Semillas en la tierra, brillando en su oscuro vientre, que en algún momento se calentarían, se abrirían, y de las cuales saldría La Visita, renovada. Renato oía su canto en todo momento y no podía dar clases ni corregir exámenes ni pensar. Solo había una forma de acallar esa voz, y era visitándola en su lugar.
Fue hasta la casa de los eucaliptus, abrió y cerró la tranquera, entró en la casa, vio que habían hecho caca en un rincón y que se habían limpiado con el diario de la ciudad, precisamente la hoja en la que figuraba la noticia de la desaparición de Mónica. Usó esa hoja para encender un fuego. Lo alimentó primero con pequeñas ramitas, después con ramas más grandes, hasta que la casa se llenó de humo y de entre el humo surgió La Visita.
Ésa fue, por mucho tiempo, su última víctima.
La razón es que La Visita no volvió a aparecer, y sin ella no tenía sentido ninguna actuación de su parte. Llegó agosto y el viento lo acarició sin alterarlo. Y agosto se terminó y comenzó septiembre, sus alumnos festejaron la primavera, el día del maestro y del estudiante, y cuando quiso darse cuenta las clases se habían terminado.
Ahora estaba más tranquilo, pero cada vez que se cruzaba con una de esas mujeres que despedían lascivia como un olor, tenía que contenerse las ganas de llevarlas de paseo a la casa de los eucaliptus. Estaba un poco aburrido e indignado con la cantidad de mujeres fáciles que veía casi a diario, y por las que no podía tomar cartas en el asunto, convertirse en instrumento. En una de las misas dominicales, oyó la lectura de Proverbios y sintió que solo le hablaba a él, como si La Visita lo estuviera señalando con su dedo de rama quebradiza: «De los labios de la adúltera fluye miel; su lengua es más suave que el aceite. Pero al fin resulta más amarga que la hiel y más cortante que una espada de dos filos. Sus pies descienden hasta la muerte; sus pasos van derecho al sepulcro».
La última frase le sonó directamente en el pecho como un principio de ataque cardíaco. Pero nada hizo. No quería falsear las cosas, actuar por placer más que por designio. Las intervenciones de La Visita nunca fueron sutiles, y no lo iban a ser ahora. Se limitó entonces a aburrirse un poco y seguir con la vida, como tantos en la pequeña ciudad donde vivía. Despertarse, comer, beber, dejar pasar el tiempo o más bien dejarse atravesar por él, distraerse, hundirse y resurgir cada mañana.
Casi un año después, gracias a los ahorros que habían podido acumular, a un préstamo del banco y a una generosa donación de los padres de Clara, pudieron comprarse una casa de plan, a las afueras, con tres habitaciones y un gran patio, en el que su hijo, al año y dos meses, dio sus primeros pasos, justo mientras armaban la pelopincho. En el Ipem le ofrecieron más horas, tres de tecnología y otras tres de matemática en los cursos más altos, que un viejo profesor que se jubilaba había dejado. Siguió saliendo a correr todas las tardes, pero algunas molestias en las piernas lo llevaron a consultar a un traumatólogo, pagado por la mutual del docente, que le aconsejó que se anotara en un gimnasio, cosa que Renato no hizo, porque sentía que el precio por cuidarse era demasiado alto, le estaban quitando algo valioso y no cedería.
La verdad era que últimamente se sentía más viejo. Los años se le habían caído encima como un montón de ladrillos. Se descubría (y arrancaba con furia) canas en las sienes, por la mañana. Le costaba levantarse tan temprano. Después de comer y de acostar a los chicos se quedaba dormido en el sillón, mientras veían una película con su mujer.
Sabía que envejecería así. Que su tiempo de morir, de volver al núcleo de donde había salido, no estaba lejos. Se lo había dicho su padre una vez: pestañeé y ahora tengo ochenta años. Nadie está preparado para morir, pero él había hecho algo por el mundo: limpiar un poco de cizaña. Era una lástima que hubiera permanecido en secreto. En el centro de las mujeres, de todas las mujeres, incluso de Clara y de Estefanía, lamentaba pensarlo, estaba la lujuria. Era como un animalito peludo e inquieto, un parásito, que se sacudía y chillaba. Algunas, las más salvajes, dejaban que el animalito guiase sus vidas. Lo dejaban tomar el timón y se entregaban a él y gozaban como cerdas, pensando que ese goce lo era todo, creyendo que en ese goce encontrarían algún sentido a la confusión de vivir. Pero eran las otras, las menos, las más fuertes (como su querida Clara) las que merecían la distinción, la corona de flores y no de ramas secas.
Debés luchar, le dijo a Clara.
¿Qué dijiste, gordo?
Tenés que rezar, contenerte, evitar los alimentos muy picantes y el alcohol.
¿Se puede saber de qué estás hablando?
Con la ausencia de La Visita también se había esfumado su deseo sexual. Ni siquiera tenía erecciones matutinas. Era como si su animalito interior se hubiera acostado a hibernar. Intentó explicárselo a Clara. Le dijo:
Tuvimos dos hijos. El sexo sería ahora, para nosotros, una diversión. Estaríamos usando nuestros cuerpos, que son templos del Espíritu Santo, para divertirnos. Y la lujuria atrae más lujuria. El sexo atrae más sexo. Vamos a pensar en el tema todo el día. Te propongo que por ahora lo dejemos de lado.
A Clara se le llenaron los ojos de lágrimas.
No es malo hacerlo entre nosotros, le dijo. Nos amamos. Somos fieles y sanos. Es una expresión de nuestro amor.
Que te dé la mano, así, es una expresión de amor. Que yo te acaricie suavemente la espalda, es una expresión de amor. Que yo te penetre, es lujuria. No quiero ni hablar de eso.
Pero, Coco.
Ni hablar.
Vamos a hablar de eso, dijo Clara. Sí que vamos a hablar.
Shhh, dijo él. Está durmiendo el chico.
Renato cumplió cuarenta años y su mujer y sus hijos le organizaron una fiesta sorpresa, a la que asistieron sus padres y muchos viejos amigos que hacía años no veía. Estefanía tenía casi quince, era alta y de pelo lacio y negro como su padre, y cualquiera podía adivinar que se transformaría en una verdadera belleza. A Renato lo preocupaba. Las imágenes que La Visita le había revelado (una mujer sorbiendo de dos penes a la vez, mientras era penetrada por un tercero) le volvían a veces, llenándolo de una apacible furia, que poco a poco se iba desgastando. En lo demás, las cosas iban bien. Renato y su mujer habían comprado una videocasetera, y en un videoclub cercano alquilaban películas como Ghost, la sombra del amor o Cambio de hábito. Con su antigüedad como profesor, a veces se daban el lujo de veranear en Brasil, incluso una vez dejaron a los chicos y llegaron hasta Cuba. En algunos días no salía a correr, pero su cuerpo todavía era esbelto y hermoso como el de una estatua griega, aunque quizás demasiado flaco. Si alguna mujer se le insinuaba, sentía que iba a perder el control. ¿No veían el anillo? ¿No sabían que estaba felizmente casado? ¿Por qué iría a poner en riesgo a su familia para frotarse por ahí con una puta? Eran cuestiones que no entendía entonces y, creía, no sería capaz de entender nunca.
Poco después, La Visita volvió a llamarlo, mientras Renato miraba televisión con su familia, sentados en el living.
Renato acudió al día siguiente a la casa de los eucaliptus y notó, con espanto, en la entrada, al lado de la tranquera, el cartel de venta con el nombre de la inmobiliaria Robledo, que atendía en el centro. Para peor vio, a lo lejos, movimiento en la casa: dos albañiles, uno de los cuales golpeaba una pared con una maza, mientras el otro subía los ladrillos resultantes a una carretilla y los apilaba a unos pocos metros, sobre una chapa de zinc.
Renato se quedó un momento pensando. Después abrió la tranquera y avanzó con el auto hasta el inicio de la casa. No solo estaban destrozando el templo de La Visita, también oían cuarteto en una radio a pilas, como si no hubiese una peor forma de tratar a ese lugar sagrado. Estacionó y bajó del auto.
Qué tal, dijo, sobre la música. Así que se vende la casa, eh.
El albañil que llevaba la carretilla la dejó en el piso. Era un negro de unos treinta años, con guantes y ropa de lona azul, que lo miró sin decir una palabra.
No es por mí, es por un amigo que puede estar interesado. ¿No sabe cuánto piden?, preguntó Renato.
El hombre negó con la cabeza.
Vaya a la inmobiliaria y pregunte ahí, le dijo, volviendo a alzar la carretilla.
Eso voy a hacer, sí, dijo Renato.
Volvió a la ciudad y fue hasta la inmobiliaria. Lo atendió un chico joven y displicente, todo sonrisas y traje bien planchado, que lo invitó a sentarse y le ofreció un café, que Renato rechazó con amabilidad.
La casa está hecha pomada, le dijo. Lo que se valora mucho son los campos, diez hectáreas de linda tierra.
¿Y de quién era la casa?
Uf, es una historia eterna. El último propietario fue un paisano que murió ahí, viudo. Los hijos, que eran los herederos, se pelearon largo tiempo por la guita y no lograban ponerse de acuerdo. La cuestión es que se fueron muriendo, de a uno, y la familia ni siquiera se acordó de esa casa, hasta que uno de los nietos se puso en el trámite de recuperarla. Por eso estuvo abandonada muchos años.
Qué desperdicio, dijo Renato. ¿Y cuánto piden?
De pronto se le había ocurrido una idea.
El empleado le dio una cifra y Renato asintió varias veces, con una angustia que le oprimía dolorosamente el pecho. Se llevó una tarjeta personal con el nombre del empleado, pero cuando salió a la luz de ese día algo le aclaró las ideas. Nunca podría comprarla. Ni siquiera vendiendo la casa en la que vivían. No tenía sentido. Tiró la tarjeta al cordón de la vereda, se subió al auto y arrancó.
La Visita apareció dos noches después. Veían televisión con sus hijos en el sofá, un programa humorístico, y cuando Renato se levantó para ir a tomar un vaso de agua la vio detrás de una de las cortinas del living. Sabía lo que eso significaba.
La Visita quería convertir su propia casa en templo.
No, era espantoso. El vaso de agua que tenía en la mano se estrelló contra el piso. Renato puteó en voz alta. Se inclinó para limpiar los vidrios.
¿Qué pasó, Coco?, dijo Clara.
Nada, dijo él. Ahí voy.
Fue a encerrarse al baño. Sentía que había un solo camino posible, que era el que La Visita le había señalado, pero no quería seguirlo.
No podés desobedecerme, dijo La Visita, en el espejo. Sos mi instrumento.
Renato puso las manos bajo el chorro de agua.
Yo soy. Soy el que soy, dijo.
La Visita le había prometido que nunca se sabría. Que sería un secreto entre ellos. Pero ahora esos albañiles espantosos estaban husmeando.
Quizás La Visita quería dejar un mensaje. Quizás el mensaje era tan fuerte que atravesaba años de tierra y silencio para hacerse conocido y público. Quizás toda su vida estaba justificada por ese mensaje. Mujeres del mundo, escuchen. Mujeres del mundo, éste es el fin.
Pensó en matarse. Pensó en manejar hasta la casa de los eucaliptus y en ahorcarse. Pero no hizo nada. Simplemente salió del baño y se sentó junto a su mujer, que estaba riéndose por algo de la tele.
Ese viernes dijo que se sentía mal (lo que era verdad: vomitaba y tenía diarrea) y no fue al colegio. Le mandaron al médico de la provincia, que resultó ser un hombre asombrosamente parecido al albañil que rompía la pared con una maza. Mientras le preguntaba acerca de sus síntomas, una idea comenzó a aflorar en la mente de Renato: la de reventarle el cráneo con algún objeto contundente que tuviera a mano. Si era el doble del albañil y él lograba matarlo, reducirlo a nada, incluso con lo que implicaba hacerlo en su propia casa, con testigos y todo ese problema, la cuestión principal quedaría zanjada. El albañil le había enviado a su doble para amenazarlo, pensó Renato: él le mandaría de regreso la cabeza del doble en una caja. Estaba acostado en ese momento, y casi sin fuerzas, pero paseó la mirada alrededor para encontrar algo que le sirviera de ayuda. El viejo velador metálico que había heredado de la casa de sus abuelos. Era perfecto, pensó, pero el médico ya se había levantado y se estaba yendo. Se dijo que tenía que abalanzarse sobre él. Pero el médico ya se había retirado, dejándole una serie de recetas y de cuidados especiales. Debía comer un pedazo de pollo a la plancha, cuidarse de las frituras, del alcohol y el cigarrillo, tomar Reliverán, pastillas de carbón y un reconstructor de la mucosa gástrica.
Los vómitos se fueron con el Reliverán, pero la diarrea siguió ahí toda la noche. Renato se sentía débil y perdido, como si en el interior de su casa hubiera crecido un bosque, y tuviera que caminar por la sombra rogando por una salida. En el fondo del bosque se prendió una luz, él la siguió y vio que era su televisor, en la mesa con rueditas que utilizaban para llevarlo a la pieza. La pantalla mostraba un titular en grandes letras amarillas: Escalofriante hallazgo de cadáveres en una casa de la ruta 51. Se veía la casa de los eucaliptus, la policía acordonando el lugar, entrevistas a los albañiles que él había conocido. Uno de ellos encontró el primero de los cuerpos, mientras cavaba para hacer una zanja.
Su mujer se levantó para cambiar de canal. Dijo que le hacía mal ver eso mientras comían.
Deberíamos ir a pasear, dijo Renato.
¿A pasear, ahora?, preguntó Clara.
¿Por qué no?, dijo él. Es sábado, es un lindo día.
Porque estás enfermo, porque tenés que cuidarte.
Ya me siento mejor. Si no salgo nunca voy a recuperarme. Dale.
Como quieras. Chicos, ¿quieren ir a pasear?
¡Sí!, gritaron los chicos a coro, y Clara sonrió, enternecida.
Se subieron al auto y dieron unas vueltas por el centro. A Renato el aire del exterior le hizo bien: lo sentía fresco, pleno. Había otras familias en auto, algunos conocidos que sacaron la mano por la ventanilla para saludarlos. Se bajaron frente a la heladería tradicional de la pequeña ciudad, Belbo, cuyos dueños (las últimas personas que los vieron con vida) eran hijos de italianos. Compraron medio kilo (frutilla, dulce de leche, granizado, crema del cielo) y lo consumieron sentados en una de las mesas de la vereda. El chico, en los brazos de Clara, terminó con la cara toda enchastrada, lo que los hizo reír.
Renato levantó los ojos y miró el cielo. Un hermoso día de agosto, templado y tranquilo. Pero el cielo estaba muy lejos, inalcanzable.
Primero ellos, después él. Sería limpio y fácil. Todos viajando hacia arriba al mismo tiempo. Tomados de la mano sobre la copa de los eucaliptus que cantaban.
Vamos, dijo Renato.
Pensaba internarse en el campo y buscar alguna señal. Se ocuparían de él, claro, como siempre lo hicieron. Tiraron las servilletas, las cucharitas y el pote de helado vacío en un cesto de basura.
Poco después tomaron el camino que llevaba a la ruta. Renato miró por el espejo retrovisor y se le heló la sangre. En medio de los chicos (el varón, que miraba por la ventana; Estefanía, sentada a su lado, con aire ausente) estaba La Visita. Era tan alta que las ramas en su cabeza no podían divisarse.
Renato le puso la mano en la pierna a su mujer y le sonrió. Por suerte, las náuseas y la diarrea iban a terminarse pronto. Muy pronto. Y al fin podría descansar.