La causa del Granton Star

Irvine Welsh

* Contiene lenguaje adulto

Fue un golpe duro para Boab Coyle, directo al corazón. Se quedó allí de pie, en la barra, sorprendido, mientras su compañero Kev Hyslop le explicaba su postura.

—Lo siento, Boab, pero estamos todos de acuerdo. No podemos garantizarte un partido. Ahora tenemos a Tambo y al pequeño Grant. Este equipo va a empezar a moverse.

—¿¡A moverse!? ¿¡A moverse!? ¡Tercera División de la Liga de Iglesias! ¡No es más que un puto juego, un puto juego por diversión entre amigos! ¡Pedazo de idiota pretencioso!

A Kev no le agradó la insolente respuesta de Boab. ¿Acaso la causa del Granton Star no era más importante que el ego de un simple individuo? Después de todo, en una votación abierta, fue a él a quien confiaron el brazalete de capitán para la temporada. El Star aspiraba a subir a la Segunda División de la Liga de Iglesias en Edimburgo. Además, solo estaban a tres partidos de llegar a la final del Trofeo Conmemorativo de Tom Logan en City Park (donde los Arcos hasta tenían redes). Había mucho en juego, y Kev quería ser quién dirigiera el rumbo del Star hacia la gloria en la copa en su propio patio trasero. Sin embargo, sabía que una parte de sus responsabilidades era tomar decisiones impopulares. Las amistades debían quedar en segundo plano.

—Es natural que te sientas decepcionado amigo…

—¿¡Decepcionado!? ¡No que va! Ya me dirás si no estoy decepcionado. ¿Quién es el idiota que se lava la camiseta casi todas las semanas? ¿Eh? —alegó Boab, señalándose a sí mismo.

—Vamos, Boab, vamos a tomar una pinta…

—¡Métete tu puta pinta en el culo! Vaya amigos que tienes, ¿eh? ¡Váyanse a la mierda! —tronó Boab al salir del pub, mientras Kev se volvía hacia los demás chicos y se encogía de hombros.

Antes de volver a casa, Boab se fue solo a tomarse varias pintas de lager que no pudo disfrutar. Lleno de resentimiento cuando pensaba en Tambo, que le había echado el ojo a la camiseta número 10 de Boab desde la primera vez que ese farsante empezó a jugar con el Star a principios de temporada. Maldito protestante hipócrita hijo de puta. Había sido un error cubrir las bandas con idiotas como él. Después de todo, no era más que un pasatiempo; unas risas con amigos. La voz de Tambo, que era abstemio entusiasta cantando: "Naranja exprimida y limón. Naranja exprimida con limón", le chirriaba sin piedad en la cabeza.

En los pubs que visitó, Boab no lograba reconocer a nadie. Era extraño. Además, los viejos borrachines que normalmente lo acosaban en busca de compañía, o para pedirle una pinta gratis, lo evitaban como a un leproso.

La madre de Boab estaba pasando la aspiradora cuando su hijo volvió a casa. Sin embargo, en cuanto oyó que llegaba, la apagó. Doreen Coyle le echó una mirada cómplice a su esposo, Boab senior, que se levantó de la silla y arrojó el Evening News sobre la mesa de café.

—Quiero tener una charla contigo, hijo —dijo Boab senior.

—¿Eh? —Boab estaba algo nervioso por el tono desafiante y confrontador de su padre.

Pero antes de que Boab senior pudiera hablar, Doreen empezó a despotricar nerviosa.

—No es que estemos tratando de deshacernos de ti, hijo. No es eso para nada.

Boab permaneció allí de pie, mientras una sensación de presagio se abría paso entre su aturdimiento.

—Ya basta, Doreen —dijo el padre de Boab, con algo de irritación—. El asunto es, hijo, que ya es hora de que te vayas de esta casa. Tienes veintitrés años, y ya son demasiados para que un chico siga viviendo con su madre y su padre. Yo me fui a surcar los mares con la marina mercante a los diecisiete. No es natural, hijo, ¿lo entiendes?

Boab no dijo ninguna palabra. No podía pensar con claridad. Su padre continuó:

—No querrás que tus amigos piensen que eres un rarito, ¿verdad? De todos modos, tu madre y yo no estamos precisamente rejuveneciendo. Estamos entrando en una etapa extraña en nuestras vidas, hijo. Algunos dirían que… —Boab Coyle miró a su mujer— …una etapa peligrosa. Tú mamá y yo, hijo, necesitamos tiempo para poner nuestras vidas en orden. Para hacer nuestras vidas, no sé si entiendes lo que te quiero decir. Tú tienes una novia, la pequeña Evelyn. ¡Ya sabes cómo es esto! —Le guiñó el ojo a Boab, escudriñando su rostro en busca de alguna señal de comprensión. Aunque no había ninguna visible, siguió hablando—. Tu problema, hijo, es que tienes tu espacio, ropa limpia. ¿Y quién paga eso? Yo te digo quién. Un servidor, ¿ves? —Señalándose a sí mismo—. Tú mamá y yo. Sé que estos tiempos no son fáciles para encontrar un lugar donde vivir, sobre todo cuando los demás, como estos tontos, andamos de un lado a otro por ti. Pero no vamos a decir nada al respecto. La cuestión es que tu madre y yo estamos dispuestos a darte dos semanas de gracia, siempre y cuando te asegures de estar fuera de aquí antes de que termine ese plazo.

Un poco atónito, Boab solo pudo decir:

—Sí…bueno…

—No pienses que queremos librarnos de ti, hijo. Es solo que tu padre y yo pensamos que sería conveniente para ambas partes, digamos, que te buscaras tu propio espacio.

—Eso es, Doe —canturreó triunfante el padre de Boab—. Mutuamente conveniente. Me gusta. Sí, Cathy y tú tienen un poco de seso, seguramente lo sacaste de tu madre. No precisamente de éste tonto que te está hablando.

Boab miró a sus padres. Parecían de alguna forma diferentes. Siempre había visto a su viejo como un asmático gordo y jadeante, y a su vieja como una mujer fofísima en joggins. Físicamente estaban igual, pero pudo notar por primera vez en ellos un matiz inquietante de sexualidad que antes no había percibido. Los veía como lo que en realidad eran: unos hijos de puta lujuriosos y asquerosos.

Ahora se daba cuenta de que las miradas que le lanzaban cuando subía a acostarse con Evelyn no eran de asombro o resentimiento, sino de anticipación. Lejos de importarle lo que él hacía, era como si les diera la oportunidad de hacer lo suyo.

Evelyn. En cuanto hablara con ella, todo sería mejor. Ev siempre lo entendía. Ideas de compromiso formal y matrimonio, que Boab había despreciado durante tanto tiempo, ahora revoloteaban por su cabeza. Había sido un ingenuo al no ver antes las posibilidades que tenía. Su propio espacio. Podría ver videos todas las tardes. Echarse un polvo todas las noches. Buscaría otro equipo; ¡que los Stars se vayan a la mierda! Evelyn podría lavar la camiseta. De repente, ilusionado otra vez, salió a la cabina de teléfono del centro comercial. Ya se sentía como un intruso en casa de sus padres.

Evelyn tomó el teléfono. Los ánimos de Boab se exaltaron aún más ante la idea de conversar, de entenderse, del sexo.

—¿Ev? Soy Boab. ¿Todo bien?

—Sí.

—¿Quieres venirte por aquí?

—…

—¿Ev? ¿Ev? ¿Quieres venirte por aquí y eso?

—Nah.

—¿Por qué no? —Algo no andaba bien. Una ansiedad temblorosa le recorrió.

—Simplemente no tengo ganas.

—¿Por qué no? Tuve un mal día, Ev. Necesito hablar contigo.

—Ya. Pues habla con tus amigos.

—¡No seas así, Ev! ¡Te dije que tuve un mal día! ¿Qué pasa? ¿Qué está mal?

—Tú y yo. Eso es lo que está mal.

—¿Eh?

—Terminamos. Se acabó. Kaput. Fin del asunto. Que te vaya bien.

—¿Qué hice, Ev? ¿Qué hice? —Boab no podía creer lo que escuchaba.

—Ya lo sabes.

—Ev…

—No es lo que hiciste, sino lo que no hiciste.

—Pero, Ev…

—Tú y yo, Boab. Quiero a alguien que me haga sentir bien, alguien que sepa de verdad cómo hacer el amor a una mujer. No a un puto perdedor todo el día sentado hablando de fútbol y tomando cervezas con sus amigos. Un hombre de verdad, Boab. Un hombre sexy. Tengo veinte años, Boab. Veinte años. ¡No voy a encadenarme a un idiota!

—¿Qué traes en la cabeza? ¿Eh? ¿Evelyn? Nunca te habías quejado. Tú y yo. Antes de conocerme no eras más que una mocosa tonta. Ni siquiera sabías lo que era coger, carajo…

—¡Ya! ¡Pues eso cambió! ¡Porque conocí a alguien, Boab Coyle! ¡Más hombre de lo que tú serás jamás!

—…¿Eh?…¿Eh?…¿QUIÉN?…¡¿QUIÉN FUE EL HIJOOO DE P…?!

—¡Eso lo sé yo, y tú tendrás que averiguarlo!

—Ev…, ¿cómo pudiste hacerme esto? Tú y yo, Ev…, siempre fuimos tú y yo…, el compromiso y todo…

—Lo siento, Boab. Pero estoy contigo desde los dieciséis. Quizás entonces no sabía nada del amor, pero ¡vaya si aprendí ahora!

—¡PUTA!…¡ERES UNA MALDITA ZORRA!

Evelyn colgó de golpe.

—Ev…, Ev…, te quiero…

Era la primera vez que Boab decía esas palabras, a través de una línea telefónica cortada.

—¡ZORRA! ¡MALDITA PUTA ZORRA!

Estrelló el auricular contra la caseta. Con sus zapatos puntiagudos rompió a patadas dos vidrios e intentó arrancar el auricular del aparato. Boab no notó que una patrulla se había detenido junto a la cabina.

En la comisaría, el oficial encargado de la detención, el agente Brian Cochrane, estaba escribiendo a máquina la declaración de Boab cuando apareció el sargento de guardia Morrison. Boab estaba sentado, callado y deprimido al pie de la mesa, mientras Cochrane tecleaba con dos dedos.

—Buenas tardes, sargento —dijo el agente.

El sargento murmuró algo que pudo o no haber sido "Brian", sin detenerse ni voltear. Metió un roll de salchicha en el microondas. Cuando abrió el gabinete encima del horno, Morrison se molestó al ver que no había ketchup. Odiaba comer sin ketchup. Enojado, se volteó hacia el agente.

—Carajo, Brian, no hay ketchup. ¿A quién le tocaba ir por las provisiones?

—Eh…, disculpe, sargento…, se me pasó —dijo el agente, apenado—. Ha sido una noche movida y eso, sargento.

Morrison sacudió la cabeza con tristeza y soltó un largo suspiro.

—Entonces, ¿qué tenemos esta noche, Brian?

—Pues está el violador, el tipo que apuñaló al chico en el centro comercial y este payaso —dijo señalando a Boab.

Ok… Ya estuve abajo hablando un poco con el violador. Parece un muchacho bastante simpático. Dice que la muy zorrita se lo buscó. Es la ley de la vida, Brian. El que apuñaló…, bueno, un pobre diablo, pero ya sabes cómo son los chicos. ¿Y este idiota?.. ¿qué?

—Lo agarramos destrozando una cabina de teléfono.

El sargento Morrison apretó los dientes, conteniendo una oleada de furia. Habló lento y con calma fingida:

—Bájame a ese vaquero a los calabozos. Quiero tener una charlita con ese cabrón.

Otro que quería una "charlita". Boab ya presentía que nunca salía nada bueno de esas "charlitas". El sargento Morrison era accionista de British Telecom. Si algo lo enojaba más que comer sin ketchup, era ver sus acciones de BT, parte de su inversión, devaluadas por culpa del vandalismo.

En los calabozos, Morrison le metió puñetazos en el estómago, en las costillas y en los testículos. Mientras Boab gemía en el piso frío de mosaico, el sargento le sonreía desde arriba.

—¿Ves? Esto demuestra lo útiles que son esas políticas de privatización. Nunca habría reaccionado así si hubieras destrozado una caseta cuando era del Estado. Entonces el vandalismo significaba más impuestos, ahora significa menos dividendos. El caso es que ahora siento que me juego más, hijo. Así que no quiero que ningún vago revoltoso ponga en riesgo mi inversión.

Boab gemía, destrozado en el suelo, con dolor físico y hundido en la angustia.

El sargento Morrison se creía un tipo justo. Como a los demás, a Boab le dieron su taza de té hirviendo y un pan con mermelada en el desayuno. No pudo probarlo: le habían puesto mantequilla y mermelada juntas. No lo tocó. Lo acusaron de alterar el orden público, además de causar daños.

Aunque eran las 6:15 de la mañana cuando lo soltaron, estaba demasiado débil para ir a casa. En vez de eso, decidió ir directo al trabajo, después de pasar a un café por un pan con huevos revueltos y una taza de café. Encontró un lugar y entró.

Después de comer, Boab fue a pagar.

—Una libra con sesenta y cinco peniques.

El dueño del café era un tipo enorme, gordo, grasiento y con la cara marcada de viruela.

—¿Eh? Medio caro, ¿no? —Boab contó su dinero. No había pensado cuánto traía encima, aunque la policía se lo había quitado todo, junto con las llaves y los cordones de los zapatos, y apenas esa mañana los recuperó firmando.

Tenía una libra con treinta y ocho peniques. Contó la plata. El dueño del café le echó un vistazo a Boab, con la barba crecida y cara ojerosa. Quería un local respetable, no un refugio de vagabundos. Salió de detrás del mostrador y lo empujó hasta sacarlo por la puerta.

—Estúpido muerto de hambre… los precios están bien claros…¡ya verás lo "caro" que soy, pedazo de rata!…

Afuera, en la madrugada fría y azul, el gordo le soltó un puñetazo en la quijada. Boab cayó de espaldas, más por cansancio y mareo que por la fuerza del golpe, y se pegó la cabeza contra el pavimento.

Se quedó ahí tirado un rato y rompió a llorar, maldiciendo a Dios, a Kev, a Tambo, a Evelyn, a sus padres, a la policía y al dueño del café.

Pese a estar hecho pedazos, Boab trabajó durísimo esa mañana, intentando olvidar y que el día pasara rápido. Normalmente casi no hacía carga ni descarga, dado que, siendo él el chofer, ese no era su trabajo. Ese día, en cambio, se arremangó. La primera mudanza que le tocó al equipo fue trasladar las cosas de unos ricachones de una mansión en Cramond a otra en The Grange. Ese día sus compañeros, Benny, Drew y Zippo, estaban mucho menos habladores de lo habitual. Normalmente esa situación habría preocupado a Boab, pero sintiéndose tan mal agradeció el silencio.

Regresaron a las cocheras de Canonmills a las 12:30 para almorzar. A Boab le sorprendió que lo llamaran a la oficina de Mike Rafferty, el jefe.

—Siéntate, Boab. Iré al grano, amigo —dijo Rafferty, haciendo justo lo contrario—. Son las reglas —dijo enigmáticamente, señalando una placa de la Asociación de Agencias de Mudanzas y Transportistas que colgaba en la pared, con el logo que llevaba cada camión de la flotilla—. Ahora eso ya no significa nada. Hoy todo es cuestión de precios, Boab. Y esos piratas, con menos gastos, nos están comiendo vivos.

—¿Qué quieres decir?

—Que tenemos que recortar gastos, Boab. Ahora, ¿de dónde? ¿Del local? —Miró el espacio cuadrado de vidrio y madera que tenía por oficina—. Estamos atados a un contrato de cinco años. No. Tiene que ser en capital y mano de obra. ¡Es cuestión de posicionamiento en el mercado, Boab! Buscamos un nicho: mudanzas locales para gente con dinero.

—¿Así que me despides? —preguntó resignado.

Rafferty lo miró. Había tomado un curso llamado "Cómo manejar positivamente la finalización de contratos".

—Tu puesto desapareció, Boab. Recuerda: no es la persona la que sobra, es el puesto. Nos sobrestimamos, quisimos competir con los grandes, y fracasamos. Nos emocionamos con lo del mercado único del '92. Tengo que vender el camión grande. También despedir a un chofer. No es fácil, Boab, pero el último en entrar es el primero en salir. Eso sí, diré en el medio que conozco a un chofer confiable que busca trabajo y te daré las mejores referencias.

—Sí, seguro…—murmuró Boab, con amargo sarcasmo.

Boab se marchó a la hora de comer y se fue a tomar una cerveza y una tostada en el bar de al lado. No se molestó en volver. Mientras se sentaba y bebía solo, un extraño se acercó a él, sentándose a su lado, a pesar de que había muchos lugares disponibles. Estaba en los cincuenta y tantos, no era muy alto, pero desde luego tenía presencia. A Boab su cabello y su barba blancos le recordaban a un cantante folk, el tipo de The Corries, o tal vez el que estaba en los Dubliners.

—Esta vez la cagaste pero bien, si serás idiota —le dijo el hombre, llevándose a los labios una cerveza.

—¿Eh? ¿Qué? —Boab estaba sorprendido otra vez.

—Tú. Boab Coyle. Sin casa, sin trabajo, sin novia, sin amigos, fichado por la policía, con la cara golpeada, todo en unas pocas horas. Muy bien.

Le guiñó el ojo enviando a Boab un brindis con su cerveza. Aquello irritó a Boab, pero estaba intrigado.

—¿Cómo diablos lo sabes? ¿Quién diablos eres tú?

El hombre sacudió la cabeza:

—Saberlo es mi maldito trabajo. Soy Dios.

—¡Vete al carajo, viejo desgraciado! —dijo Boab con una carcajada, echando la cabeza atrás.

—Mierda. Otro idiota listo —dijo cansinamente aquel hombre. A continuación soltó una lista de cosas, con el aire aburrido y cortés de alguien que había pasado por aquello más veces de las que quería recordar—. Robert Anthony Coyle, nacido el viernes 23 de julio de 1968, hijo de Robert McNamara Coyle y Doreen Sharp. Hermano menor de Cathleen Siobhain Shaw, casada con James Alian Shaw. Viven en el número 21 de Parkglen Crescent en Gilmerton y tienen un hijo, también llamado James. Tienes una marca de nacimiento en forma de hoz en la parte interior del muslo. Asististe a la Escuela Primaria de Granton y a la Secundaria de Ainslie Park, donde obtuviste dos aprobados, uno en carpintería y otro en dibujo técnico. Hasta hace poco, trabajabas en las mudanzas, vivías en casa de tus padres, tenías una novia llamada Evelyn, a la que no podías satisfacer sexualmente, y jugabas al fútbol para el Granton Star, de la misma manera que hacías el amor, con poco empeño y aún menos destreza.

Boab quedó totalmente desanimado. Aquel hombre parecía estar rodeado de un aura transparente. Hablaba con certidumbre y convicción. Boab casi hasta que le creía, pero ya no sabía qué creer.

—Si tú eres Dios, ¿qué haces perdiendo el tiempo conmigo?

—Buena pregunta, Boab. Buena pregunta.

—Quiero decir que hay niños muriéndose de hambre, salen en la televisión y eso. Si fueras tan bueno, podrías arreglar eso un poco, en vez de estar aquí hablando con un tipo como yo.

Dios miró a Boab a los ojos. Parecía molesto.

—Alto ahí un momento, amigo. Dejemos una cosa bien clara. Cada vez que bajo por aquí, algún tarado que se cree listo, me sale con lo que tendría o no tendría que estar haciendo. O eso o tengo que embarcarme en algún puto discurso filosófico con algún idiota a punto de graduarse, sobre mi naturaleza, la magnitud de mi omnipotencia y toda esa mierda. ¿Sabes? Estoy empezando a hartarme un poco de toda esta autojustificación; a ustedes, idiotas, no les toca criticarme. Yo los hice a mi propia imagen y semejanza, cabrones. Arréglenselas como puedan; arréglalo usted, me cago en satanás. Ese cabrón de Nietzsche se equivocó al decir que yo había muerto. No estoy muerto; es que ya todo me importa una mierda. No es cosa mía arreglar los problemas de todo el mundo. Si a ningún hijo de puta le importa una mierda nada, ¿por qué debería importarme a mí? ¿Eh?

A Boab las quejas de Dios le parecieron lamentables.

—Maldito idiota. Si yo tuviera tus poderes…

—Si tú tuvieras mis poderes harías lo que estás haciendo ahora mismo: nada de nada. Tienes el poder de consumir menos cervezas, ¿no?

—Sí, pero…

—No hay peros que valgan. Tienes el poder de ponerte en forma y hacer una contribución más positiva a la causa del Granton Star. Tenías el poder de prestarle más atención a aquella novia tuya. Era estupenda. Podrías haberlo hecho mucho mejor en ese aspecto, Boab.

—Puede que sí, y puede que no. ¿Pero y a ti qué te importa?

—Tenías el poder de dejar un poco en paz a tu mamá y tu papá, para que pudieran darse tranquilamente un revolcón decente. ¡Pero no! Que va, el idiota egoísta de Coyle no. No hacías más que estar allí sentado viendo esos programas de mierda Coronation Street, Brookside en la puta BBC mientras los pobres infelices de tus padres caminaban por las paredes de frustración.

—Eso no te incumbe.

—Todo me incumbe. Tenías el poder de hacer frente al gordo cabrón del café. Simplemente le has dejado al hijo de puta que te diera en la cara por unos cuantos centavos de mierda. Ha sido prepotente e injusto contigo, y aún así has permitido que el cabrón se saliera con la suya.

—Estaba en estado de shock

—Y ese cabrón de Rafferty. Ni siquiera le has dicho al idiota que se metiera su trabajo por el culo.

—¿¡Y qué!? ¿¡Y qué diablos pasa!?

—Pasa que tenías esos poderes, pero simplemente no te has molestado en utilizarlos. Por eso me interesas, Boab. Eres igualito que yo. Un idiota perezoso, apático y chapucero. Ahora bien, yo odio ser así, y, como soy inmortal, no puedo castigarme a mí mismo. Pero a ti sí puedo castigarte, amigo. Eso es lo que tengo intención de hacer.

—Pero yo podría…

—¡Cállate la boca, parásito! Estoy hastiado hasta el aburrimiento de toda esa mierda del arrepentimiento. Ahora la venganza es mía, y tengo intención de tomarla, sobre mi propia naturaleza egoísta y perezosa, a través de la especie que he creado, a través de su representante. Quién, en este caso, serías TÚ.

Dios trataba de ponerse en pie. Aunque estaba casi temblando de ira, Boab vió que aquello no le resultaba fácil. Tal vez aún pudiera convencerle de que no hiciera lo que iba a hacer.

—Eres exactamente como siempre imaginé…—dijo servilmente Boab.

—Eso es porque no tienes imaginación alguna, idiota. Me ves y me oyes como me habías imaginado. Ahora eres mío, maldito desgraciado.

—Pero yo no soy el peor…—suplicaba Boab—. …¿Qué hay de los asesinos, los asesinos en serie, los dictadores, los torturadores, los políticos?… Los cabrones que cierran fábricas para mantener sus ganancias…, todos esos hijos de puta codiciosos…, ¿qué pasa con ellos? ¿Eh?

—Puede que acabe ocupándome de esos cabrones, puede que no. Eso es problema mío. ¡Tú estás acabado, idiota! Eres un montón de estiércol, Coyle. Un insecto. ¡Eso es! Un insecto…. —dijo Dios, inspirado— …voy a hacer que parezcas el bicho sucio y perezoso que eres en realidad!

Dios miró a Boab a los ojos otra vez. Una fuerza energética invisible pareció abandonar su cuerpo y viajar unos centímetros hasta el otro lado de la mesa, penetrando en Boab hasta los huesos. La fuerza le dejó inmóvil en su silla, pero todo había pasado en un segundo, y lo único que a Boab le quedó fue un pulso acelerado y un ceño, unos genitales y unas axilas sudorosas. Al parecer, todo el número dejó bastante agotado a Dios, que se levantó temblorosamente de la silla y miró a Boab.

—Me voy a echar una maldita siesta —resopló, dándose la vuelta y marchándose del bar.

Boab se quedó allí sentado, mientras la cabeza le daba vueltas, intentando febrilmente racionalizar lo que le había sucedido. Kevin entró en el bar para tomar una cerveza rápida pocos minutos después. Se fijó en Boab, pero parecía reacio a acercarse a él, después de que Boab hubiera perdido los estribos en el bar el día anterior.

Cuando Kevin se acercó por fin, Boab le contó que acababa de conocer a Dios, que iba a convertirlo en un insecto.

—No tienes por qué hablar tonterías, Boab —dijo Kevin a su angustiado amigo, antes de abandonarlo.

Más tarde esa noche, Kevin estaba solo en casa, cenando pescado frito con papas fritas. Su novia había salido de fiesta con unas amigas. Una enorme mosca azul aterrizó en la esquina de su plato. Se quedó allí sentada, mirándole. Algo le decía que no debía matarla.

A continuación la mosca azul voló hasta un poco de salsa de tomate que había en el borde del plato y salió disparada pared arriba antes de que Kevin pudiera reaccionar. Para su asombro, la mosca empezó a trazar KEVIN en el papel de la pared. Tuvo que hacer un segundo viaje a la salsa para terminar lo que había empezado. Kevin se estremeció. Era de locos, pero allí estaba su nombre, escrito por un insecto…

—¿Boab? ¿De verdad eres tú? ¡Mierda! Eh, zumba dos veces para decir sí, y una para decir no.

Dos zumbidos.

—¿El que te ha hecho esto, cómo se llama, esto lo ha hecho Dios?

Dos zumbidos.

—¿Y ahora qué diablos vas a hacer?

Zumbidos frenéticos.

—Perdona, Boab…, ¿puedo traerte algo? ¿Comida, tal vez?

Compartieron la cena. Kevin se comió la mayor parte, Boab se sentó en el borde del plato dándole lengüetazos a un pedacito de pescado, grasa y salsa.

Boab se quedó con Kevin Hyslop unos días. Se le aconsejó que pasara desapercibido para que Julie, la novia de Kevin, no le descubriera. Kevin tiró a la basura el insecticida. Compró un frasco de tinta y un bloc de notas. Vertía un poco de tinta en un platillo, y dejaba que Boab trazara algunos laboriosos mensajes sobre el papel. Uno en particular había sido escrito ansiosamente: HAY UNA PUTA ARAÑA EN EL BAÑO. Kevin arrojó la araña al inodoro y jaló la cadena. Kevin volvía siempre del trabajo temiendo que a Boab le hubiera sucedido algo. No podía relajarse hasta que no oía aquel zumbido familiar.

Desde su ubicación, detrás de las cortinas del dormitorio, Boab planeó su venganza. Prácticamente había perdonado a Kevin por dejarlo fuera del Star, en vista de su amabilidad. No obstante, estaba decidido a vengarse de sus padres, de Evelyn, de Rafferty y de los demás.

Lo de ser una mosca azul no era del todo malo. Al menos tenía la facultad de volar; había tenido pocos placeres mayores que remontarse por las alturas. También le agarró el gusto a los excrementos, su larga lengua de insecto era seducida por su rica y ácida humedad. Las demás moscas azules que se amontonaban sobre la mierda caliente tampoco estaban mal. Algunas de ellas le atraían. Aprendió a apreciar la belleza del cuerpo de insecto; los inmensos y sexys ojos marrones, el reluciente esqueleto externo, el atractivo mosaico azul y verde, los pelos duros y ásperos y las alas resplandecientes que reflejaban la dorada luz del sol.

Un día, volaba cerca de casa de Evelyn y la vió salir. La siguió a casa de su nuevo novio. Que resultó ser Tambo, el que había apartado a Boab del equipo del Granton Star. Se sorprendió a sí mismo zumbando involuntariamente. Después de verles coger como conejos en todas las posiciones concebibles, se fue volando hasta el recipiente de la arena del gato, comprobando primero que el animal estaba dormido en su canasto.

Le dio de bocados a un zurullo duro que no había sido enterrado enteramente en la arena. A continuación, fue volando hasta la cocina y escupió la mierda dentro de un curry que había hecho Tambo. Hizo varios viajes.

Al día siguiente Tambo y Evelyn estaban enfermos de intoxicación alimentaria. Observarles enfebrecidos y enfermos le proporcionó a Boab una sensación de poder. Eso le alentó para ir volando hasta su antiguo lugar de trabajo. Cuando llegó allí, cargó unos granos de veneno para ratas de una caja de cerillas que había en el suelo y los soltó en el sandwich de ensaladilla de queso de Rafferty.

Rafferty estuvo muy enfermo al día siguiente, tuvo que ir a urgencias a que le hicieran un lavado de estómago. El doctor diagnosticó que le habían suministrado raticida. Además de encontrarse muy mal físicamente, Rafferty también estaba devastado por la paranoia. Como la mayoría de los jefes, que en el mejor de los casos son vistos con desprecio y en el peor odiados por todos sus subordinados, exceptuando a los aduladores más rastreros, se creía popular y respetado. Se preguntaba: ¿Quién me habrá hecho esto?

El siguiente viaje de Boab fue a casa de sus padres. Fue éste un viaje que deseó no haber hecho. Tomó posición en lo alto de una pared y las lágrimas acudieron a sus gigantescos ojos marrones al comprobar el espectáculo que tenía debajo.

Su padre llevaba un body de nailon negro con un agujero en la entrepierna. Tenía los brazos tendidos con las manos sobre el manto de la chimenea y las piernas abiertas. Las nalgas de Boab sénior se estremecían dentro de su ajustado disfraz. La madre de Boab estaba desnuda, salvo por un cinturón abrochado tan apretadamente a su cuerpo que se elevaba en sus carnes bamboleantes, dándole el aspecto de una almohada atada por el medio con un trozo de hilo. Acoplado al cinturón había un enorme consolador de látex, que en su mayor parte se encontraba dentro del ano de Boab sénior. En su mayor parte, pero aún no bastaba para Boab sénior.

—Sigue empujando, Doe…, sigue empujando…, aún puedo con más…, necesito más…

—Ya casi hemos llegado a la empuñadura…, eres un hombre horrible, Boab Coyle…—gruñó Doreen, y, sudando, empujó más, al tiempo que extendía más vaselina alrededor del mantecoso culo de Boab sénior y sobre la parte todavía visible del mango.

—El interrogatorio, Doe…, empieza con el interrogatorio…

—¡Dime quién es! ¡Dímelo, jodido hijo de puta maricón! —chilló Doreen, mientras la mosca azul Boab se estremecía sobre la pared.

—No hablaré jamás…—Doreen estaba preocupada por el jadeante tono de Boab sénior—. ¿Te encuentras bien, Boab? Recuerda que tienes asma…

—Ya…, ya…, sigue con el interrogatorio, Doreen…, las pinzas dentadas, ¡TRAE LAS PINZAS DENTADAS, DOE! —Boab sénior hinchaba sus mejillas de aire.

Doreen cogió del manto de la chimenea el primer par de pinzas y lo prendió en uno de los pezones de Boab sénior. Hizo lo mismo con el otro. El tercer par de pinzas era más grande, y lo cerró duro y de golpe sobre aquel escroto arrugado. Estimulada por sus gritos, introdujo más profundamente el consolador.

—¡Dímelo, Boab! ¿CON QUIÉN TE HAS ESTADO VIENDO?

—AAAGGHHH…—gritó Boab sénior, susurrando a continuación—… Dolly Parton.

—¿Quién? No te oigo —dijo Doreen en tono amenazador.

—¡DOLLY PARTON!

—Esa puta guarra…, lo sabía…, ¿con quién más?

—Anna Ford… y la tal Madonna esa…, pero sólo una vez…

—¡ESCORIA! ¡HIJO DE PUTA! GORDO PUTO ASQUEROSO!… ¡Ya sabes lo que eso significa!

—La mierda no, Doe…, no puedo comerme tu mierda…

—¡Voy a cagarme en tu boca, Boab Coyle! ¡Es lo que ambos estamos deseando! ¡No lo niegues!

—¡No! No te me cagues en la boca…, no… te me cagues en la boca…, cagate en mi boca… ¡CAGATE EN MI BOCA!

Ahora Boab lo veía todo claro. Mientras él se desahogaba mecánicamente en el piso de arriba metiéndosela sin ninguna maña a Evelyn en la postura del misionero, sus padres intentaban hacerse cosas por el culo el uno al otro. La mera idea de que entre ellos hubiera sexo le había repelido; ahora le avergonzaba de otro modo. Había un aspecto, sin embargo, en que eran de tal palo tal astilla. Sabía que no podría fiarse de sí mismo a la vista de la mierda de su madre. Sería demasiado excitante, aquellas suculentas, cálidas y ácidas heces yendo a parar en su totalidad a la boca de su padre. Boab sintió los primeros remordimientos conscientes de un complejo de Edipo, a los veintitrés años, y en un estado de metamorfosis.

Boab brincó de la pared y revoloteó alrededor de ellos, entrando y saliendo de sus orejas.

—Mierda…, esa jodida mosca…—dijo Doreen.

Justo ahí sonó el teléfono.

—¡Tendré que contestar! Boab, quédate donde estás. Será nuestra Cathy. Si no contesto ahora, nos estará molestando toda la noche. No te vayas.

Se quitó el cinturón, dejando el consolador en el culo de Boab sénior. Él se sentía en paz, con los músculos distendidos, pero sujetando la vara de látex cómoda y seguramente. Se sentía lleno, completo y vivo.

Boab júnior estaba exhausto tras sus esfuerzos y se retiró hacia la pared otra vez. Doreen levantó el auricular.

—Hola, Cathy. ¿Cómo te va, cariño?... Estupendo... Papá está muy bien. ¿Cómo está el hombrecito?... ¡Ay, qué! Y Jimmy... Muy bien. Escucha, cariño, ahora mismo nos habíamos puesto a cenar. Te volveré a llamar dentro de media hora más o menos y charlaremos como es debido... Vale, cariño... Hasta lueguito.

La reacción de Doreen fue más rápida que la del agotado Boab. Recogió el Evening News mientras colgaba el auricular y se fue de un salto hacia la pared. Boab no vio el peligro hasta que el periódico enrollado viajaba como un rayo hacia él. Despegó, pero el periódico le pilló y le estrelló de rebote contra la pared a gran velocidad. Sintió un dolor atroz al resquebrajarse parte de su estructura esquelética externa.

—Te pillé, cochina —le espetó Doreen.

Boab intentó recuperar la capacidad de volar, pero fue inútil. Cayó sobre la moqueta, en el hueco que había entre la pared y el aparador. Su madre se puso de rodillas, pero no vio a Boab en la oscuridad.

—A la mierda, ya la cogeré con el aspirador más tarde. Esa mosca era más pesada que el pequeño Boab —sonrió, abrochándose el cinturón e impulsando el consolador más adentro del culo de Boab sénior.

Aquella noche, los Coyle fueron despertados por el ruido de los gemidos. Bajaron a tientas la escalera y hallaron a su hijo, maltrecho y ensangrentado, debajo del aparador del cuarto de estar, con terribles heridas.

Llamaron a una ambulancia, pero a Boab júnior se le había ido la vida. La causa de la muerte fueron heridas internas a gran escala, semejantes a las que padecería alguien que hubiese sufrido un terrible accidente automovilístico. Tenía todas las costillas rotas, así como las dos piernas y el brazo derecho. Presentaba fractura de cráneo. No había rastros de sangre y resultaba inconcebible que Boab hubiera podido arrastrarse hasta casa desde el lugar de un accidente o de una paliza tremenda en esas condiciones. Todo el mundo estaba perplejo.

Todos menos Kev, que empezó a beber mucho. Debido a este problema, Kev se distanció de Julie, su novia. Se rezagó en los pagos de la hipoteca de su piso. Iban a haber más despidos en la fábrica de productos electrónicos al norte de Edimburgo donde trabaja. Lo peor de todo para Kev es que está pasando una temporada de vacas flacas frente a la portería. Intenta consolarse recordando que a todos los delanteros les pasa periódicamente, pero sabe que su nivel ha bajado. Su posición como capitán, e incluso su lugar en la alineación del Star, ya no pueden considerarse inexpugnables. El Star no va a subir de división este año debido a una mala racha y el Muirhouse Albion les ha desbancado casi desdeñosamente en los cuartos de final del Trofeo Conmemorativo Tom Logan.