Los rulos

Felipe Justo Cervera

Esta es la simple, solariega historia, de cómo a la temprana edad de cinco años perdí mis rulos; rulos que, probablemente, eran orgullo de mi madre y quizás, y por qué no, también el mío. Es, asimismo, el más antiguo recuerdo que conservo de mi niñez, junto con aquél del palo de yerba encendido, incinerando una verruga de mi mano izquierda, marca que (con su forma de diente de maíz, esfumándose ya sobre la piel que envejece) aún conservo pese al tiempo transcurrido; y el del indio Lucas, arrugado, eterno, prendiendo su pipa con ardiente brasa, sostenida impasible entre los dedos desnudos; y el de doña Ventura, aterradora hechicera de yuyos y emplastos ignotos, en su rancho volandero junto al enorme corral de las vacas, donde en junio mi padre materializaba la yerra.

Vivíamos entonces en Cacique Ariacaiquín, distrito del departamento San Javier, agreste tierra querida encerrada entre los apacibles arroyos Saladillo Dulce y Saladillo Amargo; este último límite entre nuestro campo y el de la Compañía, temida e inconmensurable estancia de los ingleses, cuyos hombres, siempre armados con revólver y Winchester, solíamos ver pasar en ronda, cuando íbamos al arroyo a chapotear.

Recóndito cielo azul; redondas nubes plomizas, desplazándose perpetuas hacia el sur (sólo hacia el sur; siempre hacia el sur); bullanguero estero de tuyangos, garzas, viejas del agua y yacarés; inolvidable caballo Isaú; machorras tierras blancas; discurseadores gorriones del amanecer, arulladoras torcazas del atardecer; chañares, aromos y algarrobos; espartillos y tacurúes en el escarpado declive hacia el Saladillo Amargo, arman el contorno y la esencia del paisaje que recuerdo con cariño y nitidez de aquel lugar (recuerdo que brota cada día más punzante, como si la sazón de memoria comenzara a agotarse, a regresar circular y secreta hacia el secular origen y principio de las cosas, a la incógnita raíz y terminal de vida y muerte de los seres y las cosas), cual si mi infancia perviviera todavía ahí, inmodificada ahí, reconstruyendo vagabundas huellas de dorados tiempos. Como si ese mundo-infancia reviviera hoy, pudiera revivir aquí hoy (remendados pantalones cortos, venturosos pies descalzos), colándose en nostalgia de circunstancias idas que no retornarán, que no pueden retornar (que sin embargo vuelven; renacen; siguen llamando, golpeando papá, golpeando mamá), filtrándose en recuerdos, en la volanta, como ese día ayer, jóvenes ellos aún, idos ellos hoy, yacentes en sus tumbas hoy, volviendo en memoria de cuerpos que ya no pisan la secreta tierra prometida. Sólo el recuerdo, irracional y cierto, en incesante regreso a momentos sin par: antiguos aromas de profundos guisos, paraisales de siestas tintineantes, olorosas lámparas a kerosén, tizones de cocina a leña humectando sabor, amarillas velas de oscuros dormitorios, luminoso azul de cielo, perpetuas nubes mías, sol, verano, calor.

Verano. Pareciera que en mi niñez no hubieran existido inviernos. Aquel mundo es sólo memoria de un calcinante sol de iguanas marchitando plantas de esa tierra difícil, donde a veces la lluvia torrencial convertía el camino que llevaba hasta la casa de mi amigo-enemigo Héctor (Héctor Ocampo, vos hoy también ido, también lejano y yerto) en extendido campo barroso, donde chapotear, jugar, y dejar las marcas de los pies; o en improvisado río-primavera, vibrante de eléctricos renacuajos.

Fue una niñez hermosa. Pobre en objetos, mas rebosante de luz. En ella ese drama de mis rulos. Ese pequeño, pero inomitible drama, con el cual recupero tus manos, mamá.

Al oeste de Cacique Ariacaiquín, pasando el Saladillo Amargo, asienta Marcelino Escalada. En ese tiempo, en aquella pretérita, perdida y arqueológica comarca nuestra, todo parecía muy lejano. Y así lo era. Para nuestras mentes infantiles Escalada constituía lo ignoto, lo geográfico inalcanzable. Un viaje a Escalada era la aventura: cruzar el monte, atravesar el bañado, vadear el arroyo por algún paso posible, hender por ignoradas sendas.

Un día, como muy de tarde en tarde lo hacían, nuestros padres peregrinaron a Escalada. Quedamos huérfanos: mi hermano Ramón y yo; los peones, mi hermano y yo. Día de total libertad; mas, también interminable en la espera del regreso de la volanta que, en madrugada de sueño, había partido. Así fue como, ansiosos, escapando a una inexistente vigilancia de los peones, a media tarde salimos a esperarlos, tan lejos como fueran capaces de llevarnos nuestras cortas pero emprendedoras piernas.

En nuestra vehemencia no respetamos el camino. Para acortar distancia caminamos a campo traviesa, abriéndonos paso, esperanzados y alegres, imprevisores y alegres, entre enormes plantas de abrojo macho, que en temporada estival, en esa tierra que no sabía del arado, imperaban abundantes.

Fue el destino. Mi hermano, ya en el primer grado de la escuela, usaba el cabello rapado. Yo, en cambio, lucía una larga cabellera, con rulos cayendo sobre los hombros; probablemente la moda de la época en aquel remoto Cacique Ariacaiquín. Los frutos de los abrojos, dotados de punzantes espinas marrones, prendieron precisos, implacables y posesivos, de nuestra ropa, y de mi cabellera. A costa de dolorosos pinchazos era posible sacarlos de la ropa. Mas mi cabeza enrulada era una masa informe. Al término, llegados al borde de ese monte tan alejado de nuestra casa, quedamos junto al camino. Agotados. Sedientos. Desesperanzados.

Cercana la puesta del sol asomó a lo lejos, enmarcada en el horizonte, la volanta. Y nosotros, tras haber completado una odisea para brindarles la sorpresa del reencuentro inesperado, sólo atinamos a escondernos entre los tupidos yuyos, temerosos del castigo presentido inexorable, dejando pasar el carruaje que, al trote ansioso de los sudados caballos, se alejó grácil, espesa nube de polvo levantándose hacia el silente cielo del atardecer.

A pie hicimos el torturante regreso.

Descendió umbroso el crepúsculo sobre los campos. Allá, en la casa, cimbró el pensamiento paterno ante nuestra ausencia, sopesando los peligros: el profundo pozo del balde volcador; el estero; los hambrientos perros cimarrones; las temibles yararáes, que en época estival atacan con ferocidad de muerte al desprevenido que pasa junto a ellas; el monte. Lamentablemente sólo era el abrojal; apenas el abrojal.

Así fue como –sólidos chirlos, afilada tijera– en aquel hermoso e ineludible anochecer de verano del arcaico Cacique Ariacaiquín, del hoy distante y añorado Cacique Ariacaiquín, perdí mis rulos.