Las olas contra la orilla

Gerardo Martín Noseda

Los dos soldados evaluaron a las apuradas por donde bajar sin romperse un brazo o una pierna. Decidieron ir hacia el extremo norte de la barranca, muy cerca de la cantera donde se extraía la cal de las curtiembres. Como sospechaban, el lugar estaba vacío: el insoportable calor impedía el trabajo a esa hora de la siesta, aunque ello no evitaba el ser perseguidos por otros como ellos, otros que sentían muy próximos.

Al fin dejaban atrás la Villa del Paraná, ese deprimente rejunte de chozas de adobe y paja estrangulado por la pobreza. Al fin dejaban atrás las milicias de ese obsecuente interesado de Hereñú. Al fin se liberaban del ejército de ese atrevido de Artigas, que con su decisión de integrar a los indios a las filas desafiaba el orden natural.

Casi cinco años habían transcurrido desde la destitución de Cisneros y ese primer intento de liberarse del yugo español llamado Primera Junta. Las consecuencias no fueron las esperadas y hoy toda la región se hallaba envuelta en guerras internas, las mismas que en ese momento les garantizaban algo de alimento.

Tampoco eran unos santos. Se les habían perdonado sus crímenes a cambio de defender la causa de los pueblos Libres. Pero en sus planes no estaba el compartir la lucha con los nativos. Ellos dos, criollos puros, dispuestos a dar su vida por una América civilizada en la que los hijos de europeos tuvieran los privilegios que les correspondían.

Ambos decidieron que la mejor solución era desertar y huir a Santa Fe, pero había un inconveniente. Debían superar el bravo río Paraná. Y sobrevivir al calor. El infernal calor.

La suerte estaba de su lado. En un sector aislado de la Bajada distinguieron un bote atado a un tronco. Hacia allí encararon el descenso, que no estuvo privado de momentos peligrosos y duros golpes. Ochenta metros casi en caída libre, difíciles de franquear aun con la ayuda de la vegetación espesa.

El soldado alto, de barba canosa, llegó solo con raspones sangrantes pero entero. Peor la pasó el otro, el más joven, apenas un adolescente al que el uniforme le quedaba grande y cuya tela se enredó entre sus piernas. Rodó el último tramo, dislocándose el hombro. Los gritos desesperaron a su compañero, que de un brusco golpe le acomodó la coyuntura. Lo dejó sollozando, al borde del río.

Se tomó entonces un segundo para evaluar la situación. El Paraná corría raudo, encegueciéndolo como consecuencia del reflejo del sol. No oía aves ni distinguía peces saltando, escondidos seguramente del aire irrespirable. Solo se escuchaba el correr del agua y el golpeteo de las olas contra la orilla, de una sonoridad parecida al entrechocar de un par de huesos desnudos.

Ayudó al joven a subir al bote y desató el nudo. Justo cuando encaraban la corriente sintió una explosión desde lo alto, y el disparo arrancando parte de la orilla. Librado ya a la suerte del río, miró hacia atrás. A pesar de la intensa luminosidad de la tarde, distinguió las dos siluetas azules y rojas en lo alto de la barranca. Uno masticaba algo. Supuso que estaba abriendo el cartucho con los dientes para echar la pólvora en el fusil. El otro peleaba con su arma, retobada por gracia divina. Para su sorpresa, no volvieron a disparar.

¡Qué falta le hacía su propio fusil! Lamentó haberlo perdido durante la huída, tras uno de los tantos tropiezos desafortunados. Pensaba en ello mientras se arrancaba la casaca empapada de sudor. Hizo lo mismo con la del joven, que se tomaba el hombro pero que ya no lloriqueaba. Trató de darle ánimo diciéndole que estaban rumbo a Santa Fe, pero el muchacho se encontraba bajo los efectos del fiero calor. Apenas podía mantener los ojos abiertos. No paraba de boquear.

El soldado de barba canosa trató de divisar las islas aplastadas al frente, pero las gotas de sudor entraban por sus ojos y le nublaban la visión. También el extremo calor le hacía ver cosas que no estaban allí. Manchas oscuras que parecían flotar justo delante y que desaparecían cuando las tenía al alcance de la mano. O borrosas formas de colores que se movían de un lado para el otro, como islotes vivientes consumidos por verdes llamaradas. Se acomodó el morrión varias veces, aunque ninguna posición lo conformaba. Los rayos parecían atravesarlo sin dificultad. Era como si estuviera a cabeza pelada.

Metió la mano en el agua y se mojó el rostro. Hizo lo mismo con la cabeza del joven moribundo. Hervían. El agua y la cabeza del muchacho. Volvió a meter la mano, y una cosa puntiaguda le pinchó los dedos. La sacó de golpe, soltando un grito. Se asomó por el costado del bote y observó un burbujeo anormal. Pensó que deliraba por la insolación. Sin embargo insistió, y esta vez recibió varias mordidas pequeñas. No soñaba. El bote estaba rodeado de peces, muchísimos peces alborotados. Sábalos, dorados, bagres que golpeaban contra la madera, empujándolos hacia un sitio específico del río.

Se desesperó al notar que los peces embestían con más fiereza, sin importarles el dolor o la posibilidad de acabar heridos de muerte.

El bote volcó en el centro del Paraná. El agua envolvió al soldado, quemándole las heridas sangrantes. Los peces habían desaparecido. Se sujetó de una rama a la deriva, esperando no encontrar una víbora enrollada en ella.

Tragó agua. Pudo escupirla antes de que llegara a sus pulmones. Cuando levantó la cabeza, observó a su joven compañero sacudiendo los brazos con desesperación, a unos diez metros de distancia. Lo lamentó por él, nada podía hacer en esas circunstancias más que salvarse a sí mismo.

Y de repente, mientras se compadecía del muchacho, vio salir del agua un brazo pequeño, oscuro, como el de un niño. Luego salió otro, y otro, y otro, sujetando el cuerpo del joven. Los dedos de esas manos estaban unidos por membranas, como las de los patos. Antes de que pudiera gritar una advertencia, sumergieron al muchacho. Ya no lo volvió a ver.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué monstruosas imágenes le ponía el calor en su cabeza?

La corriente lo arrastró hacia el sur. Allí volvió a ver más sombras surgiendo del agua. Dudó, porque la resplandeciente superficie le hacía entrecerrar los ojos. Cuando escuchó los mugidos el corazón se le aceleró. Eso no era ninguna alucinación. Se dirigía hacia a un arreo. Su salvación.

Eran como treinta o cuarenta vacas nadando asustadas, al borde de la asfixia. A medida que se acercaba notó algo fuera de lugar. El agua bullía alrededor de los animales. Estaban lastimados, el cuero arrancado por pequeños mordiscos. No había caballos. Tampoco troperos. Solo este pequeño grupo desesperado, perdido, buscando tierra firme.

Nadó hacia la vaca más cercana, intentando agarrarse de la cola. Los peces alborotados le golpeaban el cuerpo, mordían aquí y allá, donde el uniforme no lo protegía. Dio manotazos y patadas esperando ahuyentarlos, pero se alejaban un poco y volvían a arremeter con más fuerza.

Escuchó algo saliendo del agua pero no le prestó atención, tan desesperado estaba por sacarse de encima a los peces. Solo cuando notó un cuerpo tapándole el sol, miró hacia adelante.

Le sonreía, o eso le pareció. Estaba acuclillado sobre el lomo de la vaca, mirándolo fijo. Al principio pensó que se trataba de un niño negro, totalmente desnudo. Pero cuando se acostumbró al resplandor, distinguió los detalles. La piel oscura y aceitosa brillando al sol, la cabeza calva, la boca ancha, llena de dientes en serrucho. Y ese ojo, ese único ojo amarillo que no parpadeaba nunca.

La explosión se escuchó con claridad. El disparo del fusil le dio al soldado en la cabeza, haciéndola estallar en cientos de pedazos húmedos. No en vano habían mandado a dos de los mejores hombres para recapturarlos. El tiro, más que buscar cumplir una misión, parecía un último acto de piedad.

La criatura volvió la cabeza hacia los dos hombres, de pie en la orilla desde donde había partido el bote. Lanzando un chillido de furia se hundió en las aguas, arrastrando lo que quedaba de su botín.

Los soldados se santiguaron y comenzaron a trepar la barranca, convencidos de callar lo que habían visto. El animado canto de una calandria anunciaba que las aguas volvían a ser seguras.

En el fondo del río, protegidos de la corriente por las ruinas de un antiguo muro, y rodeados por una cortina de algas apenas iluminadas por el sol, los negritos merendaron complacidos. Había sido una buena tarde, teniendo en cuenta que el alimento no acostumbraba a salir durante jornadas tan calurosas.

Las criaturas, hoy recluidas en los últimos ríos salvajes del norte, arrancaron la piel de los cadáveres y se la arrojaron a los peces. A ellas solo les interesaban los huesos y el dulce néctar interior. Con esos dos tendrían para varios días.

Ya llegaría el momento de volver a cazar. De salir a la superficie y reunir al grupo, haciendo chocar entre sí los huesos sobrantes.

Un sonido que la gente de tierra adentro solía confundir con el golpeteo de las olas contra la orilla.