Mi amigo y su acostumbramiento

Felipe Justo Cervera

En el capítulo IV de sus relatos de aventuras, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Munchausen, cuenta que, en una ocasión, durante la guerra contra los turcos, cargó tan esforzada e incansablemente sobre el enemigo, dando mandobles a diestra y siniestra, que al final su brazo, tiempo ha terminada ya la batalla, seguía involuntaria e inconteniblemente dando sablazos de arriba a abajo. No tuvo más remedio que llevar su brazo en cabestrillo durante una semana para curarse de tan extraño mal de acostumbramiento.

A un amigo mío le pasó algo parecido, aunque peor en las consecuencias pues nunca encontró un cabestrillo adecuado. Le ocurrió que, al igual que al barón con los turcos, arremetió hacia el status y el dinero. Y vida y afanes consagró a obtener ambos anhelos. Y pasado el tiempo, esclava la mente de la costumbre, arribó a la convicción de que no había ideal más importante y trascendente que ése. Y lo consiguió. Lo alcanzó. Nunca mirando para atrás. Nunca para abajo. Nunca abriendo sus poros a los mensajes que el mundo envía cada día a cada instante a cada hombre sobre la tierra. Y cuando ya lo había conseguido, su hijo, 18 años apenas, se sumió en la frustración de la droga; su hija se tornó asidua de clubes nocturnos, veraneó en Canarias, Caribe y la Melanesia, y terminó casándose con un ejecutivo que pensaba que en la vida no había ni cabía ideal más sustancial y firme que el status y el dinero. Y la esposa de mi amigo terminó en histérica consuetudinaria y adepta incurable de cirujanos plásticos de moda, camas solares y rituales curas de sueño.

Tan veloces eran las horas de los días de mi amigo que nunca dispuso de segundos para gozar bermejas puestas de sol. Nunca quiso aprovechar recostados minutos de hierba cuando la primavera cosquillea el campo, o el aromo impregna el aire. Nunca pudo estarse en su casa una tarde de lluvia saboreando tortas fritas por él amasadas. Nunca supo que en un frío y hosco atardecer de invierno Edmundo Rivero cantando "La casita de mis viejos", Piazzola interpretando "Adiós Nonino", u Horacio Salgán "Responso"; o una película de cowboys donde el muchacho triunfa sobre los malos a fuerza de puntería y coraje, podían ser tan gratificantes como una cuenta bancaria. Nunca fue capaz de enterarse que en su Argentina vivió un Raúl González Tuñón, a quien sólo bastaba "echar veinte centavos en la ranura para ver la vida color de rosa". Nunca pudo saber tampoco que para Juancito Caminador "quisiera ir a Zapala" no significaba lo mismo que querer ir a Miami, Costa del Sol o Cancún. Nunca fue capaz de sospechar lo que sienten los fanáticos que los domingos se apretujan ansiosos, desgañitándose por su camiseta, sufriendo mil torturas con cada avance o gol adversario. Siempre pensó que se amontonaban a sudar como caballos porque eran unos infelices; nunca tuvo afanes para imaginar que quizás sólo lo hacían porque carecían de otra salida mejor. Nunca supo presentir que el lugar más hermoso de la tierra es la cocina de la casa de cada hombre.

Sí sé que a fin de cada mes mandaba puntuales cheques a la parroquia del barrio, a las Hermanas de Santa Lucía, al SEPIC, al CEMIC y al MISEC. Y que les solicitaba recibo para poder así descontarlo de réditos.

Como su vivir era tan agobiante cuando sólo contaba 46 años su corazón dejó de latir. Mas, como tenía todo organizado, inmediatamente se dirigió con su alma al cielo. San Pedro lo detuvo y le requirió la entrada. Mi amigo abrió su carpeta y le mostró los recibos de caridad. Con frialdad los devolvió San Pedro e insistió— ¡La entrada!—. Mi amigo le rogó una aclaración, pues seguramente entre sus bienes debía estar. Y San Pedro se lo dijo. Debía traer: la prueba del arrepentimiento de un pecado capital; diez sonrisas dadas sin que mediara ningún interés; un libro de cuentos de hadas gastado por él de tanto leerlo; cien tardes perdidas en su hogar sin nada hacer; una pata de conejo como amuleto para la felicidad; un dibujo de barcos y piratas, y brujas y castillos, hechos por sus hijos cuando niños; y tres pelos del diablo.

Mi amigo se alejó muy triste de la puerta del cielo. Desde entonces nunca he podido saber dónde se encuentra, pese a que lo he llamado tantas veces por teléfono al infierno.