México en una Nuez (fragmento)

Alfonso Reyes

La noche del 15 de septiembre de 1810, el Cura del pueblo de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, convocó a sus feligreses a toque de campana y se lanzó a la lucha contra el régimen español y en pro de la independencia nacional. De aquellos vecinos amotinados, de aquel montón de hombres empujados por una fiebre divina, mal armados con picos y hachas —cada uno como podía y con los instrumentos del azar—, surge el primer gran ejército de la independencia; ejército que llegará a ser formidable, y que sólo se detendrá en el Cerro de las Cruces, ante quién sabe qué fuerzas o qué consideraciones misteriosas y ya a punto de caer sobre la ciudad de México, donde parece que tenía seguro el triunfo. A la majestad de la Historia no siempre conviene el que los grandes conflictos encuentren soluciones fáciles.

La noche del 15 de septiembre, en recuerdo del hecho humilde y memorable, el Presidente de la República congrega al pueblo en la Plaza de Armas de México, frente al Palacio Nacional, sobrio y majestuoso edificio revestido de dolor y de historia; tañe la misma campana con que el Cura Hidalgo dio la alerta al corazón de la patria, y repite el grito ritual: “¡Viva México libre e independiente!” Las escenas de regocijo y fiesta que entonces se desarrollan, en medio de la gritería y las iluminaciones nocturnas, son uno de los rasgos más pintorescos de la vida popular mexicana, y han tentado a todos nuestros novelistas de costumbres. Un hálito de las antiguas panegirias parece volar sobre la hermosa ciudad. Este motín del pueblo de Dolores, este hecho —uno de tantos, uno entre varios— ha venido, por diversas circunstancias históricas, a ser considerado como el símbolo de la independencia, la cual sólo fue consumada diez años más tarde, en 1821, por el Coronel Agustín de Iturbide. En tanto que los liberales de México insisten en la representación histórica del Cura Hidalgo, caudillo popular, verdadero Padre de la Patria, los conservadores insisten en la importancia innegable de la obra de Iturbide —criollo aristócrata— como consumador de la independencia nacional. Pero Iturbide desvirtuó el brillo de su personalidad por haber caído en el error de erigirse más tarde Emperador de México. Efímero imperio el suyo, sin justificación histórica ni arraigo ninguno en los sentimientos populares. Hidalgo queda con el prestigio del martirio por una noble causa; la cual, en su tiempo, era más difícil de defender que en tiempos de Iturbide.

Naturalmente que, en los orígenes de la emancipación, obran de consuno muchas fuerzas. Los fenómenos sociales son muy complejos, y las guerras y las revoluciones —estos movimientos acelerados— puede decirse que van depurando sus motivos y sus propósitos a medida que adelantan. Los pueblos empuñan las armas por instinto, y muchas veces no descubren cuál era su verdadero anhelo y la causa principal de sus inquietudes y malestar sino algunos años después.