Mil años de eternidad
El ViolinistaRecuerdo bien esa noche. El teatro rebosando de vida, la multitud enaltecida, los reflectores sin polillas que apuntaban a un escenario vacío, solo ocupado por palabras que venían desde atrás de un telón. ¿La comida? intachable, ¿la acústica? magnífica, ¿el espectáculo? magnánimamente fabuloso. No por la orquesta, ni por el teatro que presumía su elegancia desde las butacas hasta la tarima, sino por el hombre que había ido a ver en esa ocasión. El mejor violinista del mundo, lo hacían llamar, pero qué va… Me preguntaba si en verdad sería tan bueno como se decía. Debía ajustar mis expectativas ya que sobre ese escenario ¿qué más podría aparecer? ¿Un actor? ¿Un director? ¿O un músico como todos los demás? Me equivocaba al pensar que todo lo que puede manifestarse en un escenario no deja mucho a la imaginación.
—¡Ahora! —exclamó la voz tras el telón—. ¡Es hora de mejorar esta noche!
Asomando primero su cabeza con una sonrisa infantil, finalmente emergió el violinista. ¡Al fin teníamos más que palabras! Los aplausos y gritos cesaron pasados unos minutos y la orquesta se detuvo, había llegado la banda de un solo hombre. Al menos eso fue lo que pensé.
—Bueno, ahora ya no soy una mera voz. ¡Soy humano y acaban de verlo! Soy como ustedes, más allá de lo que pueda salir de mi boca. ¿Pero de mi violín? ¡Contradictorio! —exclamó mientras abría el estuche de su instrumento—. Puesto que músicos hay muchos, casi tantos como personas. ¿Pero quién ha logrado ser un auténtico violinista? ¡Ni yo lo he logrado! Pero se supone que han venido a ver a… un violinista. Mi dulce pesar y a la vez goce. Puesto que tendré que interpretar como un actor, el cual nunca quise ser, a algo o alguien que tampoco he encarnado.
Por un momento él se detuvo y un silencio paradójicamente ensordecedor nos puso la piel de gallina a todos. Observó su instrumento y nos señaló para decir:
—Pero ¿y ustedes? Solo son el público ¿Eso me hace a mí necesario? Claro que no. El escenario es… hum… un espejo. Pueden verme, tontear y monologar ¿Pero qué hacen aquí? Son espectadores, de sus propias vidas. ¡Y deberían ser el violinista! —exclamó acompañando de una tonada grave desde su violín—. Qué mayor espectáculo que sus vidas. ¡Y la desperdician siendo meros espectadores! ¡Ja!, afortunados… yo la desperdicio siendo violinista… Si algunos dejaran de ser espectadores quizá yo pueda dejar de ser espectador de mi círculo vicioso. Quizá mi dulce pesar, sea más amargo para mí, pero dulce para ustedes. Porque ven mi obra y no ven la suya, la cual necesita protagonistas. ¡Qué elenco tenemos hoy! ¿Yo? ¿La orquesta, la cual opaco con único instrumento? ¡No! ¡Ustedes! ¡Son irremplazables para mí! —exclamó finalmente para dar pasos con gracia mientras tocaba su instrumento.
Qué curioso, era como si te hiciera sentir mal y bien a la vez. Y todo lo acompañaba con unas notas que parecía improvisar a la par que también lo hacía con su monólogo. La orquesta con un órgano espectacular, contrabajos elegantes y demás instrumentos y músicos, brillaba por su ausencia sonora. Todo estaba cubierto esa noche, por un solo autor.
—¡Hagan lo que otros solo sueñan! ¡Quién soñaría con ser un violinista! Sin ofender a mis contrapartes debajo de la tarima. Pero ni aunque el mismo Antonio Stradivari resucitara y me diera su Stradivarius quisiera ser violinista un minuto más. Yo soy reemplazable para ustedes, gozan de un espectáculo magnífico en su interior. Yo me reflejo en ustedes e intento dar un espectáculo mejor que el anterior. Tal como un niño aprende de sus errores por sus padres. Y ustedes se preguntarán: ¿Cómo se mejora lo inmejorable? A lo que yo les respondo: ¿Cómo se rompe lo que está roto? Ustedes me conocen, yo a ustedes no. No comprenderán esa sensación producto de escuchar de las butacas más lejanas solo los aplausos. Aplausos de ¡grandes actores por supuesto! envueltos en el anonimato. Ustedes esperaban lo que están viendo y escuchando. ¿Cómo yo entonces esperaré lo inesperado? Tantos actos en un escenario propio que se mueve con cada paso que decidan dar, y yo encerrado aquí haciendo guardia como un soldado… Adelante, ¿alguien que siquiera deseé intentarlo?
Tras unas risas a la pregunta del violinista, se escuchó una voz que resonó sobre el teatro:
—Señor, me temo que se terminó.
Tras una risueña y leve carcajada, respondió:
—¡Eso! ¡Lo inesperado! Esto no estaba en mis planes. ¿A qué debo el honor de tan grande actor?
—Quiera o no, tendrá que acompañarme para no volver.
Tras haber transfigurado su cara completamente, respondió:
—Creo que, definitivamente, hasta lo inesperado logró sorprenderme dos veces… ¿Muerte?
—Así es, me dolerá ver cómo termino con tu juego. Me has divertido, pero te has creído que tu vida no vale nada. ¿Para qué conservarla?
La siniestra silueta se levantó de su butaca y avanzó unos pasos bajo las miradas de un público estupefacto. Conforme se acercaba a los reflectores del escenario, se visualizaba a un hombre jóven, de traje con lentes y llevando una fedora de color negro. Este extendió la mano hacia el violinista y dijo:
—Debe cerrarse el telón una vez, para no volver a abrirse.
Tras una sonrisa y girando los ojos, el músico preguntó:
—¿Hay algo que pueda concederle antes que me lleve consigo? Ya que no valoré mi vida y quizá tenga razón, déjeme ser su siervo antes de que le ponga fin a mi miseria.
La Muerte pensó durante unos segundos, lo miró a los ojos con soberbia y dijo:
—Quiero un acto, el mejor que tenga. Quiero ser parte de sus aplausos.
—¡Sensacional! A diferencia del genio de los relatos, no le concederé tres deseos, ¡sino cuatro actos! —Rápidamente tomó la mano de la Muerte y la hizo subir unas pequeñas escaleras hacía la tarima de madera. Tocando unas melodías dijo—: nunca esperé, antes siquiera pensé en subir aquí por primera vez. Contrario a usted, que lleva esperando este momento toda su… lo que sea que la Muerte tenga ¿A qué se debe esta visita? ¿Tanto apuro y ha encontrado la excusa perfecta para subir aquí? ¿El buscar a un violinista desahuciado? Para los actos, necesitaré una palabra suya en cada uno. Pero deberá seguir mis reglas cual orquesta que escucha a su director. Luego, los aplausos vienen solos.
Asintiendo con la cabeza, la Muerte dijo:
— Acepto. —Refunfuñó con superación y perspicacia—. Elijo la palabra Vida.
—Tercera vez que logra sorprenderme. Para usted, si he desperdiciado mi vida y ya no tengo, ¿qué vienes a buscar?
La Muerte pensó y contestó:
—Vengo por el Violinista.
—Pero si el Violinista es mi público, mira allá —dijo mientras señalaba a su audiencia la cual, bajo la oscuridad, apenas podía distinguirse en las filas más lejanas.
—¿A dónde intentas llegar? No te vas a librar en esta ocasión. Insisto, busco al Violinista.
—Entonces adelante. ¡Ve y encuentralo! Como sabrás, he lamentado siempre mi patética historia y vida en favor de aquellos que tienen un acto impecable y un escenario en todos lados. Al final del día, cualquiera puede ser el Violinista… ¿Pero quién?
—¡¡Tú!!… ¿¡Quién más!? —exclamó con furia.
—No prestaste atención, ni yo he llegado a ser Violinista como dije al principio. Pero cada vez estoy más cerca de serlo. Esto porque el Violinista es todo el teatro, yo soy reemplazable, mis espectadores no, por ende no puedes llevarlos. Ni menos a mí, porque no soy un verdadero Violinista. Y si aún así te los llevas a ellos, tampoco seré un falso Violinista. Al final del día, no tendrás lo que en verdad viniste a buscar. Primer acto. ¿Cuál es tu segunda palabra?
La Muerte suspiró y caminó en círculos alrededor de él, mientras este, con los ojos cerrados, tocaba su violín. Tras terminar de pensar, la Muerte dijo:
—Un hombre… ¿Eso eres? Reconozco que te sientas insignificante, pero en verdad eres patético. Si no viniera a llevarme a un Violinista entonces, vengo a llevarme a un hombre, a quien ahora miro fijamente a los ojos. Pero como es un cobarde, él los cierra.
—¿Hay otra razón por la cual estés aquí? No es la primera vez que vienes. —Luego de pensar, él mismo exclamó—: ¡Claro! Quieres estar aquí arriba, no te juzgo, me siento poderoso aunque miserable como dices. Pero como ya sabrás, es cuestión mía… la de un actor. Buscas a un hombre, hoy no interpreto ese papel. ¿Será que no recuerdas tampoco que el escenario es un espejo? Yo me reflejo en mi público y viceversa. Aunque no hay nada muy fantástico en la Muerte, salvo las vidas que pasaron por ti y que te llevaste. Si me reflejo en ti como un actor, ambos somos dos caras de la muerte y ambos estamos confundidos ante los vericuetos de un actor. Además, puedo sentir tu soberbia, quizá buscas a un Violinista, porque quieres aprender de él y ser amado. Pero así no funciona, tienes que subir al escenario e interpretarlo. Pero… ¿quién amaría a la Muerte?
—¡¡Tonterías!! ¿En verdad crees que voy a caer en tu juego? Quizá aquí arriba sean tus reglas, pero si hago que bajes, seguirás las mías. ¡Qué más me da ser un Violinista! ¡Si ya tengo la atención de tu público! ¿Será que te he eclipsado? Si tu vida era insignificante sobre este estúpido lugar, imagínate cuando alguien más lo ocupa… ¡Cuando alguien más es Violinista y no tú!
—Todavía tenemos dos actos. Aún no se cierra el telón —dijo con absoluta calma.
—Escenario… esa es mi palabra… del cual no puedes bajar, eso vengo a buscar. Si me lo llevo, te llevo con él. Y también tus aplausos y espectáculo. Gano dos veces.
El actor interrumpió abruptamente sus notas musicales. Miradas de asombro se intercambiaban por el teatro. Acercándose otra vez a la Muerte, dijo:
—Tú ganas el escenario.
Luego de eso, extendió sus manos sosteniendo el violín y se lo entregó. La Muerte, sin pensarlo, en una mano levantó el instrumento en señal de victoria y miró macabramente al público. Pasando desapercibido, mientras la Muerte festejaba, aquel genio bajó los escalones sin problema. En cuanto uno de sus zapatos tocó el suelo, tanto orquesta como público desaparecieron. Suspirando, dijo:
—Como actor, elegí terminar mi parte del espectáculo, tienes tu escenario. Yo ya no soy nadie, soy tu público ahora. ¡Es un auténtico renacer! ¡Lleno de nueva vida! Hacía tiempo no bajaba de ahí.
—¡Estás en el suelo! ¡Sigues mis reglas ahora!
—Pero tú sigues arriba, y aún sigues las mías.
La Muerte enfurecida tomó el violín y lo azotó contra el suelo haciendo que se rompiera en cientos de pedazos y gritó:
—¡No tiene ningún sentido! ¡A dónde se fueron todos!
—A ningún lugar supongo, yo sigo aquí —dijo con tranquilidad mientras iba a sentarse en una de las butacas de la primera fila.
Agitada y nerviosa la Muerte exclamó:
—¡¿Qué has hecho?! ¡¡Mi espectáculo!!
—Insisto. No fue a ningún lado, tú público sigue aquí. ¡Adelante Violinista! ¡Toca algo! ¡Dinos algo! ¿Acaso no lo ves? Pediste un escenario, pediste público, pedías desde el comienzo a un Violinista, luego a un hombre. Ahora tienes a todos ellos.
—¡¡Te quiero a ti!! —exclamó con fuerza haciendo eco.
—¿Qué soy yo? No lo sé. Incluso quizá sea nada. ¿Cómo pedirás algo que no tiene nombre? Pero sé que tú ahora eres el Violinista… Si no fuera porque rompiste tu instrumento, quizá podrías demostrarlo ahora. Pero adelante, si eres un actor también ¡interpreta a uno! A no ser que… —Se vio otra vez interrumpido.
—¡¡No soy Violinista!! ¡Soy la Muerte! ¡¡Dónde está tu público!!
—Ja… ¡Bien lo dijiste al fin! Si esto te parece poco… El Violinista necesita reflejarse en algo. Toda esa gente que viste hace unos segundos, no son más que el producto de mi alma que escapa por una ventana, mis ojos, y se manifiesta como un acto. En cambio, la Muerte no puede reflejarse en la vida, quizá sea por eso que no puedas ser actor.
Sin embargo, si un día la Muerte aprende a ver con los ojos de la vida, ya no será lo que es. Ahora, siendo tú el Violinista, deberás aprender a valorar esa vida que te di. Y cuando la vida me falte a mí, volveré y reclamaré la tuya, y volverás a ser Muerte y yo conservaré al auténtico Violinista que tú me ayudaste a encontrar.
Llena de rabia, la Muerte intentaba asimilar que había sido burlada con gracia. Pero aún le quedaba una última carta por jugar. Quitándose la fedora, dejando ver un pelo castaño, lo señaló y dijo:
—Aún tenemos un cuarto acto, esto no acaba…
Dándole la espalda, respondió:
—Tú pretendías robarme todos mis actos y al final me robaste mi escenario. Cuando vuelva, te robaré la vida que ahora tienes o tendrás como Violinista. Pero te salvarás si piensas en un cuarto acto que me emocione… Pero como no eres actor ni tienes violín, y aunque tuvieras público no lo lograrías. Pero ya sabes como dice el dicho. ¡Quién diría que la Muerte tuviera vida y pudieras robársela! “Ladrón que roba a ladrón…
—…tendrá mil años de perdón”… Pero llegará tu final… y ahí estaré para verlo.
—Recibiré aplausos, tú no. Y te encariñarás tanto con la vida de Violinista, que intentarás defenderla cuando yo regrese, tal cual yo hice. Y si lo logras, ya no serás la Muerte, serás un Violinista auténtico y yo tu público. En efecto, bajo mis reglas, ya no serás Muerte, ni yo seré en lo que te transformarás.
Tras unos pasos llenos de gallardía, dentro de su cabeza de seguro sonaban las más dulces ovaciones por parte de un público que… no he logrado ver.
Por más veces que reviva ese recuerdo, solo seré la Muerte y un miembro del público al principio y al final, nunca el protagonista ni el Violinista. Incluso aún sigo intentando reconstruir su violín… Qué astucia. Me transformé en lo que en el fondo envidiaba y resultó ser un marco demasiado grande. No me di cuenta que no era lo que el hombre hacía, sino cómo lo hacía.
Me volví lo que vine a llevarme en un principio y me doy cuenta lo difícil que es serlo. Mordí más de lo que podía masticar y él me doblegó. Sigo bajo las cadenas imaginarias que me imponen su escenario, sus reglas.
Ensayaré hasta que esté listo… pero ya no seré la Muerte. Y cuando la vida le falte, vendrá a quitarme lo que tanto me ha costado conseguir. Si un hombre tan magnífico no logró ser un verdadero Violinista ¿Por qué yo lo lograría? Pero si lo logro… de nada valdría. La vida ha puesto a la Muerte de rodillas.
¿Ser violinista para él era vida? No, lo fue ser protagonista de su historia. Mientras intento arreglar su instrumento pienso que, quizá, no hubo persona que valorase más su vida como para enfrentar a la muerte a la cara y hacer que valga la pena… Ahora se transformó en un miembro silencioso del público que llegará por mí tarde o temprano. Tal cual yo hice al comienzo. Paradójico, ¿verdad?
Ahora yo debo aprender lo que creía que él no sabía. ¿Cómo competir contra lo que, según ese sujeto, era lo más fascinante?… La audiencia, la aleatoriedad. Tuve que haberme quedado en el telón del anonimato. Mi soberbia y su inteligencia eran más volátiles de lo que pensé… pero se ganó mi aplauso esa noche.
Una vez que el tiempo dejó de contarse, tras una larga charla, Muerte y Violinista volvieron a encontrarse…
—Yo soy reemplazable…
—Y yo era el Violinista.
—Pero te has vuelto mi audiencia.
—Por eso tengo mil años de vida. Mírate, tú estás clavado ahí arriba, yo ahora llevaré mi acto a donde yo decida. Ni la Muerte me ha dicho a donde quería que lo dirija… Pero tú… ¿Por qué la Muerte debe ser Muerte y no, si lo quisiera, ser vida?
—Porque ese será mi cuarto acto y primero, como auténtico violinista. Dejar que viva lo que me ha costado conseguir y que apenas logro entender. Todo… Esa debió ser mi primera palabra para haberte visto perecer.