Las Ciudades y los Hombres

José Alvarado

Hay ciudades tristes y aun tiempo bellas; ciudades grises amadas por hombres de alma clara; ciudades sucias que ríen con su miseria. Y horrendas ciudades alegres. También hay hombres con odio a las ciudades. No son campesinos, ni vinieron nunca de aldea o pequeño burgo. Nacieron sobre algún segundo piso; han crecido entre escaleras, sótanos, aparadores y avenidas. Conocieron desde niños olores de mueblería y perfumes de gran almacén de ropa y variedades.

Jugaron en césped de inmenso jardín público y poco ignoran acerca de mujeres con mala conducta. Los vio la noche bajo su multitud de lámparas. Han dormido en hoteles innobles y alguna tarde vieron hilera de chopos cubiertos de luz en la orilla de una banqueta. Viajan en automóvil, tranvía, ómnibus. Acuden a cafés; dialogan en tabernas. No han salido jamás de su ciudad, pero la odian. Y si fueran a otra, la odiarían igual.

Y no, no sufren hambre ni sienten soledad. No les huyen labios de mujer, ni les niega sonrisa el comerciante. Poseen alcoba cálida y camisa limpia. Nunca se suicidarán.

Hay, en cambio, otros hombres. Han comido, a deshoras, un pedazo de pan en la calle. Caminaron en vano mucho tiempo por vías oscuras; sintieron sed sin encontrar mujer, ni sombra, ni amigo, ni vino. Muchas veces solos en medio de alegre y ciega multitud. Oyeron palabras amargas; su descanso fue en sórdidos lechos y se les pudo ver a las puertas de un hospital.

Y, sin embargo, aman la ciudad.

La recorren lentamente.

Cruzan jardines, penetran en barrios. Una mirada a un patio, otra sobre un árbol viudo en acera de calle abandonada; otra más en muro lleno de cicatrices, un rótulo viejo o vestíbulo triste de teatro en derrota. Aquí una breve plaza los emociona; allá un portal empobrecido. Aman a la ciudad y, lejos, la recuerdan. A veces, en sus calles, la sueñan, la embellecen dentro de sus ojos y lloran en secreto lo que ella se muere.

¿Por qué?