La sinecura de don Cristino

Mateo Booz

I.

De la mensajería descendió un viajero enjuto de carnes y quebrado de color. Era don Cristino ojeda —galera verde y duro cuello de palomita— procurador titular de los Tribunales de Santa Fe. Venía a ese pueblo del departamento Las Colonias con un nombramiento de juez de paz. El mes anterior, una delegación de comarcanos representativos fue al Cabildo de la Capital para exponer una aspiración común: que se proveyera el Juzgado de Paz, vacante, por defunción, desde hacía mucho tiempo. Y el gobernador había prestado oídos a la demanda.

El nuevo funcionario lucía el talante de un profesional familiarizado con el papel de barba y las leyes procesales. El tornasol de sus mangas y los rastros de tinta de sus dedos delataban su amor a las sedentarias tareas del plumífero. Realizaba un tipo diferente al de su antecesor, don Guillermo Henzi, un suizo que cayó muerto con un «medio litro» en la diestra. Don Guillermo, no obstante ignorar las normas judiciales, otorgaba con seguro instinto la razón a quien la merecía.

No hubo quejas de aquel juez en extremo francote y rústico e insaciable consumidor de cerveza. Pero, sin duda, los asuntos se despacharían ahora con más formalidad y más ciencia. Era lo menester para una localidad que ya reunía mil doscientas almas y contaba con un molino harinero, dos poderosas firmas acopiadoras de granos, un stand de tiro ganador de trofeos provinciales y, en sus contornos, dilatadas sembraduras de trigo y lino.

Don Cristino, al tomar posesión de su oficina, extrajo del revoltijo de la valija un pringoso ejemplar del Código de Procedimientos Civiles, otro pringoso ejemplar de Leyes Usuales, un rimero de carátulas, un carretel de hilo y una aguja de coser expedientes. Los testigos de la operación —tres espectables vecinos de la villa— inventariaron mentalmente los útiles de labor del nuevo funcionario.

—¿Y el archivo? —indagó don Cristino.

Los presentes debieron confesar, abochornados, que el extinto don Guillermo Henzi resolvía los pleitos sin papeles ni libros, a tal punto que no compró jamás un frasco de tinta.

Compuso don Cristino un gesto de sorpresa y, a continuación, con una sonrisa de indiscutible superioridad, exclamó:

—¡Justicia primitiva!

—En efecto —corroboraron los otros.

II.

Acudió don Cristino a saludar al Alto Comercio y personas conspicuas de la localidad. El nuevo juez, de modales graves y palabras escogidas, produjo inmejorable impresión. Cumpliría él apostólicamente —así lo dijo— las tareas que se dignaba encomendarle el Superior Gobierno; y reclamó para ese fin el concurso de todos los pioneers de la comarca. Encontró también coyuntura para citar las Pandectas y las Leyes de indias. Se patentizaba su vasta instrucción. Alguien, empero, hizo notar una deficiencia: don Cristino no conocía ni una papa de alemán, y el cincuenta por ciento de los moradores de la villa eran suizos alemanes y el otro cincuenta por ciento descendientes de suizos alemanes. Mas debía también admitirse que estaban todos obligados a entenderse con el idioma del país.

Finalmente don Cristino, acompañado por nutrido séquito de comerciantes corpulentos, rojizos, esquilados, fue a recalar a la cervecería de Wagner, espacioso salón con una chimenea de campana al fondo y en las paredes cornamentas cervales, armas de guerra y oleografías de batallas pomposas. Tras el mostrador, dos orondas muchachas de cachetes purpúreos trasegaban la cerveza y aliñaban los sandwichs de picantes condumios. De la anexa cancha de bolos llegaba el retumbo de los palitroques, y de rato en rato asomaba algún jugador, sudoroso y en mangas de camisa, empuñando un jarro de alegorías tudescas.

Pimpló don Cristino un raudal de Pilsen —llevaba estibados no menos de diez felpudos— y se apipó de salchichas de sabor excitante. El recio lastre estimuló su verba. Ahora discurría sobre los políticos de Santa Fe. Algunas de sus anécdotas comprobaron el honroso concepto que los aludidos políticos tenían de Cristino ojeda. Para don Cristino el gobernador Bayo era don Servando, el gobernador iriondo don Simón, el gobernador Gálvez José a secas. Al general Roca también lo mentó con su solo nombre de pila: Julio Argentino. No cabía duda: don Cristino era un caballero ampliamente relacionado.

—Yo—declaró después— he venido a esta villa a ruego del gobernador, mi amigo, y a título de deber patriótico. El gobernador —me tuteo con él— desea que se implante en la campaña una ordenada administración de justicia; y todos los profesionales de buena ética nos sentimos obligados a secundarlo. De otro modo no aceptaría yo un Juzgado de Paz. En los Tribunales de Santa Fe me llueven los asuntos de gran calibre jurídico, más en lo contencioso que en jurisdicción voluntaria. Dirigí recientemente una litis muy complicada sobre un caso de interdicto posesorio. Mi tesis creó jurisprudencia. Se la explicaré a ustedes.

Don Cristino se la explicó. Los oyentes, ansiosos de enterarse, pusieron a contribución los cinco sentidos. Mas poco expertos en el léxico de los juristas, quedaron en ayunas. Lo cual no impidió que, mirándose a las caras y balanceando las bochas, se dijeran tácitamente:

—¡Lo que sabe este señor!

Después de recibir innúmeros agasajos y ya madura la noche, don Cristino se desvistió y tendió los huesos en el catre. La llama de la vela ardía inmóvil en la palmatoria de latón. A favor de esa luz paseó los ojos y una uña de luto por las páginas de un «Presupuesto de Gastos y Recursos de la Provincia de Santa Fe».

Leyó: «gobernador 600mensuales…ministrodeGobierno450… vocal del Superior Tribunal de Justicia »áó«350».Másadelantedescubrióloquebuscaba:«juezdepaz50 mensuales». Don Cristino, desde el borde de la cobija sonrió, mefistofélico. Y caviló: muy pavo sería el juez de paz de una zona tan rica y poblada de gringos bonachones y mansos como bueyes, si no medrara tanto o más que el gobernador de la Provincia en el Cabildo. ¡Cristino ojeda pelecharía!

Mató de un soplo la bujía y se durmió plácidamente.

III.

A juez de tanto cacumen valía la pena someterle todas las diferencias, inclusive las que ordinariamente arreglaban los vecinos sin intervención de terceros.

En procura de las luces de don Cristino se trabaron numerosas querellas. Don Cristino llenaba incansablemente páginas y más páginas con testimonios, providencias y detallada descripción de vistas oculares. Los pleitistas observaban el asombroso inflamiento de las actuaciones. De los espesos cuadernillos manarían la doctrina jurídica y la apetecida verdad. ¡Qué distancia de estas normas forenses y legales a las normas rudimentarias del finado don Guillermo Henzi!

Para seguridad de los bienes discutidos, don Cristino determinaba invariablemente que las cosas muebles se depositaran en el Juzgado. Contiguo al Juzgado existía un espacioso terreno baldío. Ese solar se pobló rápidamente de cerdos, conejos, aves de corral, vacas lecheras… Reinaba allí la promiscuidad del arca de Noé. Naturalmente, la manutención de los animales domésticos, la custodia de los cachivaches litigiosos que llenaban el antedespacho, los servicios de un intérprete y el consumo de papel, tinta, hilo implicaban gastos múltiples.

Al paso que llenaba nuevas fojas con su excelente caligrafía, iba acreciendo la cuenta de costas de actor y demandado. Para el trámite regular de los juicios, esas costas debían solventarse anticipadamente. Tuvo otra innovación interesante, basada en antecedentes que adujo de países europeos: imponer una cuota moderada a cada miembro del Alto Comercio local para el sostenimiento de una justicia buena y barata.

—En Suiza —arguyó don Jorge Delinzinger, fabricante de quesos, al oblar su cuota— nunca vi que el vecindario pagara por suscripción el trabajo del juez.

Don Cristino replicó, amoscado y displicente, a la importuna objeción:

—Tal vez en su país no rijan esas costumbres. Pero esas costumbres tienen sus raíces en el Derecho Romano y creo también, aunque tengo mis dudas, que en el Derecho Canónico.

Don Cristino se retiró con dignidad. Don Jorge Delinzinger quedó un instante pensativo, frotó con el pañuelo los anteojos de armadura de níquel y después se rascó enérgicamente el rapado occipucio.

IV.

Por esos días festejose un aniversario más de la confederación helvética. En el stand de tiro al blanco hubo un certamen y en la cervecería de Wagner una copiosa comilona. Don Cristino participó de esos actos. En el stand, mareado por el estampido de la fusilería, felicitó con palabras selectas a los vencedores, y en la cervecería pronunció un discurso muy adecuado con la respectiva alusión a Guillermo Tell y al niño de la manzana. Hasta cantó a su manera en el orfeón alemán, mezclando su voz a la de quienes, frente a los jarros, añoraban las glorias y la poesía de los cantones suizos. Y también a su manera disparó los bolos en la cancha anexa al salón.

Acudieron gentes de otros distritos para asistir sobre todo al certamen de tiro. Eran en su casi totalidad suizos alemanes más o menos acriollados. Esos forasteros trajeron a la villa los primeros rumores de una probable revolución.

En Esperanza se alistaban sigilosamente grupos de tiradores suizos para derrocar a las autoridades provinciales.

Tales rumores los rechazó don Cristino con un gesto de profunda incredulidad.

—¡Bah! No entienden un comino de política —sentenció—. En Santa Fe, a lo largo y a lo ancho, todo el mundo es oficialista a rajatabla. No hay quien le tosa fuerte al gobernador. Yo lo aseguro.

otro de los forasteros, que regenteó una lomillería en la Capital de la Provincia, preguntó, extrañado, al quesero Delinzinger:

—¿Qué hace por aquí ese Cristino ojeda?

—Es el nuevo juez de paz.

—¡Buena liendre! —susurró.

—Amigo íntimo del gobernador; hombre preparado y fino de modales —aseveró el señor Delinzinger.

—¡Psch! No crean a sus dichos, y abran mucho el ojo. Es un sabandija. Lo nombran juez de paz… ¡Después sorprenderán las revoluciones!

V.

El juez de paz dictó los primeros fallos. Esos fallos narraban por lo menudo las incidencias del juicio y exponían una abrumadora porción de doctrina jurídica.

Comúnmente daba la razón, en apropiada medida, a las dos partes. Era generoso en dar la razón. Pero no daba más.

Dos cerdos bien cebados, cuya pertenencia se disputaban ahincadamente unos chacareros del distrito, fueron, bajo la golosa vigilancia de don Cristino, diestramente faenados. Salchichas, salames, morcillas, jamones pendían ahora de las vigas del despacho. Uno de los chacareros no se conformó con la razón; quiso también los chanchos. Don Cristino, remontando los brazos y bajando la mandíbula, debió rechazar la audaz pretensión:

—¡Las costas causídicas!

La frase encerraba sin duda un poder mágico; los reclamantes, al oiría, dilataban los ojos, articulaban luego un ¡ah! y se iban con vagas señas de aturdimiento.

La repetición del caso reveló poco a poco al vecindario una regla de procedimiento: cuanto objeto, fungible o no fungible, se ponía al alcance del industrioso juez de paz, perdíase irremediablemente para sus dueños por virtud de las dichosas costas causídicas.

Y empezó la murmuración que en las poblaciones descontentadizas despierta la conducta de sus funcionarios oficiales. Don Cristino ojeda atesoraba mucha ciencia y gastaba muchas hojas de papel. Y paralelamente acusaba una inexorable voracidad. ¡Cuán preferibles eran —ahora bien lo veían— los métodos iletrados y anacrónicos de don Guillermo Henzi!

En el stand de tiro, en la cancha de bolos, en la cervecería de Wagner se fue condensando la oposición contra el juez de paz, sin que don Cristino, siempre optimista, concediera al suceso la más mínima importancia. Don Cristino se advertía muy a sus anchas. Engordaba a ojos vistas. Su mesa le brindaba las más apetitosas carnes comestibles, gracias al bien abastecido corral anexo. Además, evidentemente, podría amañar suculentas economías. Les conocía la cara a la miseria y al hambre para incurrir ahora en tontas imprevisiones.

Entretanto, elaborada la conjuración, se decidió pedir por escrito, al Ejecutivo, la exoneración del juez de paz. La nota fue firmada en la quesería de Delinzinger y expedida a Santa Fe con la primera mensajería.

Pero el Cabildo no contestó.

VI.

Cierta noche don Cristino ojeda echose a caminar pausadamente para digerir un atracón de matambre adobado. En lo alto fulgía un frágil cacho de luna. Las viviendas estaban calladas y la calle vacía. Llegaba un remoto ladrar de perros y, más cercano, el cántico de los orfeonistas de la cervecería de Wagner.

ideas venturosas acariciaba don Cristino. Fue macanudo acierto haber gestionado y conseguido esa sinecura por intercesión del tape Gauna, caudillo de los mataderos municipales. ¡Buena muñeca el tape Gauna!… Aquella tierra era una Jauja; y de allí no lo sacaban a él a dos tirones o dejaba de llamarse Cristino ojeda. Malditas las ganas que tenía de reintegrarse a las tertulias de colegas suyos, en el boliche frontero a los Tribunales de Santa Fe. Aquellos negocios estaban muy alambicados.

Un carro de pasto volcaba sobre la vereda una mancha más espesa de obscuridad. En el lado opuesto brillaba, entre vidrios turbios, un mechero de aceite.

Don Cristino entró, sin mudar el paso ni el orden de sus meditaciones, en la zona umbrátil. Y de súbito, se vio rodeado de una cuadrilla de individuos que hablaban en alemán y le echaban encima unas manos vigorosas.

—¡No hay derecho! —tartajeó don Cristino, procurando zafarse—. Me confunden. Soy el juez de paz. Desacatan al Poder Judicial.

El trance era imprevisto y serio. Una garra le aferró el cogote y un trapo enérgicamente ceñido a la boca lo privó de todo medio discursivo. Una soga, enroscada al cuerpo, lo paralizó. Cayole por la cabeza un capirote de lona que lo sumió en profunda lobreguez. A los pocos minutos lo levantaban en vilo y arrojaban sobre una blandura crujiente. Y durante largas horas lo acunó un constante balanceo.

VII.

Aquella mañana, el centinela del Cabildo de Santa Fe descubrió en el umbral un envoltorio sospechoso, que manos ignoradas habían depositado allí. El envoltorio fue conducido cuidadosamente al interior. Y, en presencia del gobernador y del jefe de policía, dos milicos procedieron a desliar la misteriosa encomienda.

De la encomienda surgió, como una momia egipcia, don Cristino ojeda. Prendido a la solapa del saco mostraba, con letras góticas, un lacónico mensaje: «Señor gobernador: Le devolvemos su juez de paz».

Don Cristino se alzó del suelo, se sacudió el polvo y, desabollando la galera, dijo:

—En mi persona han ofendido a Su Excelencia. Y la ofensa reclama un escarmiento ejemplar.

El gobernador, batiéndose una mano con la cartulina del mensaje, reflexionó y dispuso:

—Tal vez tengan razón los colonos. Pasen este sujeto al cuerpo de guardia, en calidad de detenido.

Y trincado por los dos milicos, don Cristino ojeda marchó a lo largo de la galería del Cabildo.

Solo tuvo una amarga y melancólica protesta:

—¡Esto nos pasa a los criollos!