La plazoleta del tigre

Edgardo Pesante

Ocurrió por primera vez un domingo a la caída del sol. Había salido a caminar por las calles del barrio, como lo hacía siempre esos días al atardecer, después de leer los diarios de Buenos Aires que compraba antes del almuerzo. Como de costumbre, meditaba acerca de algún artículo aparecido en las páginas literarias o sobre el comentario de tal o cual libro que no se decidiría a adquirir, aduciendo que últimamente los libros estaban demasiado caros.

Tenía a la vista, a unos cuarenta metros, la plazoleta de la Municipalidad. Como era invierno, resultaba escaso el bullicio que hacían los pájaros, pero se oía, porque las calles estaban desiertas y silenciosas. Lo vio avanzar hacia el gran árbol, como deslizándose, y luego saltar, con ágil movimiento. Era demasiado grande para ser un gato y su pelambre le pareció amarillenta con rayas o manchas negras. Era un tigre, aunque su presencia en el lugar resultaba tan inusitada que no resistió unos segundos de razonamiento. No podía ser. Seguramente había visto mal.

Se obligó a seguir avanzando, a pasar frente a la plazoleta. Al llegar a la esquina un ómnibus rojo, negro y azul cruzó lentamente. Traspuso la calle, observó con cuidado, desde la vereda de enfrente, pero no lo vio. La luz era escasa y su vista podía haberlo engañado. Además, estaba relativamente lejos cuando creyó ver al tigre. Resultaba gracioso, después de todo, una confusión bastante burda. Se cuidaría muy bien de comentarla en la oficina. Le tomarían el pelo. Al rato se encendieron las luces del alumbrado público. Como sintió frío, no caminó mucho más y emprendió el regreso.

Hacía más de treinta años que trabajaba en la Casa de Gobierno. Había tenido algunos engorrosos amoríos, pero nunca se casó. Vivía solo, en un par de habitaciones del frente de la que había sido casa de su familia. El resto se convirtió en modernos departamentos como consecuencia del juicio sucesorio. La fachada seguía siendo la misma de cuando él era un niño. Faltaba solamente el portón de la cochera, reemplazado por el acceso a los departamentos interiores. El frontis de lo que quedó de su casa aparecía carcomido por el transcurrir del tiempo y marcado por mal sofocadas pasiones políticas.

Siempre había soñado con abandonar su rutina de empleado público y trasladarse a las islas, afincarse allí, en medio del paisaje rústico. Aunque nunca lo había hecho, le encantaba la vida del pescador, del hombre que subsiste de su esfuerzo cotidiano en parajes desolados, en lucha constante con los elementos. No dejaba de reconocer la precariedad de esa existencia, las incomodidades, la miseria y los riesgos. Pero el primitivismo y la aventura lo atraían de la misma manera que rechazaba las costumbres burocráticas: fichar la tarjeta al entrar y al salir, hacer seguir su curso lento a los expedientes, tomar café, hacerse eco de los comentarios políticos, quejarse justamente de los bajos sueldos.

Las islas estaban ahí no más, del otro lado de la Costanera o un poco más allá. A medida que uno se internaba en el río, hacia el norte, aparecían las islas. Había recorrido esos lugares alguna vez, hacía muchos años, con unos amigos, en una lancha. Varias veces lo invitaron a regresar, inclusive a pasar un fin de semana en las islas. No se decidió, quizás porque le parecía poco una visita. Su aspiración, su deseo más profundo, era instalarse en las islas y afrontar todos los inconvenientes de la ruptura con su mundo habitual. Pero nunca lo hizo.

La segunda vez que creyó tropezar con el tigre fue en los baños del Ministerio. Era poco común que tuviera que trabajar por la tarde, fuera de horario. Pero al Director General se le ocurrió ordenar un trabajo urgente y su jefe le pidió que concurriera varias tardes seguidas a la oficina junto con otros empleados que, como él, no realizaban otra tarea al margen de la función pública. Le sorprendió observar, vacías y en silencio, oficinas y galerías que estaba acostumbrado a transitar por las mañanas, concurridas y bulliciosas. Al principio no le desagradó la novedad, pero más adelante, a los dos o tres días, quizá por efecto del cansancio producido por un trabajo más largo e intenso, sumado al hecho de que ya no era joven, esa soledad y esa falta de ruido lo deprimieron notablemente.

Fue entonces cuando vio al tigre, a lo lejos, en la semipenumbra del atardecer, penetrar sigiloso en los baños para caballeros. Se abstuvo esa ocasión de comprobar de cerca la veracidad de su visión, bajó las escaleras y se dirigió a hacer sus necesidades en los baños de Obras Públicas. La repetición del hecho lo inquietó sobremanera. Un hombre normal puede padecer una alucinación momentánea, ya sea por exceso de alcohol o cansancio físico. Pero si el hecho se repite, ese hombre deja de ser normal, o bien no se trata de una alucinación. No estaba tan loco como para creer que en la Casa de Gobierno podía haber un tigre, a menos que fuera verdadero el de la plazoleta y estuviese recorriendo impunemente la ciudad.

Por suerte no tuvo miedo, aunque sí se sintió algo inquieto. No comentó con nadie el asunto, pues temía que se rieran de él. Acaso por egoísmo, quiso gozar solitario de una situación tan singular. Después de almorzar, cuando regresaba a dormir la siesta, o por las noches, cuando volvía de la reunión del café o de hacer alguna visita, temía encontrar al tigre en su departamento. Le gustaba la aventura. Para defenderse de la posible agresión, optó por armarse permanentemente de un cuchillo, en realidad un puñal, que lo acompañaba en todo momento, cuando salía de la casa, ya fuera para ir al trabajo, de compras o de paseo. Cuando pasaba frente a la plazoleta, se acercaba a los baños del Ministerio o volvía al departamento, apoyaba su diestra sobre la empuñadura del arma, oculta bajo el saco.

Un día no quiso regresar a la vieja casa después del almuerzo, porque imaginó que esa vez encontraría al tigre. Tomó un ómnibus y se dirigió a la Costanera. Las aguas, en creciente, arrastraban camalotes. Recordó al tigre que sobre camalotes, en ocasión de una gran creciente, había llegado a la ciudad, hacía muchísimos años, y penetrado en el Convento de San Francisco, donde atacó y dio muerte a un fraile. Conocía la historia desde niño, pues se la habían contado en la escuela o en su casa. Quizás la había oído de labios de la abuela materna, que era muy afecta a las tradiciones y leyendas del pasado. Esa noche penetró con más cuidado que nunca en su departamento, prometiéndose comprar un revólver a la mañana siguiente.

Pero lo que hizo al otro día, en el negocio del armero, fue observar con marcado interés las escopetas y los rifles. No cabía duda de que se hallaba ante la gran oportunidad de salir de la rutina, no dando muerte a un tigre que, después de todo, bien podía ser nada más que una ilusión, un fantasma, sino aprovechando la ocasión para dejar la ciudad, romper con los hábitos cotidianos y refugiarse en las islas míticas. Estaba a las puertas de la vejez, no podía dejar de reconocerlo. Si no hacía realidad sus deseos cuanto antes, quizá luego fuera ya imposible.

Necesitaba huir del tigre. Enfrentarse con él —aunque no temía ese momento, hasta lo imaginaba repetidas veces, con optimismo juvenil— significaba un riesgo muy grande, no precisamente físico. En las islas, lo sabía muy bien, no había tigres. Terminó por comprar una escopeta y un rifle, con lo que consideró haber dado un paso fundamental en dirección al cambio que su vida le reclamaba.

Por unos días la sensación de toparse cara a cara con el tigre desapareció. Estaba tan contento con las armas de fuego que había adquirido, que la fiera estuvo a punto de borrarse de su pensamiento. Hasta abandonó, casi por una semana, el puñal que se había habituado a llevar permanentemente. En una de las paredes de su cuarto había colgado la escopeta y el rifle, que lucían magníficamente su calidad de elementos nuevos sobre el desvaído fondo de flores estampadas.

¿Y si el tigre hubiera sido solamente un gato? Pero la tregua, el período de indecisión, fue roto por nuevas apariciones del animal de pelambre amarillenta y rayas negras. Esta vez ya no creía verlo, advertirlo en lugares determinados, sino que su pensamiento era invadido de pronto por imágenes pobladas de ojos de tigre, saltos de tigre, garras de tigre, dientes de tigre. Se veía forzado a cambiar, a huir lo más pronto posible a las islas, si es que en verdad deseaba conservar la razón.

Ya no podía jugar más. Pero antes de presentar la solicitud de retiro de la función pública, planteó el caso ante sus amigos del café. Naturalmente que no habló del tigre. Les expresó a «los muchachos» —hombres de su edad, jubilados unos, otros pequeños rentistas, casados mal avenidos con su familia, viudos o solteros como él— su necesidad de partir, de cambiar de vida. Se rieron todos, uno a uno, y luego a coro. Mejor, pensó, hubiera resultado contarles lo del tigre. Acaso así lo hubieran comprendido. Antes que las risas prefería las burlas. ¿Serían capaces de burlarse? Quizás se asustaran también ellos del tigre.

La decisión estaba tomada. Su dialéctica era sencilla. Hombre libre y solo, haría realidad un sueño largamente acariciado. Deseaba vivir en contacto con la naturaleza. Para ello no precisaba alejarse demasiado. Se conformaba con las islas cercanas, a las cuales se podía llegar con toda facilidad. Tenía ánimo suficiente como para adaptarse a la nueva vida. Y, en el fondo, la romántica e ingenua esperanza de hallar la compañera que no supo o no pudo encontrar a lo largo de su existencia.

Cuando se enteraron de su propósito en la oficina, los empleados más jóvenes hasta llegaron a palmearlo. Es cierto que podía pensarse en un interés por la vacante que dejaba, pero le resultó grato recibir tantas felicitaciones. Se puso en contacto con gente que frecuentaba las islas los fines de semana, en busca de asesoramiento. Éstos, en realidad, no lo escucharon con excesivo entusiasmo. Inclusive le pareció adivinar cierta envidia de parte de esos hombres que sólo pasaban uno o dos días de cada siete en el paraíso. Él viviría, en lo sucesivo, permanentemente en las islas.

Es verdad que tendría que aprender muchas cosas. Romper con los hábitos que a una edad como la suya requeriría todo su esfuerzo. Pero estaba dispuesto. Renunciaría a las visitas a ciertas señoras, a las charlas y silencios de la mesa de café, a la lectura de los diarios. Tenía unos ahorros que invertiría totalmente y con gusto en la aventura. A sus años, la aventura era un lujo, casi un imposible. Se sentía feliz. Si era necesario vendería su casa, ese resto de casa que le había quedado.

Regresaba muy contento el día que presentó al jefe la hoja de cesación en el cargo. Por última vez había fichado la salida. Ya no ficharía otra entrada. Caminaba hacia su casa, después de almorzar más frugalmente que de costumbre. Las torres de Santo Domingo habían quedado a sus espaldas. Debía pasar frente a la plazoleta del tigre. Al llegar a la esquina, un ómnibus rojo, negro y azul cruzó lentamente. Traspuso la calle y observó con cuidado, pero nada vio. Después de caminar unos cuarenta metros, se dio vuelta. La luz era intensa. Al ajetreo del mediodía lo sucedía la calma de la siesta. Siguió caminando. Fue entonces cuando notó que el tigre, sumiso, trotaba a su lado, junto a la pared.

Apuró el paso, pues tenía urgencia en llegar cuanto antes a su casa, para ponerse de inmediato a la tarea de preparar su ligero equipaje. El pasado había quedado definitivamente atrás. Con el tigre llegarían a ser, sin ninguna duda, muy buenos amigos. A las islas las tenía al alcance de la mano.