Rojo y calor

Felipe Justo Cervera

Rojo y calor. Rojo de sol, calor de verano. Enclustre del mundo dilatado en dos conceptos. Calor: sol y verano de la niñez. Rojo: fuego de la cocina a leña de mi infancia, míticas noches púrpuras de San Pedro y San Pablo, arcaicas carboneras ardiendo. Es decir, mundo que está allá, en este transcurrir que nunca cesa, en este circular amanecer y anochecer que me circunda. Y poblando aquel lejano-cercano paisaje del rojo y del calor, blancas tierras, iguanas, carachos, enormes hormigueros, largatijas, gráciles cirrus, enormes ciruelos con los que, en largas siestas bajo la sombra de un paraíso, mi imaginación armaba castillos y fabulosos animales.

Miro atrás. Miro desde aquí, ciudad. Miro desde lo urbano: traje y corbata, pavimento y acero. Y siento que aquello no se fue. Que se mantiene vital y cierto. Que mi vida es apenas fragmento de ese intermitente verano que siempre me acompañó. No importan almanaque, estaciones, temperatura. Vida, sangre, impaciencias y contentos, se instalan seguros en el incógnito estío que ambula desde hoy al ayer, en persistente retorno del ayer al hoy; portamos en el corazón talismanes que guardamos mentalmente.

¡Símbolos! ¡Talismanes! Memoria del pasado que vive en el presente. Memoria que retengo, que abrigo en la retina. Brasas escarlatas en la tizne cocina a leña de la infancia, leños quemando, rojo crepitando, humo impregnando las paredes. Calcinando, mañana y tarde, esa cocina que jamás se apagaba. A quien en la madrugada se levantaba inicial le bastaba remover las cenizas, destapar las brasas mantenidas bajo las cenizas, y agregar unos marlos. En instantes las llamas brotaban tibias, calentaban la pava, deflagraban en chispazos alegres cual si el secreto sentido del universo se escondiera en esa persistente vitalidad del fuego casero.

Todos los días todas las ollas hervían sin edad ni tiempo en el lento ritual de la cocina a leña de mi madre, sazonando sopas, pucheros, guisos. Todos los días de todos los años de mi vida vividos allá. Hoy, transcurrido el dilatado tiempo, eclipsado el andamiaje de aquella trascendente estructura, eclipsado aquí —ciudad— el natural paisaje material del rojo y del calor como rutina visual de mi infancia, aún me sigue deleitando la sopa, aún la saboreo como entonces, aún saboreando —memoria impar— esa artesanía de la comida fraguada a rojo fuego que jamás se apagaba. Que jamás se apaga. Como en las antiguas culturas y viejos pueblos, en que la custodia del fuego constituía una función sagrada, así era en la cocina de mi casa. Así perdura en el corazón.

Y también estaba (está aún) en aquel púrpura tiempo del ayer que incesante vuelve al hoy, el amaranto de las noches de San Pedro y San Pablo. ¡29 de Junio! ¡Muñecos! Para ese día mi padre construía enormes muñecos; grotescos, informes, pintarrajeados sobre arpilleras en desuso, rellenos con paja de lino, más pastos verdes agregados para alargar la carnavalada; brazos y piernas truncos armados con cañas. Y en el interior, muy adentro, en el secreto interior de aquel pequeño monstruo, mates sin abrir, mates celosamente atesorados para la singular ocasión. Así como hoy en la ciudad se guarda, de un año a otro, el árbol de Navidad, en mi casa, en mi pueblo, y supongo que en todos los pueblos vecinos, se almacenaban bolsadas de mates sin abrir; mates que entonces se cosechaban usualmente en cada vivienda. Los muñecos se situaban sobre altísimos palos, en el camino de entrada a la casa, ese camino que antes de llegar a nosotros pasaba frente a la tranquera de don Yiye Ocampo (hijo menor del coronel Nazario Ocampo, jefe político y hombre fuerte de la Costa a fines del siglo XIX), y antes frente a lo de José Ruggia, y a fines de José Vidal, la mejor acordeón de la zona y tío de mi amigo Mundo González (en cuya casa, con pantalones cortos aún, aprendí a tostar mates crudos cosechados por su padre), camino que venía de Cacique Ariacaiquín, más atrás de La Brava, más atrás de San Javier. Cuando anochecía a los muñecos se les prendía fuego por los pies. Desde lejos podían sentirse las explosiones de los mates marcando el meridiano de las moradas campesinas. Sentados en el suelo, en torno a los muñecos que se encendían con diferencia de tiempo para prolongar el espectáculo, mirábamos jubilosos y esperábamos el jolgorio preanunciado, año tras año distinto e igual. Lo sabíamos. El calor aumentaba la presión en el interior de cada mate. Y cuando las paredes no resistían más tronaba el secreto universo, revoloteando charamuscas en explosiones sin fin. Detonación, confusión, alegría, suspenso, misterio en la desmedida fogata, fantástico circo pagano en cálida oscuridad de noche de otoño. Luego el fuego y el rojo achicándose lentamente, muy lentamente, hasta desaparecer convertidos en víboras de calor, retorciéndose por el suelo; reducidas a cenizas. Y se hacían las sombras. Y sentíamos que el día, la vida, había tenido sentido. Pero rojo y calor conllevan, también, otras dimensiones y otras realidades en la memoria vieja; realidades amargas. ¿Cuántos años tenía yo? ¿Cuatro, cinco? No lo sé. Sólo recuerdo borroso al peón. O quizás sólo imagino recordarlo. Morocho, como todos. Bombacha y faja, como todos. Sombrero negro aludo, como todos. Ser anónimo que nadie memorará después, cuando se vaya. Peón, hijo de peón, nieto de peón. Destinado a ser peón toda la vida. Y cuando el ácido úrico, o el alcohol, o la coz de un caballo, o simplemente los inexorables años, lo tornen inútil, destino de vegetar en parco rancho en las afueras del pueblo, o de armado a alguna estancia o casa, para peón de patio. Para barrer, alimentar las gallinas, acarrear leña, atar el sulky o la volanta. Hasta que un día cualquiera, inasible día, morir y borrarse de la memoria en esa sociedad donde eso, lo más importante, la memoria, no persistía. Sociedad del norte santafesino, década del treinta, comienzos del cuarenta.

Sí; así era; o así lo recuerdo. Y me pregunto si lo recuerdo, o es sólo la tragedia que hoy trae conmisera su figura, allá en las carboneras de la infancia. Sin embargo aquél peón aún pervive en ese cíclico paisaje del rojo y del calor. ¿Cuántos años han pasado? ¿Cuánta vida? ¿Cuántas otras carboneras han quemado? ¿Cuántos peones han nacido, respirado, muerto?

Cuando los montes caían bajo el hacha las carboneras avanzaban por detrás. Se cortaba la leña, se apilaba armando semicircunferencias de unos tres metros de alto, y cinco-seis de ancho; se recubría el exterior con barro, dejando en el interior conductos para la tirada del aire a través de un boquete central (precaria chimenea), finalizando todo en una pequeña abertura a ras del suelo, en forma de ventana por donde se prendía fuego. El secreto de la técnica consistía en que sólo los troncos que estaban sobre los conductos prendían y quemaban. Quemaban con exhasperate lentitud de días y semanas. Los restantes, en el interior, faltos de contacto con la corriente de oxígeno, sólo recibían los efectos de la descomunal temperatura y de la presión que ésta generaba. Y así, arcana pero simplemente, se transformaban en crocante carbón de leña. Día y noche quemaban las solitarias carboneras, soltando un abismal humo blanco por la chimenea y por los minúsculos orificios de sus imperfectas paredes, expandiéndose por los campos en inolvidable aroma de resinas volatilizadas.

No sé cómo se inició. No lo sé. Todo es en demasia remoto e incierto en la lejana bruma de la memoria niña allá en el monte. Sólo perpetuó el hecho central: el drama, la tragedia. La chimenea de una de las carboneras se tapó. Debía reabrirse, o leña, tiempo, trabajo, estaban perdidos. Y allí ascendió aquel anónimo peón, ajeno al peligro, larga vara en mano, mango envuelto en una bolsa mojada. E indiferente al riesgo manejó la lanza, hurgando en la aterradora combustión, humillando los lenguetazos del enfurecido dragón de fuego. ¡Patética figura encumbrada! De pronto, insospechado, el techo cedió. Primero fue el alarido; luego el humo, brotando espeso y asesino desde aquel interior volcánico. Cual muñeco inerte el cuerpo se bamboleó; cual muñeco de San Pedro y San Pablo; y clamó, en desgarrante alarido imposible de olvidar. Luego se dobló. Cual degradada materia sobre el infierno se dobló.

¿Cuántos años han pasado? ¿Cuánta vida? En la memoria aquella carbonera sigue lejana, allá, como sueño inconcluso. ¿Fue? Lo que sucede sin dejar recuerdos vitales: ¿es? Sí; es. Fuego. Humo. Aroma de leña crepitando; hilos rojos de hendijas en la noche. Todo eso que fue vida; vida que viví; que vivirá mientras yo persista. Sí; la carbonera sigue incontestable allá. ¿La ves? ¿La sentís? Y mis recuerdos perviven en ese cercano-lejano paisaje del rojo y del calor. Del rojo vida (también muerte), del verano, de la tizne cocina a leña de mi madre, de las noches de San Pedro y San Pablo de mi padre, de las carboneras ardiendo. Aún vive en todo aquello que es ayer; también hoy. Irremediablemente ayer y hoy.