La Chimenea Ilusoria

Karla Nevarez

En una gélida Nochebuena Martin y Briselda rondaban los límites de un viejo barrio. Buscando el lugar donde pasar éstas cálidas fechas. Encontraron una linda casa llena de lucecitas bonitas en el techo, con un pino grande y frondoso bellamente decorado en su interior, una mesa maravillosa con las más finas vituallas vistas por sus ojos y una crepitante y cálida chimenea ardiendo.

Jugaron con los trenes, comieron las vituallas, decoraron aún más el árbol, cantaron y se quedaron dormidos en los pies de la chimenea. Cuando de repente un trineo se detuvo en la casa, el jinete se detuvo y contempló la misma; abrió la puerta y contempló la escena... el techo filtraba la luz de la luna por sus múltiples huecos, un arbusto cubierto de secas enredaderas, una mesa desvencijada cubierta de una rota vajilla llena de piedras frente a una yerma chimenea. Vio a dos niños abrazados con sus bocas conteniendo una gran piedra en su interior.

Estando profundamente dormidos, el jinete los cargó y los depositó en su trineo Ilevándolos consigo a su hogar. Una vez ahí, Briselda abrió los ojos y vio su derredor maravillada.

—¡Martín, Martín! ¡Despierta Martín! —exclamó la niña zarandeando a su hermano que se encontraba en una mullida y cálida cama.

Martín, abriendo los ojos no daba crédito a lo que sus ojos veían y Briselda volvió a expresar:

—¡Nuestro regalo de Navidad se ha cumplido, tenemos padre y casa!