Punto muerto
Carlos O. AntognazziSe desviste lentamente. Acomoda con cuidado la ropa sobre el banco que se extiende a un costado, del otro lado de la pasarela de madera. Respira con calma, con seguridad, con cierta velada satisfacción curiosa, casi estudiada, como si la hubiese practicado en mil oportunidades similares durante mucho tiempo antes de este momento. Pero internamente sabe que este momento es único, total; sabe que después ya no habrá momentos así, sino una sola y pura continuidad de silencios e imágenes desfilando a sus costados en cámara lenta. Sabe que toda su vida va a sintetizarse allí, justamente allí, en ese lugar y en ese momento, a los ojos de todos. Tal vez por eso la lentitud de sus movimientos, el silencio coreado desde las tribunas, la calma, la visible seguridad que irradia su cuerpo al doblar la ropa y colocarla sobre el banco de madera del costado. Sí, tal vez por eso la lentitud, aunque también desea que ya todo hubiese terminado, que ya todo hubiese pasado para siempre, que ya todo hubiese quedado atrás, en la distancia del recuerdo y la evocación ocasional de alguna tarde junto al fuego o de una foto desteñida y marchita. Quizá por eso también cierra los ojos lentamente, como si fuese lo último que hace en vida. Y quizá por eso también es que espera lenta, calmosamente, como si estuviese aletargado, encerrado en un capullo sobre el piso naranja. Con los ojos cerrados y el cuerpo lustroso y laxo bajo el sol del estadio.
—¡Papá!— El grito quedó flotando en la siesta, a un costado de los árboles. "¡Papá, quiero ser corredor!".
Un poco más allá, bajo la sombra providencial de un paraíso, el padre escudriñaba el horizonte. La experiencia de años le decía que pronto habría agua. Y mucha. El cielo se mostraba oscuro hacia el norte y estaba pesado desde hacía unos días. Además, andaban por allí los aguaciles, las chicharras. Y los gritos del muchacho, que corría de un lado a otro durante todo el día. Y sí, tenía que llover nomás. Aunque más no sea para detener esas carreras monótonas y cansadoras, incluso para él, que sólo miraba desde bajo esa sombra túpida y fresca del paraíso.
"...edor!", alcanzó a oír nuevamente, cuando el muchacho lo sintió al alcance de una reiteración de la frase. El estribillo consabido se perdió pronto cuando el muchacho continuó la marcha uniforme —como el calor, como la siesta, como la tierra que se extendía infinita y tersa hasta el horizonte—, dando vueltas al potrero, levantando nubecitas de polvo con cada nueva zancada ágil, veloz, elástica. Le brillaba el cuerpo de vez en cuando, cuando el sol le daba de refilón en la espalda sudada, en medio de una curva o en la recta del otro lado del alambrado.
Se había quedado pensando el viejo. ¡Corredor...! Pero si era cosa de broma. ¿Y cómo se le habría ocurrido? ¿Y allí, en el campo, carajo! Pero si casi parecía una cargada del mocoso... Corriendo al pedo todo el día, esquivando las vacas, saltando los alambres enrollados sobre el suelo —¡Bien podía colocarlos de una vez por todas en los postes en lugar de esquivarlos!—, remojándose cada tanto en el tonel cortado por la mitad que se apoyaba manso contra la pared del establo.
La voz lo alcanzó de lleno otra vez. La dejó pasar, como a las otras, como hacía todos los días desde aquel no tan lejano que lo había agarrado de sorpresa el primer grito sonriente del muchacho diciendo lo que deseaba ser. ¡Qué diablos! Lo que menos podía esperarse...
Como siempre, aquel día hizo como que no lo escuchaba, como si la voz hubiese ido para otro lado, y se concentró en lo primero que se le presentó a la vista. La tormenta del norte. Sí. Tenía que venir el agua nomás, en cualquier momento. Hasta los pájaros ya andaban con el pico abierto por allí pidiendo agua en silencio. ¡Corredor...!
(Cierra los ojos para concentrarse, no para mostrar temor o abandono. Sólo para concentrarse, para estudiar palmo a palmo lo que hará durante los próximos diez segundos, para analizar el suelo milímetro a milímetro, pulgada por pulgada, para que después, cuando sólo él cuente, nada pueda detenerlo. Cierra los ojos para oírse a sí mismo por dentro, desde adentro, para adentro. Cierra los ojos para poder mirar mejor luego hacia afuera, cuando los diez segundos estén lanzados al espacio y él sea sólo uno más de los siete en línea, con la misma meta, con el mismo suelo, con las mismas alas en los pies. Cierra los ojos para escuchar su propio corazón y su respiración tranquila, para sentirse antes del esfuerzo, para probarse y convencerse nuevamente, una vez más, de que él puede, carajo, que nada malo puede pasar, que sólo son diez segundos y que nada más importa, que sólo son él y seis tipos más a los costados, pero nada más ni antes ni después: sólo el instante, la certeza abismal y aterradora de ese instante que se estira como un elástico hacia adelante, como en cámara lenta. Cierra los ojos y descansa la mente para poder después utilizarla en el esfuerzo máximo, para poder apoyarse en ella cuando sea necesario. Cierra los ojos para no mostrar, también, que el temor un poco se le ha metido dentro, pero sólo un poco, como ocurre siempre ante lo desconocido. Cierra los ojos para que la vista se le acostumbre más rápido a esa oscuridad enceguecedora que le va a horadar las entrañas y a destruirle los músculos durante diez contados segundos, como si fuese una descarga eléctrica, como si fuese una explosión inaudible de luz en un pasillo. Cierra los ojos para pensarse a sí mismo ya en movimiento, estudiando los pasos y los giros de cintura, analizando hasta el límite de lo minucioso el espacio que deben barrer los hombros en cada zancada, midiendo la inclinación de todo su cuerpo en la curva, enfocando la meta cada vez más cerca. Cierra los ojos para ver mejor la cinta cortante de ese horizonte ansiado desde siempre, durante años, en cada entrenamiento, en cada etapa, en cada jornada de sudor y de dolor acrecentadas por la espera infinita de una carrera final que no llegaba nunca, hasta el día de la notificación por correo, el día del "Sí, lo esperamos", el día del comienzo del fin. Cierra los ojos porque sabe que después de los diez segundos no habrá nada más, sólo oscuridad y palmoteos aislados de un público que no comprende la verdad detrás de la máscara de los músculos en tensión y el sudor manando como un grito del cuerpo torturado. Cierra los ojos para no verse a sí mismo allí sobre la pista, sólo en compañía, recorriendo la distancia prefijada a medida que su cuerpo se va destruyendo, se va desarmando, se va desgajando con cada zancada. Cierra los ojos para no ver la muerte reflejada en el rostro de los demás competidores).
El auto lo había dejado justo frente al edificio. Había alcanzado a bajar la valija en el momento en que el vehículo arrancaba, mezclándose con los otros, más veloces y más lentos, que destruían el silencio del campo que había abandonado hacía sólo un par de días y que aún llevaba dentro de sí, como una marca imborrable.
"La ciudad es distinta" le habían dicho desde el primer día en que expresó su deseo de entrenar "más en serio". Y allí, de pie junto a su valija, había podido observar lo diferente que era, con sus calles asfaltadas, los semáforos en las esquinas, las plazas con plantas y flores pero sin paraísos. Incluso, allí mismo, delante de sí, leía las diferencias entre uno y otro lugar en los rasgos de ese edificio centenario con el nombre —y la categoría también, luego lo sabría— escrito en el mismo cemento con que fuera revocado.
En realidad, asistir a la escuela secundaria no había sido su idea original, pero sí, en cambio, había sido una premisa inesperada que su padre especificaría al conseguir el dinero para dejarlo partir. "Y si no hay escuela, tampoco hay deporte", había sido más o menos el tipo y el tono de la frase paterna, que aún merodeaba por alguna parte de su cabeza cuando bajó del auto allí, justo frente a lo que desde ese día sería su nuevo hogar: la escuela en donde estaría interno mientras durasen los estudios.
Había entrado en la penumbra del hall, donde vió a un grupo de chicos que lo observaba con curiosidad y diversión al mismo tiempo. A poco de estar allí parado, un tanto desorientado, había llegado un señor que lo condujo a una oficina cercana, donde había tenido que dar sus datos y esperar hasta que la empleada —esa rubia, que sería su primer "gran amor" de los catorce años, expresado mudamente en las estudiadas miradas de los recreos— encontrase la inscripción realizada con antelación por su tío, ese que vivía allí mismo, en la ciudad grande y con mucho humo.
La vida nueva comenzaba. Y con ella, las matemáticas que al final no le entrarían en la cabeza y las letras que sí; las corridas de los recreos, en derredor del patio central, y luego, cuando él se lo dijo al profesor de gimnasia, afuera, en el parque de a tres cuadras más al oeste. Y, después, llegaría también la época del aparatito ese que tenía una aguja que se movía muy rápido, y que marcaba el tiempo justo que él hacía y que cada día era una rayita menos.
El tiempo transcurrido en un segundo puede ser una eternidad, todo depende de cuál es el punto de comparación. Eso es justamente lo que experimenta en estos momentos, con los ojos cerrados y su cerebro proyectándole miles de imágenes facetadas, retazos de información, secuencias de su vida —su propia vida—. Y los ojos cerrados son la señal que necesita, son el aliciente final, lo último antes del fin. Así lo había pensado y así se lo habían hecho saber años después los entrenadores, cuando luego de la escuela y los estudios se quedó allí, a probar suerte, en la ciudad. "Nada es fácil, muchacho", habían comenzado a decirle. "Pero lo que es más difícil, lo que más desgasta y que nadie parece comprender, son los últimos segundos de lucidez antes del final, en la llegada. Esos son los instantes finales de la vida. Lo que viene después, si hay después, es otra cosa, totalmente diferente. Otra vida". Y él lo había aprendido así, con los ojos cerrados y la concentración máxima. Ahora cada músculo está en su lugar, cada respiración lo alimenta como debe ser, cada secuencia de su vida se estira en el cerebro como una banda elástica y esponjosa, un trozo de espuma informe sobre el que raudamente desfilan, proyectadas, las imágenes tantas veces sentidas y vividas. Esa que ve allí, detrás de los párpados, es su otra vida. Ya no es la que vive ahora, sentado al lado de la pista, porque él ahora ya está del otro lado, casi en la meta. Ya no puede detenerse, ya no puede regresar al pasado de entrenamientos y esfuerzos. Ahora, mientras comienza a mover con lentitud los brazos y las piernas, mientras se levanta con suavidad del banco para precalentar, siente por dentro que está inmerso en un movimiento ajeno a su persona, en algo que parece comandarlo desde afuera, en algo que, paradojalmente, ya está realizado de antemano. Es como si fuese a recorrer nuevamente la pista, ahora en cámara lenta, para que otros detrás de paneles vidriados puedan verlo deslizarse suavemente a través del plástico solado naranja hasta el final de su agonía. Distiende un poco más los músculos de las piernas, del torso, de los brazos. Poco a poco percibe cómo va entrando en esa zona curiosa de lucidez adormecida, ese lugar atemporal en donde la vida son sólo diez segundos escasos, en donde el nacimiento es un disparo y la muerte inevitable, segura, eterna como la misma carrera, está marcada por un horizonte extendido a la altura del pecho.
—¿Pero cómo...? ¿De verdad...? —Sí... —No puede ser. ¡Virgen! Pero estamos en la colimba viejo. ¡En - la - co - lim - ba! ¡Qué pelotudo...!
Con una sonrisa entre infantil y nerviosa el otro contestó: —Es cierto. ¿Qué querés que te diga? Es cierto. Punto.
Podía evidenciarse cierta molestia en su rostro. El otro guardó silencio. Un sargento pasó a un costado y ambos permanecieron quietos; sólo el saludo de rigor y nada más. Podían ponerlos a cebar mate si alguno andaba por allí con el berretín de tomar unos amargos. Cuando la sombra del sargento desapareció en un cono de luz, en la otra punta del salón, la charla se reanudó en otro momento, como si la secuencia que la sustentaba hubiese seguido deslizándose en silencio durante los segundos de mutismo forzoso.
—Y vos no... ¿No querés?... —Lógico que sí. ¿O me tomaste por boludo? Lerdo, sí. Boludo, no, viejo. —A lo mejor podemos arreglar, entonces. La voz se mantenía baja, casi un murmullo, y agregó: "Conozco una mina, allá afuera. Es flaca, pero..."
El sargento —tal vez otro— nuevamente aparece en el cono de luz. La conversación se detiene, expectante. El sargento también, y grita:
—¡A ver, ustedes! Pongan la pava para unos amargos...
Los músculos se entibían poco a poco. Los movimientos son ahora un tanto más rápidos que al comienzo. Parecería que todo se fuese acelerando, desde los espectadores a los jueces y los corredores, sus compañeros de lucha. Todos viven más rápidamente los últimos instantes. Él ya ha abierto los ojos y escruta su cuerpo, sus movimientos, la pista —esa línea ligeramente curvada de color naranja, que lo llevará hacia su propia destrucción en contados segundos—, las tribunas a los lados, señalando el vórtice de fuego de la llegada, allá a lo lejos, a cien metros de distancia. Siente la orden dada por los altavoces y sabe entonces, recién en ese momento, como una de esas verdades que durante años nos rondan y que solamente en un instante determinado se dejan ver, cobrando vida, de una vez y para siempre, a la luz del intelecto, que comienza a precipitarse hacia el fondo de un pozo, hacia los últimos instantes de vida. Mira rápidamente hacia arriba, hacia ese cielo soleado que resplandece como nunca antes, dándole marco al estadio, y se siente pequeño y débil ante un poder que lo sobrepasa, ante algo misterioso que lo trasciende como ser humano. Allí, en él, en la pista, en el estadio, en el espacio, hay algo de infinito, algo de eterno. Es como si todo su ser no fuese más que una continuidad de algo mayor, de algo turbadoramente mayor que lo alberga —que lo ha albergado desde siempre—, y que ahora se dispone a despedirlo como a una saeta hacia adelante, sólo como los otros seis que lo acompañarán, hacia la muerte disfrazada de sintética pista naranja. Siente nuevamente en sus oídos el retumbar lento de la orden dada por los altavoces, siente cómo sus propias piernas lo llevan hacia el lugar previamente estipulado de la pista, en el carril cuatro, siente cómo un sordo fragor fluctuante se eleva del público en el estadio, siente a sus compañeros de muerte hacer sus mismos movimientos, tener sus mismos pensamientos, las mismas esperanzas.
Había entrado con paso seguro por el pasillo y había doblado a la derecha como le indicaron en la puerta de acceso. Allí estaba el gran espacio cubierto, iluminado por el sol a través de los grandes paneles vidriados de las paredes. Y allí estaban, también, las personas con las que debía hablar.
—Nada es fácil, muchacho, — le dijeron en cuanto se acercó al grupo a exponer sus motivos, como queriendo primeriarlo con el impacto del temor o como buscando hacerle entender que se embarcaba en una carrera de muerte y gloria, de destrucción física y felicidad contenida que sólo era para unos pocos elegidos, no para cualquiera.
Después, cuando ya habían visto las pruebas, cuando ya habían tomado sus tiempos, un poco con desgano, displicentemente, como para dar por cumplido un trámite estúpido del Club para con los recién llegados, le dijeron lo otro, eso que se le grabaría en la cabeza hasta el final: "Pero lo más difícil, lo que más desgasta y que nadie parece comprender, son los últimos segundos de lucidez antes del final, en la llegada. Esos son los instantes finales de la vida. Lo que viene después, si hay después, es otra cosa, totalmente diferente. Otra vida".
Ocupa su lugar lentamente, tan lentamente como hace sólo instantes se ha desvestido. Se inclina cuando escucha el retumbar de los altavoces y nuevamente cierra los ojos para no ver al público que se para sobre las gradas, expectantes y ansiosos por ver correr la sangre sobre el naranja de la pista, ante la inminente largada. Espera. Suavemente levanta, despega su manos del piso, dejando sólo apoyadas las yemas gastadas de sus dedos. ¿Cuántas veces ha hecho lo mismo? Sus músculos, calientes, se tensan con el movimiento. ¿Cuántas? Siente que otros, a sus costados, hacen lo mismo. ¿Siempre igual...? Eleva el resto del cuerpo, acomodando los pies en los apoyos inclinados. Espera. ¿Y entonces? En ese instante preciso, en ese momento infinitesimal en que el tiempo se detiene, comprende, en forma rotunda, tajante, para toda la eternidad, que hace años se ha iniciado una cuenta regresiva que lo abarca a él y a los otros en el estadio, al sol y a la pista, desde siempre, desde antes incluso de su nacimiento como hombre, y experimenta la extraña sensación de saberse partícipe de un orden cósmico desconocido que lo acecha desde su propio interior humano. ¿Pero entonces...? Sabe también que el final de la cuenta regresiva en la que se desarrolla su vida —"la" vida— dista sólo a diez segundos después del disparo. Espera. ¿...? Piensa que toda su vida ha estado esperando, que su vida ha sido una larga, infinita espera, una sucesión desesperante de aplazamientos en pos de un ideal —ese que ahora está protagonizando—, y, en cierta medida, se siente feliz a pesar del miedo que se cuela por su cuerpo. De pronto —baja la cabeza— y sin desearlo, recuerda la chacra paterna y sus primeras corridas alrededor del potrero —cierra los ojos—; la escuela y el profesor de gimnasia que lo había llevado a correr afuera, al parque —respira profundamente—; la colimba y esa profunda, infinita verdad salobre que una tarde de lluvia, durante el primer franco, esa mujer le enseñara por primera vez para él, y recuerda que en ese momento preciso había pensado "carajo, si ésto es como correr", porque la misma felicidad y la misma muerte lo esperaban al final —trata de no agitarse—. Revive su propia llegada al estadio y las palabras del entrenador sobre los últimos instantes previos a la partida —levanta la cabeza, abre los ojos, llena los pulmones— y descubre sorprendido que todo lo que ha estado pensando no es más que eso, instantes inmateriales, ficticios, de algo ya pasado, y que la verdad única, total, presente, es hoy, ahora, aquí, esto, yo, y que está allí, en ese brazo que lentamente se levanta con el arma en la mano para señalar el comienzo, el fin, el segundo preciso en que su vida cobra sentido.