Opera omnia en mil volúmenes

Enrique Butti

Usted y yo, lectores, estamos en un libro que no hemos tocado nunca, y que sin embargo parece bien o mal que hemos leído. Usted y yo somos de una variedad intolerable —yo, por dar un ejemplo, alardeo de dos pequeños lunares en cada rodilla, equitativos, como ojos en dos cadavéricas caritas gemelas; ojos atentos, estupefactos por penetrar en lo que mejor ignorar—, tan intolerable, le decía, que pululan las teorías sobre nuestra inevitable repetición, a la larga patente pedestre igualdad, inserción en un arquetipo ya catalogado en vaya a saberse qué burocracia de carácter celestial.

Páreme la lengua, haga valer su derecho a desenterrar propios comentarios sobre la cuestión, si es que se le da la gana, sobre la cuestión de Rolando Soler, paisano a quien no tuve el gusto personal, autor del libro Lirios doblegados. Se lo digo por buena fuente, otórgueme su confianza.

Los mil ejemplares de Lirios doblegados, en edición de autor, llegaron a la casa de Soler en múltiples paquetes y en única tanda, en marzo del '59. Fácil imaginar la conmoción del escritor ante su nombre estampado por primera vez, y la inmediata furia ante las erratas de la descuidada publicación. Dejémosle pasar este primer día en la intimidad de sus sentimientos más personales, de autor que se lee a sí mismo, que como perro deja de roer un hueso para atacar su reflejo en el agua.

Saltemos al segundo día, cuando Soler abandona la nerviosa exaltación y recupera su naturaleza cerebral.

El hombre ya quería, en un antemano largamente soñado, dedicar un primer ejemplar a su anciana madre, la que lo dejó soltero de mejor mujer, y orgulloso de las soledades. Se aplicó Rolando en llenar la primera página blanca con cuidadosa y sentida buena letra.

Y después se sentó, se dijo: —A ver, así es como la viejita va a leer mi libro.

Leyó de pe a pa esos Lirios doblegados, envuelto en un mantón de la bienamada, con su más que bien conocida mentalidad, entrecerrando los ojos para imitar la miopía.

La pañoleta fue cayendo de la sien a los hombros, y después como un bollo entre los brazos, en desesperado abandono. Letra a letra, espina a espina, la anciana entró en conocimiento de los turbios conflictos que el hijo evitara pacientemente traslucir. Debajo de la letra, clavo con tétanos, ella veía claro las razones escandalosas e irreversibles de su falta de toda fe.

Ése fue el primer libro que Rolando escondió en su biblioteca. ¿Quién no? "A su edad, no seré yo quien le dé tamaño disgusto", habrá decidido con firmeza.

Rolando era escritor contemporáneo, avisado de que el mensaje no agota la fruición literaria. Tomó otro de los Lirios doblegados, el destinado al versado Delavacca, crítico local que no necesita presentación.

—Así —se acomodó Rolando— leerá Delavacca mi libro.

Debía ser y no fue detenida y fría lectura analítica. Delavacca, puerco, pretendía usar los lirios para envilecer a la diligente clase media en que anidaba Rolando: "La decadencia pudre ahora a los lacayos", sabía que iría a escribir en la gaceta; lo iba rumiando antes de pasar mitad libro. "Obligado a inocularse la ponzoña burguesa, Soler es prueba patente de la última batería de zaparrastrosos que se arroja al Volcán de la Historia. No hay en sistema corrupto lirio que no nazca genuflexo".

Indignado de lo que Delavacca quería ver por su cuenta, en irrespetuosa desconsideración por lo textual evidente, Rolando aprisionó en la biblioteca el segundo volumen marchito.

El tercero fue el del amigo Julián Vico, viejo compadre de tertulia, escritor inédito, quien leyó con un entrecejo de mezquindad, con envidia, con mucha infame mala leche, buscando bajezas bastardas con las que codear a los compinches: "Lo dice en su libro. Cuenta todo". Rolando era persona ética, pero no un santo, y hay traiciones que no pueden perdonarse.

El cuarto ejemplar lo leyó la viuda de Tomás, quien con entera arbitrariedad concluyó que ese libro corroboraba como muy atinadas sus negativas a las formales efusiones del buen Rolando: "Dios me libró por un pelo. Acá está claro lo que escondía, lodazal, ciénaga palúdica, sangre espesa. Y mi destino entre sus brazos hundirme, tragarme su arena movediza, ahogarme su cínica carcajada".

Usted ya entendió adónde apunta la cosa. A partir del vigésimo ejemplar, quienes empezaron a leer Lirios doblegados fueron los desconocidos, y de fija, entre ellos, usted y yo.

Ya concluyo. Rolando —es fidedigno— retuvo los mil ejemplares en su biblioteca, sin donar ni ceder en préstamo uno solo. Para ordenar tamaña mole tuvo que deshacerse de la Enciclopedia Animal, de los Dostoyevski, de José Ingenieros y de los existencialistas. Sin resquemor —apunto de comedido—, que los mil Lirios doblegados habrán sido para Rolando, aparte de muchos lectores, muchos autores y muchas obras distintas.

Un día recibí la noticia de su muerte (él, un día, de repente, como pajarito; cinco días más tarde, la madre, para controlarlo). Me preocupé por rastrear al menos un ejemplar. No lo conseguí, y por medio de la presente le contagio la inquietud.

Ya que estamos le voy a ser sincero: a la larga yo he criado resentimiento. Si Rolando Soler no ha dejado que mi volumen me buscara, es porque algo le ofendió de mi benigna lectura. Se me ha dado por pensar que, interpretando mal mi modestia, mi naturaleza intelectual de rebuscada simplicidad, Rolando, que en el fondo se menospreciaba a sí mismo, juzgó mi condescendencia como ignorancia.

Usted, a su vez, sabrá por qué Soler no le dejó llegar el debido ejemplar. Sin rencor, si no le gana el despecho, si se decide a emprender la búsqueda, le deseo la suerte que no tuve. Que encuentre, no digo todos, ni varios, pero por lo menos uno de los Lirios doblegados, uno solo, y ¿por qué no?, que tenga la suerte de que sea el suyo.