Radio Galena llamando al Purgatorio
Felipe Justo CerveraMiro la foto y recuerdo. Recuerdo su gesto quieto parodiando defectos y debilidades propias. También las del general Cadorna. Cadorna. ¡Once batallas libradas, once perdidas! ¡Y aún después Caporetto! Cuarto de millón de cadáveres; glutinoso río de sangre jamás antes visto en la llanura venetana. ¡Once batallas, y aún después Caporetto! Sí. Sólo de eso reía Luigi. De sí y del general Cadorna. Modulaba Cadorna en falsete, alargando superflua la era. Radiante; regocijado. Quizás porque éste era general y aristócrata, y él sólo un desheredado campesino, hijo de campesinos, incalculables abuelos y chosnabuelos campesinos, hincados en la hermética miseria de la estratificada gleba italiana. Pese a reír no olvidaba el tembloroso heroísmo de los soldados de Cadorna, que desde los Alpes Cárnicos hasta el Piave huyeron, abatidos y avergonzados. Pero traspuesto apenas el río, humedecida el alma humillada, alguien -¿con vergüenza, con rabia, con memoria? (¿Cadorna?, ¿un ignorado sargento?, ¿Italia toda que los miraba?)-, gritó: -"¡No pasarán!"-. Y los austríacos no pasaron. Resistieron esta vez los vencidos. Meses resistieron desangrándose lentos en las nevadas colinas. Espantados resistieron sospechando que en cualquier amanecer los austríacos los rebasaban, ignorándolos, y no detenían su avance hasta Roma. Once, doce veces vencido, Cadorna y sus soldados resistieron esta vez sobre la venetana tierra de Luigi. Sobre la tierra de mi amigo Luigi Marcón, ciudadano de Oné di Fonte, provincia de Treviso, región del Véneto, reino de Italia, invierno de 1917.
No sé si participó en la batalla del Piave, o sólo la conoció por referencia ajena. Y hoy ya no es posible preguntarle (ya no es posible, Luigi; sólo queda la fotografía de sábado de paraisales, pálido patio de tierra, entreverada lengua de tres años de mi hija Laura pronunciando "Biyi", haciéndote brotar carcajadas con su cargosa demanda: "¡Reíte Biyi! ¡Reíte Biyi!"). Sí sé que fuiste enfermero durante la primera Gran Guerra (melancólicas fotos oxidadas; anticuado guardapolvo blanco sobre tu flacura, hilera de maltrasados soldados a tu lado), pero entre tantas conversaciones de entonces en tu humosa cocina –esa chimenea que jamás tiró bien-, en interminables parlamentos nocturnos o del atardecer, que iban y venían entre bromas y risas, hoy no recuerdo, no recuerdo si me lo dijiste, no recuerdo si estuviste en el Piave con el general Cadorna. ¿Lo conociste, Luigi? ¡Eh, campesino! ¿Conociste al aristócrata?
Sí sé: tu vida toda fue un Piave. Sin bayonetas, sin bombas ni metrallas, sin sangre. Un Piave. Piave de vida.
En el pueblo te tenían por loco y avaro. No participabas de sus actividades; no gastabas en cosas superfluas; no consumías los bienes que a ellos seducían. ¿Entonces?: loco y avaro. Linda mezcla, ¿no?. Quizás tuviste una pizca de ambas cosas, pero fundamentalmente fuiste otro material. En aquel pueblo de inmigrantes, ávidos únicamente de hacer la América en la primer vuelta; en aquella sociedad sacralmente asistente a misa, que respiraba beata sintiéndose purificada por el dedo de Dios por el mero hecho de mantenerse en austero silencio cuarenta minutos domingo por medio, oficiando el cura del pueblo vecino; en aquella farisea sociedad algo te diferenciaba (no precisamente locura), algo que apenas si lograba asirse. ¿Grandeza, Luigi? Quizás, o algo parecido, de grado menor. Aunque sólo fuera grandeza por error. Pequeña dosis natural de grandeza insuflada por error en tu nacimiento, pues ese soplo del Espíritu Santo estaba destinado, seguramente, al hijo de la condesa, allá en la mansión al pie de la colina, y equivocó la dirección: se posó en vos campesino. La condesa; la de Canova el escultor, ¿te acordás?, ¿te acordás lo que me contabas de la condesa y su castillo; sus vestidos, sus cuadros en la sala, sus vinos sus carruajes. Porque ... existió la condesa, ¿no?. ¡Eh, campesino!. Mirá que tengo tu foto delante. Tu fotografía de sábado de paraisales. Sábado de diciembre. Horas antes de tu muerte. La condesa, ¿era de verdad...no?
Y de aquella tu colina (seguro muy hermosa, de raso declive, nutridos sarmientos, robustos avellanos, incorrupto cielo, profundos senderos de montaña tantas veces surcados para buscar leña o cazar conejos salvajes) viniste a hacer pie a esta llanura santafesina. Y en 46 años ya no te moviste. Hasta que Dios te llamó (¿interpuso su influencia la condesa para que te enviaran al cielo?; porque seguramente ella está allá, en prado celestial, sin moscas, ni ovejas, ni cerdos, en noble mansión atendida por sirvientes que también fueron al cielo. ¿O escapaste al purgatorio, Luigi; un purgatorio con gallinas para criar, y abejas para cuidar, y durazneros, mandarinos y manzaneros para podar y regar?). Viniste a la Argentina, arrendaste cuarenta y cinco hectáreas (que después fueron tuyas), y te quedaste para siempre, inmigrante Luigi Marcón, puro hueso, cadavérico, alimentado sólo a leche y verdura.
Viviste solo, solo trabajaste el campo, ahorraste meticulosamente pero sin enloquecer, nunca dejaste de chancearte de la vida, y al fin, terminada la segunda Gran Guerra, trajiste de Italia dos sobrinos: Mario y Lino. Mario no se adaptó, pero aguantó seis años, luego retornó a Italia con la parte de dinero que le correspondía. Lino vendió todo tras tu muerte y regresó a Oné di Fonte. Y así, Luigi, reinsertaste tu soledad en la Argentina, cementerio de Recreo, provincia de Santa Fe. Solo como habías venido, lejos de tu colina, de la condesa, de los castaños y viñedos, de la blanca nieve de tu aldea; la fotografía de sábado de paraisales (única foto tuya que existía) adornando el frente de tu tumba.
Pienso: Luigi parecía no existir. No concurría a fiestas ni reuniones. Prefería la compañía de sus gallinas y patos, de las abejas, de los frutales, de las aves anidadas en los árboles de su patio, de su perro, de sus gatos cazadores de lauchas. La gente del pueblo y la colonia lo miraba como bicho raro, y sabían de su vida más por lo que ignoraban que por lo que realmente conocían. Pero para algunos significaba. Y ahora que no estás pienso que jamás supiste lo que representaste para mí. Tampoco lo sabía yo entonces. Lo supe después; después cuando supe más; ahora que he vivido. Ahora, comenzado a deambular la memoria hacia el pretérito canevá del sentido de la respiración de cada hombre. Pero no hay tristeza. Lo importante es llegar a entender, aunque sea después.
Su cuerpo corruptible, su intimidad bacteriosa (podrida ya en aquel cajón) reposa tras la fotografía del cementerio de Recreo. Esa que le tomé (que te tomé aquel sábado, Luigi, sábado tan feliz y jaranero, incapaces ambos de presentir el día. ¡El último, Luigi!, y así, sin despedida). Esa foto jovial, boca desdentada, rotosa camisa a cuadros, viejo chambergo agujereado, blanca barba de varios días. Todo eso real y vivo, vivo y palpable, que ahora ya no está en la fotografía del cementerio. Todo eso que, a pedido de tu sobrino Lino un fotógrafo borró, sustituyéndolas por otras cosas. Y sin embargo es la misma de paraisales de diciembre. Pero ahora (esa que está en el cementerio, no ésta que yo guardo), te adorna sin barba, lustroso traje negro, impecable camisa blanca y corbata (¿corbata, Luigi?, ¿corbata?). Dan ganas de reír, o de llorar. Será que siempre hay dos verdades, Luigi? No importa como uno es, como uno fue, ¿no?, sino cómo quieren que uno sea, o parezca ser. Y si uno está muerto (¿estás muerto, Luigi? ¿De veras aquel anochecer detuvo tu corazón?); si uno está muerto no le queda más que someterse. Y vos estás muerto, Luigi. No por tu persona, sino por la foto. La foto es la que te mata. Esa del cementerio, no ésta verdadera que yo guardo y permite que ahora te tutee. ¿Viste? Tuviste que morir para que te pudiera tutear. Veinticinco años de amistad y jamás te tuteé. De todas maneras: ¿importaba, Luigi? ¿importa? No Luigi: no. ¿Qué importa entonces?, ¡El Piave! ¡Eso importa!. El Piave, las viñas madurando, las gallinas con sus pollos, los frutales que plantabas y podabas, las abejas que protegías y cuya miel paladeabas, las montañas donde buscabas leña y cazabas conejos para tu familia, el castillo de la colina donde se hospedó Canova. Canova el escultor, el famoso, ¿te acordás?; el que inmortalizó desnuda a la espléndida Paulina Bonaparte. Paulina, la casada con un Borghese (Borghese, pavada de aristocracia, ¿no, Luigi?). De veras Luigi que Canova vivió en la mansión de la condesa. ¿Conociste a Canova? ¿Acechaste a Paulina desnudándose para posar?
Luigi: Canova era hijo de campesinos, nieto de campesinos. ¿Por eso importaba? ¿Más que Cadorna? ¿Conociste a Canova, Luigi? ¿De veras? Y la condesa: ¿existió? ¿existió?
Busco tu radio a galena, Luigi. Aquel celestial aparato amontonado en ese inverosímil dominio que era tu dormitorio (rancho alargado, piso de tierra, techo de zinc, paredes de barro, dos ventanucos), donde en una ocasión, un invierno muy crudo, convivieron: vos, unas gallinas encluecadas a destiempo que anidaron y empollaron junto a tu cama, tres cajones con zumbantes abejas que jamás te picaron, y un par de culebras que furtivamente madrigaron en una de las tantas latas vacías que guardabas, y a una de las cuales sorprendiste una noche, al despertarte, chupando de tu boca, atraída quizás por el sabor de la leche caliente que constituía tu cena. ¡Tu radio a galena, Luigi! Calzo los auriculares; juego la aguja rastreando una onda sobre el rectángulo de plomo. Con cuidado busco, Luigi. Busco. Busco la onda. ¿Escuchás? ¡Eh, campesino? ¡Aquí estoy! Llamo al cielo y no contesta. ¿Qué pasa con el cielo, Luigi? Al infierno no pruebo. El calor no te gusta. Nunca te gustó. Nunca te gustó el verano, y en verano te fuiste. ¡El purgatorio! ¡Llamando al Purgatorio! ¡Aquí tierra; aquí, tierra! ¡Tu galena! ¡Tu galena aún funciona, Luigi! ¡Te oigo! ¡Te oigo, campesino! ¡Contáme otra vez: lo del Piave, lo de Cadorna, lo de la condesa, lo de Paulina desnudándose! ¿Es verdad que era tan hermosa? Y la condesa:¿te quería? ¿Te quería, Luigi? ¿Más que a Cadorna? Cadorna: ¿también está en el cielo?
¡La onda! Oné di Fonte está lejos. Oné di Fonte se pierde. No responde. ¡No responde! ¡Tu foto, Luigi! ¡Guardo tu foto, Luigi!